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jueves, 5 de julio de 2012

Folgore XVI

A ver si puedo terminar el arco argumental que me ocupa ahora al pobre Folgore. A partir de ahora, toca combate, cómo imaginaréis, espero que todo quede bien y sea claro, porque vamos a ver a peña que vuela sacudirse zambombazos.





Las noticias daban un programa especial, muy preocupante. Zerstörer, el supervillano más poderoso de Europa y uno de los del mundo, la había emprendido con un barrio residencial de Frankfurt al atardecer.
–Parece gritar algo en alemán, pero no oímos bien lo que dice –la radio apenas se oía por encima del ruido de los rotores, que ahora funcionaban a máxima potencia–. Ya tenemos una traducción: “Folgore, te estoy esperando. Ven, o morirán” Oh, Díos mío.
–Seguiremos en contacto para traerles la última hora de éste suceso –el locutor trataba de aparentar tranquilidad, pero no podía estarlo. Tenía familia en Frankfurt–.

Klaus hacía rato que no escuchaba la música de la radio, empeñado en conseguir que los motores funcionaran a la máxima potencia sin que dieran problemas. Había pasado mucho rato con ello y ahora estaba decidido a intentar conectar la potencia de emergencia. Conectó y sintió al avión entero estremecerse, tratando de liberarse de las cuñas las abrazaderas que lo mantenían en el suelo. Sonrió, y bajó un poco la palanca de gases, mientras desconectaba la auxiliar. Aquello había ido bastante bien y no quería sobrecargar más al pobre avión. Apagó definitivamente y se quedó un par de minutos sentado, antes de levantarse para salir por la escotilla del bombardero. Se volvió a inclinar de nuevo al salir de debajo del fuselaje y se estiró en cuánto tenía zona para hacerlo. Se masajeó los riñones, mientras miraba un armatoste grande, que estaba cubierto por una lona. Justo encima, había una polea, para poder montarlo en el avión en caso necesario, aunque se necesitarían algunos operarios. Dejó de pensar en eso para buscar la radio. Había volado, al parecer, lejos del avión. Estaba ahora estampada contra la pared, con algunas piezas sueltas.


El millonario la recogió del suelo con aire de fastidio. No es que fuera cara, o fuera un regalo, pero quedarse sin música le incordiaba hasta lo más profundo. La carcasa se había desencajado, pero no era nada que no solucionara un poco de pegamento rápido no pudiera arreglar. Y un par de pilas nuevas, porque las que llevaba no aparecían. Rebuscó entre las herramientas y no encontró nada. Había decidido pasar la noche allí, dentro del Mitchell, pero no se la iba a pasar sin música. Recordó que había pilas nuevas en la avioneta que esperaba fuera. Se puso el abrigo y salió decidido al frío atardecer.


Kurtz estaba viendo las noticias, tranquilo, mientras cenaba. La destrucción en Frankfurt le preocupaba, pero no le inquietaba especialmente. Aquello era el modus operandi habitual de cualquier supervillano común. Llegaban a un sitio, la liaban parda y luego intentaban cobrar un rescate por el lugar. A la mayoría le caía encima algún grupo de respuesta rápido, especializados en metahumanos revoltosos, o algún metahumanos distinto, o grupo de ellos.

–Repetimos el mensaje traducido: “Folgore, te estoy esperando. Ven, o morirán” –el científico dejó el bol con arroz con carne en la mesa de centro, olvidando usar el mantel individual que usaba siempre–. También han sido identificados los rehenes; se trata de Kurtz Rot y su mujer Serilda Rot. Él es un banquero adinerado, así que sup…
Kurtz había desconectado la voz, justo antes de lanzarse al teléfono, para localizar a su jefe.

Más de dos horas llevaba ya allí. Cómo habían prometido, aquello estaba desierto, pero tampoco aparecía Folgore. Los rehenes, entrados en la cincuentena, estaban arrodillados, mirando al suelo, impotentes ante él. Sintió admiración por sus contratadotes. Desde luego, nadie excepto la policía había acudido y a esos los había eliminado con facilidad, como siempre, además de hacerlo soltando sus habituales perlas de ególatra recalcitrante.

De pronto, un rayo amarillo llegó a toda velocidad, sin hacer ningún ruido, excepto el que hizo al golpear al villano, que se estampó contra unas casas cercanas. En el oscuro atardecer apenas se podía ver la figura de Folgore, flotando dónde había estado su enemigo.
–¡Esto acaba ahora! – se giró hacia Kurtz y Serilda, para hablarles con aquella voz extraña y metálica del héroe. ¡Salgan de aquí, deprisa!

miércoles, 2 de mayo de 2012

Folgore XV.


De nuevo una entrega vergonzosamente corta. No doy para más ahora mismo.

Aceleró poco a poco, sintiendo cómo la potencia aumentaba la vibración del aparato. Después de unos segundos, dió gas a tope y la nave tembló con violencia. No era habitual que dos potentes motores estuvieran encendidos a máxima potencia, pero Klaus quería asegurarse de que estaba todo en su lugar. El olor del dióxido de carbono lo llenó todo y se puso por seguridad la máscara de oxígeno, por si se desmayara con la salida de gases, aunque considerando que los dos amplios portones estaban abiertos y que las ventanas de aireación también, aunque ahora se movieran con violencia. Algo metálico sonó en el motor izquierdo, precisamente el que había estado revisando, y perdió perceptiblemente potencia. El millonario se extrañó y comenzó a desconectar conmutadores, para poder comprobar de nuevo el problema, mientras mascullaba una blasfemia, contrariado.

En Lugano, Kurtz volvía a casa del trabajo, pero no podía dejar de pensar en el proyecto, así que iba a continuar en casa, dibujando nuevas mejoras que podrían implementar para la versión final. Entre sus posibilidades, había pensado en un cañón raíl en miniatura, que disparara fragmentos de wolframio a gran velocidad. El problema era encontrar la cantidad de wolframio que necesitaría usar para munición. Otra, era la de aprovechar el fenomenal poder energético del sistema para crear arcos voltaicos, aunque ésto se encontraba completamente en pañales, ya que como poder, podían crear un arco, pero desde luego, no dónde lo quisieran, sino que era demasiado complicado dirigir un rayo conscientemente, sin una forma de conducirlo, que no requiriera de un conductor o un borne con distinta carga, para que hubiera haya una transferencia. En cuánto llegara se pondría con ello, pues tenía muchas ganas de comenzar, aunque le desagradara el asunto de conseguir los contratos militares, aunque lo entendía. El dinero no era infinito y aunque las finanzas no iban mal, era casi mejor que el dinero para un desarrollo posterior viniera de parte de alguien y no saliera de los propios fondos.

En Frankfurt, la figura había aterrizado en un encantador barrio residencial, en el jardín bien cuidado de una pareja de mediana edad, que le miraban espantados. Ambos lo habían reconocido, de las noticias.

martes, 1 de mayo de 2012

Folgore XIV (media entrega).


 Una entrega vergonzosamente corta, pero mirando el lado bueno, es media entrega. Sigo medio medio, pero al menos lo suficientemente animado y no-tan-drogado como para no aprovechar el tiempo y sentarme en la silla a escribir.






Le habían pedido que devolviera a Folgore mientras terminaban con el proyecto. Era el modelo a seguir en cuánto a las conexiones y ahorraría tiempo. No se pudo negar, ya que en todo caso poco uso le iba a dar hasta que le dieran el alta, aunque ya no tenía que llevar el molesto arnés protésico, así que decidió irse al hangar de su propiedad, dónde almacenaba su avión personal. Lo había estado arreglando desde que sufriera una pequeña mal función  que había evitado el vuelo durante algunos meses. Casi tantos como Folgore en activo. Se sentía culpable, porque había dado mucho la paliza con el tema desde que le tocó la lotería y había dado numerosos saltos de alegría el día que se lo entregaron, en aquél paraje plano, entre tanta montaña. En el hangar estaba solo, a excepción de la avioneta con la que bajaba de las montañas hasta una pequeña pista cerca de la ciudad. Entre el estrépito de las herramientas, se entrecortaba la radio, que emitía rock, intercalado con noticias.
–Casi… Ya casi –apenas se oía a sí mismo con el escándalo que montaba la llave neumática–.  ¡Ah, perfecto!
Recorrió el ala hasta el fuselaje, antes de meterse por la salida de emergencia del piloto, que estaba abierta. Cerró al entrar y sentarse en el asiento izquierdo. Poco a poco, repitiendo de memoria los pasos, conectó lo necesario para el encendido. Y por último, las hélices comenzaron a rotar, perezosas, hasta convertirse en un disco contínuo.

