martes, 13 de agosto de 2013

Partida de Guerra 2.

Mi mensaje, después de la lectura:

La noche era clara. No había nube que manchara el espectáculo del cielo estrellado, en el que la Luna destacaba sobre todas ellas, eclipsando a las más débiles. Abajo, en las afueras del pequeño poblado el señor de aquellas tierras peleaba con un pelele giratorio, que en su brazo izquierdo tenía un escudo y en el derecho un gran garrote. Reissig por su parte, practicaba el arte de la lanza a pie. Nunca le había gustado, pues prefería el hacha, la espada o últimamente aquél gran instrumento que era el lucero del alba, pero estaba decidido a ser capaz de defenderse con la mayor cantidad de armas posible. Pero aquél pelele lo estaba machacando. Sus lanzadas no eran malas en absoluto, pero no era lo suficientemente rápido para usar el asta y parar el golpe del garrote. Y con escudo era incluso más torpe. Pinchó el centro del cuerpo del pelele para sentirse un poco mejor.
–Señor, eso es hacer trampa.
Se sobresaltó. No había escuchado a nadie acercarse y aunque la voz era conocida, lo había cogido por sorpresa.
–Maldita sea Klethi –dijo, recuperando el control de sus latidos–, vas a acabar por matarme si sigues haciendo eso.
–¿Yo? Señor, no sea tan malo –dijo ella, sonriendo pícara mientras dejaba una pesada bolsa de jabalinas a un lado–. Yo nunca podría hacerle daño.
Eso era mentira. La había visto arrojar una de aquellas jabalinas a una distancia enorme, sin perder en precisión. Si había alguien en su compañía que pudiera matarlo con todas las garantías, era ella. No es que no pudiera, es que no quería hacerle daño. La pelirroja se había unido un año y medio antes, en la capital swadiana de Suno. Ella necesitaba salir urgentemente de la ciudad y él pasaba por esa misma taberna, en busca de nuevos espadones para reclutar. No se había reído, símplemente la había contratado junto a cinco tipos más de aspecto feroz y había salido de nuevo, con la promesa de verlos más allá de la puerta del Este, en el camino que lleva a Uxkhal. Después vendrían los meses de entrenamiento, las penurias, las victorias y la gloria. Pero sobre todo, lo que más le gustaba a aquella jovencita y fibrosa pelirroja de cabello cortado torpemente a tijerazos era el dinero que ganaba. Compensaba de sobra el vivir bajo las estrellas.
–¿Qué haces aquí? –preguntó el caudillo, apoyando la lanza en su hombro y relajando la pose–. Sabes que os quiero frescos por la mañana. Somnolienta no vales de mucho.
–Mi señor, eso mismo podría decirle a voacé...
–Déjate ese tratamiento para cuando haya alguien de alcurnia delante –la interrumpió, irritado. La parla cortesana no estaba mal para los bailes y los juramentos de torneo, pero en campaña, no lo aprobaba, más allá del simple trato respetuoso–.
–Era una broma, patrón, no hace falta que se ponga serio.
–Ya, muy bien. ¿Qué quieres?
–Practicar, sire, como vos.
–La práctica durante el día, la noche es para dormir.
–Sí, pero es más divertido practicar con alguien, ¿verdad?
No respondió, simplemente giró y volvió a enfrentar al pelele. Pero sabía que la tenía detrás y que aquél suave siseo, de metal y luego madera contra lona, era el de una jabalina. Sintió una punzada en el omóplato derecho, allí donde hacía unos meses, ella, tratando de defenderlo de un borracho, había arrojado una de esas dagas que lleva consigo. Tan fuerte la lanzó que atravesó la excelente coraza y aunque tocó hueso, no hizo más mal que el dolor. Tuvo un mal presentimiento
–Con cuida...
La jabalina avanzó recta, le pasó a medio metro de la cabeza y atravesó con violencia el escudo. El pelele giró un poco, pero gran parte de la fuerza se había perdido al no incrustarse en el brazo y continuar el camino. Recordó a un jefe de mamelucos especialmente osado y blindado, al que el caudillo había designado cómo objetivo prioritario para los ballesteros. Nadie logró hacerle mella, hasta que Klethi, corriendo para ganar impulso, usó una de las jabalinas contra él y lo clavó al caballo. Todos suspiraron de dolor al ver la tremenda herida más tarde.
