lunes 13 de febrero de 2012

Lugares de Cindre: Averno.

Ale, toca ponerse en faena otra vez, que ya ha pasado el tema del concurso y quiero adelantar cosas. Aprovecho la momentánea estabilidad de mi pc para escribir un poco sobre la geografía del mundo dónde se desarrollan las aventuras de Icusagora Riel; Cindre. Comenzamos con Averno, pero en sucesivas entregas, contaré cosas sobre el golfo de Ranac, región dónde se desarrolla la historia actualmente y Mirina, la ciudad del pecado, hacia dónde se dirigen los aventureros, a bordo del Beaufighter, capitaneado por Ismiz.




Quince millas al Sur de Mirina, la joya perversa del espléndido Imperio Pomoleno, se encuentra un lugar que la mayoría de personas evitarán a toda costa: Averno.
Se trata de la entrada física al Inframundo, el maldito lugar en el que moran las almas de los que no fueron considerados dignos de las Llanuras Eliseanas.

En dos millas a la redonda del enorme crater, que tiene tres estadios de diámetro, así como uno de profundidad. Una precaria escalera labrada en la chamuscada roca desciende a la misma Puerta Sin Retorno, nombrada así porque quién ha osado cruzarla no ha vuelto jamás. Dicha puerta, tiene al menos doce varas de alto y es tan ancha que entraría fácilmente un buque de guerra Isparii con las vergas desmontadas.


Más allá, se sabe que está Inframundo, pero se desconoce exactamente cómo es. Nadie que haya traspasado físicamente la Puerta ha vuelto para contarlo y los espíritus que escapan no suelen hablar sobre ello. El resto del cráter está tan pelado como la superficie y se haya completamente vacío. Ni las alimañas se asientan allí. Por la noche, sin embargo, encontramos más animación. La Puerta está abierta y las almas allí destinadas son atraídas desde todo el planeta, formando torrentes lechosos que flotan por el cielo y que son perfectamente visibles en la zona.


Desde Mirina son un espectáculo hermoso, incluso turístico, para que los valientes presuman de haber visto la procesión de almas. Pero desde Averno, es aterrador.

Gritan, se retuercen intentan en vano escapar. Cuándo hay guerra, se multiplican y en más de una ocasión aventureros coinciden en haber visto siniestras criaturas dar latigazos a las fantasmales colas, para que se den prisa en entrar. No es para nada recomendable acercarse por la noche, pues algún alma especialmente fuerte podría intentar intercambiarse con un vivo, pero en tiempo de guerra es un auténtico suicidio.

Lo más palpable de Averno, además de su enormidad, es la energía que deja escapar. A primera vista, sencillamente no hay vegetación y la más cercana crece en colores enfermizos, mutada y deforme. En las cercanías hay algunos animales, pero vivo, de lo que más se encuentra son vlux, una especie de perro, del tamaño de un puma, con afiladas garras y una poderosa y ancha mandíbula repleta de dientes pequeños y desiguales. Haya diferentes tipos, desde los recién descritos hasta los líderes de manada, que tienen el tamaño de un oso y en muchas ocasiones, tres pares de patas y alguna mutación extraña más.

Estos "perros" infernales están evidentemente ligados al lugar, aunque no suelen acercarse mucho al epicentro. Por último, los vlux no son los únicos seres mutados por las energías que desprende Averno, pero sí los más estables y característicos.

domingo 29 de enero de 2012

Anuncio para los lectores: ¡Segundo Aniversario de la Senda del Aventurero!

Os dejo el relato primero (y dos enlaces), para los que simplemente leéis. Muchas gracias por vuestra silenciosa presencia. Aunque no lo creáis, anima mucho a seguir. El resto de la entrada, está debajo de lo que sigue, hacia el final:
Concurso por el segundo aniversario.



