miércoles, 15 de octubre de 2014

Vacaciones; por Dark_Lord

Aquellas vacaciones estaban siendo estupendas. Mi chica y yo siempre habíamos sido grandes apasionados de la Historia y siempre buscábamos paquetes vacacionales algo diferentes a lo habitual. Normalmente, nos solíamos limitar a viajes de fin de semana, ya que el presupuesto nunca daba para más. No eran nada despreciables, solo sin salir de nuestra bella Andalucía había grandes rutas guiadas por la Alhambra de Granada o la mezquita de Córdoba. Pero esta vez celebrábamos 10 años juntos y la ocasión se merecía algo más especial. Tras rastrear por Internet, finalmente encontramos uno llamado La Ruta de las Cruzadas, que sonaba muy interesante. Nos metimos en un crédito con el banco, endeudandonos ambos hasta la ceja, pero había merecido la pena. A causa del calor, casi siempre descansábamos a mediodía en tiendas de campaña y viajábamos casi por la noche. Nuestro guía era un hombre gordito, bajito, con bigote, muy entrado en años. Se le notaba que nuestro idioma aun le resultaba extraño, que había palabras que aun le costaba. Aun así, hablaba como seis idiomas y se le entendía muy bien. Se notaba que no solo dominaba la historia oficial, si no aquella que solo había escuchado por boca de sus antepasados.
-Este lugar, mis amigos, fue tiestigo de las más curiosas batallas. Muchos escriben de como llegaron a ser grandes los reyes de la ápoca. Pero, pocos reyes debieron tanto su poder a ssiubditos leales, aunque ellos no se considerasen así. Uno de ellos, considerado un simple mierceñario, desafió a uno de los grandes jeques de aquella época. Aunque esto parezca solo un desierto, hace algunos shiglos, era donde el iemir de nuestra hiztoria tenía ubicada su fortaleza. Sé que es extrnio pensar que este lugar pudiese tener un palacio paradiciaco, piero los hombres del diesieto conocían bien shus siecretos.
Ciertamente, el lugar no parecía haber tenido nunca nada. Costaba imaginarlo, pero no sería la primera vez que hubiese ocurrido algo similar. Los años podían borrar la huella de cualquier cosa, incluso de una ciudad.
-Aquel iemir no había aprendido que si Alá te pone en tu mano a tu enemigo para matarlo, has de apriovechar para liquidarlo, antes de que la oportunidad y la fortuna cambie de lado. Él pienso que su eniemigo estaba acabado, pero demostró lo pieligroso que es tener servidores leales. Y que el aprecio puede más que el miedo. Un simple mercenario logró borrar de la historia a un iemir tan poderoso como aquel. Y su niombre pasó a significar osado, vlaliente en el idioma de nuestros ancestros.
-¿Y cual era el nombre de aquel valiente guerrero? - preguntó ua veinteañera, completamente ensoñada con aquellos relatos tan épicos que nuestro guía contaba.
-Reissig, el que lucha hasta el final con coraje.




¡Hola a todos! Hoy os presento un relato regalo de Dark_Lord, que está obsequiando con trabajos cortos a todos los que se lo pidan aquí hasta un límite de 31. Aprovechad chavaladuría y llenandle el post a peticiones (dentro de las bases, claro).
Recordad que además, dispone de página web personal:
El Rincón de Dark_Lord; donde podréis encontrar detalles de otros trabajos suyos, tanto como novelista y guionista.

Sobre el relato en sí, debo reconocer que me gustó mucho que pudiera sacar a Reissig de su contexto habitual de matanzas y crueldades y lo acercara a una época más amable. Además, convendréis conmigo que su leyenda salta tiempos y hasta realidades. ¡Un saludo a todos y mil gracias a Dark_Lord!

Catalina 2

El desierto se extiende bajo el aparato, inabarcable en todas direcciones. Aquella trampa de aparente oro se antoja inofensiva, si no fuera porque cualquier fallo en los motores, en la navegación o en alguno de los delicados sistemas del viejo hidroavión Catalina significa la muerte. He decidido atravesar desde Niamey en el suroeste de Nigeria hasta Túnez capital bajo mi propia responsabilidad y no espero un rescate heroico para un europeo imprudente. Tampoco lo exigiré. Éste es mi viaje y mi aventura, debo terminarlo por mis propios medios.
Los filtros de arena pesan y me molestan más de lo que me gusta admitir para un trasto del que dependo tanto, pero no tengo más remedio que admitirlos a bordo, o en los despegues y aterrizajes los motores se me llenarán de arena. Y con lo viejos y gastados que están, ya sólo les faltaba eso.
Pero me da igual todo. Tengo sobre la cabeza el ronroneo contínuo de las cámaras de explosión, 1200 caballos de potencia contenidos en 14 cilindros que no explotan ya por milagro o convencimiento de su propia leyenda. Dos grandes y viejos motores, los de serie, sin añadidos. Sin más añadidos que los cientos de reparaciones que han ido necesitando a través de las decenas de años que han sobrevivido.
El horizonte está lejos o cerca, me da igual, apenas es una línea difusa que se torna todavía más borrosa por el calor y la luz del Sol cae implacable sobre mi vieja e impecable compañera que avanza imperturbable ante los vientos que la azotan. Nada la ha detenido antes y nada nos detendrá ahora.
Uso los compensadores para mantenerla nivelada y que no me necesite y me desplazo hacia las cúpulas de observación, desde donde quiero tomar varias fotos. No es que sea algo nuevo, o una nueva forma de ver el Sahara. Pero es mi viaje, y quiero guardar un recuerdo cuando yo ya no esté aquí. Porque cuando yo ya no esté, ella, Catalina, necesitará de fotos para expresar sus viajes.


Y de nuevo, como hace unas semanas que me han parecido años; me encuentro en la felicidad absoluta.



Hace unos cuantos años, escribí el que sería el primer relato corto que no tenía relación con absolutamente nada de lo que llevaba escribiendo hasta ahora. Ese relato se tituló Catalina.


Lo que hoy os traigo es una suerte de continuación. Espero que os haya gustado.

jueves, 18 de septiembre de 2014

¡Libertad!

Apenas había un centímetro cuadrado fresco. Las piedras reblandecidas por los brutales rayos del inmisericorde Sol trataban de mantenerse donde estaban para evitar conocer nuevas agonías relacionadas con la temperatura. Un gran montículo de rocas y arena descansaba en mitad de aquél desolador desierto de afiladas rocas y lagartos cocinados allí donde tenían la desgracia de asomarse a la superficie. De dicho montículo, sin embargo, llegaban extraños sonidos. Algo se debatía bajo el gran peñasco ardiente, y se debatía a golpes, gritos e insultos de toda índole.
Una gran roca se movía ligeramente a intervalos regulares. Tan regulares como los gruñidos que ocurrían bajo ella, que sonaban entre desesperados y muy enfadados. Poco a poco, se desplazaba más y más. A golpes.
Esta vez ya no eran golpes. Alguien empujaba decididamente desde el otro lado, un poco desde abajo, haciendo toda la fuerza que a esas horas podía hacer, que evidentemente no debía ser demasiada. Y gritaba mucho, por el esfuerzo, el dolor, la desesperación y unas inconfesables ganas de comerse una buena hamburguesa.
La roca se desplazó, primero hacia arriba y luego hacia adelante. Y un hombre, que era más bestia que persona, empujó dando un último grito, prolongado y extenuado, que acabó átono, sin fuerza y que parecía soltar polvo.
-¡Libre! ¡Libre! ¡Soy libre! ¡LIBRE! -exclamó el desmejorado desconocido, con una ridícula barba de días, las cejas pobladas de polvo de su cueva y la panza bien llena de todo lo que se movía por allá abajo-. ¡Ya no tengo que quedarme más en esta apestosa cueva!

Observó el valle. Tosió un poco, que esta vez sin ninguna duda, confirmaba que el inusual náufrago del desierto se alimentaba de arena o serrín, pues expelía nubes tremendas de polvo. Se dejó bañar por el Sol, sonrió al asfixiante viento, sintió como el sudor lo bañaba inmediatamente por completo y como se iba poniendo moreno por momentos. Paladeó el sabor del aire, la sequedad que le contraía los labios y quemaba la tráquea.
-Que lo mismo... Puedo quedarme un poco más -dijo, mientras se volvía a su cubil-. Que tampoco era tan malo.



Buenas noches a todo el mundo. Ando de "vuelta". No puedo decir que a tope de rendimiento. Tampoco, siquiera, puedo decir que con todo el ánimo en el cuerpo. Pero a menos que falle el examen que hice el sábado (sí, lo hice el sábado y os lo cuento ahora, y hasta para mis aficiones me doy vacaciones); lo que me obligaría a repetirlo en Noviembre, puedo decir que he pasado lo realmente gordo (no sólo por temario, sino por responsabilidad) y a partir de ahora tendré tiempo, mío, propio e intransferible.
Lo bueno es que no me he quedado parado y he ido haciendo algunas cosillas entre mis horarios de estudio y aunque no todo está relacionado con los relatos, algo hay adelantado que me permitirá (espero) teneros unos cuantos meses en antena.

Así pues, podemos dar por reabierta La Senda del Aventurero. Hola a todo el mundo de nuevo.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Un mensaje para el atamán (regalo para Platov).

Era un día caluroso de Septiembre y la estepa rebosaba actividad.. El jinete galopaba a toda velocidad, prácticamente ajeno a las pobres gentes del camino polvoriento, que trataban de apartarse y lo maldecían a voces y en ocasiones incluso con el puño levantado.
–¡Camorrista! –espetó una anciana, tras levantarse del suelo como pudo–.
–¡Lo siento, llevo demasiada prisa! –el jinete estaba ya lejos cuando terminó la frase, porque su alazán corría como si lo persiguiera el mismo diablo y de tal manera apremiaba a la montura–. ¡Vamos Jhiphir! ¡Hemos de estar de vuelta antes de tres días y antes hemos de entregar el mensaje!
El caballo resopló y apretó el paso al notar como las rodillas de su dueño aumentaban ligeramente la presión. Llevaban dos días demoledores, pero no podían parar. No podían, creyendo estar tan cerca.