–Estos muñecotes son una mierda –comentó, divertida–. El metal y la carne son mejores para practicar.
No respondió. Sólo miraba hacia el pelele, aunque realmente, intentaba ver algo más allá.
–Sire, ni siquiera le he rozado...
–Cállate, maldita seas.
Klethi no se atrevió a moverse ni a hablar de nuevo. Aquél mismo tono, áspero y desagradable había presagiado muchos degüellos y ejecuciones ejemplares.
Algo, a lo lejos, sonó. Era un tintineo. Los ojos del mercenario escudriñaban las sombras cercanas a las casas de enfrente, tratando de buscar la fuente del sonido.
–Klethi, escucha atentamente y sigue mis órdenes sin dudar –dijo de nuevo con aquella voz, que parecía venida del mismo Infierno–. Coge tu caballo, cabalga hasta la compañía y dile a Matheld que está al mando y que se dirija a poniente. Hay un ejército al otro lado de las dunas y allí en las sombras, hay batidores.
Cómo obedeciendo una señal, cinco soldados, vestidos con turbantes y armaduras de cuero, se movieron hacia ellos en silencio y con rapidez. Brillaron sables al desenvainarlos.
–¡Pero patrón!
–¡Vete maldita, da el aviso! –gritó, ya sin pretender enmascarar sus intenciones–. ¡No os enfrentéis a ellos! ¡Yo los detengo, pero corre de una maldita vez!
Tiró una fuerte lanzada contra el primero, que lo atravesó sin gracia, pero con efectividad. Cayó sin vida y Reissig no pudo sujetar el asta del arma, para recuperarla. Se maldijo por no tener a mano su lucero del alba y pensó rápido. Tras él, debía de estar el saco de venablos que la joven había dejado. Sin dejar de ofrecer cara al enemigo, retrocedió con rapidez y allí encontró el saco. Lo agarró con las dos manos y golpeó con él al primer batidor, que al ver que se retiraba desarmado, creyó vencer. El caudillo recogió cómo un rayo el sable del caído y le lanzó un tajo a ciegas, antes de que llegaran los otros para socorrer a su camarada que ya blasfemaba de todos los dioses. Otro le llegó con el arma en alto, buscando la cabeza. Paró el golpe, bajó la muñeca y le propinó un cabezazo en la nariz, para después ensartarlo en tierra. Le lanzó el sable al tercero, que hurtó un momento el cuerpo, tiempo suficiente para que el mercenario recogiera el otro sable del suelo y mantuviera una guardia alta. Los batidores dudaron. No esperaban tanta oposición por parte de un aldeano. Reissig vio que vacilaban y se lanzó al ataque, aprovechando el respiro que le habían ofrecido. Cortó a uno el vientre y sus tripas se desparramaron con un repentino y desagradable olor. De los dos que quedaban, uno le paró el feroz sablazo, mientras el otro lo apuñalaba en la oscuridad, sin demasiado tino, pues no consiguió más que hacerle una herida superficial. Pelearon poco tiempo más, casi abrazados entre insultos, blasfemias y golpes. Al final, el caudillo salió victorioso, al precio de varios cardenales, un corte en el costado y un tajo bastante profundo en la cadera, que le dolía mucho. Se acercó al primero y desclavó la lanza con un gruñido. A lo lejos, en la duna, habían siluetas que centelleaban plata sobre la arena; los temibles mamelucos sarraníes descendían en Hawaha cómo una marea de metal y caballos. El mercenario, empuñó con fuerza la lanza, lanzó un rugido de desafío y se sostuvo a pie firme cuando cargaron sobre él.
A dos estadios al otro lado de la aldea, la compañía se apresuraba. Matheld sabía que sus órdenes se cumplirían sin oposición y por ello había mantenido su fría mirada nórdica en la aldea, de la que comenzaba a salir algún fuego. Un punto de preocupación atravesaba su pálida frente, que relucía casi tanto cómo su cabello, de un rubio tan claro que bajo la luz de Luna resaltaba entre tanta cabeza morena. Era la primera a la que había reclutado el mercenario en cuanto pudo permitírselo y era desde luego la más fiel de toda la compañía. Y por eso, se le hacía muy duro marchar y seguir sus órdenes. Pero la lealtad que le profesaba la obligaba a ello. Montó el el alazán que usaba para el viaje y dio la orden de partir.