Un Ford A verde oscuro avanzaba a toda velocidad por las calles de Valencia. En su interior, al volante, Bill Red maldecía levemente, mientras esquivaba los coches de la estrecha avenida. A su derecha, rezando a todo un panteón entero, Guillermo se agarraba al salpicadero, consciente de lo inútil de su gesto. En el asiento trasero, sin inmutarse demasiado, el Tigre Cheko, de nombre Lykaios sonreía por la discusión que mantenían los de delante.
- ¡Relájate un poco! - Entre la súplica y la órden, el jóven esperaba que sirviera de algo. - ¡No llegamos tarde!
- ¡No gracias a tí, señor lentitud! - Las farolas anaranjadas iluminaban su deforme semblante, dándole un aspecto todavía más espeluznante. - ¡Has tardado mucho en bajar!
- Da igual lo que haya tardado, sólo relaja la velocidad. - Señaló hacia la derecha, indicando la dirección. - Es por ahí, ten cuidado, que aquí no respetamos... ¡Oah!
Había dado un bandazo cuándo un Ibiza fluorescente les pasó precisamente por el lado al que se desviaban. Bill insultó en tres idiomas distintos mientras giraba, mientras Lykaios miraba por la ventanilla, haciendo lo propio en otros tres.

El vehículo avanzó con calma hasta un hotel en las afueras, de amplia entrada y aspecto moderno, donde contrastaban varios caballos, atados a las vallas de forma improvisada. Aparcaron cerca de la puerta y los tres ocupantes dejaron ver que vestían de gala.
- Guillermo, mal asunto si hemos llegado tarde. - Comentó el Tigre mientras se ajustaba la corbata y se calaba el bombín, bajo el que destacaba su plateado cabello. - A Icusagora le molesta enormemente la falta de puntualidad, casi tanto como a mí el estar muerto.
- No me perdonarás que no hiciera de tí otra serie que no fuera a seguir en meses por falta de ganas o inspiración adecuada. - Lo miró el autor con un cierto aire de resentimiento. - Y que sepas, que eso te da caché.
- Como si lo disfrutara.
Antes de poder entrar, un rayo amarillo llegó hasta allí. Folgore flotó ligeron antes de tocar tierra y saludarlos.
- Veo que he llegado a tiempo. Ha habido un accidente en la pista de Silla y era posible que me tuviera que quedar.
- Al menos aquí estás. - Se llevó una mano al cuello, como indicando algo. - Gracioso lo de la pajarita.

Apenas llegaron al vestíbulo, un estruendo llenó el aire de la noche, que vibró salvajemente, mientras una nave de unos cuarenta metros sobrevolaba la zona, antes de posarse pesadamente en el aparcamieno de enfrente.
- Es el Falange. Reissig ha venido y casi seguro que con la mitad de la población galáctica. - Se giró hacia Bill, que encogía los hombros. - ¿Se puede saber quién los ha invitado? La idea es que sólo vinieran los habituales de la Senda.
- A mí no me mires, yo no controlo ésas cosas. De hecho, todavía no tengo muy claro cómo he sido capaz de llegar hasta aquí.
- Y recogerme a mí en el camino. - Terció Lykaios, sonriente.
- He sido yo.
Se giraron hacia la figura que les saludaba desde atrás. Iba vestido de negro y plata, con algunos sencillos bordados, que representaban una estrella de cuatro puntas. En su cintura colgaba un laúd de cerezo y en la vaina estaba la espada. Vïlem sonrió al sorprendido autor.
- No creo que tengas inconveniente, que al fin y al cabo, todos aquí somos hermanos. Bueno, en parte.
- ¿Cómo...?
- No debería sorprenderte ya, la verdad. - Se giró hacia la sala dónde el resto de invitados ya comenzaban a picar la comida. - Vamos, es una fiesta y no tengo ganas de perdérmela.
Bill se encogió de hombros y dió alcance al aventurero. El Tigre no pudo dejar de sonreír antes la cara de idiota del joven, que se giraba para mirar de nuevo a la puerta de entrada al hotel para ver cómo llegaban el resto de personajes. En la sala de celebraciones, podía escuchar las risas de Hoplas e Ira, que parecían compartir el gusto por la bebida fuerte.
Poco a poco, saludábanse todos, los que se conocían y los que no, incluyendo al psicópata Él, que estaba bajo la atenta vigilancia de Vïlem, mientras que Reissig comentaba con Alejandro las mejores maniobras para zafarse de un caza en gravedad cero.
Todos se juntaron para la foto, recordando los pobres y humildes inicios de sus respectivas aventuras. Y de cómo había ascendido la población del pequeño blog, merced siempre de los lectores, que animaban a aquél joven con delirios literarios a seguir escribiendo, aún así le sangraran los ojos.
El pasado 17 de enero, la Senda del Aventurero cumplía dos años de publicación más o menos semanal. Lo que comenzó en un inicio para albergar un relato que se llamaría "Las increíbles aventuras de Icusagora Riel" y que tendría un sabor de un folleto típicamente decimonónico y algo steampunk, ha acabado siendo un blog de historias de aventuras, con varios títulos de diferentes géneros y temáticas, entrevistas a autores online (siii, lo tengo parado, pero ya sabéis lo que me pasa con el pecé desde hace meses). He crecido mucho y mejorado también. He alcanzado objetivos que no creí que pudiera y me lee más gente de la que jamás pensé que lo haría. Incluso he aparecido en una quedada, a pesar de mis remilgos y carácter (de la que por cierto, saqué un genial dibujo del aún más genial Litos y que tengo que escanear, aunque me da que me toca echar mano de cámara).
Incluso me ha dado la desfachatez de organizar un concurso (y como imaginaba, no ha tenido alcance (arriba están los enlaces)) y eso que tanto no se me conoce. Así tengo el ego.

