Mostrando entradas con la etiqueta Fanfic. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fanfic. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de julio de 2014

Ungido. Relato para Cano

Os traigo un relato corto, regalo para Cano en agradecimiento por la excelente ilustración que podéis disfrutar aquí.
Os recomiendo leer el cómic Ibosim si no lo habéis hecho ya, para evitar spoilers, pero si no, lo tenéis a continuación, espero que lo disfrutéis tanto como yo he disfrutado escribiéndolo:

Aquí para descargar en .pdf



Balcebe miró por última vez el campo de batalla. Las apresuradas pinturas de guerra cubrían su cuerpo desnudo y tan sólo lo vestía el pequeño escudo redondo y la Espada. Cerró los ojos mientras inspiraba profundamente antes de desenvainar, pues sabía que no habría otra vez, al menos no de forma consciente. Nada más excepto la ira y el odio que la Espada de la Desesperación provocaba cuando se la sacaba de la vaina. La asió de la empuñadura y tiró de ella con suavidad. Al principio no sintió nada especial. A su espalda, el manípulo de sacrificio esperaba expectante. De pronto, sobrevino el fuego. El ardor que le quemaba cada nervio del cuerpo le producía un dolor tan inimaginable que no supo como se mantuvo en pie. Ni como recorriendo la mirada roja por el campo de batalla, distinguió formaciones. Y avanzó hacia ellas, resuelto a que pagaran caro su dolor.

–¡Avanzad hombres! –el fragor de la batalla no podía imponerse a su voz, pues; ¿acaso no los lideraba el poderoso centurión Agatocles?–. ¡Hemos de reforzar el flanco izquierdo para enviar a esos perros al otro mundo!
Apretaron el paso, dispuestos a rebasar la pequeña loma que los había tenido toda la mañana a cubierto de los ataques de los hostigadores enemigos, ya fueran honderos o arqueros. Al otro lado, el combate parecía recrudecerse pues los gritos que llegaban hasta ellos eran de espanto.
–¡Más rápido, ya casi llega…!
Había llegado hasta arriba, casi corriendo. Al otro lado no había nada más que muerte. Los ejércitos seguían asesinandose mutuamente, pero no allí, en el flanco izquierdo. Allí lo que había era un buen montón de cadáveres destrozados y un hombre desnudo con la espada desnuda en la mano y completamente cubierto de sangre y restos que los miraba con fijeza. Estaba intacto. Se agachó levemente y gritó, ronco, desde el centro mismo de su alma. La formación de soldados se estremeció claramente y dio un paso atrás, más su capitán era un hombre con muchas batallas a su espalda y pocas cosas había que consiguiera hacerlo temblar y ninguna estaba sobre la tierra que pisaba.
–¡Apretad formación y no fiéis!
Avanzó con cautela, escudo redondo por delante y la espada atrasada, previendo el golpe del ungido, que llegó con rapidez y fuerza inauditas. Golpeó con la misma defensa para quitarselo de encima y trató de rebanar el cuello con una rápida estocada, pero sólo a punto estuvo de llevarse una de las puntiagudas orejas de su adversario. Era más rápido, era más fuerte y no tenía ningún tipo de necesidad de sobrevivir, por lo que podía apreciar al combatirlo. Chocaron la Espada y el escudo del líder de nuevo y éste se recompuso a la espera de que sus hombres cargaran junto a él. La espera le extrañó. Un vistazo rápido y pudo constatar que la mayoría de sus hombres había abandonado las armas y corrían rápidos hacia los bosques. Los maldijo por el segundo que había perdido.
La falcata destrozó con facilidad la espada y la coraza de lino de Agatocles. Continuó camino sin detenerse atravesando clavícula, músculos, pulmón, costillas, arterias e hígado. El centurión vomitó sangre y se derrumbó, incapaz ya de mantener la vida dentro de su cuerpo. Su contrincante apenas esperó a que cayera y corrió en pos de la unidad que se batía en desordenada retirada, aterrada ante el espectáculo, pues al ver que su líder había caído de forma tan espectacular, los pocos que aún dudaban ya corrían más rápidos que las liebres.