Una columna. Podía ver una columna de jinetes. No tenía muy claro si eran ellos, o si tan sólo era otra compañía de mercenarios que tal vez le rebanarían la cabeza en cuanto se pusiera a observarlos de cerca para reconocer su escudo. Confiaba en el pobre Jhiphir en caso de que no fueran muy educados. Cabalgó hasta ellos y sacó un papel, donde podía ver el dibujo que estaba buscando. Escudriñó con cuidado, atento a cualquier mala cara, que de momento sólo eran de sorpresa y extrañeza ante tanta majadería por su parte. Por fin, reconoció el emblema y rió alborozado por haberlos encontrado. Taloneó su montura para avanzar hasta la cabeza de la columna y allí, ante gentes con aspecto de no fiarse ni un pelo, intento presentarse:
–¡Saludos, poderosos cosacos del Don! –dijo, tratando de sonar todo lo serio posible–. ¡Soy Admes y soy mensajero y vengo con una carta para vuestro augusto atamán!
–¡Más que mensajero, parecéis un pordiosero! –chanceó a voz de grito uno de los que encabezaban el grupo y se escucharon las risas atronadoras a cientos de metros–.
–¡Silencio en toda la columna! –una voz se abría paso entre los jinetes, revelando a un hombre de mirada astuta y vivaz, al que se le acercaba ahora alguien para susurrarle algo–. ¡Lavr, si es un asesino, ya daré cuenta de él, maldita sea! Yo hablaré con el desconocido.
Se acercó a pocos metros de Admes, acariciando como al descuido su temible látigo y sin que mediara orden, su montura frenó, dando un golpe con el casco en tierra, como marcando su lugar.
–Bien mensajero, decid, os escucho.
–Sire, me ha enviado mi señor Lánderer, para entregaros esta carta.
La tendió con humildad e hizo avanzar a su caballo hasta que quedara al alcance del atamán, que la cogió sin estirarse y sin apartar la mano del látigo. A continuación volvió a su posición y esperó a que la leyera entera.
–¿Qué respuesta debo dar, sire?
Sonrió el atamán y miró a los ojos del expectante mensajero.
–Agradeced a vuestro señor su gentileza, fiel mensajero. Tomad buen oro para el camino e id en paz.
–Gracias, mi señor. Cantaré sus alabanzas mientras vuelvo con los míos –dijo, sonriendo y cogiendo la bolsa que le tendían ¡Todos conocerán la generosidad del atamán!


Ayer, a cuatro días de mi particular día D, va y resulta que el trastomóvil vía feisbukil me informa oportunamente que es día de celebración, ya que nuestro celebérrimo Platov, usuario entre los usuarios, cosaco de la Historia y diestro espadachín de las Palabras, cumple años. Ante la tesitura de hacerme el longuis o currarme un buen regalo, decidí hacerme el longuis y mandarle lo que acabáis de leer.
Podéis leer su estupendo blog aquí. Y creedme, queréis hacerlo.
¡Felicidades Sire! Admes asegura que la vuelta fue segura, grata y muy entretenida gracias al oro.

domingo, 17 de agosto de 2014

Relato para Duelo Relatístico.

Resulta que estoy limpiando Google Drive y me encuentro cosillas y proyectos de antaño. Entre ellos, un relatito corto que escribí para el ¡Duelo Relatístico, en el que me medía mano a mano con Peri. No sé qué pasó con el Duelo (la verdad es que después de presentar el relato y pasarme por el foro alguna vez, derivé mi mente a buscar curro e intentar mantener flotando la Senda del Aventurero, y eso ocupó todos mis procesos mentales). Ahora me he acordado (manda huevos, peste de memoria tengo) y hasta he buscado el hilo para publicar esto de forma apropiada y que tengáis referencias (leed los relatos que fue escribiendo la gente, que merecen la pena, leñe).
La imagen que debíamos usar de inspiración es ésta del artista Electrocereal.
Así que espero que disfrutéis de este pequeño relato, pues me ha venido bien encontrarlo de nuevo (es una maravilla que google guarde lo que envío por correo electrónico).

(EDITO: Me acabo de dar cuenta de que aparezco como no presentado en el hilo del Duelo. No tengo ni flawers de lo que pasó, porque envié el relato a los dos días de ver la imagen y la respuesta que recibí no me hizo suponer que estaba descalificado. Me he quedado un poco chafado, porque es una lástima).

La estepa se vestía de gala, pues de oro era el abajo y azur el arriba y el viento soplaba tranquilo. Pero entre tanta paz y armonía algo tenía que venir a romperla. Eran dos, cabalgando a toda velocidad bajo el limpio cielo. El primer jinete tenía el rostro lívido por el terror y no quería volver la vista atrás en ningún caso. Tras él, una joven muchacha tensaba de nuevo el arco.
–¡No voy a volver! –dijo el primero, horrorizado–. ¡Nopuedesobligarme!
–¡Oh, claro que vas a volver! –replicó ella, apuntando con cuidado, compensando el vaivén de su montura–. ¡No puedes elegir!
Dejó ir la flecha. El caballo se inclinó hacia adelante y perdió tino, fallando.
–Maldición –dijo, espoleando para tratar de darle alcance–. ¡No seas crío!
La distancia entre ambos se acortó significativamente, lo suficiente cómo llegar a tocarse. Desenvainó el joven y le lanzó varios sablazos, de los que ella esquivó dos, antes de desenfundar su largo cuchillo curvo y comenzar a pararlos con facilidad. No estaba muy versado en el arte de la guerra, mientras que ella era toda una experta, tanto a caballo y arco cómo en combate con los cuchillos. Le golpeó varias veces usando la parte sin filo, pues lo necesitaba vivo, pero sí que quiso hacerle daño, por todas las molestias que le estaba provocando. Al ver que era inútil aquello, decidió separarse un poco de él, justo antes de acercarse bruscamente y lanzarse sobre su caballo. Gritaban los dos, uno por el terror y la otra por la furia, peleando a puñetazos hasta que acabaron rodando en tierra. Después de un interminable forcejeo, lo consiguió poner boca abajo y le ató las muñecas a la espalda, mientras el joven trataba de zafarse.
–Sabías que tenías que hacerlo. Lo aceptaste.
–¡P-pensaba que era una...! ¡b-broma! –balbuceó, desolado–. ¡Soy demasiado joven!
Lo aprisionó entre sus fuertes piernas y se irguió. Era hermosa, pequeña y parecía muy segura de sí misma. En su pueblo no se podía ser débil. Él era guapo, grande y sin embargo lloraba ahora desconsolado y sin esperanza. Ella silbó a los caballos, que vinieron juntos con un trote ligero y alegre. El del joven se acercó y sólo tuvo que levantarlo con un pequeño esfuerzo, hasta que lo cruzó sobre su grupa.
–No quiero, no quiero, no quiero –desconsolado, sentía correr las lágrimas sin control–. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?
–Deja de lamentarte llorón, que tampoco es para tanto –estaba comenzando a arrepentirse de haber ido hasta él. Más que lástima, provocaba repulsa–. No tiene sentido que lloriquees ahora, anoche parecías tan enérgico. Ya te dije ayer, que si pasabas conmigo la noche en el pajar, tendrías que desposarte conmigo.

domingo, 27 de julio de 2014

Partida de Guerra 8

Última entrega de este arco argumental.

–Esa es nuestra costumbre –el rey Graveth, con sus facciones duras bebía vino relajado, con el brazo herido en cabestrillo–. Y así nos ha ido bien.
–Alteza, no dudo que hayáis salido victorioso de vuestras guerras, ni dudo que vayáis a salir victorioso –Reissig todavía no podía incorporarse por orden de su nuevo médico y yacía todavía en su camastro, rara deferencia que no se solía reservar a muchos, pese a lo heridos que pudieran estar–. Sólo sugiero que el coste de las victorias es excesivo para el pueblo.
Se hizo el silencio en la sala. Había ordenado que los dejaran a solas, pues disfrutaba de poder hablar con franqueza con el antiguo mercenario. Volvió a servirse vino y dirigió la jarra hacia el herido, que negó con la cabeza.
–No se pueden cambiar las costumbres tan fácilmente –sacudió la cabeza y apuró de una sola vez el vaso–. Aquí las cosas no cambian fácilmente, todo anda sujeto a tradiciones, costumbres y cosas así. No puedo saltármelas. Yo no.
–Su Alteza, lo comprendo. Sólo he solicitado esta audiencia para poder expresarme respecto a este asunto. Sé de buena tinta que los del Norte son más que capaces de derrotarnos en un combate de infantería. No nos faltan redaños, señor, lo que nos sobra es infantería especializada en matar caballeros.
–Y tanto que los sé. Cada asedio torna en sangría y la última contra Dhiyul ha causado no poca baja entre mis tropas –bajó la cabeza y se miró los pies, casi sumiso–. No sé si podré armar a suficientes hombres para enfrentarme a los del Norte. Mucho menos entrenarlos adecuadamente.
–Esta última batalla os ha hecho demasiado daño –desvió el mercenario la mirada, avergonzado–. Me habéis cargado con una deuda que no podré pagar nunca y no sólo cuento con la vida de vuestros hombres. Me atraparon por incompetente y ahora esa culpa pesa sobre mis espaldas.
Graveth lo observó largo y en silencio. El mercenario, si bien nunca había parecido especialmente piadoso, sí que procuraba reducir al mínimo sus bajas. Parecía sinceramente abatido, al margen de la palidez y debilidad que sus heridas le proporcionaban.
–Tonterías, todos hemos cometido errores en algún momento. No tiene sentido culparse.
–Alteza, si no me hubierais nombrado barón; ¿me libraría de tal castigo?
De nuevo, el rey lo miró. Esta vez se encontró con la mirada dura y afilada de Reissig, no con su debilidad.
–No pensemos en cosas que no van a ocurrir, por favor os lo pido; ¡con demasiadas preocupaciones tengo que lidiar ya sin preguntarme si mandaría castigar a mi amigo!
Los ecos se mantuvieron varios segundos, acallados a cada momento por los cortinajes. Dos guardias entraron, más no tardaron en marcharse ante el gesto enfadado del propio monarca.
–Reissig, sois mi amigo. No sólo por aprecio personal, que lo tengo, sino porque desde que acepté vuestro brazo y soldadesca, no hay nación en Calradia que se enfrente con seguridad a nos. Si todavía no os he entregado el bastón de mariscal es porque no gozáis precisamente de la simpatía de vuestros iguales.
–Lo sé.
–Por supuesto que lo sabéis. Sois vos. Vos lo sabéis todo.
–Pero no es el bastón de mariscal lo que ansío y esto también lo sabéis, Alteza.
–Nunca os he visto intrigar como a los otros para conseguirlo –sonrió y volvió a llenar el vaso–. No hay a nadie a quien no traicionaran por mandar y ser más que nadie. Dentro de poco tendré que cuidar mi propio cuello.
–Si necesitáis que baje los humos de alguien…
–¡Jajajajajajaj! –la risa explotó con ganas, enviando salpicaduras del buen vino hasta los tapices que colgaban en la pared–. ¡No gracias! La última vez que le bajasteis los humos a alguno de mis leales señores comenzó a necesitar que le cortaran la carne. Pero si lo que deseáis es quitaros el peso que os incomoda, creo que podría encontraros un uso que nos satisfaga a ambos y no soliviante a la tradición de mi país…