Os traigo la continuación del post de hace ya unas semanas. Aunque esta vez, ya lo habéis visto, hay algo más de acción.

Dispensad si no os he respondido a algunos o si directamente parezco desaparecido. El verano no suele ser buena época pero este año ha comenzado la sequía antes y además, está siendo peor que otros. Es la primera vez que llego a la mitad del año y apenas he avanzado en nada.

domingo, 30 de junio de 2013

Partida de guerra


–Dicen que es un cruel esclavista –comentó asustado uno de los aldeanos–, que a los que no se lleva los pasa por el cuchillo.
–Las mujeres no están a salvo de su tropa –replicó otro, con los ojos desencajados, pensando en sus cuatro hijas–; sino que no les molesta no poder venderlas doncellas y prefieren beneficiárselas antes de llegar a puerto.
–¡Dejad de cuchichear burradas, maldita sea! –gritó el más anciano del lugar, que hacía las veces de improvisado líder de la aldea–. Ya sabéis que siempre se tiende a exagerar, para asustar a gentes cómo vosotros.
–Pero Ilmis, esta vez es verdad. Mi prima huyó de Assuadi después de que ellos la saquearan, quemaran las cosechas y exterminaran a cualquiera que no sirviera para venta –el primero se frotaba las manos, recordando el espanto que traía su prima en los ojos después de escapar de aquello y de los terrores nocturnos–. Y cuando se creyó a salvo en el castillo de Weyyah, se dio cuenta de por qué  había tanto centinela enemigo apostado en la ruta de Shariz que era el resguardo más lógico y por ello tuvieron que ir a Weyyah. Los malditos Rhodoks asaltaron Weyyah. ¿A que no sabéis quién encabezó el asalto?
–El mismo hombre que es ahora nuestro señor y que esclaviza a cualquiera que encuentra en su alcance –susurró el anciano, tratando de que el resto no alzara la voz–. Sí, muy bien, es un hombre cruel. ¿Habéis olvidado al emir Firentis? Era un hombre que decía ser todo un caballero; virtuoso, veraz en el trato y de buen comportamiento con los débiles. Y resultó ser un putero, mentiroso y prepotente. Por eso el sultán Hakim lo mandó decapitar, aunque no lograron echarle mano. Al menos éste no se oculta.