Ya no podía correr más. Había dejado caer su impedimenta, a excepción por supuesto de la armadura, que no era fácil de retirar y mucho menos escapando de una muerte segura. Sus compañeros se habían separado de él, probablemente tratando de evitar que el portador de la Espada de la Desesperación los pudiera perseguir a todos. Devolvió el pobre desayuno sobre un arbusto bajo del bosque y trató de orientarse. Escuchaba todavía el fragor de la batalla, pero absolutamente nada más. Tardó unos segundos más en comprender que los gritos lejanos eran la única señal de vida que podía oír, pues en aquella espesura todo animal parecía haberse ido. El sudor se le enfrió con rapidez al darse cuenta de aquello, lleno de terror. Instintivamente se agachó y trató de ocultarse, pero no sabía por dónde llegaría, ni siquiera si lo perseguía a él o a otro. Pero que no escuchara nada es lo que más lo asustaba. Durante la carrera no había dado muestras de ser especialmente silencioso y si ahora andaba cerca parecía una tumba. Se arrastró hasta un árbol, buscando la protección del tronco, por si se lo encontrara. Lo encontró, pero para su tranquilidad, lo tenía de espaldas, quieto y respirando ruidosamente. Parecía estar cavilando, absorto en algún hilo de pensamientos. De pronto, sin más, dio media vuelta y echó a andar en su dirección y si no hubiera estado alerta, lo habría descubierto. Aguantando el llanto se preparó para correr en caso de que lo viera, más no le hizo falta. Algo sonó a la derecha del ungido y aquél se lanzó colérico al ataque. El asustado guerrero miró de nuevo y creyó ver una pequeña forma que huía a toda velocidad, pero en la verde espesura apenas podía. Aprovechó su proverbial buena suerte y salió corriendo en dirección contraria, dispuesto a dedicarse a un trabajo más pacífico si salvaba la vida.


Todavía se preguntaba qué podía haber salido mal. Recordaba haber empuñado la Espada y nada más de aquél día, hasta que se despertó cubierto de sangre en mitad de un bosque desconocido. Aquello en sí no sólo fue suficientemente malo, pues aquél dominado por el Espasmo de Furia no sobrevivía a la batalla, sino que al acercarse a zonas civilizadas había descubierto que ni siquiera estaba en su propio mundo. No podría encontrar las respuestas que buscaba, ya que no era un erudito y aunque algunas de las personas que habitaban el lugar les eran familiares los nombres que él daba, los conocían cómo él conocía los nombres de los dioses. Además,se había podido percatar de que no era del todo igual a los que allí vivían y había tenido que ocultar sus orejas muy pronto, pues aunque en algunos casos la diferencia se traducía en adoración, la mayoría de ocasiones solían acabar en miedo y persecuciones con toscas armas y fuego.
La Espada. ¿Había sido cosa de la Espada? Había quien decía que la espada tenía vida propia y que cuando el ungido la desenvainaba, era esta vida la que tomaba el control. Tal vez esta vez la Espada quisiera otra cosa; otro comienzo. Si era así, a Balcebe no le gustaba nada la idea. Debía morir en batalla, con dignidad, no apaleado de cualquier manera. Pero allí no conocía a nadie.
Se mantuvo cerca de la costa y así llegó conocerlos. Eran un pequeño grupo, no demasiado grande, pero muy unido. La mayoría habían combatido juntos bajo el mando de varios ejércitos, principalmente como mercenarios de apoyo y exploradores y ahora habían sido reclutados por las tropas de Cneo Pompeyo, que asediaban Ebusus.
–¡Buscamos hombres fuertes para un ejército fuerte! –gritaba el mayor de ellos, vestido con su impedimenta completa y la espada al cinto–. ¡Aprovechad la oportunidad mientras dure de estar en el bando ganador!
–¿Qué se requiere? –a Balcebe tanto le daba estar en el lado ganador como en el perdedor, mientras estuviera en uno–. Para entrar.
–Espada, escudo, jabalinas –lo escrutó, atento a que tenía prácticamente lo necesario–. ¿De dónde eres, amigo?
–De Ibosim –dijo, mientras contaba las monedas que había sacado del pequeño morral– ¿Valdrá para jabalinas?
–Valdrá. –ignoró el hecho de no conocer donde estaba Ibosim. No sabía donde estaban muchas cosas. ¿Qué más daba otra?– ¿Cuál es tu nombre?
–Balcebe.
–Muy bien, Balcebe de Ibosim, ahora eres un veles; felicidades. En cuanto reclutemos a unos pocos más haremos una incursión por una de las salinas cercanas, a ver si podemos hacernos con suministros. Está defendida por un pequeño fuerte, pero no debería dar problemas. ¡Anímate! Te espera la gloria, el honor; ¡y el botín!