¿Que vamos a qué? –Bunduk a punto estuvo de dejar caer la ballesta, que le estaba aplicando el sebo–. Graveth sabe que ya no somos un grupo mercenario como antes, ¿no?
–Sí, pero parece que las cosas no van tan bien como parecen. Aquí están muy habituados a matar swadianos y con sus armas y tácticas es fácil, pero como se han metido en guerras contra otros la cosa ha cambiado –Matheld explicaba con cuidado las condiciones del acuerdo. No porque le costara recordarlo, sino porque no siempre la audiencia era buena entendedora–. Los swadianos son igual de idiotas y no cambian, se creen que viven en su mundo de caballerías y no necesitan otra cosa, pero tanto los sarraníes como lo de las estepas han provocado muchas bajas. Nuestro señor ha señalado nuestro buen hacer durante la guerra y le ha sugerido que además de por las tácticas, ha ocurrido por la flexibilidad de la que gozamos y parece haber empujado el buen juicio del rey.
–Pero eso de servir como reclutadores…
Todos los mercenarios allí reunidos comenzaron un interminable murmullo. A algunos no les hacía demasiada gracia y a otros les apetecía recorrer libremente los campos sin tener que estar pensando en el siguiente rancho, el siguiente asedio o la siguiente batalla.
–Por favor, silencio –la soldado hizo gestos para que se callaran y los murmullos cesaron–. Quien lo desee, se quedará con el grueso de las tropas, bajo mi mando. Tenemos orden de ayudar en el entrenamiento de los nuevos reclutas. El resto, partirán con el barón y contribuirán a reclutar y adiestrar a nuevos soldados. Cada uno en su especialidad. El problema, es que esto será mientras marchamos hacia el Norte, así que habremos de ser rápidos. ¿Queda claro?
–Sí señora –dijeron al unísono–.
–Mi señora Matheld, podría acompañarme un minuto por favor –Nízar se le había acercado, con aparente galantería, como siempre–. Klethi, por favor querida, necesito también de tí.
Marcharon los tres hasta un lugar apartado del castillo de Weyyah con paso ligero, con Nízar lanzando discretas miradas a todos lados, atento a si los seguían.
–Nízar, muy atrevido eres para… –comenzó Klethi, más un gesto del poeta la frenó de continuar–.
–Disculpad el secreto, pero confío en ambas más que en la mayoría de nuestros comunes compañeros y a fé mía que tenéis un aprecio especial por nuestro augusto barón –comenzó a decir, levemente agitado, que en él, se trataba de mucho más de lo habitual incluso en las peores situaciones–. Tengo oídos en muchos lugares y he escuchado en varios que hay malvados que tienen terribles intenciones para nuestro patrón.
–Nízar, no es nada nuevo –ambas mujeres no pudieron contenerse ante lo obvio de aquella noticia.
–No, me refiero a que no traman nada bueno para él fuera de los campos de batalla. Alguien planea asesinarlo, aprovechando que no puede defenderse por sí mismo.
–Lo creen inválido.
–Que no lo esté no significa que no vayan a intentarlo.
–En ese caso, iré con él –sentenció Matheld, endurecida por la noticia–. Ahora pensaré quién se queda para capitanear las tropas en nuestra ausencia.
–Matheld, eso sería una imprudencia –el poeta sonrió, consciente del aprecio de la mujer por el antiguo mercenario–. No debemos despertar sospechas, pues mis oídos son sensibles y podrían salir heridos. Además, capturar a un asesino bien nos podría ayudar a prevenir futuros golpes.
–Nízar, habla claro por favor –dijo Matheld, irritada–. No tengo paciencia ahora.
–Sí señora. Lo que quiero decir, es que vos os quedéis y hagáis el trabajo que teníais planeado. Sin embargo, Klethi, aquí presente –la señaló con la mano, dirigiéndose con suavidad a la joven–, acompañará y asistirá a nuestro querido barón y será su sombra. Si alguien comete la insensatez intentar alguna felonía, se encontrará de frente a su fiel guardiana.
–¿Yo? –preguntó incrédula–. Pero si lo mío es lanzar jabalinas, dagas a lo sumo, no soy centinela, no podría…
–Amiga mía, en cada ocasión que algún tonto levanta la mano contra nuestro patrón --sonrió el soldado poeta ampliamente, mostrando la hilera de blancos dientes–, os ponéis tensa como un resorte y el pobre que osa, acaba en muy mal estado. Lo hemos visto varias veces, en tabernas, en calles bañadas por la luz de las estrellas y recientemente en plena batalla. Tenéis unos reflejos relampagueantes y no dudáis en matar.
–Es cierto –asintió Matheld con la cabeza, mirando a la joven pelirroja, que se debatía entre el orgullo y la timidez que la asaltaba–. Los mamelucos me han dicho que el tiro fue increíble, digno de un torneo. Incluso si hubieras ido a pie.
–Yo, reconozco que era difícil de conseguir, pero no creo que…
–Tonterías. Además, bien sabemos que nuestro señor está ansioso de verse recuperado y no lo verás quieto mientras vos lo defendéis.
–En todo caso, que no se mueva más que cuando el galeno lo mande –advirtió la norteña con gesto serio–. Has de ser firme con él respecto a eso.
–¿Firme? –preguntó, casi divertida, pues la afirmación no le parecía fácil de mantener en la práctica–. ¿Con él?
–Pues sí. No has de mostrar debilidad ante él y mantener tu posición. Es lo que hago yo. Y me funciona.
–Yo, eh. Lo intentaré… –vio que Matheld la observaba cuidadosamente y tuvo un momento de pánico–. Lo haré. Seré firme. Lo prometo.

FIN


¡Y eso es todo de momento! Resulta que estaba transcribiendo cosas de mi libreta eterna y me he acordado deque tenía esta parte lista para la publicación, así que creo que ya era hora de dar un brochazo final a este arco argumental. Reissig y compañía nos dejan de momento, pero no por mucho tiempo, espero, pues me he divertido mucho narrando esta pequeña aventura y me encantará continuar sus andanzas en otro momento.

jueves, 17 de julio de 2014

Partida de Guerra 7

Ala, otro trocito más que tenía escrito por ahí:

Había asistido al espectáculo de cómo Klethi le cortaba los dedos a Dhiyul uno por uno, mientras éste se debatía inútilmente, pues ella avezada saqueadora, ya le había cortado sabiamente los tendones necesarios para que los moviera lo menos posible. Al final, Reissig se había desmayado y silenciosamente el mameluco lo había sentado en su silla de montar y lo había llevado con cuidado hasta la casa que el médico lo condujo. Tras unas curas rápidas, destinadas a tapar las heridas que ya deberían estar cerradas, salió para ver el estado del resto de sus pacientes y se encontró un número sorprendentemente bajo de heridos entre la compañía del mercenario. Contusionados, algún tajo menor, pero ningún muerto. Lo realmente devastador había sido la primera línea de infantería que se había interpuesto a ellos. Prácticamente ninguno de los infantes sarraníes había sobrevivido al embate. Y los que vivían preferirían no hacerlo, pues el estado de sus mutilaciones era tan enorme que no podría decirse si vivirían, pues algunos no podrían hacerse cargo de ellos mismos. Más esperanzador era el de la segunda línea, montada a toda prisa por el capitán desconocido, pues el primer impacto contra los mamelucos había sido leve y los swadianos no habían encontrado apenas resistencia, ya que estos se habían rendido rápido. Aún así, el saldo era de diecinueve muertos y cuarenta heridos, contando a su capitán, que tenía un tajo bien feo en el costado, pero que respondía bien. Fahd era el nombre de tal capitán y había tratado de formar la línea al ver que la primera no hacía mucho frente a la caballería.
–Pero mis tropas no eran tal, sino pobres campesinos, mal armados, a los que apenas he podido entrenar –dijo afligido, mientras le cosía la herida–. No eran malos hombres, pero el maldito emir se empeñó en reclutarlos a la fuerza y los pobres no han tenido oportunidad. Pero nadie podrá decir que no fueron valientes.
–Entonces, señor, mejor no le cuento algo de lo que me he enterado.
–¿El qué? ¡Por favor, hablad!
–Dhiyul hacía guerra por su cuenta. Los reinos habían llegado a la paz aunque fuera por un tiempo. Atacar esta aldea, esta batalla, todo esto. Todo lo ha hecho sin permiso del sultán.
–¡Traición! ¡Es posible que el sultán cuelgue a sus oficiales! ¿Cómo no me di cuenta?
–Pocos lo sabían, al parecer.