Alguien gritó el nombre del anciano desde los límites externos del pueblo. El tono, cargado de terror era una terrible advertencia. No era la primera vez que escuchaba aquél grito. Lejos, en las dunas, bajo el implacable sol de los límites del desierto sarraní se veían docenas de lanzas de caballería asomando. El estandarte representaba un águila bicéfala negra sobre un fondo amarillo, emblema del que todos había escuchado hablar. Reissig, el esclavista había llegado a su recién adquirido feudo.
Un jinete, vestido con la compleja armadura de los grandes señores vaegires del Este, se acercó con un suave trotecillo, casco colgando a su diestra, con armas e impedimentas sobre la enorme montura de batalla, que además traía barda de excelente malla y bandas de acero. La cabeza, tocada con un turbante mal anudado, la ladeaba y observaba con ojo crítico todo lo que en su trotar pudo ver después de dar un ligero rodeo. Llegóse a Ilmis después de que tres de sus soldados cabalgaran junto a él; conversando sobre lo visto, pero el anciano no sabía muy bien qué hacer, si implorar ya su compasión o prepararse para huir.
–Buen día. Me gustaría hablar con aquél que se llame líder aquí –su voz era sorprendentemente suave, aunque con un acento que ni era Rhodok o Sarrani, sino que pertenecía a una tierra que ninguno de por allí conocía–. Si lo hay, claro.
–Con él habláis, gentil señor –el anciano inició una reverencia, más se frenó al ver que el líder guerrero hacía un gesto con la mano para que no la completara–.  Las buenas y trabajadoras gentes de Hawaha me eligieron cómo voz.
–En ese caso, me gustaría saber por qué están los campos descuidados, los palmerales vacíos y la acequia es un lodazal.
El tono no era amenazante. Realmente era alguien preguntando unas razones y esperaba una respuesta, que en la cabeza de Ilmis no era capaz de visualizar de puro terror. La amenazante presencia de aquellas lanzas en las dunas, el aspecto patibulario de dos de los acompañantes y las armas del noble eran suficientes para lograr que por primera vez en mucho tiempo, el acostumbrado anciano se trabara.
–Mi señor, hemos sufrido dos plagas y cuatro saqueos este año, sin contar secuestros y levas –repuso tras recomponerse después de tragar saliva ruidosamente– no hacemos otra cosa que intentar sobrevivir, pues apenas llegamos a ello.
–Ya veo. ¿Qué necesitáis para volver a los campos y comenzar a producir? –de nuevo, la pregunta directa–. Soy el nuevo señor de estas tierras y aunque el rey no ha juzgado conveniente hacerme disponer del castillo Weyyah que es el más cercano, sigo teniendo una responsabilidad.
–Muy bien mi señor, le felicito –comentó en un acto reflejo–. Pues cómo justamente imaginará, necesitamos desatascar la acequia para regar los campos. Pero para ello necesitamos brazos que no tenemos, especialmente porque muchos están tan débiles que apenas pueden levantarse. Además, aún así nos es imposible moler el grano, ya que hace cuatro cosechas destruyeron el molino y desde entonces lo hacemos con dos grandes piedras, pero no es muy buena forma.
–Bunduk, que traigan el grupo de prisioneros y los pongan a limpiar la acequia. Recuérdale a los prisioneros lo que ocurre con los contestatarios. Y dile a Marnid que traiga seis grupos de cinco animales –se giró hacia el anciano, que asistía incrédulo–. A partir de ahora espero que no les moleste dedicarse a la ganadería. Dejaremos a algunos soldados que saben cómo tratar y alimentar a las bestias para que aprendan. Yo no sé mucho, pero los he visto tratar con ellas en peores sitios.
–Es muy generoso mi señor, nosotros...
–Un momento, por favor –dijo, mostrando la palma de la mano, plagada de pequeñas cicatrices–. Matheld, habla con Katrin y mirad a ver qué podéis hacer por los enfermos. Nízar, trae a Artimenner y a ver qué se puede hacer con el molino. Y que Lurchs haga el favor de traer el carro de grano, a ver qué se puede quedar aquí. Ah. Por cierto. Soy el señor de estas tierras. Pena de vida al que se propase con cualquiera, ¿está claro?
Todos asintieron mudos ante  la afirmación con la experiencia de quien ya ha vivido afirmaciones similares y han podido comprobar que no son bravatas de un joven. Recordaban a un tal Rolf, que intentó llevarse a un pajar a una joven de un pueblecito en el interior de Rhodok, reino al que servían. También recordaban cómo obligó a la compañía entera a ver cómo los dos mastines del líder le daban caza y lo despedazaban vivo ante sus ojos.

 


Bueno, no es exactamente lo que quería publicar, pero allá va un relatillo cortico que forma parte de una serie de relatos similares, con saltos en el tiempo. En este caso, son dos partes. La siguiente en algunos días.
Está descaradamente basado en el videojuego Mount & Blade: Warband, "expansión" que realmente consta de el juego original, con mejoras a la jugabilidad y muchísimo más contenido. Es una suerte de simulador medieval, salvando algunas distancias. Tiene algunos fallitos pero es muy entretenido comprar un lucero del alba y abrir cabezas cómo melones maduros.



viernes, 24 de mayo de 2013

El Arma Embarcada.