Así que nada más que deciros a todos que muchísimas gracias por leer los desvaríos de éste humilde escritor. No os podéis imaginar la ilusión que le hace a éste menda vuestras visitas, comentarios y demáses.

Independientemente de cuándo termine el mundo, éste blog seguirá en la trinchera, acompañado de la Senda del Interrogador, todo el tiempo que se tercie.

Un saludo a todos y muchas gracias!

domingo 22 de enero de 2012

Microrrelato

- ¡Disparos! - El mozalbete recorrió la tasca, asustado. - ¡Señores de ley, disparos he oído por allí!
- Si, nos también, y me place, pues tranquila noche se nos presentaba. - Torció la boca, en una mueca burlona, al desenvainar la toledana y colocarse la vara de alguacil, justo después de ceñirse el tahalí y comprobar la pistola de llave reluciente. También agarró la gumía que le arrebató a un berberisco que tuvo la desfachatez de saquear la costa saguntina mientras él ejercía de guarnición. - Vamos, Vázquez.
Los dos hombres habían recalado en la pequeña aldea, reclamando cama y cena para oficiales del Rey, que se dirigían a Valencia con motivo de su nuevo destino como teniente de alguaciles. Salieron a la húmeda noche, que se agitaba con la animación de pueblo, que había escuchado el tiro y el aullido de dolor de un fulano al que seguramente se le escapaba el ánima por algún agujero.
Era noche cerrada como digo, más dueño los acompañaba con lumbre, apartando a la gente entre gritos de "¡Paso a la Ley!". En la pequeña placilla, en el suelo, con el semblante pálido que proporciona la muerte sangrienta, un joven se desangraba. No era el herido por plomo, pues aquello, ningún arma de éste mundo podría hacerlo.
La herida era tremenda y recorría desde la clavícula, que asomaba rota entre los jirones de piel, hasta las propias tripas, que se desparramaban. Respiraba y de dentro los pulmones parecían escaparse entre las destrozadas costillas, que brillaban a la luz de la lumbre. Los lugareños, se santiguaban o rezaban frenéticos, al reconocer la marca del diablo en aquél destrozo. No podían imaginar que algo así había sido realizado por una criatura de Dios.
Unas huellas más grandes de las de cualquier hombre habían aplastado al joven, que se abandonó definitivamente a la Parca que lo reclamaba. A su diestra, ligeramente estropeada, un pequeño arcabuz de ancha boca, humeaba aún por el disparo. El teniente, se agachó para comprobar mejor la posible dirección de las huellas y decidió partir en su búsqueda, para eliminar cualquier traza del asesino, sobrenatural o no.
- Vuesamerced no debería internarse. - Suplicó el dueño posadero, que sabía qué ocurriría si dos oficiales desaparecían allí. - Por favor...
- Déjelo por favor. - Santiago tragó saliva levemente antes de indicar el camino. - Vázquez, iremos para allá, agarre lumbre si el buen hombre no quiere venir.
Vázquez, mudo como era y hosco a morir, agarró la lámpara de las asustadas manos y se internó en la oscuridad tras su superior, ajeno al miedo pueblerino que dejaban tras ellos. Debían encontrar a aquello que había andando primero a dos manos y luego a cuatro, dejando marcas de terribles zarpas ensangrentadas. El muy cerdo, había pasado por encima del infeliz al huir.