–Estáis despierto.
Matheld se inclinó sobre el yaciente. Ya no llevaba su acostumbrada cota de bandas y estaba desarmada. Pero no parecía prisionera, sino saludable y libre. Eso tranquilizó al mercenario lo suficiente para tratar de incorporarse sobre los hombros, pero el cuerpo le dolía tanto que no hizo falta ni media negativa de la norteña.
–Habéis perdido mucha sangre; el matasanos ha dicho que no os permita moveros –sentenció segura de su autoridad sobre el herido–. Así que más vale que no os mováis o tendré que ataros al catre.
–¿Cómo ha ido la batalla? –preguntó débilmente, sorprendido de su floja voz–. Entiendo que hemos vencido. Nuestro bando.
–La compañía apenas ha tenido bajas. Algunos heridos, nada serio y un par de muertos por los putos arqueros –casi escupía al decir esto; detestaba a los saeteros, jabalineros, arqueros, o cualquiera que peleara de lejos. Sin embargo, hacía excepciones, pues Klethi le caía en gracia y su propio líder era un consumado arquero sobre su montura, Válka–. La gente de Graveth lo ha pasado peor. Le ha costado mucho alcanzar el centro de su línea, sus tropas estaban demasiado cansadas para la tarea, más hay que reconocer que los saeteros que entrenan son muy buenos. Ellos solos han hecho una escabechina decente. Al final hemos unido nuestros esfuerzos a los suyos, desde la retaguardia enemiga, portando el casco decorado de Dhiyul, como prueba y los pocos que no se han rendido han sido pasados por la espada.
–Bien.
–El galeno se ha empeñado en curar a cualquiera que estuviera a su alcance…
–Está bien, tal era mi deseo.
–Bien señor.
–Matheld, gracias por volver a por mí, aunque debo decir que ha sido una imprudencia.
–Señor, nos encontramos que el rey Graveth y entre todos trazamos el plan –sonrió la norteña, incorporándose en su gran altura para alcanzar un botijo de agua fresca y un vaso de metal–. Con semejante apoyo, habríamos sido tachados de cobardes de no haber vuelto.
–Gracias por el agua –bebió ávido, pues debía de hacer una pequeña eternidad que no se llevaba un trago a la boca y tenía los labios agrietados–. Por los dioses, qué sed tenía. ¿Dhiyul sigue vivo?
–Han pasado dos días. Está muerto.
–¿Pero ha muerto como ordené que muriera?
–Nadie, excepto las bestias salvajes se le han acercado –frunció el ceño ligeramente al recordar los estremecedores chillidos–. Al final dejó de gritar y no sabemos en qué momento murió, pero para entonces todavía quedaba carne que aún devoran los carroñeros y parecía agitarse, pero el galeno nos ha explicado que ocurre en ocasiones en algunos cadáveres que están siendo devorados.
–Bien. Un poco más de leyenda para que los enemigos se lo hagan encima nada más avisten nuestro estandarte.
–Prefiero el embate honesto, pero entiendo bien por qué lo hacéis. Ya sabéis que las triquiñuelas no son lo mío.
–Si me puedo ahorrar un par de docenas de muertos y engrosar las filas de los prisioneros, ya sabes que lo haré. Un ejército asustado es muy fácil que pase a ser un ejército rendido. O destrozado –pensó con dificultad en ejércitos y en los últimos acontecimientos–. ¿Cómo han quedado las fuerzas del rey?
–Su Alteza ha recibido una flecha, gentileza de uno de esos malditos arqueros, pero está bien y se recupera, ya sabéis que es fuerte y testarudo. Respecto a su gente… Bueno, para la campaña en el norte va a tener que reorganizar su ejército, pues la infantería ha sido masacrada, cosa que no ha ocurrido con sus saeteros. No traía caballería, pues eran las fuerzas de asedio destinadas a Shariz.
–He de hablar con él. Llevo varias semanas tratando de convencerle para que abandone el rígido sistema que usan desde que se independizaron. La guerra con Swadia siempre vuelve, pero no le hace ningún bien disponer de tropa especializada en masacrar caballería pesada si el mes que viene se enfrenta a los jinetes de las estepas y en cuatro más se hace matar contra la durísima infantería pesada del norte.
–Todavía no estáis recuperado cómo para…
–No estoy diciendo que quiera ponerme a cabalgar, sólo quiero entrevistarme con Graveth antes de que comience a armar un ejército de nuevo según las costumbres. ¿Podrías interesarte por su estado y si es posible, concertar una audiencia?
–Sire…
–Matheld, si hace falta, me cargarás tú, pero voy a hacer valer mi amistad con él para que la guerra con el Norte no sea un baño de sangre para nosotros. Cada vez que sus ejércitos se encuentran con una tropa de desarrapados con arcos potentes y caballos resistentes pierde a gran cantidad de hombres. Los grandes escudos de los sargentos y los paveses de los ballesteros hacen mucho, pero antes o después encajan algún tiro y los arqueros a caballo o incluso a pie se pueden tomar todo el tiempo del mundo.
–En ese caso, así lo haré, aunque el galeno ha sido muy insistente en que no debíamos…
–Pues no me mováis coño, coged la cama y llevadla hasta él conmigo encima.
–Así se hará entonces sire.
–Gracias. Déjame el botijo a mano, por favor, y ordena que cada cierto tiempo me traigan más, me muero de sed.
–Haremos lo que mande el galeno –dijo, alejando el recipiente–. Y el galeno manda que el agua, será con mesura.
–No era una sugerencia, Matheld –dijo, visiblemente irritado–.
La mujer le lanzó una gélida mirada. No había título nobiliario, cantidad de dinero o liderazgo que pudiera superar la enorme fuerza moral que irradiaba Matheld.
–Claro, que también me puedo contentar con algunos sorbitos –repuso tras unos segundos sosteniendo la mirada estoicamente–. Sí, unos sorbitos estarán bien, no hay que abusar.


Bueno, queda una sola entrega escrita (y en total) de este arco argumental, así que por desgracia, cuando termine, se acabó hasta que me ponga con el siguiente, que probablemente se retrase en favor de otros proyectos (a poco tiempo hay que priorizar un poco, por desgracia).

Recomiendo que mañana 17, si vivís en Valencia ciudad y alrededores, no salgáis de casa a partir de las nueve de la mañana. Que soy un peligro todavía con el camión, jejejejeje.