A casi quinientos kilómetros de allí, una figura de color pardo surcaba tranquila el cielo sobre Frankfurt, buscando la presa que le habían encargado.

jueves, 26 de abril de 2012

Folgore XIII.


 ¡Uf! Casi no llego a ésta entrega. Agradecedle la putada al catarro, que me tiene completamente idiotizado.



Klaus estaba boquiabierto. Evidentemente, no era la primera armadura que de ese tipo que caminaba por el planeta, pero era la primera que tenía tan cerca.
– Aún hemos de ponerle la cobertura de aleación, pero es operativa y está prácticamente acabada. – Johann no podía ocultar su orgullo por el aparato creado por los tres. – Será bastante duro, eso sin duda.
– ¿Es rápido? – Preguntó el joven, sin recordar que ya se lo habían dicho antes de mostrárselo. – ¿Cuánto alcanza?
– Todavía no hemos podido hacer las pruebas de campo. – Sonrió Kurt, maravillado por la buena respuesta de su jefe. – Pero debería alcanzar Mach 2 con facilidad, sin forzar los sistemas.
– ¡Es estupendo! – El millonario no cabía dentro del arnés de la satisfacción que sentía. – ¿Está equipado cómo Folgore?
– Dispone de los sistemas tradicionales del propio Folgore, claro. – Dijo Sandro, intercambiando miradas con el aparato que se alzaba ante ellos, imponente. – Hemos añadido dos generadores de campo quinético extras, que crearán un escudo protector, para complementar el blindaje físico.
– Pero… ¿No se podían añadir directamente a Folgore?
– No, la fuente de energía es demasiado grande, aunque ofrece la que necesitamos y más. – La voz ya no sonaba metálica y la armadura estaba entrando en posición de apagado. Se abrió una placa trasera. – En ésta maravilla funcionará perfectamente y no tendremos tanta limitación a la hora de añadir equipamiento nuevo.
– Oh, Dios, tengo que probarlo. – Comenzó a quitarse presillas, ante la sorpresa general. Se lo impidieron. – Kurt, así no sale, es exactamente al revés de cómo lo estás haciendo.
– Claro que es al revés. – Terció éste, sonriendo, mientras volvía a apretar las presillas. – Y está usted herido, además de que no está completamente acabado.
– Uhm… Ahora que lo pienso, ¿cómo demonios lo puede pilotar él? – Se sorprendió. – Pensaba que el enlace neural era indispensable.
– Y lo es, lo es. – Sandro miró a su colega, que descendía del monstruo metálico. – Por eso Johann lo lleva. Es nuestro piloto de pruebas.
– Señor, no le íbamos a dar una maravilla experimental sin haberla probado antes. – Dijeron los tres, a unísono, mirándose sorprendidos.
– Oh venga, no me podéis dejar así. Hasta yo sé que puede volar. – Suplicó, esperanzado. – Si lleva escudos telequinéticos, no necesita de la carcasa exterior para que sea aerodinámico.
– Señor Glucciani, usted pagará, pero también hemos de mirar por su salud, al fin y al cabo. – Dijo Kurt, inflexible. – Hasta que no esté completamente recuperado, no pilotará éste o Folgore.
Klaus lo miró dolido. Sabía perfectamente que no podía, pero estaba tan contento como el día que la empresa aeronáutica le llamó para comunicarle que había terminado con la reproducción de su B-25. Tuvo que volver a la realidad y admitir que no estaba en su mejor momento, antes de disculparse por haber perdido un momento los papeles.
Hablaron durante horas, sobre sus capacidades, posible nuevo equipamiento, incluso armas de energía, que actualmente estaban desarrollando para el ejército estadounidense, aunque estaban en unas etapas muy primerizas de desarrollo. Hablaron hasta que se hizo de noche e incluso cuándo llegaron las pizzas, continuaron.

Friedrich midió con la mirada al hombre que tenía delante. Era enjuto, vestido de negro y no sonreía en absoluto. Le ponía nervioso.
– Entonces, ¿qué? – Dijo, inclinándose sobre la mesa en toda su alta estatura. – ¿A  por quién he de ir?
– Se trata de Folgore, un superhéroe suizo que apareció hará como medio año. – Tenía una voz suave y agradable, que apenas se escuchaba por encima del estruendo del pub. – Dado que hace unas semanas que no da señales de vida, queremos que salga a la luz. De paso, comprobaremos si nuestras teorías. Sabemos que opera en la zona de Lugano, aunque por fuerza mayor se desplaza a otros lugares.
– Muy bien, pues iré y lo macha…
– No. Irá a Frankfurt y comenzará a hacer lo suyo. – Hizo un ademán un tanto despectivo. – Ya sabe, destrozos y todo eso. Y de paso, buscará a dos personas, que son de carácter fundamental para nuestra organización.
– Ajá, y las mat…
– No. Se limitará a encontrarlas y a secuestrarlas. – No hizo ningún gesto al decirlo, como si fuera una estatua de cera. – Después declarará ante las cámaras, usted se ingeniará el cómo, que si no viene Folgore antes de dos horas, las asesinará en directo.
– ¿Dos horas? – A Friedrich aquello no le cuadraba nada en absoluto, dado que iba a hacerlo solo. – Media Alemania se me echará encima. Soy poderoso, pero hasta yo tengo en cuenta mi límite.
– De las fuerzas de seguridad nos encargaremos nosotros.
– ¡Y de los otros súper?
– Le aseguro que tendrán otros motivos para distraerse. Usted es nuestro mejor activo. – Añadió, siniestro. – No el único.
– Bien, y cuándo llegue el tal Folgore, si tiene redaños…
– Se limitará a humillarlo. No lo matará ni lo incapacitará ya que es muy necesario dentro de nuestros planes. – Volvió un momento la cabeza, para hacerle una señal al camarero. – Después de hacerlo se irá del lugar a dónde se esconda habitualmente. Y matará a sus dos rehenes.
– Muy bien, así lo haré. – Le miró, interrogante. – ¿Puedo saber qué han hecho esos desgraciados?
– Algo que tiene que ver con nuestras finanzas. No se preocupe. – Sacó una nota de papel y se la entregó. – Son éstos dos. ¿Podrá recordarlo? Hay que destruir la nota.
– Así que Kurtz Rot y señora, ¿eh? – Incineró el papel con el mechero que le pasaba su contratante. – Creo que éstos dos lo van a pasar mal.

miércoles, 25 de abril de 2012

Folgore XII.


¡Y aquí lo presentamos! Espero que os guste el nuevo "personaje", porque hace tiempo que estaba pensando en él.


Fueron dos semanas de intenso trabajo, mientras Klaus se recuperaba de sus lesiones. Había ido un par de veces a verlos, con ese andar rígido que le confería el arnés y la misma sonrisa de siempre. Habían quedado en no decirle nada de Blitz hasta que hubieran terminado un primer prototipo, para que no objetara nada hasta que ya diera igual. El objetivo era mantenerlo a salvo dentro de la armadura hasta que pudieran mejorar Folgore para que fuera más seguro. Kurt había comentado que el joven usaba de vez en cuándo el campo telequinético como medida defensiva adicional, ante la imposibilidad de esquivar un golpe. Lo hacía de forma casi instintiva, así que decidieron añadir dos generadores quinéticos que ejercerían de proyectores de escudos, para no tener la necesidad de un blindaje físico mayor, aunque no dejaron de usar una aleación de titanio y wolframio con otros metales para el recubrimiento externo, por si en algún momento los sistemas no funcionaran como debían. Sería menos ágil, pero con el equipamiento que le estaban añadiendo sería una pérdida menor, en comparación con las nuevas capacidades.