Lo encontraron al cabo, sin que pasara mucho tiempo. La luz de la Luna dejó ver su enorme silueta, que al sentirse perseguida giró sobre sus cuartos y se alzó, lanzando un rugido profundo, que dejaba caer una horrible advertencia. Vázquez, sin esperar orden alguna, se adelantó, lanzando con cuidado la lámpara, que al caer arrojaba sombras trémulas en los alrededores, dejando ver aquél ser de pelaje pardo, salpicado de carmesí. El hocico de perro parecía furioso y mantenía las garras con enormes uñas cerca de la cara, a pesar de que no lo distinguían del todo bien.
- Vázquez, aunque no hables, sigues teniendo que aguardar lo que yo te mande. - Comentó el teniente, picado. - Ya sabes que... ¡Cuidado!
El oso avanzó con decisión hacia el mudo, que lo esquivó con facilidad. Aquél siguió avanzando a dos patas antes de caer sobre las delanteras para alejarse. Pero Vázquez desenfundó su pistola y en un santiamés artilló y disparó a la forma, antes de soltarla y desenvainar la espada. El animal volvió a encarar a los dos hombres, pero esta vez no pretendía evitarlos y sumergirse en las sombras. Su temor pasaba a la ira causada por el dolor. Arremetió con furia y cogió al mudo desprevenido, dando con sus huesos en tierra, entre sordos gritos que nada podían gritar, más allá del aire pasando por su garganta.
Santiago gritó, con la nuca erizada del miedo al ver a su subordinado caer ante el ataque. En lugar de correr, disparó su pistola y se lanzó hacia adelante, clavando inmisericorde la toledana hasta el puño. El oso, ajeno al acero que se movía en sus tripas, siguió ensañándose en el caído, que se protegía con manos destrozadas de aquellos poderosos zarpazos. El teniente, partió la espada al intentar sacarla y al dejarse llevar por la desesperación de ver al infeliz cómo al joven, saltó sin pensarlo demasiado bien sobre la grupa de oso, asiéndo con la siniestra, mientras que con la diestra empuñaba la despiadada gumía. Le dió varias puñaladas, hasta que por fin, cuándo el animal trató de revolverse, a la luz del farol atinó a ver la garganta y allí fué la afilada hoja.

Encontraron más tarde al alguacil, más muerto que vivo, con una terrible herida en el torso, que había vendado con harapos. A su lado, el cadáver de Vázquez se enfriaba, con la capa por encima para taparlo. Y un poco más allá, incapaz de continuar, el enorme animal salido de la nada, al que muy poca gente reconocía como creación divina y muchos trataban de diablo de Averno.


Concurso

sábado 14 de enero de 2012

¡Insurrección!

Bueno, mientras dedico tiempo a editar lo que me toca, que no es poco, corregir unas cosas urgentes y continuar entregas de icusagora y de lo que me queda por aquí, me ha dado por escribir lo que sigue, que es un adelanto de lo que podría ser el FanFic de Star Wars con el que sigo dentro de unos años.
Además de que es bastante adecuado, viendo los tiempos que vivimos.
Concurso
La Senda del Aventurero.



La noticia ya recorría Corellia como la pólvora. Una flota de guerra republicana había destruído un navío corelliano de carga, que trataba de romper el bloqueo sobre Koltraret, un pequeño planeta en la órbita de infuencia del sistema corelliano. Ahora, la flota leal al Diktat se había desplegado, teniendo que reclamar a toda prisa a la mayoría de alumnos capaces de la Academia. El resto, al mando directo de la plana mayor, se quedaba en el sistema, para la defensa del mismo. Todos buscaban al director de la Academia Naval, que había desaparecido. Malas lenguas decían que el antiguo soldado republicano había huído al verse en la tesitura de combatir de nuevo. Otros decían que era un firme republicano, en vista a sus actuaciones anteriores en el senado. Todo corelliano de bien, conocía la voz de aquél hombre, tan contrario al enfrentamiento armado. El antiguo comodoro republicano, que había sido despojado de su rango y antigüedad al enfrentarse al senado y a su canciller.

