miércoles, 10 de octubre de 2012

Libertad 4. Dulce emancipación.

Las explicaciones están al final del post, después de la lectura.




Avanzaron sigilosamente hasta un recodo, de donde salían voces airadas y un hombre lloriqueaba con las manos en la entrepierna. Se asomaron con cautela a la esquina y se sorprendieron mucho de lo que vieron al otro lado; una mujer de grandes ojos verdes y rubia cabellera, que estaba plantada en toda su pequeña grandeza ante cuatro amenazadores hombres. Más bien tres amenazadores hombres y un pobre desgraciado que acababa de comprobar por qué no hay que acercarse a una delgada mujer que sujeta un soplete de fusión con el ánimo de usarlo.
–¡Maldita bruja! –escupió uno de ellos, sin apartar la vista del chisporroteante aparato–. ¡Veníamos a que nos devolvieras el dinero, pero ahora pasaremos un buen rato a tu costa!
–No os voy a devolver nada, bastardos –dijo ella, sin arrugarse–. ¡No me pagasteis por el calibrador de fuerza!
Hubo un momento de duda. El que parecía el líder de ellos miró a los otros sin llegar a creérselo.
–¿De qué coño hablas? –dijo, todavía sorprendido–. ¡Te pagamos para que nos reforzaras los conductos de escape de nuestras swoop y ayer explotó una de ellas!
–¿Ah sí? –dejó la de mantener guardia, mientras trataba de recordar, hasta que se le iluminó la cara, aliviada–. ¡Claro! ¡Vosotros me pagasteis bien lo acordado! ¿Quién coño me debe dinero?
Los matones no daban crédito a lo que sucedía. Los gritos del caído habían cesado y tan sólo lloraba desconsolado ya. Por su parte, Jeriaebrek habia comenzado a escalar la pared con gran habilidad a pesar de su edad. Ilvael y él habían ideado una pequeña treta para sorprenderlos a todos.
–¡Me da igual quién no te pague! –estalló por fin el matón alfa, fuera de sí completamente–. ¡Nos vas a pagar lo que le has hecho a Yon! ¡Ayudadme a sujetarla!
Avanzaron los tres, dos por los flancos y el líder por el medio. Por su parte, la joven agitó de nuevo el soplete, pero el matón le agarró la mano, mientras el otro la hacía tropezar. Sin embargo, ella soltó la herramienta en la cara del de su izquierda, que gritó de dolor y se apartó con violencia. Aprovechó ella para agarrar un trozo de palo y golpear al líder, que la había cogido de las piernas y luchaba por abrírselas. Después de dos golpes en la cabeza, aflojó un poco la presa, lo suficiente como para darle una patada en el hombro. Sin embargo, el que sujetaba su derecha le arrancó el arma de las manos y apresó su otra mano. El líder terminó de colocarse dolorido.
–Ahora verás, puta de los cojones.

–¿Disculpen? ¿Disculpen señores? –Ilvael había aparecido con mucha calma al ver que las cosas se ponían tan feas–. ¿Qué está pasando aquí?

Ambos le miraron, sin soltar a su presa. Vieron que llevaba un tubo largo y de siniestro aspecto. Lo empuñaba cómo si se tratara de un arma.
–No la sueltes –dijo, a su subordinado, que apretó con más fuerza–. Mira anciano, más te vale que vuelvas por dónde has venido, o mi banda se encargará de hacerte sufrir. Yo te haré sufrir.
–No, no lo creo –comentó, antes de alzar y apuntar–. Dejadla.
–Viejo, eso es un tubo. No nos engañas.
Ilvael se sintió abatido. Miró disgustado el trozo de plástico negro y lo tiró a un lado con cara de fastidio.
–Cielos, pensé que no había tanta luz –dijo, llevándose las dos manos a los bolsillos de la cazadora–. En todo caso, no estoy desarmado.
–¿Y qué vas a sacar, un trozo de desagüe? –chanceó el motero, mientras se ponía un puño corelliano en los nudillos–. Estás jodido, viejo.
–¿De veras crees, mocoso impertinente que voy a venir desarmado al barrio Azul?
Algo hizo un leve ruido detrás. Jeriaebrek había saltado con suavidad hasta la joven y el otro matón que quedaba entero. Con la misma suavidad había cogido al matón de las solapas y lo había lanzado contra el que se retorcía en el suelo agarrándose la cara.
–Otra cosa, es con qué esté armado –dijo Ilvael, mientras se acercaba al matón, que había retrocedido en dirección a la pared–. Porque con él, no suelo necesitar muchas armas. Ninguna, de hecho. Y ahora, ¿te parece que te atice un rato?