Klaus estaba muy aburrido. No había podido moverse con normalidad en ningún momento y había requerido el uso de un asistente, pese a que le gusta su solitaria tranquilidad e independencia. El teléfono sonó de pronto, impidiendo que se durmiera del todo en el sofá. Luchó con todas sus fuerzas para incorporarse y por fin llegó hasta el aparato, que descolgó con urgencia.
– ¿Diga? Ah, Kurt, sí, dígame. – Frunció el ceño. – ¿Hoy? Sí, sí claro, no tengo problema. Aunque no puedo conducir, así que llegaré un poco tarde. Ah, gracias, no hacía falta, pero gracias. Bueno, ahora nos veremos allí.
Colgó extrañado. Kurt no lo había llamado nunca a su casa y menos tan animado. Aunque Kurt era amable y educado, de suave voz a pesar de su espeluznante aspecto de malo de película, no es que fuera precisamente el alma de una fiesta, si alguna vez había pisado alguna. Mientras esperaba al chófer que debía venir a recogerlo, se quedó mirando cómo atardecía, con todos los  barquitos surcando el lago con calma. Era uno de esos paisajes que relajarían a cualquiera, pero él estaba algo preocupado. No era el Kurt de siempre.

El chófer le había ayudado a entrar en el coche, aunque eligieran un todo terreno. Había blasfemado un par de veces al chocar el arnés contra la carrocería y al ponerse el cinturón no había podido sin ayuda. Si hubiera ido atrás, habría tenido más espacio, pero prefería una conversación más cercana, que desde detrás no escuchaba bien. Cuándo llegaron a la central de Lugano salió un excitado Kurt a recibirlos. Le echó una mano al bajar e incluso pagó una generosa propina al chófer, que se fue encantado. Guió el científico al millonario hasta la sala insonorizada, antes de abrir uno de los pasillos que llevaba a las cámaras de pruebas de acceso restringido. Allí sólo cuatro personas podían entrar, pero tan sólo vio a Sandro, que le estrechó la mano jovial, en medio de la penumbra general.
– Verá señor, hemos conseguido una mejora. – Comenzó el regordete científico, ante la cara de sorpresa del joven. – Siento el misterio, pero nos gusta impresionarle. Y sabemos que le gusta que le impresionemos.
– Hemos conseguido mejorar la capacidad energética enormemente, señor, aunque… – Kurt se paró un momento antes de seguir, inseguro de pronto, consciente de que habían actuado sin permiso. – Eh… Bueno, aunque ha habido que replantear por completo el sistema.
– ¿Eh? ¿Qué…? – Comenzó Klaus, incapaz de reaccionar.
– Quiere decir señor, que hemos rediseñado el traje. – Sonó la voz de Johann, metalizada, en algún lugar de la oscuridad de la gran cámara de pruebas. – Es más grande, pero estoy más que seguro que no supondrá ningún problema, en cuánto lo vea terminado.
– ¿Más grande? – Comenzó el empresario, buscando la fuente de la voz, inútilmente. – Johann, alguien, me lo podrían decir sin más preámbulos?
– Oh, claro que sí. – Dijo, mientras un suave pitido indicaba que los sistemas de repulsión se habían conectado. – Enseguida me acerco, aunque no puedo salir entero de la sala.
– ¿Tan gr…?
Lo interrumpieron las luces, que lo deslumbraron y no le permitieron enfocar la enorme sombra que se acercaba flotando hacia él. Era humanoide, seguro, pero no veía nada.
– Creemos que puede alcanzar el Mach 2 sin demasiados problemas. – Dijo Kurt, emocionado. – Y su autonomía es mucho, muchísimo mayor, mientras no se sobrecarguen los sistemas.
– Y le aseguramos que no es fácil sobrecargarlos.  – Sandro continuó, sonriente como siempre. – Aprovechando que nos sobra muchísimo espacio, hemos aumentado su eficacia y rendimiento, además de que su resistencia al estrés por el uso es mucho mayor que con Folgore.
– ¿No es un Folgore? – Preguntó Klaus, abriendo mucho los ojos.
Debía de medir entre tres metros y medio y cuatro. Tenía un aspecto un tanto raro, con el esqueleto mecánico y los conductores eléctricos a la vista. Dentro de las barras de titanio había una cápsula de aspecto resistente, dónde acababa todo el circuito. Desde el sarcófago, Johann manejaba el aparato.
– No señor. – Dijo, con esa voz metálica espeluznante. – Ésta maravilla es Blitz.

martes, 24 de abril de 2012

Folgore XI.


 Ni imaginar podéis la sensación de triunfo que me embarga ahora mismo. Creo que lo de la votación y la promesa de la semana de actualizaciones diarias me ha venido bien. No me estoy sentando lo que me gustaría para escribir, pero cuándo lo hago, me sale casi sólo. Lo que viene dentro de unas cuantas entregas espero que sea uno de los momentos más espectaculares desde que comencé con Folgore.
Por cierto, dos cosas. La primera es mi disculpa por el tochazo "técnico" con éste trío calavera. Es una entrega de transición, para mostrar cosas y algo explicativa. Precisamente, porque quería hacer lo que leeréis en breve y porque de vez en cuándo hay que hacer algo así.
La otra cosa, es que tened en cuenta que no soy científico. Soy curioso hasta el extremo y me leo lo que sea por puro placer (física nuclear incluída), pero la aplicación que pueda dar, no se ha de tomar como algo realista. Así que no lo hagáis. Y no seáis muy críticos con ello, recordemos que es un mundo dónde la gente vuela, tiene superfuerza y además las esfinges se levantaron de las arenas del Sáhara para volver a trotar por sus dunas. Es ficción fantástica.

 (Mañana por la mañana, seguiremos con Charles, que hoy es muy tarde).