Cierto es que se ha llevado a su familia y pertenencias con él, e incluso a más de un amigo. Incluso mató en defensa propia o de otros a conspiradores corellianos, pero sabían que su lealtad a Corellia era demasiada. Amaba aquél planeta y a sus gentes y desconfiaba de la República y sus políticos. Lo que no significa que confiara plenamente en el Diktat, que tan propenso a la guerra era.

Era un día luminoso en la cercanía de Coronet, la brillante, majestuosa y peligrosa capital planetaria. Apenas nadie había reparado en el punto que se acercaba, excepto los controladores de tráfico, que se habían atragantado con el café al identificar el aparato que se acercaba con rapidez a la atmósfera. Atravesó ésta cómo si de mantequilla caliente se tratara, mientras desgarraba las finas nubes que se extendían más allá de la violácea estratosfera. El navío, de excelente manufactura mon-calamariana, sobrevoló a fuerza de repulsores la enorme ciudad y sus alrededores, antes de aterrizar pesadamente en las afueras, bloqueando vías de entrada y salida. Por los altavoces, se escuchaba una y otra vez, una potente voz, que pertenecía a un anciano que tres semanas atrás habían podido escuchar bramando en el senado:

- ¡Cualqier corelliano libre y que quiera lucha por la libertad soñada, que acuda al Implacable para ser reclutado! - La voz, más que enardecida, estaba furiosa, con un punto desesperada. - ¡Cualquier persona de bien, que quiera colaborar, será bien recibida¡ ¡El opresor republicano cierra la zarpa, mas nosotros nos liberaremos, mediante el propio esfuerzo!
Aquél mismo día, miles de madres despidieron a su prole. Cónyuges que se separaban para tal vez no verse más. Cualquiera en edad y con un mínimo era aceptado, de cualquier condición.

A la mañana siguiente, el Implacable alzó el vuelo haciendo retumbar la milenaria ciudad, que mudó antes de estallar en una cacofonía irreconocible. Aquí y allá las bocinas aullaban y el gentío chillaba adios y suerte para los valientes. Millones de gargantas, en varios puntos del planeta cantaban una canción independentista que se estaba poniendo de moda.

El navío, ascendió rápidamente, para inflamar los repulsores y poner rumbo a las estrellas. En dirección a una guerra, que tras los múltiples intentos de evitarla, las negociaciones, las súplicas y las salidas legales u honrosas, había estallado.
Ahora, el antiguo comodoro y capitán de Corellia, sin ser corelliano, iba a pelear por un planeta que amaba, en una guerra que querría habérsela ahorrado a sus ciudadanos. Con la casi certeza de que no podrían vencer.

sábado 31 de diciembre de 2011

Mis paisanos cuándo se van de fiesta.

Escribo esto un poco de memoria, que tengo ganas de sangre y tal, pero no de corroborar todos los datos, así que lo siento si meto la pata en algún momento.
Bueno, feliz año a todos, ahora sí, nos veremos en el otro lado.


[i]Habían reñido recio en Valencia, dónde el pueblo civil, había causado una derrota humillante al profesional ejército francés. Entraron a Madrid por atocha, para socorrer la capital y liberarla del yugo. Más tarde vendría la gresca en Tudela.
Ahora, la columna, que había pasado bien en general, se encontraba atascada en territorio aragonés, incapaz de avanzar en dirección a la ciudad, con ánimo de allegarse a ella. El francés, les venía encima una y otra vez, carga tras carga, empeñando muchas vidas. Los valencianos, aunque fogueados por las batallas anteriores no eran sino civiles voluntarios y reclutas recientes en su mayoría. Aunque disponían de los mejores pertrechos que se habían podido comprar (pues la empresa que les encomendaron no era poca), tampoco eran una maravilla.
Entre el humo y el vaho de subía de los cadáveres destrozados y sanguinolentos, aguantaba lo que quedaba de la división. Apenas cuatro mil hombres, de los más de dieciseis mil que salieron de su tierra. Ya no se dividían en unidades, sino que dentro de la línea, formaban piña común, arremolinándose alrededor de las banderas, que defendían con encarnizada determinación.
De pronto, el flanco izquierdo flaquea. Los que en medio del desastre dejan que el sentido común les domine, tan irracional a esas alturas del asunto, echan a correr, abriendo huecos en la masa humana que combate. La caballería gabacha se apresta, preparados los coraceros para abrir camino y los húsares para degollar de lo lindo. Ya llegan, sables en alto, humo de pistolas ante los animales y toques de corneta.
A los veteranos, o sencillamente, los calmados insultan a los que corren. Los humillan a gritos, mientras tratan de componer un cuadro más o menos decente. "¡Fillsdeputa! ¡Malparits! ¡Torneu desgraçiats! ¡Dejad de correr y apretáos collons!" Los que se mantenían trataban de convencer a los cobardes en medio del desastre y poco a poco, bien por el ánimo de encontrar camaradas que no corrieran como gamos o por simple vergüenza, se incorporaban a la formación, que ya recibía el embate de los coraceros. El que trató de escapar igualmente, murió antes de llegar a la espesura de más atrás cazado por la caballería ligera.