Lo siguiente que vais a leer, lo escribí hace unos cuantos meses, mientras comenzaba a organizar el escuadrón imperial del clan de Star Wars Galaxies; Nueva Hispania. Comencé a escribir una suerte de organización y tácticas, según mi propia experiencia, destinadas a mejorar la capacidad de combate de las naves imperiales en el juego, ya que todos solían ser maniobreros pero muy, muy ligeros, con lo que no se les podía equipar con facilidad (la Rebelión, sin embargo, disponía de casi un caza para cada situación, mientras que el Imperio dispone de cazas ligeros de distintas configuraciones hasta llegar a lo mejor, que irónicamente venía a ser un Tie Figther con más capacidad de carga o un Tie Interceptor de la Guardia Carmesí.

No he tenido en cuenta de posibles pilotos que fueran imperiales, pero que hubieran elegido la rama de entrenamiento de Sol Negro, que es civil, pero proimperial. Así, la variedad de naves aumentaba y también la flexibilidad. Mi idea, es completarlo para cuando salga uno de los dos emuladores.




La Armada Imperial dispone de tres cuerpos que a pesar de la estrecha relación con la misma, disponen de su propia cadena de mandos; la Infantería de Marina, los Soldados de Asalto (que disponen de navíos propios, aunque suelen operar en destructores y navíos de asalto de la Armada) y el Arma Embarcada. De ésta última tratará nuestro documento, refiriéndonos a su organización, mandos y tácticas.


El Arma Embarcada:

En un primer momento, los mandos de caza, bombardeo e intercepción iban a estar comandados por oficiales de la armada, pero el Emperador decidió otorgar cierta independencia a éstos, con ánimo de evitar deserciones e intentos de traición. Además, les dió un sentimiento de cuerpo muy fuerte, teniendo distintivos radicalmente distintos y una cadena de mando completamente diferente a lo habitual (todos los pilotos son alférez como mínimo), cuyas decisiones provienen de sus propios oficiales superiores y no de otros, pese a que tengan mayor rango. Son audaces, atrevidos y están muy orgullosos de pertenecer al Arma Embarcada.

Las tareas del Arma, van desde la defensa de un perímetro, sea cual sea su tamaño, a la escolta de grandes flotas, destinando su fuerza al ataque primario sobre elementos de caza o bombardeo enemigos y cazabombardeo y bombardeo de precisión. Incluso, disponen de pequeñas cañoneras, destinadas a combates mayores o contra mayor número de pequeños enemigos, que dan apoyo extra al Arma. El ataque a grandes estructuras lo efectúan los navíos de la Armada, pero el Arma también dispone de esa capacidad, aunque es recomendable no usarla en esa dirección, por el enorme costo en vidas y aparatos.

El Arma se divide en grupos de combate o alas, que a su vez se dividen en escuadrones y finalmente obtenemos las escuadrillas, que constan de seis astronaves, con dos líderes y cuatro puntos, dos por cada líder. Dada la escasa potencia de un caza o cazabombardero, la solución de tríos de combate parece ser la más adecuada. Es muy necesario que el Arma opere en superioridad numérica, puesto que no siempre pueden esquivar un disparo y los sistemas defensivos no son suficientes cómo para soportar un disparo de cañón blaster, aunque hay probabilidades de que no sean destruidos de una sola vez. Así, en grupos de tres, podrán enfrentarse a una escuadrilla enemiga manteniendo siempre a un caza detrás de cada enemigo, protegerse entre ellos y mantenerse vivos.

Dicha formación, ha de ser abierta, a distintos niveles y en V.

Cada Ala de combate dispone de al menos dos escuadrones (cada uno compuesto de seis aparatos); el Primer Escuadrón y el de Instrucción, indispensable para los nuevos pilotos ingresados en distintos roles y para mantener entrenado al resto de escuadrones en caso de inactividad prolongada. Además, si se hiciera necesario, el de Instrucción deberá entrar en combate cómo uno más, dándole la última designación posible de escuadrón. Así, si un Ala dispone de por ejemplo, seis escuadrones, el de Instrucción será el séptimo en combate.