Continua en Ibosim.

martes, 17 de junio de 2014

Pollito Wars: Filii Belli.pdf y relatillo tontorrón.

Los créditos del final de la holoproyección aparecieron con la explosión musical. Algunos aplausos nacieron en la sala ante la posibilidad de salir al fin de aquél sitio oscuro y frío; lugar en en el que conseguir comida significaba la muerte económica.
–Por Laika, necesito un trago urgentemente –dijo Sauri apartando gente de su camino con malos modos–; ¡quitad de en medio muertos de hambre!
–¿Cómo presté mi imagen para hacer esto? –Malabestia todavía no se acababa de creer el haber dado su permiso para aquello–. Debieron emborracharme, si no, no me lo explico.
–Se hace saber a todos los visitantes de las Holosalas Árticas que el héroe de la Alianza Gordon Phalow estará regalando firmas en la entrada –anunció con voz solemne la inteligencia artificial que controlaba el recinto–. Se ruega eviten los enfrentamientos armados.
El silencio que precedió a la tormenta auguraba una galerna de las peores que se habrían podido ver. Inmediatamente una ola de gente se precipitó hacia los pasillos que daban a la salida. Los que no parecían especialmente interesados en el tema se agarraban a lo que fuera con tal de no verse arrastrados y ayudaban a cualquiera que tuvieran a su alcance. Los del grupo que salía del palco vip se agarraron a Malabestia, que permaneció imperturbable.
–¡Perfecto cabo! –McQuarry hizo formar a sus hombre y los comenzó a organizar–. ¡Jerguins! ¿Dónde está Jerguins?
–¡La ha palmado señor! –Púlsar corría a toda velocidad, aplastando cabezas por el torrente humáfero–. ¡Se ha asfixiado debajo de todo el gentío!
–¡Maldición! Al menos, que alguien busque a Aubrey, ¡que comience a poner orden!
–Thomas por allá baja –dijo Sauri, encaramada a los hombros de la semiyagui–. Pateando a quien osa interponerse en su camino.
–¡Largo infieles! ¡No sois dignos! –fuera de sí, disparaba al aire, intentando dispersar a la gente de su alrededor para poder avanzar más deprisa–.
–¿A dónde demonios va? –preguntó Malabestia, todavía ajena al hecho de ser un peñasco en mitad de la furiosa corriente–.
–Resulta que nuestro siempre aguerrido vicealmirante es un maldito fanboy. Tiene todo el merchandising que salió en su día de Phalow –sonrió, recordando las figuritas–. En fin, ya se calmará.
–Coronel, le acaba de pegar un tiro en la cara a un tipo.
–Pues eso, que ya se calmará…


Pues nada, coña final con los personajes de Filii Belli y un enlace de descarga la mar de majo para que pilleis el PDF con el fanfic completo y sin cortes.
Para descargar, haced click en el siguiente enlace:



iJOXHiI.jpg

viernes, 30 de mayo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli. Epílogo FIN. (15)