viernes, 11 de julio de 2014

Partida de Guerra 6

Klethi lo había visto. Los mamelucos lo habían visto. Al pasar por encima de los pobremente armados infantes que les habían salido al paso, a los cuales habían ignorado, se habían percatado de que su señor era el andrajoso aquél que hablaba con el tipo de aspecto recargado y caro. A todos les había entrado la urgencia al ver que el noble cogía el sable y Klethi se los había apartado de enmedio a gritos, al tiempo que sacaba una de sus mejores jabalinas, reforzada y equilibrada por un maestro herrero que había cobrado muy bien por su trabajo.
–¡Salid del medio! –soltó las riendas de la yegua de su líder y la apremió–. ¡Ve Válka, ve por él!
La yegua, libre de peso y ataduras salió al galope, tan rápida que parecía que volara, directa hacia su amo. Klethi por su parte, se afianzó sobre los estribos, equilibró su cuerpo y mantuvo la mirada fija en la figura que mantenía el sable en alto ante Reissig. Contuvo la respiración. No había vuelta atrás. Con un movimiento rápido y preciso, cómo de resorte, el brazo salió despedido hacia adelante y la jabalina voló, no alto, sino recta y muy, muy rápida, tanto que siseaba al cortar el aire. Pasó rozando la cabeza del mercenario, se incrustó en el abdomen de Dhiyul y no paró hasta que atravesó dos vértebras, rompió la espina dorsal y salió por la espalda.
El emir se sentó. Incapaces sus piernas de sostenerle, ni chilló, sólo soltó el sable y cayó sobre sus posaderas. El rostro, cubierto cómo estaba no se podía ver, pero estaba lívido y las lágrimas caían con profusión de sus ojos, pues el dolor era tan atroz que lo había privado de cualquier sonido. Inmediatamente, los mamelucos estallaron en gritos de alegría y felicitaciones para la muchacha, que había logrado el mejor tiro de su carrera.
–Por los dioses, necesito vomitar –fue lo único que pudo decir, pasado el momento–.
–¡Gran disparo, Klethi! –al mercenario le temblaban las manos perceptiblemente y trataba de disimularlo frotándose los grilletes–. ¡Ven Válka, ven bonita!
La yegua se acercó al galope y Reissig cogió el lucero del alba. Puso atención a los dos soldados que venían y agarró el arma con ambas manos. Desvió el primer sablazo hacia la arena, con esperanzas de quebrar el sable, pero sus escasas fuerzas se lo impidieron. Le atizó una patada para quitárselo de encima y algo le hizo mucho daño en el muslo; el tajo que había recibido contra los batidores estaba sangrando.
Los mamelucos seguían acercándose a toda velocidad, pero dependía todavía de él mismo y no podía contar con que Klethi repitiera la hazaña. Se retiró, fingiendo que la herida dolía más de lo que parecía, dejando que el lucero del alba cayera ligeramente. Uno de ellos avanzó dos pasos, los suficientes para que en un rápido movimiento ascendente le hundiera la mandíbula inferior con un crujido espantoso y lo dejara inerte en el suelo.
–Mira, hijo. De verdad –le dijo al otro con fastidio, que tenía un aspecto de ser un oficial joven y prometedor–. No quiero hacerte daño. Tu superior de esta no sale, te lo aseguro, así que si te vas ahora, ten en cuenta que no habrá nadie que pueda decir esta boca es mía –alzó un poco más la voz, para que lo oyera el resto de gente que había alrededor–. Si os marcháis ahora y me dejáis en paz. Mis hombres no os perseguirán. Si no, si seguís empeñados en la defensa de este cascarón que llora aquí sentado… Moriréis, todos. O algo peor.
El discurso quedó cinco segundos en el aire. Cinco segundos que tardaron en echar un vistazo a Dhiyul, que seguía inmóvil, con la punta de la jabalina asomando por la espalda, ver que los mamelucos se acercaban cada vez más y que los swadianos ya no tenían nada a lo que aporrear porque estaba muerto, herido o se había rendido.
–Nos iremos –dijo el oficial joven y sensato–. Le agradecemos la oportunidad señor.
–Ea, ea. No perdáis tiempo, yo me encargo de que no os persigan. Id en paz –de pronto, se acordó de algo–. ¡Ah! Por cierto. Hawaha es de mi propiedad. Seré cuidadosamente cruel con quien se sobrepase con sus gentes; difundid el mensaje, por favor. Pero galeno, por favor, vos no os vayáis.
–¿Yo? –dijo, asustado, conocedor de la leyenda negra del mercenario–. ¿Acaso seré objeto de vuestra venganza?
–Nada más lejos. Pero además de mi propio cuerpo, mi gente y mis enemigos necesitarán de cuidados. Y no tenemos a nadie desde hace semanas, pues Ymira, se marchó por desavenencias con miembros de la compañía.
Lo peor, contarían más tarde, no había sido la estampa del mercenario herido, con los grilletes, la sangre, el lucero del alba en las manos y los mamelucos detrás. Sino la amplia sonrisa de triunfo. Una horrible mueca de saberse por encima de otros.
–¡Alto todo el mundo! –gritó bien alto y claro, para que lo escucharan–. No se persigue hoy. Les he pedido por favor que se fueran y me han hecho caso. Además, sé que aunque me jurasteis lealtad por salvaros de aquél asqueroso noble swadiano, no os gusta maltratar a la gente de vuestra tierra.
–Y os lo agradecemos, ra’asa, pero nos gusta maltratar a los grandes señores –señaló el de los ojos negros al emir herido–, así que; ¿qué haremos con él?
–Para él, dado que no estoy de humor para desollarlo y meterle un palo al rojo por el culo para que se rían en Shariz de él, cómo hice con su hermano…
Se acercó hasta él y le quitó el casco, que lanzó sobre la arena. Estaba muy pálido, lo que contrastaba sobremanera con su habitual morena tez y las gruesas lágrimas le mojaban la barba. Tenía la mirada perdida y no reaccionaba a lo que tenía a su alrededor.
–Espero que no haya perdido el juicio. No es divertido si son otra persona.
Lo golpeó en la cara, para que cayera de espaldas y ahí sí pareció reaccionar. Dio un tremendo grito de dolor y trató de moverse, pero solo pudo agitar los brazos y retorcer ligeramente el torso, lo que acentuaba su agonía.
–¿Estáis con nos, excelencia?
–¡Te mataré!
–¡Lo dudo mucho, excelencia! –Exclamó, riendo.
–¡Eres un animal!
–Si claro, ahora soy yo el animal –se miró las muñecas y confirmó sus sospechas; se había olvidado de que aún llevaba los grilletes–. ¿Alguien me puede echar una mano para quitarme esto?
–Espere jefe, que ya voy –Klethi trajo un pequeño cofrecillo con varias herramientas e hizo que se sentara mientras trabaja–. Me alegro de que esté bien. Bueno, esté más o menos bien. Excepto por las heridas, quiero decir. ¿Quién es el calvo?
–Nuestro nuevo médico. Dime, ¿Matheld ha organizado esto?
–Claro jefe, bueno, Matheld y un poco todos. Oh, claro. Y el rey.
–¿El follón del otro lado es Graveth?
–Sí, parece que tuvo que abandonar el asedio de Shariz por un problema con los norteños. Dice que firmó con el Sultán un tratado de paz de un año para que ambos resolvieran sus asuntos. Este tío parece que se los ha saltado.
–Ah, vaya –se sintió liberado sin los grilletes y recogió el lucero, antes de encaminarse al yaciente–. Eso aclara algunas cosas, ¿no crees escoria? Has traicionado un tratado de paz, has atacado un pueblo soberano durante dicha paz, has intentado torturarme, asesinarme y tus hombres combaten a gente con la que no están en guerra. Eso me deja a mí en una posición muy desagradable. Supongo, que dado que no hay otro señor por aquí, soy el único que puede ejecutarte. Así que en el estilo de cómo se suelen hacer estas cosas, te condeno a morir devorado por los buitres y los coyotes.
–¡No tienes ese derecho!
–Y tanto que lo tengo. Y si no, te reto a que te levantes y me lo discutas.
Se acercó y le hundió el hombro derecho con el lucero del alba. Prosiguió con el izquierdo, indiferente a los aullidos y el llanto del caído.
–Así pues, Dhiyul, hijo de mil perros, reúnete con tu hermano allá en el infierno. Dile que espero que disfrutara con el pedazo de hierro candente con el que mis hombres lo sodomizaron –golpeó la jabalina de su vientre, clavandolo al suelo e inmovilizando definitivamente–. No creo que lo coyotes tarden mucho. Hay bastante sangre.
–¡M…mátame…!
–No. Me quedaría a disfrutar del espectáculo, pero no tendré mucho tiempo. Además he perdido mucha sangre –alzó una ceja, pensativo–. Sin embargo, hay algo que sí que podré ver.
–¿Qué?
–Klethi, mira qué pedazo de anillos tiene en las manos. El muy imbécil no se había puesto todavía los guantes.
Era cierto. Tenía las manos profusamente decoradas en oro y piedras. Todas las joyas gritaban “¡Somos caras!”. Klethi se relamió y tragó saliva ruidosamente. Podía pagar muchas jabalinas nuevas y relucientes con esas joyas.
–Pero jefe, todavía está vivo. Y generalmente es muy estricto con estas cosas.
–Hoy estoy más permisivo, ¿ves? Pero recuerda que hay que compartir. Consideradlo un regalo –se giró hacia uno de los mamelucos, al ver que Klethi desplegaba su navaja, una cuchilla corta y espeluznante que siempre llevaba encima–. Sujétame ahora, o me caeré inmediatamente. En cuanto nadie mire, me subes a Válka y que el galeno te guíe a algún sitio donde me pueda curar. Luego, le hacéis caso en todo lo que necesite para curar a la gente que te diga, a toda la que te diga, ¿está claro?



Vaya. Estoy tan sumido en prácticas con tacógrafo, conducción eficiente y en ver la fuerza cinética que lleva un camión de 40 toneladas al sacudirse un leñazo a 90 kilómetros por hora (no me gustaría ser el turismo con el que impacte); que se me ha olvidado completamente que tenía la Senda del Aventurero en activo y que aún dispongo de alguna cosilla que podría publicar. En este caso, además os había dejado en un momento bastante intenso durante bastante tiempo de esta serie de relatos. No ha terminado ese arco argumental, pero calculo que le quedarán dos o tres entregas más por delante.

domingo, 6 de julio de 2014

Ungido. Relato para Cano

Os traigo un relato corto, regalo para Cano en agradecimiento por la excelente ilustración que podéis disfrutar aquí.
Os recomiendo leer el cómic Ibosim si no lo habéis hecho ya, para evitar spoilers, pero si no, lo tenéis a continuación, espero que lo disfrutéis tanto como yo he disfrutado escribiéndolo:

Aquí para descargar en .pdf



Balcebe miró por última vez el campo de batalla. Las apresuradas pinturas de guerra cubrían su cuerpo desnudo y tan sólo lo vestía el pequeño escudo redondo y la Espada. Cerró los ojos mientras inspiraba profundamente antes de desenvainar, pues sabía que no habría otra vez, al menos no de forma consciente. Nada más excepto la ira y el odio que la Espada de la Desesperación provocaba cuando se la sacaba de la vaina. La asió de la empuñadura y tiró de ella con suavidad. Al principio no sintió nada especial. A su espalda, el manípulo de sacrificio esperaba expectante. De pronto, sobrevino el fuego. El ardor que le quemaba cada nervio del cuerpo le producía un dolor tan inimaginable que no supo como se mantuvo en pie. Ni como recorriendo la mirada roja por el campo de batalla, distinguió formaciones. Y avanzó hacia ellas, resuelto a que pagaran caro su dolor.

–¡Avanzad hombres! –el fragor de la batalla no podía imponerse a su voz, pues; ¿acaso no los lideraba el poderoso centurión Agatocles?–. ¡Hemos de reforzar el flanco izquierdo para enviar a esos perros al otro mundo!
Apretaron el paso, dispuestos a rebasar la pequeña loma que los había tenido toda la mañana a cubierto de los ataques de los hostigadores enemigos, ya fueran honderos o arqueros. Al otro lado, el combate parecía recrudecerse pues los gritos que llegaban hasta ellos eran de espanto.
–¡Más rápido, ya casi llega…!
Había llegado hasta arriba, casi corriendo. Al otro lado no había nada más que muerte. Los ejércitos seguían asesinandose mutuamente, pero no allí, en el flanco izquierdo. Allí lo que había era un buen montón de cadáveres destrozados y un hombre desnudo con la espada desnuda en la mano y completamente cubierto de sangre y restos que los miraba con fijeza. Estaba intacto. Se agachó levemente y gritó, ronco, desde el centro mismo de su alma. La formación de soldados se estremeció claramente y dio un paso atrás, más su capitán era un hombre con muchas batallas a su espalda y pocas cosas había que consiguiera hacerlo temblar y ninguna estaba sobre la tierra que pisaba.
–¡Apretad formación y no fiéis!
Avanzó con cautela, escudo redondo por delante y la espada atrasada, previendo el golpe del ungido, que llegó con rapidez y fuerza inauditas. Golpeó con la misma defensa para quitarselo de encima y trató de rebanar el cuello con una rápida estocada, pero sólo a punto estuvo de llevarse una de las puntiagudas orejas de su adversario. Era más rápido, era más fuerte y no tenía ningún tipo de necesidad de sobrevivir, por lo que podía apreciar al combatirlo. Chocaron la Espada y el escudo del líder de nuevo y éste se recompuso a la espera de que sus hombres cargaran junto a él. La espera le extrañó. Un vistazo rápido y pudo constatar que la mayoría de sus hombres había abandonado las armas y corrían rápidos hacia los bosques. Los maldijo por el segundo que había perdido.
La falcata destrozó con facilidad la espada y la coraza de lino de Agatocles. Continuó camino sin detenerse atravesando clavícula, músculos, pulmón, costillas, arterias e hígado. El centurión vomitó sangre y se derrumbó, incapaz ya de mantener la vida dentro de su cuerpo. Su contrincante apenas esperó a que cayera y corrió en pos de la unidad que se batía en desordenada retirada, aterrada ante el espectáculo, pues al ver que su líder había caído de forma tan espectacular, los pocos que aún dudaban ya corrían más rápidos que las liebres.