Estaban los tres científicos en la sala insonorizada del edificio de Industrial Glucciani, trabajando en las mejoras de Folgore. Estaban algo estresados, porque no había forma de lograr una fuente de energía estable y potente, lo suficientemente pequeña para colocar en el traje. Las conexiones de plata eran la única opción viable por el momento como conductor, así que se centraban en mejorar las baterías y aumentar el rendimiento de los sistemas.
– Podríamos volver a fabricar el traje de tela, pero añadiendo dos capas más. – Sandro, pasándose la mano por la calva, exponía una posible solución, aunque no lo tenía del todo claro. – Una capa formada por células fotorreceptoras, que tal vez podrían suplir parte del gasto de la batería. Y otra capa de kevlar transparente, para reforzarlo.
– Uhm, igual es demasiado restrictivo, contando con las protecciones que ya usa. – Terció Kurt, mirando sus papeles. – Podríamos hacer un poco más gruesa la última capa y retirar algunos de los refuerzos interiores, para aligerarlo y que no sea tan incómodo.
– Lo de las receptoras está bien. – Se metió Johann, el más joven de los tres, con las gafas deslizándosele hasta la punta de la nariz al echar un vistazo a los stocks que poseía la empresa. – Evidentemente, las baterías podrían recargarse durante el rato de Sol y dotarle de más autonomía.
Aunque Klaus quería más velocidad, también habría que pensar en la autonomía, que a pesar que para un uso estándar era adecuada, con una duración de batería de hora, y llevaba diez, que no le estorbaban. El problema del sistema es cuándo se le sometía a estrés, como acelerar por encima de la velocidad recomendada o combatir contra casi cualquiera. Los últimos acontecimientos les habían demostrado que el sistema en un combate prolongado no era tan buena solución. Sobre todo en el cambio de baterías, pues la interna sólo tenía energía suficiente para uno o dos minutos de rendimiento estándar o bajo. Con toda la potencia conectada, apenas dispondría de veinte segundos, en los cálculos más optimistas. Y en los más pesimistas podría desconectarse casi inmediatamente.
– Deberíamos mejorar el sistema de cambio. Propongo situar la bahía de conexión en el centro y que cambie automáticamente cuándo se acabe, en un cinturón estanco. – Dijo el científico, sin dejar que sus dos compañeros terminaran de pensar en lo de la recarga. – Igual podríamos ponerle baterías mayores, cubiertas por el propio traje.
– Sí, es buena idea. Las tres lo son. – Kurt apuntó su aguileña nariz en dirección al joven, que sonrió tímidamente. – Pero hay algo de lo que me gustaría hablaros.
Ambos científicos lo miraron expectantes. Sabían que Kurt había estado más pensativo de lo habitual los últimos días y eso significaba que les iba a proponer alguna cosa nueva.
– Sé que al señor Glucciani le gusta Folgore tal y cómo está, pero dadas sus experiencias, hemos comprobado que no tiene suficiente protección para los desafíos habituales. – Abrió su carpeta, con algunos bocetos sencillos, seguidos de hojas y más hojas con cálculos y anotaciones. Se los pasó a sus colegas. – Folgore es un ejemplo de miniaturización excelente. Cualquiera de sus componentes, medían metros antes de trabajar seriamente con ellos. Aquí os propongo integrar sus sistemas en un entorno protegido más grande, para aprovechar el espacio sobrante.
– Seguiremos necesitando una fuente de energía, además de que es más peso. – Terció Sandro, que no estaba del todo convencido, aunque sí que apoyaba la idea de un aparato más grande en el que trabajar. – Y el peso es lo que más nos estorba, aparte del tamaño.
– Ya había pensado en ello. Y se me ha ocurrido una forma de librarnos de las baterías, aunque no son un mal sistema de apoyo. – Aunque habría que encontrar la forma de encastrarla, podríamos intentar usar una cámara Catatumbo. Sería cómo si estuviéramos animando al monstruo de Frankenstein, pero con una fuente propia de rayos.
– Lo veo un poco complicado. Una cosa es un edificio que se dedique a la producción de energía de esa forma y otra es acoplárselo a un sistema personal. – Johann revisó todos los datos, admirado. Pero el punto del tamaño no lo acababa de ver. – No sé hasta que punto hacerlo más grande es una solución al problema.
– Creo que con el espacio que tenemos de sobra podríamos hacer una miniatura. –Sandro seguía algo escéptico, pero la idea le gustaba lo suficiente como para plantear posibles soluciones. – Teóricamente en un tamaño menor, no deja de funcionar, el problema es que esto es incluso demasiado pequeño… Pero bueno, también todo era demasiado grande para ser posible hasta y sin embargo aquí está.
– Bueno, dada la cantidad de dinero que se desvía a la investigación de Folgore, no pasaría nada si cogemos un poco para éste. – El joven había decidido al menos intentarlo. – Dado que todo depende de la energía, miniaturicemos todo lo posible una cámara de Catatumbo. Y después construimos alrededor.
– Me parece buena opción. – Sandro se levantó, señalando una de las anotaciones. – Me gusta el nombre de Blitz y además es adecuado.
– No lo había pensado como nombre, sino como concepto. – Kurt sonrió, halagado. – Pero sí, también creo que es adecuado. Blitz entonces.

lunes, 23 de abril de 2012

Folgore X.


Ayer estuve mirando fechas y resulta que hace un maldito año que no actualizo Folgore. Disculpad la tardanza para los que os gusta el super más maltratado en su corto periodo en activo.  Así que después de un añazo y un intento de guión, Folgore vuelve, durante una semana de actualizaciones diarias.
¡Mañana más!





De nuevo en manos del médico. Esta vez había hecho más preguntas, porque las costillas rotas de antes, se habían vuelto a fracturar y además las  acompañaban otro par más, para sorpresa del profesional.
– ¿Sabe que no debería inyectarse morfina por su cuenta verdad? – Le echó un vistazo calmado a una de las quemaduras del brazo. – ¿Cómo demonios se las ingenia para causarse éstas lesiones?
– ¿Tiene secreto profesional y todo eso, verdad? – Preguntó Klaus, escocido. – Vamos, nada de lo que le diga saldrá de aquí ni se lo irá contando a nadie. ¿Verdad?
– Sí, sí claro. Naturalmente. – El doctor estaba sorprendido, mucho. – ¿Qué le ha ocurrido para ponerse de ésa forma?
– Bueno… Me he corrido una buena juerga y en un despiste he salido a esquiar y me he caído…
– Pero las quemaduras… – Lo interrumpió el médico.
– No, ahora voy a eso. Salí a esquiar y me caí, pero iba desnudo. Y bueno…
– Joven, no trate de engañarme, ésas quemaduras no se las ha hecho la nie…
– Déjeme terminar, por favor. – Lo interrumpió a su vez el millonario joven, algo irritado. – Resulta que después, cómo por lo visto tenía frío, me he tumbado contra una estufa, de ésas altas que hay para una sala grande. Ya sabe.
– Pero no es posible que una estufa…
– Oh, vaya que sí. Con la caldera a tope y el dial a la máxima temperatura aquello quema cómo el maldito diablo.
– Esto que me cuenta es más plausible. – Recogió sus trastos, antes de salir de la sala. – Bien, me tengo que ir. Si me necesita de nuevo, ya sabe cuál es mi número. Repose o habrá que abrir para reparar adecuadamente. Y en ése caso, necesitará un maldito hospital.
– Tranquilo, seguiré sus consejos al pie de la letra doctor Hauptmann. Ser bueno y tranquilito es algo que me apetece mucho ahora mismo.  – Sonrió el joven, con el torso rígido por un corsé ortopédico, que le molestaba enormemente. – Creo que simplemente me sentaré a ver la tele.
Estuvo pensativo un buen rato. Pensaba sobre la bestia aquella, que evidentemente había tratado de matarlo a él y que no le importaba morir para conseguirlo. Eso no sugería nada bueno, pues era la segunda similar que se encontraba desde que se había puesto en activo hacía ya seis meses. Y durante al menos dos semanas no iba a poder ponerse el traje sin ayuda, mucho menos combatir el crimen o investigar aquello. Al menos, descansaría de todo aquello, aunque el vuelo le relajaba mucho, siempre podría dedicarse a otros menesteres.

– Sí señor, claro. – Kurt respondía sorprendido a su jefe, que no solía llamar fuera de horario laboral, para no molestarles nada más que durante el trabajo. – Espero que se recupere rápidamente. Lleve cuidado, aunque es potente, no creo que lo convierta en alguien invulnerable. Sí, seguiremos con la mejora de prestaciones, déjelo en nuestras manos. Adiós, buenas tardes.
El científico colgó el inalámbrico con cara de preocupación. No había sido nunca muy leal con sus jefes, pero ninguno le había pagado cómo le pagaban ahora. Y desde luego no habían incluido en el contrato aquella magnífica casa cerca del lago de Lugano. No, ninguno le había proporcionado aquella tranquilidad monetaria, ni lo había tratado con aquél respeto, entre el de jefe comprensivo y joven impresionable.
Se sentó en el sillón. A su derecha, un viejo manual de tácticas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial. Lo abrió por la página marcada, en la que se detallaba la conocidísima Blitzkrieg. Había subrayado la palabra “Blitz” y en el papel estaba elaborado un boceto de algo grande y humanoide. En un lateral, una oración rezaba: “Muévete como el rayo y golpea como un trueno”.

domingo, 29 de enero de 2012

Anuncio para los lectores: ¡Segundo Aniversario de la Senda del Aventurero!

Os dejo el relato primero (y dos enlaces), para los que simplemente leéis. Muchas gracias por vuestra silenciosa presencia. Aunque no lo creáis, anima mucho a seguir. El resto de la entrada, está debajo de lo que sigue, hacia el final:
Concurso por el segundo aniversario.