iJOXHiI.jpg


Aubrey clasificaba las órdenes del Almirantazgo en su datapad. La idea de que el Beaufighter fuera desguazado lo enfurecía, pues había perdido a amigos, subordinados y partes de su propio cuerpo en las cubiertas de esa nave. Era casi una extensión de sí mismo y no concebía demasiadas torturas peores que saber que lo enviaban a desguace.
Alguien tocó a la puerta. Tres golpes secos y seguidos.
–Adelante.
–Disculpe que me venga sin pedir cita señor.
–Queda disculpada, capitán –señaló a una pequeña pila de sillas que había cerca–. Siéntese por favor.
Cogió la silla de más arriba, limpió con suavidad el pequeño poso de polvo y tierra del asiento y se aposentó. No era demasiado joven y aunque no llegaba a la quinta del vicealmirante debía de haber visto una buena cantidad de acción. El pelaje rojizo, que en otro tiempo había sido mucho más intenso ahora estaba apagado y reflejaba los añolaikas pasados en activo. La mirada inteligente lo escudriñó un momento, admirada de la estatura de Thomas y de sus recias formas, a pesar de la edad.
–¿Qué necesita? –Aubrey no estaba de humor para andarse por las ramas–.
–Señor, nosotros hacíamos una ruta de entrega desde los astilleros Quack hacia la flota –bajó la voz, confirmando las sospechas del almirante de que el destructor que allí se había estrellado no era en absoluto normal–. Transportamos montado un dispositivo de salto experimental. No podíamos dejar que cayera en manos yagui y por eso decidí que lo mejor era encontrar ayuda. O destruirlo antes de entregarlo.
–Parece alto secreto. ¿He de suponer que su mando directo ha autorizado que me revelara esta información?
–Supone bien señor. Es de vital importancia que este tema no se airee más que lo justo y necesario, así que debo advertir de que he dispuesto que el reactor entre en masa crítica si el dispositivo y su software de uso son comprometidos de cualquier manera.
–Comprendo.
–Si los yagui se hubieran hecho con esta tecnología, pasarían de ser una molestia a ser un problema casi peor que los pollitos –le pasó el datapad con la información que le atañía–. Mi tripulación se comportó de la mejor de las maneras, pero en última instancia habría tenido que sacrificarnos para evitarlo. Gracias a su gente, no sólo el prototipo no ha caído en malas manos, sino que se ha salvado, al igual que mi tripulación.
–Me alegro entonces que decidiera visitarnos. Aunque debo decir que los que contraatacaron en superficie eran tropas del ejército regular. No estaban bajo mi mando directo, no más que los artilleros y jefes de las baterías de superficie.
–Algo he oído. Tengo entendido que se han suicidado para no tener que responder por su incompetencia.
–Sí… Se han suicidado –había dudado al principio y dio gracias por estar leyendo aquello, pues prefería no contar nada a otros que no fueran sus leales oficiales–. Nos impidieron que les echáramos el guante, por desgracia.
–Sí, suele pasar. No hay nada mejor que un buen consejo de guerra para los incompetentes. Lástima que no los pudiera capturar a tiempo, capitán.
Tuvo muy claro que la capitán sabía perfectamente lo que había ocurrido, pero ella también tenía muy claro que en oficiales de su edad, lejos de la justicia del grueso de la flota, bien podrían imponer la suya, discreta y eficaz, de una forma que no sería difícil averiguar qué habría ocurrido, pero que sin embargo, nadie podría probar.

Tenía casi tres horas de paz hasta su cita con el psiquiatra civil y las aprovechó para poder hablar con Aubrey. Lo visitó en el barracón que servía para la oficialidad y los veteranos, donde reinaba un ambiente silencioso.
–¿Me puede atender, almirante? –preguntó ella, cuadrandose en toda su musculada estatura–.
–Tome asiento, por favor –respondió Aubrey, incapaz de dejar de lado su animosidad por la parte yagui de la mestiza –muy bien, soldado. ¿Qué se le ofrece?
–El sargento McQuarry nos habló a Púlsar y a mí ayer sobre su intención de echarnos una mano con nuestros destinos.
–Sí, y así es, mantengo mi decisión. Su iniciativa no sólo frenó el avance por la superficie,, sino que evitó más muertes bajo mi mando.
–Gracias señor.
–Las gracias las doy yo –era consciente de que de la semiyagui había realizado una acción extraordinaria, pero su profunda aversión le impedía ser más amistoso, cómo usualmente era–. Tengo entendido que le gusta la camorra, ¿no?
–¿Disculpe?
–La violencia, el combate, lo movido.
–Sí, señor.
–Bien, también tengo entendido que el grupo de Operaciones Especiales suele tener bastante vidilla. Moveré algunos hilos, pero de momento, sigo siendo el jefe de esta base, así que me he tomado la libertad de darle un ascenso, cabo. Que el capitán McQuarry le de los detalles, porque no me sorprendería que estuviera bajo su mando.
–¡Muchas gracias señor! –Malabestia se había emocionado mucho. Abandonar aquél pedazo de roca era una prioridad para ella, por mucha amabilidad minera que recibiera– Le agradezco profundamente esta oportunidad.
–Cómo dije, las gracias las doy yo –volvió a repetir el vicealmirante. Se levantó y le tendió la mano a la semiyagui, reprimiendo la necesidad de negarle el saludo– ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarla?
–Pues ahora que lo dice… –comenzó, con un punto de timidez–.

–¡Eh, oiga! –dijo la capitán al mando del destructor Estrella de la mañana–. ¿Qué demonios hacen?
–Tranquila capitán, traemos una orden firmada por el vicealmirante Aubrey –dijo el operario, ajustando el cañón en las cinchas de la grúa–. Ha dicho que le entregará otro, pero que éste cañón P.C.D. ha de ser desmontado para su revisión.