Tronaron a bocajarro los fusiles antes de que los coraceros llegaran al contacto. Cayeron y se estorbaron los unos a los otros, perdiendo fuelle en la carga. De pronto, una marea de hombre y caballos combatía, mientras que los franceses trataban de penetrar más en el cuadro antes de salir. Pero su propia arrogancia se volvió contra ellos, pues la masa de hombres y bayonetas, que clamaban enfurecidos y ahítos del olor a pólvora, sencillamente los engulló, entre espeluzantes gritos y desesperantes relinchos.
Después de la masacre, con la línea formada de nuevo y los franceses dejando actuar de nuevo a la artillería y a la infantería, al que aún  mandara en medio de aquél desastre decidió que ya había bastante, que podía retirarse sin deshonra. En caso de que pudieran retirarse, claro. Porque a esas alturas, ninguno de los intrépidos voluntarios le veía un final feliz al asunto.
Lejos de volver a desbandarse, la línea comenzó a retroceder, lentamente y sin dejar de plantar cara al enemigo, en dirección a los bosques que se espesaban más atrás, dónde podrían zafarse de su enemigo. Los heridos se retrasaban, a pesar de que sus compañeros hacían lo que podían para que les fueran al paso, pero al final, la línea se desdibujó, dejando bolsas de heridos que se acercaban los unos a los otros para darse protección.
Otro ataque de la caballería la línea se separó. Una sección del flanco izquierdo, más de quinientos hombres, quedó aislada del grueso, que cada vez era menor. Ésta se apelotonaba alrededor de las banderas que poseían y en medio de aquella locura, los veteranos que se habían quedado en el lado más numeroso decidieron que ya tocaba dar broche final a aquello.
Se despidieron  padres e hijos, hermanos, primos y amigos. Hasta nietos vieron marchar a sus abuelos, en dirección a la bolsa acosada, con el fin de dar tiempo al resto a escapar y recomponer la división, por si hiciera falta más adelante.
Los coraceros, se dieron cuenta de la maniobra y dejaron de arremeter contra los infelices heridos que se habían quedado atrás y cargaron de frente contra la escueta línea de veteranos. Éstos, formaron un cuadro y se prepararon para contener la carga. No dejaron de disparar en ningún momento, por tres costados, antes de que los franceses se lo pensaran dos veces el volver a cargar de aquella forma. Ahora buscaban mejor y atacaban al punto más débil, esperando romper su voluntad. Pero los infantes seguían en sus treces, fijas las miradas en una bandera, que se agitaba ante los repetidos ataques de la infantería.
Nueva descarga de mosquetería. Balas volando en ambas direcciones y más almas que se iban para el cielo, o a engrosar las líneas infernales. Juramentos, imprecaciones y una curiosa y fría determinación que hacía avanzar a los soldados españoles en pos de aquella muerte tan heroica. Lo que hacía que los franceses, mostraran mayor interés en proporcionársela, a costa de muchos muertos por su lado.
Los heridos rezagados ya habían perdido la bandera, que ahora un francés aniñado e imberbe, agitaba ante sus ojos desesperados e impotentes. Detrás ya llegaban los veteranos, recibidos por gritos y burlas francesas. Sin apenas detenerse, el más anciano de los que quedaban, alzó su mosquete y derribó al joven rubio que había arrebatado la bandera  de un tiro en el hombro, que lo lanzó contra sus propias filas. A continuación, salió corriendo, en dirección a las líneas azules. Sus compañeros, levantando a los pocos heridos que aún podían caminar, lo imitaron. Después de la última descarga, con los coraceros y húsares acosándolos y vendiendo cara su vida, corrieron hacia el francés, gritando pestes y blasfemias, sabiendo que aquellos eran sus  últimos jadeos, bayonetas caladas y dispuestas.