Un Ford A verde oscuro avanzaba a toda velocidad por las calles de Valencia. En su interior, al volante, Bill Red maldecía levemente, mientras esquivaba los coches de la estrecha avenida. A su derecha, rezando a todo un panteón entero, Guillermo se agarraba al salpicadero, consciente de lo inútil de su gesto. En el asiento trasero, sin inmutarse demasiado, el Tigre Cheko, de nombre Lykaios sonreía por la discusión que mantenían los de delante.
- ¡Relájate un poco! - Entre la súplica y la órden, el jóven esperaba que sirviera de algo. - ¡No llegamos tarde!
- ¡No gracias a tí, señor lentitud! - Las farolas anaranjadas iluminaban su deforme semblante, dándole un aspecto todavía más espeluznante. - ¡Has tardado mucho en bajar!
- Da igual lo que haya tardado, sólo relaja la velocidad. - Señaló hacia la derecha, indicando la dirección. - Es por ahí, ten cuidado, que aquí no respetamos... ¡Oah!
Había dado un bandazo cuándo un Ibiza fluorescente les pasó precisamente por el lado al que se desviaban. Bill insultó en tres idiomas distintos mientras giraba, mientras Lykaios miraba por la ventanilla, haciendo lo propio en otros tres.

El vehículo avanzó con calma hasta un hotel en las afueras, de amplia entrada y aspecto moderno, donde contrastaban varios caballos, atados a las vallas de forma improvisada. Aparcaron cerca de la puerta y los tres ocupantes dejaron ver que vestían de gala.
- Guillermo, mal asunto si hemos llegado tarde. - Comentó el Tigre mientras se ajustaba la corbata y se calaba el bombín, bajo el que destacaba su plateado cabello. - A Icusagora le molesta enormemente la falta de puntualidad, casi tanto como a mí el estar muerto.
- No me perdonarás que no hiciera de tí otra serie que no fuera a seguir en meses por falta de ganas o inspiración adecuada. - Lo miró el autor con un cierto aire de resentimiento. - Y que sepas, que eso te da caché.
- Como si lo disfrutara.
Antes de poder entrar, un rayo amarillo llegó hasta allí. Folgore flotó ligeron antes de tocar tierra y saludarlos.
- Veo que he llegado a tiempo. Ha habido un accidente en la pista de Silla y era posible que me tuviera que quedar.
- Al menos aquí estás. - Se llevó una mano al cuello, como indicando algo. - Gracioso lo de la pajarita.

Apenas llegaron al vestíbulo, un estruendo llenó el aire de la noche, que vibró salvajemente, mientras una nave de unos cuarenta metros sobrevolaba la zona, antes de posarse pesadamente en el aparcamieno de enfrente.
- Es el Falange. Reissig ha venido y casi seguro que con la mitad de la población galáctica. - Se giró hacia Bill, que encogía los hombros. - ¿Se puede saber quién los ha invitado? La idea es que sólo vinieran los habituales de la Senda.
- A mí no me mires, yo no controlo ésas cosas. De hecho, todavía no tengo muy claro cómo he sido capaz de llegar hasta aquí.
- Y recogerme a mí en el camino. - Terció Lykaios, sonriente.
- He sido yo.
Se giraron hacia la figura que les saludaba desde atrás. Iba vestido de negro y plata, con algunos sencillos bordados, que representaban una estrella de cuatro puntas. En su cintura colgaba un laúd de cerezo y en la vaina estaba la espada. Vïlem sonrió al sorprendido autor.
- No creo que tengas inconveniente, que al fin y al cabo, todos aquí somos hermanos. Bueno, en parte.
- ¿Cómo...?
- No debería sorprenderte ya, la verdad. - Se giró hacia la sala dónde el resto de invitados ya comenzaban a picar la comida. - Vamos, es una fiesta y no tengo ganas de perdérmela.
Bill se encogió de hombros y dió alcance al aventurero. El Tigre no pudo dejar de sonreír antes la cara de idiota del joven, que se giraba para mirar de nuevo a la puerta de entrada al hotel para ver cómo llegaban el resto de personajes. En la sala de celebraciones, podía escuchar las risas de Hoplas e Ira, que parecían compartir el gusto por la bebida fuerte.
Poco a poco, saludábanse todos, los que se conocían y los que no, incluyendo al psicópata Él, que estaba bajo la atenta vigilancia de Vïlem, mientras que Reissig comentaba con Alejandro las mejores maniobras para zafarse de un caza en gravedad cero.
Todos se juntaron para la foto, recordando los pobres y humildes inicios de sus respectivas aventuras. Y de cómo había ascendido la población del pequeño blog, merced siempre de los lectores, que animaban a aquél joven con delirios literarios a seguir escribiendo, aún así le sangraran los ojos.
El pasado 17 de enero, la Senda del Aventurero cumplía dos años de publicación más o menos semanal. Lo que comenzó en un inicio para albergar un relato que se llamaría "Las increíbles aventuras de Icusagora Riel" y que tendría un sabor de un folleto típicamente decimonónico y algo steampunk, ha acabado siendo un blog de historias de aventuras, con varios títulos de diferentes géneros y temáticas, entrevistas a autores online (siii, lo tengo parado, pero ya sabéis lo que me pasa con el pecé desde hace meses). He crecido mucho y mejorado también. He alcanzado objetivos que no creí que pudiera y me lee más gente de la que jamás pensé que lo haría. Incluso he aparecido en una quedada, a pesar de mis remilgos y carácter (de la que por cierto, saqué un genial dibujo del aún más genial Litos y que tengo que escanear, aunque me da que me toca echar mano de cámara).
Incluso me ha dado la desfachatez de organizar un concurso (y como imaginaba, no ha tenido alcance (arriba están los enlaces)) y eso que tanto no se me conoce. Así tengo el ego.

Así que nada más que deciros a todos que muchísimas gracias por leer los desvaríos de éste humilde escritor. No os podéis imaginar la ilusión que le hace a éste menda vuestras visitas, comentarios y demáses.

Independientemente de cuándo termine el mundo, éste blog seguirá en la trinchera, acompañado de la Senda del Interrogador, todo el tiempo que se tercie.

Un saludo a todos y muchas gracias!

lunes, 12 de diciembre de 2011

Un autor agredido.

Aviso que es un pelín largo. Ésto se me ha ocurrido después de una pesadilla, y de paso, ya que estaba, he rizado el rizo un poco más allá de lo soñado. Además, propongo un pequeño ejercicio, que en general será muy sencillito. Si alguien me contesta a todas las preguntas que voy a poner ahora, tendrá en su poder una versión reducida del premio del concurso que estoy montando para el segundo aniversario de éste humilde blog. Vamos, que escribiré algo que me pida el ganador (o ganadores), ya sea relatillo, historia pequeñaja o concepto de personaje.

En fin, sin más murgas, os pongo los enlaces pertinentes y el mini relato:


Soy un crack, publico sin poner las preguntas ni leches:

¿De qué relato proviene Bill Red?
¿Qué nombre falso usa en su propio relato el primer personaje que sale de la pantalla?
¿Quién es el psicópata que va disparando con una ametralladora?
¿Qué dos modelos de revólver lleva Ira en las manos?
¿De quién es hijo Icusagora Riel?