Cada escuadrilla estará compuesta de cuatro alférez, un teniente y un capitán, que comanda la escuadrilla. A su vez, cada capitán está a las órdenes de un comandante, que en vuelo lidera al escuadrón como parte de la primera escuadrilla, la única que no tiene capitán, sino dicho líder. Cada líder tiene derecho a escoger cuáles serán sus puntos, comandante con preferencia sobre capitán y capitán sobre teniente.

Por último, un ala puede estar liderada por un comandante con más experiencia que el resto de comandantes. Cuándo alcanza el rango de general de brigada se le aparta del servicio activo, aunque hasta ese momento, mantiene el derecho de escoger puntos, aunque su escuadrilla se encuentra a parte del resto del escuadrón (dependiendo del tamaño del Ala), a la que se la conoce cómo La Escuadrilla, entendiendo que sólo hay una de esa clase en el ala. Hay antecedentes de generales de brigada u oficiales superiores que se han visto en la tesitura de pelear, tanto por necesidad cómo por juventud o para liderar a sus tropas. En estos casos, mantienen sus privilegios y su propia escuadrilla.

martes, 21 de mayo de 2013

¡En Propia Puerta narrará la final de la Champiñon's League!

¿Y os lo vais a perder? ¡El mejor humor futbolístico, de la mano de Joe Deckard y David Escamilla, presentadores del exitoso programa que no sigue mucha gente; En Propia Puerta!
¡Una noche de lujo con el mejor fútbol amenizado por nuestros dos comentaristas! ¡Si el partido es malo, da lo mismo, carcajada garantizada (no)!
Lo mejor, y digo, mejor es que si nos os hace gracia y quisiérais tener la oportunidad de linchar a tan apuestos comentaristas, ¡tenéis la oportunidad! ¡Venid solos o acompañados, pero venid a Pub ValRock, porque narrarán el emocionante (que no) partido directamente desde las mesas del fantabuloso local cuyos dueños han accedido (tras serias y graves amenazas) a permitir que dos personajes cómo éstos aparezcan por allí!
¡Si vivís por Valencia, no lo dudeis! ¡ValRock, en la calle Albacete de Valencia, número 25 (que viene a ser en la acera en la que no está la Finca Roja)! ¡Ocho y cuarto de la tarde (siete y media si eres Vaporoyente (vía Steam, leches, mirad más abajo))! ¡Hoy estoy que me grito encima, ¿se nota?!

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Si queréis uniros vía Steam para poder escuchar la narración del partido, tendréis que añadiros al grupo de En Propia Puerta de Steam y acceder al chat del grupo a la hora convenida (con el micro silenciado, por supuesto, pues si no, las interferencias pueden ser curiosas). De momento no hay un sistema distinto para hacerlo y sólo se puede decir aquello de "¡Estamos trabajando en ello!"

Siento decir, que si no disponéis de juegos comprados por Steam no podréis acceder a las funcionalidades sociales, es una lástima, pero de momento, es lo que hay.

¡Compartid! ¡Difundid! ¡Anunciad! ¡Spammead!

domingo, 19 de mayo de 2013

El Vacío y el Héroe.

En aquél vasto desierto, en la frontera del tiempo y del espacio, se encontraba el Vacío, el agujero de la realidad desde donde el Oscuro realizaba sus maquinaciones. Allá, en la Irrealidad, tramaba en contra de los mortales y sus vidas, conspirando para traer su oscuridad sobre todos ellos. Y allí, en la linde de la nada, el Héroe aguardaba.

–Nada encontrarás al otro lado. Sólo su personalidad perversa –dijo aquella voz de su cabeza, la que le guiara desde el inicio de todo aquél viaje. Recordó los verdes parajes, las siniestras simas, los inolvidables compañeros y los mortales enemigos–. De nada servirá tu físico. Ni tu espada. La voluntad saldrá victoriosa y eso es lo que has de buscar cuando atravieses la barrera.