Y se acabó. Casi cinco meses después de la primera entrega, se ha terminado el fanfic. Puedo decir que he disfrutado mucho, pues quería mostrar la batalla en la que Malabestia consigue su mítico cañón P.C.D. Comenzó por ahí y la batalla fue desarrollándose en mi cabeza, añadiendo no sólo ya el destructor, sino una fragata, a los piratas yaguis y además de una serie de personajes que me han gustado mucho.
He improvisado mucho, arreglado algunas otras cosas y creo que en general el resultado es positivo. Así que estoy satisfecho. Espero que os haya gustado; en unos cuantos días colgaré una versión en PDF con la portada y algunos comentarios de autor si se tercian.
Recordad que ayer publiqué una entrada con una excelente ilustración de la mano del genial Cano

¡Un saludo a todos y gracias por leer!


En los apartados de la Senda podréis encontrar el relato completo con su intermedio. De momento servirá hasta que cuelgue la versión pdf completa.

sábado, 24 de mayo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli. Epílogo 2. (14)

Segunda parte del epílogo. Demasiado congestionado para decir nada moderadamente inteligente.
iJOXHiI.jpg



Los mineros habían reunido una enorme cantidad de sencillos víveres y haciendo uso de una casi ilimitada imaginación culinaria, pudieron prepararlos de mil maneras distintas, que los soldados agradecieron sobremanera, considerando el rancho habitual que solían disfrutar allí. Varias decenas de mesas repartidas a la entrada del pequeño búnker del lugar albergaban toda clase se sencillos aperitivos de los que daban cuenta por igual civiles y militares. Los más jóvenes habían querido montar un baile, pero por respeto a sus invitados, que en su mayoría habían resultado tan heridos que no podrían moverse con suficiente coordinación en un buen tiempo, desecharon la idea con rapidez. Así que símplemente comentaban con animación los pasos del combate, la emoción del tiroteo o el miedo que todos sintieron.
Apareció Thomas seguido de Lykaios y Sauri y McQuarry. Los cuatro vestían sus mejores galas y se notaba que hacía mucho que no se las ponían. En especial a Aubrey le venía algo holgada su chaqueta.
Todos se extrañaron de ver al sargento con ellos, pues sabían que los tres primeros ejercían de oficiales mayores, pero especialmente de representantes de las fuerzas. El primer oficial representaba a la fragata y sus tripulantes, la comandante a la infantería de marina y el capitán, a todas las fuerzas defensivas. Pero el coronel al mando de la batería de tierra y que era el representante de las tropas de superficie, no estaba. En su lugar, el sargento tenía el semblante grave, algo ajeno a la fiesta de su alrededor. Más tarde averiguarían que varios de los responsables de las baterías de tierra, entre los que se incluían al comandante de la base, se habían suicidado. El capitán pidió una silla para que todos lo vieran y algo de silencio.
–Hola a todos. Espero que se estén divirtiendo. He elegido este momento para hacer algunos anuncios, bien por deferencia a nuestros amables anfitriones cómo para que no deje de conocerse la valía de todos y cada uno. Quiero comunicarles que en la primera comunicación con el mando, el grupo de defensa al completo recibe una estrella de la Victoria colectiva. Apareceremos reflejados en el boletín de noticias, aunque no se incluirá la localización ni el nombre del planeta por seguridad y sentido común –una leve ovación, silbidos admirativos y algunas risas acompañaron las palabras de Aubrey–. A continuación, diré las legiones de honor a título póstumo –se estremeció al nombrar a algunos de ellos. No sólo los conocía, sino que habían sido amigos y los había llegado a querer cómo a hermanos. Entregó sendos papeles a Lykaios, Sauri y McQuarry–. Legión de Honor y mención especial para el recluta Stig “Púlsar” Kursk, para la soldado de primera Mishara “Malabestia” Taylee, para el sargento mayor Ernst McQarry –no había condecoraciones físicas, sino los documentos que las autorizaban. A pesar de ello, las entregó con toda solemnidad. Uno a uno, pasaba desde los rangos más bajos, hasta los mayores, llegando hasta su primer oficial y la propia comandante Kahina–. El destructor Estrella de la mañana ha recibido una legión de Honor colectiva, por su excelente combate en solitario contra los piratas y la inestimable ayuda para finalizarlo.
De nuevo, más ovaciones, risas y aplausos. El capitán Aubrey les dejó unos minutos para ilusionarse y felicitarse, pero no bajó de la silla. Aún tenía anuncios por hacer:
–El Almirantazgo estima oportuno –dijo, antes de que bajaran las voces, así que comenzó más fuerte de nuevo–… El Almirantazgo estima oportuno que las fuerzas defensivas de este lugar sean renovadas. El destructor será reparado y volverá al seno de la flota para su reubicación. Los tiradores supervivientes de las tropas de tierra recibirán una reasignación para mejorar sus capacidades, o volverán a sus antiguos puestos –suspiró ligeramente. Aquello que estaba a punto de decir era tan importante y duro que no sabía cómo hacerlo–. La tripulación del Beaufighter será restablecida en su rango anterior, incluyendo a los altos oficiales. Lykaios Enister vuelve a su puesto de capitán de navío, Sauri Kahina recibe de nuevo su rango de coronel de infantería de marina y yo… yo vuelvo a mi puesto en la flota cómo vicealmirante. La fragata Beaufighter será desmantelada y su tripulación reasignada bajo mi supervisión.
Aquello era un cazo de agua fría entre tanta celebración y buena noticia. Aunque eran todos veteranos, la fragata había estado al mando del capitán Aubrey hasta que ascendió a contralmirante y la heredó Lykaios, quién más tarde capitanearía cómo capitán de navío el propio acorazado insignia de Aubrey. Incluso la entonces coronel Kahina había protagonizado sendas misiones a bordo de la fragata, pues sus excelentes cualidades servían muy bien para las misiones de infiltración y asalto que Sauri acostumbraba a realizar. Cuando todos perdieron su rango por una insubordinación colectiva, no abandonaron porque seguían juntos, a pesar de aquello. Algunos de los presentes comenzaron a envidiar a los muertos.
–Muchas gracias por vuestra atención. Buena suerte a todos, pueden continuar.
Aquello ya no era un festejo, sino un funeral. Nadie había que no mirara en dirección a la espuma térmica que cubría la fragata que tan desesperadamente trataban de reparar y no pudiera sentir su agonía.
–¡Por el Beaufighter, sus oficiales y su tripulación! –el sargento había sido el más rápido de todos y alzaba ahora una copa–. ¡Hip, hip!
–¡Hurra! –corearon las cientos de gargantas allí reunidas, civiles y militares unidas por el mismo sentimiento– ¡Hurra! ¡¡Hurra!!