Mientras que los pocos restos de la división, se ponía a salvo, menos de dos mil hombres, de los cuales sólo alrededor de mil quinientos llegarían. Algunos más enteros que otros
.[/i]

lunes 12 de diciembre de 2011

Un autor agredido.

Aviso que es un pelín largo. Ésto se me ha ocurrido después de una pesadilla, y de paso, ya que estaba, he rizado el rizo un poco más allá de lo soñado. Además, propongo un pequeño ejercicio, que en general será muy sencillito. Si alguien me contesta a todas las preguntas que voy a poner ahora, tendrá en su poder una versión reducida del premio del concurso que estoy montando para el segundo aniversario de éste humilde blog. Vamos, que escribiré algo que me pida el ganador (o ganadores), ya sea relatillo, historia pequeñaja o concepto de personaje.

En fin, sin más murgas, os pongo los enlaces pertinentes y el mini relato:


Soy un crack, publico sin poner las preguntas ni leches:

¿De qué relato proviene Bill Red?
¿Qué nombre falso usa en su propio relato el primer personaje que sale de la pantalla?
¿Quién es el psicópata que va disparando con una ametralladora?
¿Qué dos modelos de revólver lleva Ira en las manos?
¿De quién es hijo Icusagora Riel?






Guillermo escribía frenético, asqueado de su propia fanfarronería. Había prometido
acabar la primera parte de las memorias de su personaje de cierto juego online y
pasadas las ochenta páginas aún calculaba mínimo otras cuarenta para finalizarlo.
Además, tenía otros proyectos entre manos con fecha y lo de las entrevistas se había
visto detenido por varias razones, además de su propia pereza.
- Nada, es inútil. - Dió un sorbo de su refresco y se pasó la mano por la cara. - Esto es
mierda, ni de coña lo publico.
Se quedó quieto, detenido ante la clara pantalla. Eructó y volvió a poner las
manos sobre el teclado. Abrió el guión que tenía entre manos y trató de continuar con
él. Gruñó y pasó a otros proyectos. Volvió por fin a su fan fic de Star Wars Galaxies,
decidio a publicar aunque fuera un triste párrafo.
- Esto lo publico hoy de la forma que sea. - Miró fijamente la pantallo durante unos
instantes. - ¿Pero qué coño?
Recibió el impacto en la cara, que lo lanzó de espaldas al suelo. Se llevó la mano a la
nariz, que le dolía soberanamente y sangraba, aunque no la notaba rota. De la
pantalla, una forma humanoide hecha de letras se materializaba físicamente, hasta
quedar formada como un hombre corpulento, de pelo corto y bien parecido, a pesar
de las cicatrices. Llevaba puesta una especie de armadura verde de aspecto futurista,
que reconoció al instante. Era Vilem, su alter ego en el juego. Bueno, uno de los
Vilems.
- Carajo. - Se giró hacia el autor, que se incorporaba para preguntar algo. - Por fin nos
vemos, capullo.
- ¿Eh? Que? - Dijo, con la agilidad mental que le caracterizaba. - ¿Cómo?
- ¡Es hora de que escribas mamón!
Lo agarró del hombro y fue a sacudirle un puñetazo en el estómago, algo le dió un
golpe desde detrás. Un horrible rostro desfigurado por una tremenda cicatriz le guiñó
el ojo, antes de apuntar con el fusil con bayoneta en dirección al mercenario galáctico.
- ¿Pero no ves que si lo desgracias, nos jodes a todos? - Preguntó, con cierta guasa,
Bill Red, nombre puesto en un alarde de originalidad. - Que mis aventuras están por
llegar y quiero que sean de calidad.
- ¡Eso intento capullo! ¡Intimidarlo para que continúe!
- Creo, que eso me puede salir mejor a mí, florecilla. - Una voz, como un chuchillo vino
desde el lugar dónde estaba la pantalla.
El recién llegado tenía una sonrisa peligrosa en la cara, dos revólveres en las manos y
un sombrero negro lleno de polvo. Ira apuntó con calma.
- Bueno hijo, creo que es hora de que dejes el arma en el suelo. - Escupió, con
desprecio. - O si no, voy a reventarte esa cara de memo que tienes.