Ya no podía correr más. Había dejado caer su impedimenta, a excepción por supuesto de la armadura, que no era fácil de retirar y mucho menos escapando de una muerte segura. Sus compañeros se habían separado de él, probablemente tratando de evitar que el portador de la Espada de la Desesperación los pudiera perseguir a todos. Devolvió el pobre desayuno sobre un arbusto bajo del bosque y trató de orientarse. Escuchaba todavía el fragor de la batalla, pero absolutamente nada más. Tardó unos segundos más en comprender que los gritos lejanos eran la única señal de vida que podía oír, pues en aquella espesura todo animal parecía haberse ido. El sudor se le enfrió con rapidez al darse cuenta de aquello, lleno de terror. Instintivamente se agachó y trató de ocultarse, pero no sabía por dónde llegaría, ni siquiera si lo perseguía a él o a otro. Pero que no escuchara nada es lo que más lo asustaba. Durante la carrera no había dado muestras de ser especialmente silencioso y si ahora andaba cerca parecía una tumba. Se arrastró hasta un árbol, buscando la protección del tronco, por si se lo encontrara. Lo encontró, pero para su tranquilidad, lo tenía de espaldas, quieto y respirando ruidosamente. Parecía estar cavilando, absorto en algún hilo de pensamientos. De pronto, sin más, dio media vuelta y echó a andar en su dirección y si no hubiera estado alerta, lo habría descubierto. Aguantando el llanto se preparó para correr en caso de que lo viera, más no le hizo falta. Algo sonó a la derecha del ungido y aquél se lanzó colérico al ataque. El asustado guerrero miró de nuevo y creyó ver una pequeña forma que huía a toda velocidad, pero en la verde espesura apenas podía. Aprovechó su proverbial buena suerte y salió corriendo en dirección contraria, dispuesto a dedicarse a un trabajo más pacífico si salvaba la vida.


Todavía se preguntaba qué podía haber salido mal. Recordaba haber empuñado la Espada y nada más de aquél día, hasta que se despertó cubierto de sangre en mitad de un bosque desconocido. Aquello en sí no sólo fue suficientemente malo, pues aquél dominado por el Espasmo de Furia no sobrevivía a la batalla, sino que al acercarse a zonas civilizadas había descubierto que ni siquiera estaba en su propio mundo. No podría encontrar las respuestas que buscaba, ya que no era un erudito y aunque algunas de las personas que habitaban el lugar les eran familiares los nombres que él daba, los conocían cómo él conocía los nombres de los dioses. Además,se había podido percatar de que no era del todo igual a los que allí vivían y había tenido que ocultar sus orejas muy pronto, pues aunque en algunos casos la diferencia se traducía en adoración, la mayoría de ocasiones solían acabar en miedo y persecuciones con toscas armas y fuego.
La Espada. ¿Había sido cosa de la Espada? Había quien decía que la espada tenía vida propia y que cuando el ungido la desenvainaba, era esta vida la que tomaba el control. Tal vez esta vez la Espada quisiera otra cosa; otro comienzo. Si era así, a Balcebe no le gustaba nada la idea. Debía morir en batalla, con dignidad, no apaleado de cualquier manera. Pero allí no conocía a nadie.
Se mantuvo cerca de la costa y así llegó conocerlos. Eran un pequeño grupo, no demasiado grande, pero muy unido. La mayoría habían combatido juntos bajo el mando de varios ejércitos, principalmente como mercenarios de apoyo y exploradores y ahora habían sido reclutados por las tropas de Cneo Pompeyo, que asediaban Ebusus.
–¡Buscamos hombres fuertes para un ejército fuerte! –gritaba el mayor de ellos, vestido con su impedimenta completa y la espada al cinto–. ¡Aprovechad la oportunidad mientras dure de estar en el bando ganador!
–¿Qué se requiere? –a Balcebe tanto le daba estar en el lado ganador como en el perdedor, mientras estuviera en uno–. Para entrar.
–Espada, escudo, jabalinas –lo escrutó, atento a que tenía prácticamente lo necesario–. ¿De dónde eres, amigo?
–De Ibosim –dijo, mientras contaba las monedas que había sacado del pequeño morral– ¿Valdrá para jabalinas?
–Valdrá. –ignoró el hecho de no conocer donde estaba Ibosim. No sabía donde estaban muchas cosas. ¿Qué más daba otra?– ¿Cuál es tu nombre?
–Balcebe.
–Muy bien, Balcebe de Ibosim, ahora eres un veles; felicidades. En cuanto reclutemos a unos pocos más haremos una incursión por una de las salinas cercanas, a ver si podemos hacernos con suministros. Está defendida por un pequeño fuerte, pero no debería dar problemas. ¡Anímate! Te espera la gloria, el honor; ¡y el botín!



Continua en Ibosim.

martes, 17 de junio de 2014

Pollito Wars: Filii Belli.pdf y relatillo tontorrón.

Los créditos del final de la holoproyección aparecieron con la explosión musical. Algunos aplausos nacieron en la sala ante la posibilidad de salir al fin de aquél sitio oscuro y frío; lugar en en el que conseguir comida significaba la muerte económica.
–Por Laika, necesito un trago urgentemente –dijo Sauri apartando gente de su camino con malos modos–; ¡quitad de en medio muertos de hambre!
–¿Cómo presté mi imagen para hacer esto? –Malabestia todavía no se acababa de creer el haber dado su permiso para aquello–. Debieron emborracharme, si no, no me lo explico.
–Se hace saber a todos los visitantes de las Holosalas Árticas que el héroe de la Alianza Gordon Phalow estará regalando firmas en la entrada –anunció con voz solemne la inteligencia artificial que controlaba el recinto–. Se ruega eviten los enfrentamientos armados.
El silencio que precedió a la tormenta auguraba una galerna de las peores que se habrían podido ver. Inmediatamente una ola de gente se precipitó hacia los pasillos que daban a la salida. Los que no parecían especialmente interesados en el tema se agarraban a lo que fuera con tal de no verse arrastrados y ayudaban a cualquiera que tuvieran a su alcance. Los del grupo que salía del palco vip se agarraron a Malabestia, que permaneció imperturbable.
–¡Perfecto cabo! –McQuarry hizo formar a sus hombre y los comenzó a organizar–. ¡Jerguins! ¿Dónde está Jerguins?
–¡La ha palmado señor! –Púlsar corría a toda velocidad, aplastando cabezas por el torrente humáfero–. ¡Se ha asfixiado debajo de todo el gentío!
–¡Maldición! Al menos, que alguien busque a Aubrey, ¡que comience a poner orden!
–Thomas por allá baja –dijo Sauri, encaramada a los hombros de la semiyagui–. Pateando a quien osa interponerse en su camino.
–¡Largo infieles! ¡No sois dignos! –fuera de sí, disparaba al aire, intentando dispersar a la gente de su alrededor para poder avanzar más deprisa–.
–¿A dónde demonios va? –preguntó Malabestia, todavía ajena al hecho de ser un peñasco en mitad de la furiosa corriente–.
–Resulta que nuestro siempre aguerrido vicealmirante es un maldito fanboy. Tiene todo el merchandising que salió en su día de Phalow –sonrió, recordando las figuritas–. En fin, ya se calmará.
–Coronel, le acaba de pegar un tiro en la cara a un tipo.
–Pues eso, que ya se calmará…


Pues nada, coña final con los personajes de Filii Belli y un enlace de descarga la mar de majo para que pilleis el PDF con el fanfic completo y sin cortes.
Para descargar, haced click en el siguiente enlace:



iJOXHiI.jpg

domingo, 15 de junio de 2014

¡Hasta ahí podríamos llegar!

-¿Nervioso? -preguntó la enfermera, sonriendo-.
-Sí, la verdad es que con la de veces que me han dado largas...
-Tranquilo, que hoy ya sales con los dedos arreglados.
-Me alegro.
-Mira, te voy explicando, para a ver si te tranquilizas.
-Sin problema, no soy especialmente impresionable.
-Mira, vamos a cortar la carne de los lados.
-Perfecto.
-Sacaremos todos los restos de uña y limpiaremos cualquier cosa que se quede...
-Me parece bien.
-Quitaremos la uña completamente y la raíz la quemaremos.
-Lo estoy deseando.
-Y abrasaremos la carne viva para que haga callo y no moleste.
-Sí, algo me habían comentado.
-Ah, aquí está el doctor, creo que ya podemos ir comenzando.
-Hola chaval, vamos a empezar con la anestesia, un par de pinchacitos...
-¡¡AH, NO! ¡¡HASTA AHÍ PODRÍAMOS LLEGAR!! ¡A mí no me acerca una aguja nadie! ¡NADIE!