–Malabestia, Púlsar, venid –dijo el sargento, con una jarra en la mano y en la otra un enorme cigarro que algún entusiasta guardaba para una ocasión especial–. El capitán me ha pedido que os comunique algo. Aubrey sabe que viniste aquí, Púlsar, aún habiendo pedido destino a una unidad de enlace. En agradecimiento por nuestra acción ha decidido presentarnos una cierta ayuda. Serás su nuevo oficial de comunicaciones, en la flota.
–Creo que no me lo puedo creer señor –era cierto, estaba mudo de emoción–.
–Pues créelo. Para tí, Malabestia, no sabe en qué ayudarte, así que sería bueno que solicitaras entrevista. No tendrá objeción.
–Así lo haré –respondió con convicción–.
–¿Y usted sargento? –preguntó Púlsar, aún afectado por tan estupenda noticia–. ¿Qué recibe?
–¿Yo? Mi antiguo rango y unidad.
–¿Y cuál es?
–Era capitán de Operaciones Especiales –ambos se sorprendieron de que aquél sargento desterrado hasta allí tuviera tanta solera–. Le salté los dientes a un puto general que se pasó de listo con mi gente.

sábado, 17 de mayo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli. Epílogo. (13)

Y aquí está, el principio del fin. Tres partes de epílogo y se acabó.

iJOXHiI.jpg


Epílogo:


Thomas Aubrey sobrevivió a la terrible herida que casi lo mata en el abordaje. Al despertar, la noticia de que el Beaufighter había sido derribado casi había conseguido lo que no pudieron hacer los yaguis. Ahora estaban tratando reparar la fragata para poder desplegar el tren de aterrizaje y comenzar con los arreglos serios, que en vista de los primeros informes, serían incluso demasiados. El capitán había quedado satisfecho en general con el resultado de la batalla. Todos habían dado mucho de sí, vistas las circunstancias y lo inesperado de aquello, pero la lista de bajas no sólo era más larga de lo deseable, sino que reconocía en ella los nombres de muchos hombres que sirvieron bajo su mando. Hombres a los que había llegado a apreciar cómo a verdaderos amigos y que voluntariamente le habían seguido a aquél destierro, fruto de la cabezonería del antiguo almirante. Nunca ninguno le reprochó la falta de acción, o la muerte prematura de sus respectivas carreras dentro de la jerarquía, sino que continuaron a su lado en la desgracia.
–No saben si volverá a levantarse. –McQuarry se limpió la cara con la toallita hidratante que el médico le había obligado a usar–. Parece que recibió más castigo del que podía tragar y el reactor anda pasado a tiros.
–Sí, he visto la espuma térmica que han echado sobre todo el Beaufighter –a Malabestia le había sido necesaria una intervención contra quemaduras bastante seria, pero ahora las múltiples gasas regeneradoras hacían su trabajo bajo los vendajes–. Está claro que no confían en que no pueda reventar. Menos mal que tenían material de sobra para cubrirlo. ¿Dónde anda Púlsar, por cierto?
McQuarry dejó con suavidad la toallita dentro de la loción y cerró el bote para que no se secara y perdiera propiedades.
–Lo tengo buscando a los dos pelotones al completo –calló un momento antes de continuar–. A lo que queda de los dos pelotones, claro.
–No supe cuantas bajas tuvimos.
–Yo tampoco. El alférez Romen ya había desaparecido antes de la batalla y que yo sepa, nunca recibimos reemplazo para el sargento Contrera. –se abotonó la guerrera con cuidado, intentando que no se le pegara demasiado al cuerpo–. Ahora quiero saber exactamente a quién perdimos y quién está vivo. Jerguins murió delante mío, a Cusack lo aplastó un yagui y no recuerdo mucho más allá. Los tuvimos enseguida encima y aquello se convirtió en una carnicería. Aún quedan por reconocer más de quince cuerpos y que nadie llevara las putas chapas no ayuda.
–Es posible que el resto se haya escondido y así siga.
–Sí, lo es. Yo mismo apenas pude evitar salir corriendo en cuanto llegaron a la trinchera y juro por Laika que casi me lo hago encima cuando tuve a uno de esos hijos de puta delante. No me sorprendería que estén en shock.
–La verdad es que no me acuerdo demasiado de nada –admitió Mala, que tenía serias lagunas de memoria–. Antes de que llegaran a cuerpo a cuerpo y alguna imagen suelta de después. Hasta el destructor es lo que hay.
–¿Tienes ya cita con el psiquiatra de los mineros? –el sargento la miró significativamente–. Ya te he dicho que te pusiste... desagradable.
–No, no. Tengo que ir.
–Es una orden para ayer, soldado. Mañana quiero que tenga de una maldita vez hora –dijo, ajustándose los galones en la guerrera– No podemos arriesgarnos, por mucho que no le pueda gustar lo que salga.
–Sí sargento.