Guillermo escribía frenético, asqueado de su propia fanfarronería. Había prometido
acabar la primera parte de las memorias de su personaje de cierto juego online y
pasadas las ochenta páginas aún calculaba mínimo otras cuarenta para finalizarlo.
Además, tenía otros proyectos entre manos con fecha y lo de las entrevistas se había
visto detenido por varias razones, además de su propia pereza.
- Nada, es inútil. - Dió un sorbo de su refresco y se pasó la mano por la cara. - Esto es
mierda, ni de coña lo publico.
Se quedó quieto, detenido ante la clara pantalla. Eructó y volvió a poner las
manos sobre el teclado. Abrió el guión que tenía entre manos y trató de continuar con
él. Gruñó y pasó a otros proyectos. Volvió por fin a su fan fic de Star Wars Galaxies,
decidio a publicar aunque fuera un triste párrafo.
- Esto lo publico hoy de la forma que sea. - Miró fijamente la pantallo durante unos
instantes. - ¿Pero qué coño?
Recibió el impacto en la cara, que lo lanzó de espaldas al suelo. Se llevó la mano a la
nariz, que le dolía soberanamente y sangraba, aunque no la notaba rota. De la
pantalla, una forma humanoide hecha de letras se materializaba físicamente, hasta
quedar formada como un hombre corpulento, de pelo corto y bien parecido, a pesar
de las cicatrices. Llevaba puesta una especie de armadura verde de aspecto futurista,
que reconoció al instante. Era Vilem, su alter ego en el juego. Bueno, uno de los
Vilems.
- Carajo. - Se giró hacia el autor, que se incorporaba para preguntar algo. - Por fin nos
vemos, capullo.
- ¿Eh? Que? - Dijo, con la agilidad mental que le caracterizaba. - ¿Cómo?
- ¡Es hora de que escribas mamón!
Lo agarró del hombro y fue a sacudirle un puñetazo en el estómago, algo le dió un
golpe desde detrás. Un horrible rostro desfigurado por una tremenda cicatriz le guiñó
el ojo, antes de apuntar con el fusil con bayoneta en dirección al mercenario galáctico.
- ¿Pero no ves que si lo desgracias, nos jodes a todos? - Preguntó, con cierta guasa,
Bill Red, nombre puesto en un alarde de originalidad. - Que mis aventuras están por
llegar y quiero que sean de calidad.
- ¡Eso intento capullo! ¡Intimidarlo para que continúe!
- Creo, que eso me puede salir mejor a mí, florecilla. - Una voz, como un chuchillo vino
desde el lugar dónde estaba la pantalla.
El recién llegado tenía una sonrisa peligrosa en la cara, dos revólveres en las manos y
un sombrero negro lleno de polvo. Ira apuntó con calma.
- Bueno hijo, creo que es hora de que dejes el arma en el suelo. - Escupió, con
desprecio. - O si no, voy a reventarte esa cara de memo que tienes.
Algo explotó detrás de él, destrozando la mesa y las ventanas, de las que llegaba el
ruido de sirenas.
- ¡Nosotros estábamos antes que todos vosotros! ¡Exigimos ser los primeros! -
Folgore e Icusagora habían aparecido, con ganas de camorra, al parecer. - No tenéis
más derecho que nosotros.
- Técnicamente, yo llegué antes, que lo sepáis. - Terció el que primero llegara. -
Comenzó mis aventuras más de un año antes de idear las vuestras.
- Parece, muchachos, que hemos llegado a un punto muerto. - Bill bajó el rifle,
mientras ayudaba a Guillermo a incorporarse. - ¿Si nos calmamos no será mejor?
- ¿Eh? ¿Cómo? - Seguía teniendo poca agilidad mental. Pero llegó a fijarse en la forma
que se materializaba ahora detrás del superhéroe y el aventurero. Y en el arma que
llevaba. - Oh, mierda. ¡Es él!
Echó a correr en dirección a la puerta, buscando la protección del pasillo. El resto, al
echar la mirada hacia atrás, lo imitaron, con más o menos calma. Folgore abrió un
camino por la pared, ignorando la de explicaciones que tendría que dar su autor.
La figura, vestida de negro y armada con una ametralladora de sección, disparó una
ráfaga con su munición combinada. Algunas balas atravesaron la pared y otras
arrancaron yeso y ladrillo con facilidad, mientras el psicópata aquél reía.
- ¡Eso es putas! ¡Escondéos! - Volvió a disparar, regocijándose en los gritos del
pasillo. - ¡Quiero comerme vuestro miedo!
De pronto, dejó de disparar. Un sonido líquido, como el de el agua al atravesar un
paso estrecho, les llegó. Al mirar en el interior del salón, había una figura detrás del
asesino. Éste había dejado caer el arma, mirando incrédulo la espada iridiscente que le
sobresalía del esternón, de la que salía el vapor al hervir su sangre. La extrajo sin
muchos miramientos, e ignoró el cuerpo que caía y se deshacía, para desaparecer sin
dejar ni rastro. Era un hombre de corta talla, con el pelo descolorido y un mostacho
muy claro sobre la curtida cara. Que era idéntica a la del primer personaje que había
aparecido, aunque más desmejorada por la edad. Llevaba un hoplón y una espada
larga, que videntemente era algo más que un arma de mano, además de ropa basta y
sencilla, que combinaba con una capa sorprendentemente elegante para el conjunto.
Desentonando más todavía, pudieron ver un laúd ricamente adornado en madera
rojiza, colgando de su cadera.
- Creo, niños, que ya es hora de marchar. - Envainó la espada y les señaló la pantalla.
Ninguno se atrevió a replicarle. - No debiérais haber venido mendrugos. Ésto podría
costarnos a todos la existencia.
Guillermo se acercó. Le sacaba media cabeza de altura, pero estaba claro que el
espadachín era más fuerte, ágil y capaz que él. Tenía un lío de emociones entre
felicidad por haberse salvado, temor por lo que acaba de pasar o dicha por conocer en
persona a su más grande personaje.
- Yo, eh. Gracias.
Vïlem von Länderer lo miró con sus fríos ojos grises, como estudiándolo. Parecía
preguntarse muchas cosas.
- Muy bien, no necesitáis darlas, sire. Pero ya que aquí me hallo... - Lo agarró de
improviso del cuello con la enguantada mano y con una fuerza que no es de este
mundo, lo levantó. - Maese, mucho debéis escribir, más os conmino a echarle un
vistazo a cierta historia que debéis preparar en breve.
Lo soltó, al ver que se ahogaba. Cayó aquél de rodillas, agarrándose esta vez el
cuello, luchando por respirar.
- ¡Pero ah! Si además pudiérais trabajar un poco en mi propia historia, me sentiría muy,
pero que muy complacido. - Le miró de nuevo, sin agacharse, con la espalda muy
recta y la mano apoyada en la espada. - O si no, podría volver para convenceros.
Dicho esto, desapareció. Y Guillermo, sin saber muy bien qué hacer, se quedó allí, en
medio del desastre general, escuchando cómo derribaban la puerta de la casa para
entrar.

martes, 5 de abril de 2011

Folgore IX


 Y aquí estamos una semana más con una nueva actualización. De nuevo me abstengo de hacer predicciones o conjeturas sobre la próxima, que trae mala suerte. En fin, esta semana poco tengo que anunciar así que doy paso ya a la nueva entrega de Folgore (que será plan ya de comenzar a componer un capítulo como estoy haciendo con los otros).





La avalancha recorría con rapidez la ladera, arrastrándolo todo a su paso. El temblor traía también un grito hasta la falda de la montaña, dónde se encontraban ambos deportistas, que se giraron a mirar y se horrorizaron de lo que vieron. Corrieron desesperados, buscando cualquier abrigo que pudiera servirles, pero no encontraron ninguno. La nieve se acercaba implacable, destrozando la ladera arbolada, llenando de terror a ambos. Y antes de que se dieran cuenta, ya la tenían encima.

Entre la nieve en movimiento algo estalló con fuerza. Salpicaduras de sangre se esparcieron y desaparecieron entre el alud. Y un rayo amarillo salió disparado hacia arriba, levantando polvo blanco a su alrededor. Folgore frenó para cambiar la batería de nuevo, pues la había gastado entera para poder matar a la criatura y pasó inmediatamente a búsqueda activa. Mandó avisos de avalancha por radio en todas las frecuencias, esperando poder alertar a quien fuera necesario y salió disparado porque había encontrado el rastro que buscaba.

Volaban. De nuevo. El olor dañaba la nariz y Folgore ardía. El contacto contra el traje quemaba y que aumentara poco a poco no ayudaba en nada a calmarlos. Gritaban ambos muy seguido y muy fuerte y le daban ganas de soltarlos, porque se estaba agobiando por el calor, que ya comenzaba a doler.
– ¡Parad cojones, parad! ¡Que nos matamos coño!
Abrió la ventilación, que despidió vaho casi inmediatamente y comenzó a descender, pues el corrimiento ya había cesado. Y apenas unos metros por encima, cayeron con fuerza.