Y más o menos así espero que sea mi día de mañana.
La verdad es que no me he informado demasiado del proceso en general, así que igual por ahí fallo un poco.

viernes, 30 de mayo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli. Epílogo FIN. (15)


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Aubrey clasificaba las órdenes del Almirantazgo en su datapad. La idea de que el Beaufighter fuera desguazado lo enfurecía, pues había perdido a amigos, subordinados y partes de su propio cuerpo en las cubiertas de esa nave. Era casi una extensión de sí mismo y no concebía demasiadas torturas peores que saber que lo enviaban a desguace.
Alguien tocó a la puerta. Tres golpes secos y seguidos.
–Adelante.
–Disculpe que me venga sin pedir cita señor.
–Queda disculpada, capitán –señaló a una pequeña pila de sillas que había cerca–. Siéntese por favor.
Cogió la silla de más arriba, limpió con suavidad el pequeño poso de polvo y tierra del asiento y se aposentó. No era demasiado joven y aunque no llegaba a la quinta del vicealmirante debía de haber visto una buena cantidad de acción. El pelaje rojizo, que en otro tiempo había sido mucho más intenso ahora estaba apagado y reflejaba los añolaikas pasados en activo. La mirada inteligente lo escudriñó un momento, admirada de la estatura de Thomas y de sus recias formas, a pesar de la edad.
–¿Qué necesita? –Aubrey no estaba de humor para andarse por las ramas–.
–Señor, nosotros hacíamos una ruta de entrega desde los astilleros Quack hacia la flota –bajó la voz, confirmando las sospechas del almirante de que el destructor que allí se había estrellado no era en absoluto normal–. Transportamos montado un dispositivo de salto experimental. No podíamos dejar que cayera en manos yagui y por eso decidí que lo mejor era encontrar ayuda. O destruirlo antes de entregarlo.
–Parece alto secreto. ¿He de suponer que su mando directo ha autorizado que me revelara esta información?
–Supone bien señor. Es de vital importancia que este tema no se airee más que lo justo y necesario, así que debo advertir de que he dispuesto que el reactor entre en masa crítica si el dispositivo y su software de uso son comprometidos de cualquier manera.
–Comprendo.
–Si los yagui se hubieran hecho con esta tecnología, pasarían de ser una molestia a ser un problema casi peor que los pollitos –le pasó el datapad con la información que le atañía–. Mi tripulación se comportó de la mejor de las maneras, pero en última instancia habría tenido que sacrificarnos para evitarlo. Gracias a su gente, no sólo el prototipo no ha caído en malas manos, sino que se ha salvado, al igual que mi tripulación.
–Me alegro entonces que decidiera visitarnos. Aunque debo decir que los que contraatacaron en superficie eran tropas del ejército regular. No estaban bajo mi mando directo, no más que los artilleros y jefes de las baterías de superficie.
–Algo he oído. Tengo entendido que se han suicidado para no tener que responder por su incompetencia.
–Sí… Se han suicidado –había dudado al principio y dio gracias por estar leyendo aquello, pues prefería no contar nada a otros que no fueran sus leales oficiales–. Nos impidieron que les echáramos el guante, por desgracia.
–Sí, suele pasar. No hay nada mejor que un buen consejo de guerra para los incompetentes. Lástima que no los pudiera capturar a tiempo, capitán.
Tuvo muy claro que la capitán sabía perfectamente lo que había ocurrido, pero ella también tenía muy claro que en oficiales de su edad, lejos de la justicia del grueso de la flota, bien podrían imponer la suya, discreta y eficaz, de una forma que no sería difícil averiguar qué habría ocurrido, pero que sin embargo, nadie podría probar.

Tenía casi tres horas de paz hasta su cita con el psiquiatra civil y las aprovechó para poder hablar con Aubrey. Lo visitó en el barracón que servía para la oficialidad y los veteranos, donde reinaba un ambiente silencioso.
–¿Me puede atender, almirante? –preguntó ella, cuadrandose en toda su musculada estatura–.
–Tome asiento, por favor –respondió Aubrey, incapaz de dejar de lado su animosidad por la parte yagui de la mestiza –muy bien, soldado. ¿Qué se le ofrece?
–El sargento McQuarry nos habló a Púlsar y a mí ayer sobre su intención de echarnos una mano con nuestros destinos.
–Sí, y así es, mantengo mi decisión. Su iniciativa no sólo frenó el avance por la superficie,, sino que evitó más muertes bajo mi mando.
–Gracias señor.
–Las gracias las doy yo –era consciente de que de la semiyagui había realizado una acción extraordinaria, pero su profunda aversión le impedía ser más amistoso, cómo usualmente era–. Tengo entendido que le gusta la camorra, ¿no?
–¿Disculpe?
–La violencia, el combate, lo movido.
–Sí, señor.
–Bien, también tengo entendido que el grupo de Operaciones Especiales suele tener bastante vidilla. Moveré algunos hilos, pero de momento, sigo siendo el jefe de esta base, así que me he tomado la libertad de darle un ascenso, cabo. Que el capitán McQuarry le de los detalles, porque no me sorprendería que estuviera bajo su mando.
–¡Muchas gracias señor! –Malabestia se había emocionado mucho. Abandonar aquél pedazo de roca era una prioridad para ella, por mucha amabilidad minera que recibiera– Le agradezco profundamente esta oportunidad.
–Cómo dije, las gracias las doy yo –volvió a repetir el vicealmirante. Se levantó y le tendió la mano a la semiyagui, reprimiendo la necesidad de negarle el saludo– ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarla?
–Pues ahora que lo dice… –comenzó, con un punto de timidez–.

–¡Eh, oiga! –dijo la capitán al mando del destructor Estrella de la mañana–. ¿Qué demonios hacen?
–Tranquila capitán, traemos una orden firmada por el vicealmirante Aubrey –dijo el operario, ajustando el cañón en las cinchas de la grúa–. Ha dicho que le entregará otro, pero que éste cañón P.C.D. ha de ser desmontado para su revisión.




Y se acabó. Casi cinco meses después de la primera entrega, se ha terminado el fanfic. Puedo decir que he disfrutado mucho, pues quería mostrar la batalla en la que Malabestia consigue su mítico cañón P.C.D. Comenzó por ahí y la batalla fue desarrollándose en mi cabeza, añadiendo no sólo ya el destructor, sino una fragata, a los piratas yaguis y además de una serie de personajes que me han gustado mucho.
He improvisado mucho, arreglado algunas otras cosas y creo que en general el resultado es positivo. Así que estoy satisfecho. Espero que os haya gustado; en unos cuantos días colgaré una versión en PDF con la portada y algunos comentarios de autor si se tercian.
Recordad que ayer publiqué una entrada con una excelente ilustración de la mano del genial Cano

¡Un saludo a todos y gracias por leer!


En los apartados de la Senda podréis encontrar el relato completo con su intermedio. De momento servirá hasta que cuelgue la versión pdf completa.

jueves, 29 de mayo de 2014

Partida de Guerra 5

El siempre incombustible Cano, autor, entre otras cosas del excelente cómic Ibosim o el divertidísimo Piloto virtual, me ha regalado un pedazo de dibujo por adelantarme y fanear el primero su nuevo webcómic: Primeras páginas, una suerte de primeras viñetas de cómics que nunca llegaron a dibujarse, pero cuya primera página me dejó tan impresionado que le dí al botoncito de seguir directamente, sin darme cuenta de que era el primero.

Cómo ya le he dicho en el apartado de arte del webcómic, no tengo palabras para describir lo muchísimo que me ha gustado a tantos niveles, así que para enseñaroslo lo antes posible, os traigo nueva entrega de Partida de Guerra, pues la excelente ilustración muestra al protagonista, Reissig y a Klethi, en actitud relajada:

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¡Muchas gracias maestro!





La llovizna era molesta. Repiqueteaba en la armadura de los mamelucos y aquello parecía un tenderete de cacerolas puesto al aire libre y no favorecía en absoluto el uso de la caballería. Klethi sentía el tabardo humedeciendose por momentos y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Generalmente mantenía las distancias en la batalla, lanzando jabalinas y venablos cubierta por la infantería y apoyando a quién fuera necesario. Nunca había combatido en primera línea.
–El rey ha comenzado el ataque –dijo Matheld, mientras montaba a la espalda de un caballero swadiano–. ¡Hombres! ¡Conocen su cometido! ¡Buena suerte a todos! ¡Avanzad!
Cientos de cascos trotaron sobre las escasas plantas que por allí crecían, aplastandolas. Klethi dió un suave tirón de las riendas de la gran yegua de su jefe. Era una hermosa yegua que le había comprado a un tipo siniestro en Praven hacía cuatro años, de pelaje tan dorado que refulgía aún con poca luz.
–¡Vamos Válka! –la yegua obedecía bien y ligera. Ahora no llevaba la barda y su único equipo era la silla de monta verde, el gran escudo redondo y el arma favorita del mercenario, un enorme lucero del alba–. ¡Vamos bonita!
Los swadianos tomaron la delantera, con sus monturas echando espuma por la boca, agobiadas por el peso extra de los grandes norteños que se agarraban con fuerza a los experimentados jinetes. Los vaégires, seguidos por algunos arqueros montados kherguitas se extendieron a los flancos, con ánimo de evitar cualquier tipo de intento de intercepción por parte de la caballería del desierto enemiga. La tormenta arreciaba lejos, pero el tronar de la caballería lanzándose cada vez más rápido hacía parecer que la tuvieran encima. Klethi se sintió sobrecogida y se ajustó por cuarta vez el casco, los guantes y todo lo que le parecía que no estuviera bien sujeto. A su lado uno de los mamelucos, consciente del gesto, le tocó en el hombro con suavidad para atraer su atención y le hizo un gesto. Un gesto, que sumado al estruendo, a la numerosa cantidad de mamelucos armados hasta los dientes que la rodeaban y a los brillantes ojos negros que la miraban con amabilidad desde detrás del casco con velo de malla del soldado no dejaba dudas de su significado; “nada que temer”.
Hawaha era un hervidero de enemigos. Por el lado que atacaba el ejército comandado por el rey Graveth se había podido formar una línea de infantería correctamente y rechazaba con decisión a los potentes infantes rhodok y sus arqueros hacían buena sangría lanzando cientos de flechas sin cesar al viento. Sin embargo, por el lado que cargaba la compañía mercenaria, que hacía dos semanas había ascendido a ejército baronial, apenas se había organizado una escuálida fila. Cuando estuvieron bien a la vista, los mamelucos, los swadianos, vaégires, todos lo que podían mirar hacia adelante aullaron a una sola vez de alegría y excitación por la batalla. Espolearon con violencia para no dar más tiempo y los caballeros se adelantaron, flanqueados por los kherguitas, que habían prescindido de espadas y sólo cargaban carcajs, para cargar con cuantas más flechas mejor. Los vaégires hacían molinetes con sus sables y no dudaban en elevar sus tremendos gritos de guerra en su lengua, con tal de que el enemigo supiera a qué atenerse con ellos, que no era otra cosa que a la muerte.
Con las lanzas en ristre, los swadianos cargaron de frente contra la escasa línea de escudos y lanzas que los sarraníes habían interpuesto, atravesandola sin dificultad. Las alas de arqueros montados se desplegaron para rodear y seguir hostigando a su enemigo, mientras los vaégires impactaron a su vez contra los extremos más desprotegidos. El centro de caballería pesada se dividió y todos los huscarles saltaron a pie, para reagruparse bajo el mando de Matheld, que no soportaba que la llevaran a caballo.
–¡Cargad hombres, cargad!
El núcleo de mamelucos continuó recto cómo una flecha, sin variar la velocidad, mientras los aliados se apartaban del camino, conscientes de que no frenarían ante nadie y que podrían morir bajo sus cascos. Aplastaron a cuanto infante solitario encontraron en su trayectoria y localizaron a su líder, hacia el que cabalgaron describiendo una amplia curva, para no perder velocidad y evitar que Klethi quedara al descubierto, pues algunos de los arqueros se habían subido a las casas y los hostigaban ya. La cubrían con sus cuerpos y su escudos, dentro de lo posible y así, comenzaron a encajar daños, aunque ninguno frenó la marcha.