El motero le lanzó un directo a la cabeza, que Ilvael desvió con facilidad. Agarró el brazo y lo retorció, hasta que el matón besó el suelo. Antes de que se repusiera, con un único golpe, le partió el codo. Ni siquiera gritó, porque no podía articular palabra de lo sorprendido que estaba. Y antes de que pudiera siquiera empezar a llorar por su codo reventado, una mano le levantó la cara un un puñetazo rapidísimo lo noqueó.

–Ya está bien, Ilvael –dijo, mientras ofrecía una mano a la joven y la ayudaba a levantarse–. No creo que intente nada más.
–Es imposible divertirse un poco cuándo voy contigo –estaba arrodillado junto al inconsciente, quitándole el puño corelliano–. Vaya, es una buena pieza. Y no la ha llenado de oro ni calaveras ni mariconadas similares. Me la quedo.
Se quedaron en silencio un momento mientras ella se arreglaba la ropa, que se le había descolocado. Sin decir una palabra, agarró su soplete de fusión y pateó la entrepierna del que había derribado Jeriaebrek. Después, con una curiosa sonrisa en su cara, se giró hasta llegar a los dos hombres, que la miraron con un poco de desconfianza. Habían escuchado la conversación y aunque ellos no deberían haber actuado así, no se les pasaba por alto que le había frito los huevos a uno de ellos por un despiste.
–Supongo que tendré que darles las gracias –dijo, con una voz suave y un poco extraña –. Jejejejejejeje. ¿Quieren pasar?

El lugar era amplio, mal ventilado y muy bien iluminado por docenas de luces. Tenía una gran puerta de garaje, varias motos swoops aparcadas y entre los montones de casquería mecánica, se avistaba la proa de un Z-95. En un rincón, alejada de las mesas de trabajo y las herramientas, había una cocina, con fogones limpios y varios trastos para hacer comida suficiente como para subsistir.

–¿Té o café? –dijo ella, mientras sacaba lo adecuado–. Me temo que no tengo muchas variedades.
–Con un café estará bien, gracias –dijeron ambos a la vez. Eran de gustos fijos.
Puso a calentar agua, mientras rebuscaba a la caza de las bolsitas adecuadas.
–¿Dónde se habrán puesto las muy puñeteras? –dijo, distraída–. Vamos, salid, que nadie os va a echar agua hirviendo por encima. ¡Jajajajajaja! Ilusas...
Ambos se la quedaron mirando con una mezcla de sorpresa y terror a lo desconocido. Mientras, ella encontró lo que buscaba y rió de nuevo cómo una maníaca, antes de dedicarles atención de nuevo.
–Me llamo Zetha –dijo de pronto, cómo si se acordara de pronto de las convenciones sociales–, pero de momento, Señorita Greusse.
–Él es Jeriaebrek, a secas –dijo Ilvael, con cierta guasa–. Por mi parte, Ilvael, pero de momento, Don Ilvael.
–¿Don? ¿Qué eres dos colas, un mafioso?
–¿Eh? –Ilvael no sabía por dónde tirar. Aquella conversación lo había cogido desprevenido–. ¿Qué?
–Mi tonto amigo, lo que viene a decir es que se llama Ilvael –concilió Jeriaebrek, que había tenido bastante de aquello–. Decía antes de entrar que se dedica a arreglar lo que encuentra y que esos hombres venían a hacer una reclamación.
–¿Hombres, reclamación? –Zetha paso sus enormes iris esmeralda de uno a otro, confundida, hasta que comprendió–. ¡Ah! Sí, claro. Esos hombres estaban acusándome de algo que no ha pasado. A ellos. Creo.
–Ya veo... –Ilvael no dejó que los disimulados codazos de su amigo le impidieran preguntar–. ¿Y siempre es así de, digamos, despistada? ¿O no está loca desde que era una zagala?