Se había hundido bastante en la nieve, derritiéndola poco a poco por la alta temperatura.  Dado que se estaba asando, usó los brazos para sepultarse y enfriar lo más rápido posible el traje, pues ya notaba las quemaduras y el escozor. Se estaba cagando en gran cantidad de cosas cuándo cuatro manos excavaron y lo agarraron con fuerza y decisión, tras tantearle un poco. Estiraron para arriba con el fin de sacarlo a la superficie. La franja amarilla estaba negra, sucia del hollín que salía de algunos puntos del héroe. Despedía un olor muy fuerte a quemado y aún estaba demasiado caliente, pero al menos no parecía que fuera a arder sin venir a cuento.
– ¿Estás bien? – El joven trataba de mirar dentro del casco, para saber si estaba con ellos todavía. – Creo que está bien, pero no dice nada.
– Si, si, perdona. Es que hace… – Se dejó caer para sentarse. Le dolía todo el cuerpo, en especial los miembros y el costado izquierdos, que más castigo habían sufrido. – Hace mucho calor.
– Bien, hemos llamado a emergencias y han dicho que van a enviar un helicóptero.
– Bueno, gracias, pero no hará falta. Puedo volver sólo a casa. – Hizo chequeo de sistema. – Creo.
– ¡Pero si estás hecho polvo! ¿No deberías dejar que te lleven a un hospital?
– No creo que sea necesario, además puedo cuidarme yo mismo, tranquilos.
Se quedaron callados un momento, mientras Folgore se colocaba bien el casco, que con el golpe se le había desplazado.
– Al menos toma esto. – Apuntó apresuradamente en su agenda y le pasó la hoja. – Es mi número de teléfono. Soy psicóloga y antes estaba claro que querías hablar. Si vuelves a necesitarlo, llámame.
Se la quedó mirando. Estaba sorprendido y aunque no se le viera la cara, era evidente hasta para un niño. Ella no se movió hasta que él, con un movimiento suave, se guardó la nota.
– Yo soy Gina y él es Aldo. Encantados
– Yo soy K... Eh. Soy Folgore. Igualmente.

jueves, 31 de marzo de 2011

Folgore VIII

 Hola de nuevo. Aunque tal vez sea un poco pronto, estoy compensando la sequía de los últimos dos meses, que es hora.
Además, no era plan de dejaros más de una semana con el final de la anterior, que eso jode un huevo.
Saludos!




El árbol les había pasado a escasos centímetros. Folgore los había forzado a agacharse con violencia, evitando el destrozado tronco. Tuvo una sensación de déjà-vu al ver a aquella mole inmensa de nuevo. Tal vez no sea la misma criatura, pero desde luego se parecía. Era enorme, estaba abotargada y tenía la misma mirada vacía. Era evidente que el diálogo no iba a ser la mejor opción para tratar con aquello. En todo caso, su primera prioridad era la de poner a aquellos dos a salvo, así que los agarró con firmeza y despegó sin consultarles.  Ambos se movían y eran bastante fuertes, pero pudo controlarlos mientras descendía de la ladera hacia zonas más seguras con la esperanza de que la criatura no fuera tan rápida. Pero lo era. Bastante más de lo que dejaba ver su tamaño, porque al poco de adentrarse en la zona arbolada, otro proyectil le hizo dar un bandazo, sin lograr esquivarlo del todo. Cayeron con ligereza, sin golpearse con nada, gracias a los sistemas del superhéroe.
– ¡Corred! ¡No miréis atrás y corred, maldición! – Giró sobre sus talones sintiendo venir a la mole. – Joder.

Aquello venía sin parar, ajena completamente a la posición del cuerpo que había adoptado Folgore. Ramas cayeron, con intenciones de obstaculizarle el paso. Las ignoró. El héroe dio un gran salto hacia delante, esquivando a su enemigo, mientras seguía lanzando ramas y todo lo que encontrara, en un intento de derribarlo. Sin éxito. Quería capturarlo vivo, para poder investigar las apariciones aquellas, pero el ser era un hueso muy duro de roer. No imaginaba cuánta fuerza debería de aplicar para poder noquearlo, en caso de que se pudiera. No le dio tiempo a seguir pensando, porque había arrancado un árbol de cuajo y había bateado con éxito a Folgore de nuevo hacia la cima. Lo había visto llegar y había podido protegerse con un campo telequinético, pero incapaz de controlar el vuelo, no pudo hacer nada para no estrellarse en la ladera de la cargada montaña. Y antes de que se diera cuenta, ya lo tenía encima de nuevo.

Esquivó el tremendo puñetazo, pero al comenzar a levitar de nuevo, la mole le atizó de refilón, enterrándolo de nuevo en la nieve. Un par de costillas habían bailado y le dolían una barbaridad. Además, el brazo izquierdo se le estaba entumeciendo por momentos. ‘Demasiado joven para un infarto’ pensó, pero lo cierto es que no comía demasiado bien. Se lo reprochó. Antes de que se pudiera incorporar, un puñetazo directo lo clavó en tierra. De nuevo había podido protegerse mediante los generadores telequinéticos, pero cada nuevo golpe lo hundía más y descargaba peligrosamente la batería. De pronto, en lugar de golpearlo lo agarró y mantuvo fijo en el suelo. Los sensores daban señales anómalas, algo ocurría. Cuándo por fin pudo interpretar lo que recibía, ya estaba ocurriendo. La potencia de las vibraciones había puesto en movimiento la nieve de la ladera, que ya comenzaba a deslizarse en su dirección. Se asustó y trató de zafarse. No pudo, por mucha fuerza que ejerciera. Y ya había agotado prácticamente la batería. Pero el ser tampoco parecía querer moverse. Estaba allí sin más, sujetándolo. Abrió el compartimento que contenía los recambios y trató de alcanzar sin éxito la bahía de la batería. Entró en pánico y comenzó a patalear y a moverse para tratar de llegar como pudiera.
Y en ese momento, les alcanzó el alud mientras un grito de espanto recorría la zona.

lunes, 28 de marzo de 2011

Folgore VII.

Más tarde de lo que pretendía. Bueno, ya deja de servir como excusa que tenga poco tiempo libre, ¿no? Bueno, espero que disfrutéis de esta nueva entrega. Estoy poniendo cierto énfasis en usar correctamente los guiones, para separar los diálogos. Por otra parte, como podréis ver, he añadido dos secciones, dedicadas a los dos principales relatos (que tal y lo que llevo pensado, se van a transformar en novelas por entregas, más que relatos) en la que incluye una breve sinopsis y que más adelante completaré con descripciones de personajes y enlaces a los distintos capítulos.
Un saludo!



De nuevo, el Sol brillaba en los Alpes, iluminando la nieve que se aposentaba en las laderas. Había salido a dar una vuelta, tan sólo para poder relajarse, porque estaba harto de todas las intrigas. Llevaba una banda sonora puesta, lenta, que le relajaba y había apagado la radio y los sensores estaban en modo pasivo. No quería ser molestado y desde luego, las autoridades podrían hacerse cargo de la mayoría de cacos que solía atrapar. No le necesitaban para nada
Abrió la ventilación para sentir un poco del aire fresco en la cara. El casco no podía levantarse, debía soltar los anclajes del cuello y retirarlo. Y si hacía eso, nada funcionaría. El sudor del rostro se enfrió inmediatamente y un escalofrió le recorrió el cuello y la espalda. Comenzó a controlar su respiración, para permitir la entrada de mayor cantidad de oxígeno, sin pensar en la altitud en la que se movía, que superaba ya los tres mil metros. Cerró la ventilación y conectó el sistema de oxígeno, porque se había mareado ligeramente. “Es la tensión de estos días, nada más”, se dijo a sí mismo, tratando de tranquilizarse, pero lo cierto es que el enfado permanente en el que vivía desde hacía una semana, con la denuncia, las vistas y todo el follón.
– ¡Vamos cariño! – Una mujer, enfundada en un traje de escalada naranja apremiaba a su acompañante. – ¡Un esfuerzo más!
– Ca… Casi llego… Un momento… – Aquello no era el punto más alto de los Alpes Lepontinos, pero a ellos ya les valía. – Ya… Está…
– Estás sin resuello… Je. Deberías ver qué cara. – Se quitó la capucha, los cabellos negros ondearon en el viento.
– Menos… Coñas. – Tenía la cara completamente roja. Aunque se notaba su juventud, estaba claro que no solía hacer aquello muy a menudo. Se apartó la manga azul para mirar el reloj, que brillaba bajo el cálido sol, contrastando con el frío de la montaña. – Bueno, descansamos un momento y bajamos, que es ho…