–¿Cómo volveré? –preguntó, más parte del propio trámite de aquella última aventura que de una real esperanza, que desapareció completamente ante el silencio–. Ya veo. Si acabo con él; ¿volverá?

–Siempre lo hará.

–¿De qué sirve entonces mi sacrificio? –preguntó, sintiendo flaquear su empeño–. ¿Para qué murieron tantos otros?

–Vendrá en otra forma, con otro rostro, pero volverá. Y de la misma manera, tú, con otro rostro, volverás a enfrentarlo.

–¿Seremos otros o nosotros mismos?

–Tanto lo uno cómo lo otro.

–No hay entonces otra manera.

–No. Debes enfrentarte a él en su elemento.

–¿Cómo podré vencerle en su terreno? ¿Y si mi voluntad no es suficiente?

–Hijo, mira donde estás.

A su alrededor, la arena gris era todo cuanto se podía ver. No había sol en el cielo ni luna alguna que iluminara aquellas fantasmagóricas dunas, sino una luz que parecía emanar de cualquier punto en el espacio y que no deslumbraba, pero que tampoco llegaba a iluminar eficazmente el desierto. Y allí, frente a él, el agujero permanecía atento. No se podía decir que tuviera forma física, pero lo parecía. La realidad se retorcía cómo un gigantesco remolino que acababa por consumirla. No hacía ninguna clase de ruido y aquello lo hacía más ominoso, sino que al contrario era incluso más aterrador. La destrucción absoluta se supone que ha de ser ruidosa y tremenda, no tan... silenciosa.

–Has llegado hasta aquí. Tan sólo queda el último empujón. No te garantizo la victoria, pero te garantizo que no se repondrá tan fácilmente aunque la derrota encuentres. Y eso le valdrá al mundo de mucho, mucho tiempo más.

Cogió la espada y la sopesó. No era mágica, era simplemente un arma excelente, fabricada por un estupendo espadero, que se la dejó a muy buen precio y que nunca cambió, pese a encontrar armas que vibraban con el pulsar mágico. Aquella espada no le había fallado, ni le fallaría jamás. Apuntó con ella el centro del horrible remolino.

–Muy bien, es hora de ponerse en marcha –dijo por fin, ajustándose el correaje y comprobando que lo llevaba todo encima–. ¿Qué ocurrirá contigo?

–No te preocupes por eso. Ambos pasaremos al otro lado. Trataré de combatir también, pero apenas tengo ya fuerzas.

–Así que somos dos los que nos sacrificamos...

–Sí, algo así. Aunque no exactamente así.

–Nunca te entiendo.

–Oh, no te preocupes. Ya lo entenderás. Con tiempo.

Comenzó a correr hacia el remolino. Había decidido que puestos a morir en una batalla de voluntades, al menos llegaría lo antes posible.

–¡Pensaba que no iba a haber más tiempo! –gritó, acercándose a la carrera, desenvainada la espada– ¡Pensaba que era el final!

–Eso es lo que pensamos todos siempre. ¡Y luego nos vemos agradablemente sorprendidos!

Con un salto, se sumergió en el ahora pequeño remolino. Al acercarse se había ido encogiendo con rapidez, cómo si adivinara las intenciones del Héroe y las temiera. Éste, no pudo responder ya a la voz de su cabeza, pues la descomposición corporal había sido inmediata. Quedó el pensamiento puro e hizo lo que mejor sabía hacer.

Golpear.

El remolino tembló con violencia. Apenas un segundo después de que sin más ceremonia el Héroe saltara en él, el Vacío gritó profundamente, con una terrible voz, que rasgó el tejido de la realidad en todos los mundos e hizo que cientos de torres se tambalearan. Aquí y allá los hechizos fallaban y chisporroteaban, el cielo brillaba con extraños fulgores, cómo si se retorciera y tratara de escapar de sí mismo mientras que las montañas aullaban cómo si fueran animales. Apenas quince segundos después, todo volvió a la tranquila normalidad, pero aquella sería una noche que nadie olvidaría jamás en su vida.




Un relatito corto, que hoy apetecía. Espero que os guste muchachada.