La última frase del artesano se quedó en el aire. Parecía que el ambiente se podía cortar con un cuchillo sin filo. Fácilmente. Ella se le quedó mirando con toda la calma del mundo, como si no fuera con ella el comentario y estuviera esperando a que dijeran algo. Al antiguo jedi le dio un mal pálpito y empujó sigilosamente usando la fuerza el soplete de encima de la mesa. Con cuidado, lo bajó hasta el suelo y lo metió debajo del mueble, por si las moscas.

–¡Qué va, hombre! –gritó, de pronto, provocando que ambos hombres saltaran en la silla, con el corazón en la tráquea–. ¡Mi estado es completamente normal, si consideramos..!
Se calló de pronto, al oír la tetera silbando como loca. Fue para allá mientras los dos amigos se reponían y recuperaban la compostura perdida.
–¿Consideramos? –Se aventuró a decir Ilvael, con cara de circunstancias–.
–¿Eh? Ah –parecía despistada, con la tetera en las manos y vertiendo el agua en las tazas frente a ellos–. ¿Azúcar?
–Sí, por favor –dijo Jeriaebrek, cogiendo su taza al ver que Zetha se daba la vuelta. La olió y se giró a Ilvael–. Es poleo.
Ilvael inclinó la cabeza para mirar, pero se enderezó antes de que se girara.
–¿En qué estaba? –dijo Zetha, mientras volvía con el salero, lo dejaba y agarraba el azucarero–. ¡Ah, sí! Los vapores.
–¿Eh?
–Solía ser ingeniero en un buque de guerra –dijo, para sorpresa de sus dos invitados–. En un crucero ligero, el Céfiro.
–Qué nombre tan raro para un crucero imperial.
–Lo sé. Pero era rápido y muy maniobrable, a pesar del tamaño. Un Bayoneta precioso, de imponente línea y contundente armamento.
–¿Y cómo es que estás aquí? –Jeriaebrek estaba realmente interesado. Y además, le gustaba el poleo–. ¿Expulsada?
–¿Aquí? –preguntó extrañada Zetha–. ¿Dónde he ido?
Se hizo un silencio incómodo.
–¡Aaah! –hizo ella, al darse cuenta–. Bueno, tiene algo que ver que le partiera una llave en la cabeza a un oficial...
–Ya.
–Y que luego aplicara el soplete en su...
–Vale –los dos se retorcieron en sus asientos–.
–Fueron muy desagradables conmigo, así que tuve que hacerlo –suspiró, aparentando cordura por un momento–. Me licenciaron con deshonor, aunque siendo mujer me podría haber pasado algo peor, pero claro, cómo mi familia tiene algo de peso...
Ilvael y Jeriaebrek cayeron a la vez en la cuenta. Greusse era una importante familia coruscantí, de mayoría humana y que había estado siempre muy ligada a la Armada Republicana. No se habían dado cuenta, pero aquella muchacha bien podría ser un as en su campo.
–Tengo un trato para usted, señorita Greusse –dijo Ilvael, sonriendo–.



Con un día de retraso os traigo la nueva entrega, presentando a Zetha Greusse, personaje creado por Platov para el Emancipador. Muchas gracias por tu colaboración, espero que te guste la presentación.

Por otra parte, me estoy dando cuenta de que igual son un poco largas, pero mantendré el formato, para dejaros a todos igual.


Por cierto, como podréis ver arriba, ha cambiado la cabecera. La imagen está sacada del juego Mount&Blade: Warband con el mod Brytenwalda, que sustituye el mapa de juego original por la Gran Bretaña del siglo V. Muy recomendable.

En pequeñajo para subcultura y a tamaño natural para Blogspot.

2 comentarios:

  1. Zetha no está loca.
    Es que es especial.

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    1. Tan especial cómo su forma de expresar su descontento a sus superiores.

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