Se había interrumpido al oír el suave murmullo. Folgore descendía hasta ellos con calma, siniestro con aquél traje negro de franja amarilla, que le recorría desde la rodilla hasta el hombro. Se acercó a ellos caminando con soltura sobre la blanda nieve, en la que los jóvenes aventureros se hundían casi hasta los tobillos. Estaban boquiabiertos.
– Hola. ¿Qué tal? – No tenía muy claro qué carajo se suponía que estaba haciendo. Casi nunca hablaba con nadie usando el traje, a pesar del modulador, pero le apetecía charlar un poco. – ¿Ha ido bien el ascenso?
– Eh… Si, sí, nos ha ido estupendamente… – La joven no se acababa de creer aquello. Lo había visto en las noticias, pero una cosa era la tele y otra tenerlo delante, como flotando. – Aunque está claro que peor que tú.
Los miró con calma. A pesar de las caras de felicidad, de esos esforzados y satisfechos rostros, parecían en verdad cansados y podría decir que hasta doloridos.
– Si, bueno, eso es normal… – Buscó las palabras con rapidez, tratando de encontrar una buena respuesta. – Pero yo hago trampas, desde luego.
El de azul, no acertaba a decir nada, pero con un gran resoplido, indicó que estaba de acuerdo. Aquello no tenía ningún mérito, en su opinión. Desde luego, se hacía entender con un solo resoplido.
– Si, tienes razón. – La chica se sentía un poco incómoda, pasada la primera impresión. – En fin, tendremos que bajar, no queremos que se nos haga tarde.
– Uhm, si, es normal. – Se iba a dar la vuelta para ascender y perderse en la lejanía, pero se le ocurrió una tontería. – Eh, si os apetece, puedo pasaros el vídeo de vuestra meta. Es que habitualmente grabo los vuelos…
Ambos se miraron. Giraron la cabeza en dirección al superhéroe y se volvieron a mirar entre ellos.
– Tenemos cámara, la verdad es que nos gustaría mucho. – Ella era psicóloga y había notado ese mismo tono muchas veces. Supuso que incluso los que vuelan necesitan hablar de vez en cuando. – Muchas gracias. Nuestros amigos se morirán de envidia.
Por debajo de la máscara, Klaus sonrió. Tomó el pequeño aparato con cuidado con la mano izquierda y con la derecha lo conectó al guantelete. Sin moverse, traspasó el vídeo a la memoria. Le devolvió la cámara y se preparó para despegar.
– Bueno, mejor me voy yendo… – Se quedó completamente quieto, atengo a los temblores que notaba. Los sensores, recién encendidos le pasaron las lecturas por el enlace neural. – ¡Al suelo!

jueves, 25 de noviembre de 2010

Folgore VI.


 Una entrega algo más lentita. No todo van a ser combates y gresca superheróica.




Las noticias habían volado muy rápido por toda Suiza. Klaus Glucciani, el excéntrico millonario que había convertido la fortuna de la lotería en una de las mayores del planeta, pagaba a mercenarios para mantener sus intereses en países subdesarrollados. Era desde luego un escándalo importante, pues siempre había tratado de dar una apariencia benévola y apacible. Desde luego, la gente se escandalizó. Y Klaus también.
Se encontraba en su casa de Lugano, en una propiedad de tres pisos blanca, con vistas al enorme lago y un jardín con piscina, muy cerca del pequeño puerto deportivo. La televisión empotrada dejaba ver el canal que emitía en ese momento la exclusiva y él se había levantado repentinamente, arrepintiéndose inmediatamente del brusco movimiento. De su último combate había salido con tres costillas rotas, muy difíciles de explicar y una vez frías, muy difíciles de soportar con tranquilidad. Y ahora aquello.
-Hijos de perra. Pero qué hijos de perra. -Entre palabras respiraba con cuidado, para no hacerse daño. -No comentan el porqué, a pesar de que lo conocen perfectamente. No informan de qué protegen esos cuarenta contratistas.
Después de Industrias Glucciani subiera como la espuma y le hiciera ganar miles de millones, decidió equilibrar un poco el karma regalando dinero. En un principio donó algo a Ong's, pero más tarde descubriría que la mitad de ellas se hacían puros con los billetes que mandaba, así que fundó la suya propia y la puso a trabajar como una empresa. Sólo que en lugar de conseguir dinero, debían ser eficientes a la hora de gastarlo. Aquello ya estaba más con su consciencia.
Pero los lugares dónde ponía en práctica sus proyectos de desarrollo son zonas muy deprimidas, dónde los maleantes campan a sus anchas, sin que las autoridades locales hicieran nada por evitarlo. Eso si habían autoridades locales claro. En muchas ocasiones la ayuda iba a parar a países en guerra civil, dónde tal tribu trataba de asesinar a tal otra y entre medias estaban los refugiados y sus propios empleados. Así que para proteger todo aquello, contrató a un variopinto grupo de contratistas civiles, que velaban por la seguridad, aunque lo hicieran fuertemente armados.
Y ahora un periodistoide se había topado con aquello y lo había vendido al mejor postor. Aunque evidentemente, olvidaba muchos detalles en el camino, claro. Y si había algo más que lo irritara, es que nunca había intentado atraer la atención. Ganar esa animalada de dinero y regalar parte siempre atrae, pero de pronto se había convertido en un personaje más de esa cartelera que siempre había odiado. Y ahora se estaba viendo en la enorme pantalla, con un letrero a la izquierda que ponía “imágenes de archivo”, todo fofo y paliducho, de la temporada que siguió a la lotería. Se había abandonado un poco. Bastante. Mucho. Y le había costado una barbaridad coger la forma de nuevo, sobre todo pensando en meterse en el pellejo de Folgore. Tenía que demandar a esos cabrones.
-Como alguien ataque sus estudios me voy a demorar todo lo que pueda, maldición.

Estaba de mal humor. Los tres últimos días se había visto asaltado por multitud de periodistas, que trataban de tomar alguna declaración respecto a la noticia de Alpes Televisión, o de la demanda a ésta misma, por uso no autorizado de imágenes personales. En todo caso, no respondía a nada.
La reunión con su equipo de pensadores no estaba dando muchos frutos y se aburría. La mayoría de conceptos que barajaban estaban muy por encima de su, en comparación, pobre educación. Ellos lo sabían, así que se limitaban a discutir entre ellos, entregados a solucionar los distintos problemas planteados.
-¿...opina? -Sandro se inclinó con dificultad hacia su jefe, apoyando la enorme barriga en la mesa. -¿Klaus?
-Quiero una armadura condenadamente grande con una panoplia de armas como para convertir... -Había agachado la cabeza hasta mirar la mesa gris sin reconocerla. Cuándo se dio cuenta de que le hablaban, se incorporó como el rayo. -Eh. ¡Ah! ¡Oh perdón! Se me ha ido la cabeza bastante lejos sin darme cuenta.
-¿Se encuentra bien?
-Yo eh... No, la verdad es que hoy no estoy muy por la labor. -Se levantó suavemente y apoyó las dos manos en la mesa. -Por favor, continuad vosotros. Manteneos en los proyectos abiertos, no es necesario que sigáis centrados en Folgore de momento.
Los tres científicos se miraron significativamente cuándo su jefe salió por la gruesa puerta aislada. Los tres sabían la gracia que le hacían a Klaus los medios de comunicación y también habían escuchado perfectamente lo que le había dicho a la enorme mesa de reuniones, de forma casi confidencial. Dado que todos sentían que le debían algo, decidieron ponerse manos a la obra con una pequeña sorpresa.