–¡¿Por qué esos mamelucos cargan en nuestra dirección?! –el emir se había vestido con su ornamentada armadura de combate a toda prisa y ahora se colocaba el casco con velo de malla con rapidez–. ¡Que alguien les diga dónde está la batalla!
–Señor, esos no son de los nuestros, por ese lado nos ataca también el enemigo –el ordenanza de Dhiyul se frotaba las manos con nerviosismo y ponía la cara menos militar que se sabía–. Han intentado frenar su avance y un capitán trata de formar otra línea ahora frente a ellos; ¿ve?
–¿Línea? ¡Esos campesinos mal armados! ¿Eso es lo que llama línea?
–Pero excelencia, es lo que reclutó en…
–¡Ya sé lo que recluté!
–Más baratos que una compañía de lanceros pertrechada, dijo.
–Me parece, mercenario –dijo a Reissig, que sonreía viendo a los mamelucos bajo su mando cargar directos contra la pobre línea de campesinos, bien dispuesta, pero no demasiado bien preparada–, que sí que te son leales.
–Ya se lo dije, excelencia. Leales y muy valientes.
–Traedme mi sable, ordenanza.
–Lástima que los suyos no lo sean tanto, excelencia.
–Cuando termine contigo, veremos lo leales que son.
–Cuando ellos lleguen hasta aquí –dijo, con una sonrisa amplia y desagradable–, me gustará ver cuantos de sus hombres se quedan a ver qué ocurre con su excelencia. Pase lo que pase conmigo.
Alguien trajo el sable del emir con una disculpa. Los gritos se acrecentaron tras el mercenario; los mamelucos habían impactado contra la defensa que el desconocido capitán había interpuesto, pero no combatían, sino que seguían adelante. Los que sí que parecían querer combatir eran los swadianos que venían detrás. Alguien golpeó en los riñones a Reissig, que cayó de rodillas con gran dolor. Dhiyul alzó el sable y calculó con cuidado.
–¡Si no puedo vengarme con todo el tiempo del mundo, al menos te mataré perro!

sábado, 24 de mayo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli. Epílogo 2. (14)

Segunda parte del epílogo. Demasiado congestionado para decir nada moderadamente inteligente.
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Los mineros habían reunido una enorme cantidad de sencillos víveres y haciendo uso de una casi ilimitada imaginación culinaria, pudieron prepararlos de mil maneras distintas, que los soldados agradecieron sobremanera, considerando el rancho habitual que solían disfrutar allí. Varias decenas de mesas repartidas a la entrada del pequeño búnker del lugar albergaban toda clase se sencillos aperitivos de los que daban cuenta por igual civiles y militares. Los más jóvenes habían querido montar un baile, pero por respeto a sus invitados, que en su mayoría habían resultado tan heridos que no podrían moverse con suficiente coordinación en un buen tiempo, desecharon la idea con rapidez. Así que símplemente comentaban con animación los pasos del combate, la emoción del tiroteo o el miedo que todos sintieron.
Apareció Thomas seguido de Lykaios y Sauri y McQuarry. Los cuatro vestían sus mejores galas y se notaba que hacía mucho que no se las ponían. En especial a Aubrey le venía algo holgada su chaqueta.
Todos se extrañaron de ver al sargento con ellos, pues sabían que los tres primeros ejercían de oficiales mayores, pero especialmente de representantes de las fuerzas. El primer oficial representaba a la fragata y sus tripulantes, la comandante a la infantería de marina y el capitán, a todas las fuerzas defensivas. Pero el coronel al mando de la batería de tierra y que era el representante de las tropas de superficie, no estaba. En su lugar, el sargento tenía el semblante grave, algo ajeno a la fiesta de su alrededor. Más tarde averiguarían que varios de los responsables de las baterías de tierra, entre los que se incluían al comandante de la base, se habían suicidado. El capitán pidió una silla para que todos lo vieran y algo de silencio.
–Hola a todos. Espero que se estén divirtiendo. He elegido este momento para hacer algunos anuncios, bien por deferencia a nuestros amables anfitriones cómo para que no deje de conocerse la valía de todos y cada uno. Quiero comunicarles que en la primera comunicación con el mando, el grupo de defensa al completo recibe una estrella de la Victoria colectiva. Apareceremos reflejados en el boletín de noticias, aunque no se incluirá la localización ni el nombre del planeta por seguridad y sentido común –una leve ovación, silbidos admirativos y algunas risas acompañaron las palabras de Aubrey–. A continuación, diré las legiones de honor a título póstumo –se estremeció al nombrar a algunos de ellos. No sólo los conocía, sino que habían sido amigos y los había llegado a querer cómo a hermanos. Entregó sendos papeles a Lykaios, Sauri y McQuarry–. Legión de Honor y mención especial para el recluta Stig “Púlsar” Kursk, para la soldado de primera Mishara “Malabestia” Taylee, para el sargento mayor Ernst McQarry –no había condecoraciones físicas, sino los documentos que las autorizaban. A pesar de ello, las entregó con toda solemnidad. Uno a uno, pasaba desde los rangos más bajos, hasta los mayores, llegando hasta su primer oficial y la propia comandante Kahina–. El destructor Estrella de la mañana ha recibido una legión de Honor colectiva, por su excelente combate en solitario contra los piratas y la inestimable ayuda para finalizarlo.
De nuevo, más ovaciones, risas y aplausos. El capitán Aubrey les dejó unos minutos para ilusionarse y felicitarse, pero no bajó de la silla. Aún tenía anuncios por hacer:
–El Almirantazgo estima oportuno –dijo, antes de que bajaran las voces, así que comenzó más fuerte de nuevo–… El Almirantazgo estima oportuno que las fuerzas defensivas de este lugar sean renovadas. El destructor será reparado y volverá al seno de la flota para su reubicación. Los tiradores supervivientes de las tropas de tierra recibirán una reasignación para mejorar sus capacidades, o volverán a sus antiguos puestos –suspiró ligeramente. Aquello que estaba a punto de decir era tan importante y duro que no sabía cómo hacerlo–. La tripulación del Beaufighter será restablecida en su rango anterior, incluyendo a los altos oficiales. Lykaios Enister vuelve a su puesto de capitán de navío, Sauri Kahina recibe de nuevo su rango de coronel de infantería de marina y yo… yo vuelvo a mi puesto en la flota cómo vicealmirante. La fragata Beaufighter será desmantelada y su tripulación reasignada bajo mi supervisión.
Aquello era un cazo de agua fría entre tanta celebración y buena noticia. Aunque eran todos veteranos, la fragata había estado al mando del capitán Aubrey hasta que ascendió a contralmirante y la heredó Lykaios, quién más tarde capitanearía cómo capitán de navío el propio acorazado insignia de Aubrey. Incluso la entonces coronel Kahina había protagonizado sendas misiones a bordo de la fragata, pues sus excelentes cualidades servían muy bien para las misiones de infiltración y asalto que Sauri acostumbraba a realizar. Cuando todos perdieron su rango por una insubordinación colectiva, no abandonaron porque seguían juntos, a pesar de aquello. Algunos de los presentes comenzaron a envidiar a los muertos.
–Muchas gracias por vuestra atención. Buena suerte a todos, pueden continuar.
Aquello ya no era un festejo, sino un funeral. Nadie había que no mirara en dirección a la espuma térmica que cubría la fragata que tan desesperadamente trataban de reparar y no pudiera sentir su agonía.
–¡Por el Beaufighter, sus oficiales y su tripulación! –el sargento había sido el más rápido de todos y alzaba ahora una copa–. ¡Hip, hip!
–¡Hurra! –corearon las cientos de gargantas allí reunidas, civiles y militares unidas por el mismo sentimiento– ¡Hurra! ¡¡Hurra!!

–Malabestia, Púlsar, venid –dijo el sargento, con una jarra en la mano y en la otra un enorme cigarro que algún entusiasta guardaba para una ocasión especial–. El capitán me ha pedido que os comunique algo. Aubrey sabe que viniste aquí, Púlsar, aún habiendo pedido destino a una unidad de enlace. En agradecimiento por nuestra acción ha decidido presentarnos una cierta ayuda. Serás su nuevo oficial de comunicaciones, en la flota.
–Creo que no me lo puedo creer señor –era cierto, estaba mudo de emoción–.
–Pues créelo. Para tí, Malabestia, no sabe en qué ayudarte, así que sería bueno que solicitaras entrevista. No tendrá objeción.
–Así lo haré –respondió con convicción–.
–¿Y usted sargento? –preguntó Púlsar, aún afectado por tan estupenda noticia–. ¿Qué recibe?
–¿Yo? Mi antiguo rango y unidad.
–¿Y cuál es?
–Era capitán de Operaciones Especiales –ambos se sorprendieron de que aquél sargento desterrado hasta allí tuviera tanta solera–. Le salté los dientes a un puto general que se pasó de listo con mi gente.