Algo explotó detrás de él, destrozando la mesa y las ventanas, de las que llegaba el
ruido de sirenas.
- ¡Nosotros estábamos antes que todos vosotros! ¡Exigimos ser los primeros! -
Folgore e Icusagora habían aparecido, con ganas de camorra, al parecer. - No tenéis
más derecho que nosotros.
- Técnicamente, yo llegué antes, que lo sepáis. - Terció el que primero llegara. -
Comenzó mis aventuras más de un año antes de idear las vuestras.
- Parece, muchachos, que hemos llegado a un punto muerto. - Bill bajó el rifle,
mientras ayudaba a Guillermo a incorporarse. - ¿Si nos calmamos no será mejor?
- ¿Eh? ¿Cómo? - Seguía teniendo poca agilidad mental. Pero llegó a fijarse en la forma
que se materializaba ahora detrás del superhéroe y el aventurero. Y en el arma que
llevaba. - Oh, mierda. ¡Es él!
Echó a correr en dirección a la puerta, buscando la protección del pasillo. El resto, al
echar la mirada hacia atrás, lo imitaron, con más o menos calma. Folgore abrió un
camino por la pared, ignorando la de explicaciones que tendría que dar su autor.
La figura, vestida de negro y armada con una ametralladora de sección, disparó una
ráfaga con su munición combinada. Algunas balas atravesaron la pared y otras
arrancaron yeso y ladrillo con facilidad, mientras el psicópata aquél reía.
- ¡Eso es putas! ¡Escondéos! - Volvió a disparar, regocijándose en los gritos del
pasillo. - ¡Quiero comerme vuestro miedo!
De pronto, dejó de disparar. Un sonido líquido, como el de el agua al atravesar un
paso estrecho, les llegó. Al mirar en el interior del salón, había una figura detrás del
asesino. Éste había dejado caer el arma, mirando incrédulo la espada iridiscente que le
sobresalía del esternón, de la que salía el vapor al hervir su sangre. La extrajo sin
muchos miramientos, e ignoró el cuerpo que caía y se deshacía, para desaparecer sin
dejar ni rastro. Era un hombre de corta talla, con el pelo descolorido y un mostacho
muy claro sobre la curtida cara. Que era idéntica a la del primer personaje que había
aparecido, aunque más desmejorada por la edad. Llevaba un hoplón y una espada
larga, que videntemente era algo más que un arma de mano, además de ropa basta y
sencilla, que combinaba con una capa sorprendentemente elegante para el conjunto.
Desentonando más todavía, pudieron ver un laúd ricamente adornado en madera
rojiza, colgando de su cadera.
- Creo, niños, que ya es hora de marchar. - Envainó la espada y les señaló la pantalla.
Ninguno se atrevió a replicarle. - No debiérais haber venido mendrugos. Ésto podría
costarnos a todos la existencia.
Guillermo se acercó. Le sacaba media cabeza de altura, pero estaba claro que el
espadachín era más fuerte, ágil y capaz que él. Tenía un lío de emociones entre
felicidad por haberse salvado, temor por lo que acaba de pasar o dicha por conocer en
persona a su más grande personaje.
- Yo, eh. Gracias.
Vïlem von Länderer lo miró con sus fríos ojos grises, como estudiándolo. Parecía
preguntarse muchas cosas.
- Muy bien, no necesitáis darlas, sire. Pero ya que aquí me hallo... - Lo agarró de
improviso del cuello con la enguantada mano y con una fuerza que no es de este
mundo, lo levantó. - Maese, mucho debéis escribir, más os conmino a echarle un
vistazo a cierta historia que debéis preparar en breve.
Lo soltó, al ver que se ahogaba. Cayó aquél de rodillas, agarrándose esta vez el
cuello, luchando por respirar.
- ¡Pero ah! Si además pudiérais trabajar un poco en mi propia historia, me sentiría muy,
pero que muy complacido. - Le miró de nuevo, sin agacharse, con la espalda muy
recta y la mano apoyada en la espada. - O si no, podría volver para convenceros.
Dicho esto, desapareció. Y Guillermo, sin saber muy bien qué hacer, se quedó allí, en
medio del desastre general, escuchando cómo derribaban la puerta de la casa para
entrar.