El mando central de la N.A.M.E. se había puesto ya en contacto con el capitán Aubrey, para mandarle una fría felicitación, órdenes y las condecoraciones que considerara oportunas. Thomas leyó el extenso mensaje desde el barracón donde se le había alojado a él, a la comandante Kahina, el primer oficial Lykaios Enister y a algunos de los veteranos más heridos. No pudo menos que sonreír, sarcástico ante el repentino interés que parecía sentir la alianza por ellos de nuevo, hasta que sus cansados ojos azules pasaron por las órdenes y destinos de todos ellos. No explotó, ni siquiera se quejó en voz baja. Simplemente, dejó que la desagradable sonrisa desapareciera de su rostro y terminó de leer el resto del documento con semblante serio, ajeno a la conversación sobre cómo destripar yaguis que Sauri y Lykaios mantenían desde hacía un rato.
Estaba furioso, claro; pero no quería aguar todavía la fiesta que sabía que los mineros habían preparado cómo agradecimiento por el buen hacer de los militares allí. No es que fuera a ser opulenta, pero sería agradable después de los últimos sucesos, en especial por todas las negligencias que se podían apreciar ahora, pasado el susto. La más grande, la del propio capitán de navío por dar luenga correa a sus más directos subordinados, que mandaban áreas clave, cómo la batería de tierra o el botiquín. Calculó mentalmente cuántas bajas podrían ser consecuencia directa de aquellas estúpidas decisiones y se maldijo mentalmente. Era su responsabilidad y había fallado, trayendo miseria a aquella victoria.
–¿En qué piensas, Thomas?
Se giró a Sauri. Hacía años que no lo tuteaba. El tuteo durante el servicio no está permitido y para evitar incómodas conversaciones, Aubrey siempre estaba de servicio. Se la quedó mirando varios segundos sin responder, filtrando la frase y haciéndola pasar por su agotado cerebro.
–Tengo que escribir muchos mensajes de condolencias. Hacía mucho que no... Que no.
–Lo sé Thomas. Ya lo sé.
–Sauri –le costaba hablar–, yo… Quería decirte que…
–¿Sí, Tom?
Se quedaron mirando. El capitán había tenido una cierta fama de conquistador gracias a su gran porte y su carácter alegre. Con el tiempo, se había visto que era mucho más tímido de lo que dejaba ver y las experiencias habían aguado gran parte del buen humor. Así que a la comandante no le extrañó que desviara la vista de nuevo hacia el modesto escritorio, que no era más que una mesa con un cajón.
–Echo de menos aquello –hizo un gesto difícil de interpretar con la mano y su mirada–. Lo que pasamos. El matrimonio. Los hijos. Todo. Sé que luego todo se torció; todo… Y lo jodí. Y lo siento, pero aún así… Aún así, si termina la guerra, me gustaría...
–No has cambiado en nada Thomas –le dijo ella, siguiendo su línea de pensamiento–. Diría que me alegro, pero esto te afecta demasiado para la edad que ya tienes. Ya hablaremos sobre lo que nos gustaría hacer después de la guerra, cuando la terminemos.
–Si a lo que hacemos lo podemos llamar guerra, claro –apunto Lykaios, agudo–. Llevamos atascados aquí un buen tiempo y la flota no para quieta para que los putos pollos no les den por saco a base de bien.
El barracón entero caviló en silencio todas las posibilidades que tenían de sobrevivir a aquello. No ya de que alguna acción terminara con su vida, sino de que la situación acabara alargandose demasiado.
–Sauri, hay algo que necesito que se haga –dijo de pronto Aubrey, rompiendo el silencio–. No es algo limpio y por desgracia no puedo intervenir tal y cómo estoy.
–¿Qué es lo que hay que hacer?
–Te voy a pasar unos nombres –dijo, cogiendo uno de los papeles de su mesa–. Buscarás a esa gente y serán asesinados.
La sala se giró hacia él expectante. El capitán no era un tipo discreto y no había pretendido que dejara de escucharse. Quería que a todos les quedaba claro quién ordenaba aquellas muertes y por qué.

domingo, 11 de mayo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (12)

Bueno, técnicamente, menos de una semana. Sólo han sido seis días.

En fin... doceava entrega y final de la segunda parte. A partir de ahora, viene el epílogo, algo más largo, pero cuando finalice; se acabó, no he tenido fuerzas ni ganas para escribir nada más, excepto alguna cosa suelta. No tengo continuaciones de nada, no he podido completar guiones y estoy completamente seco. Lo siento realmente, no sólo por vosotros, sino desde un punto de vista completamente egoísta y personal. No me gusta ver la Senda tan abandonada y no me gusta que mis proyectos se queden parados, especialmente para una vez que no estoy siendo especialmente vago.
Cualquier sugerencia para relato breve será bien recibida y evidentemente, en caso de realizarse, esperad al menos, agradecimientos y crédito (dudo que saque dinero de ello, pero si se diera el caso, royalties).

Siguiente actualización dentro de 5 días.


iJOXHiI.jpg


–Estamos preparados para disparar –dijo la voz en el comunicador desde el interior del destructor–. Confirmen.
–¡Listos! –respondieron los tres de una sola vez–.
–Bien, conectamos la refrigeración, preparados para hacer fuego –dijo de nuevo–. Eleven dos grados más el cañón.
Fuera, los tres gruñeron para levantarlo. Ninguno tenía una idea exacta de si le acertarían a la primera, pero sabían que mantendrían el disparo durante unos selaikas, para maximizar el daño producido, ya que probablemente, sólo funcionaría una vez antes de que se quemaran los acumuladores.
–No miréis directamente a la boca del cañón –les informaron–, de verdad, que no queréis hacerlo. Enfocad el objetivo y entornad los ojos aunque llevéis la máscara.
–Recibido. ¿Estamos preparados? –Mala y Púlsar asintieron a la vez, decidida una y resignado el otro–. Bien, control de fuego. Ha llegado la holaika de una maldita vez. No más putas correcciones.
En el desvencijado puente del destructor, unos pocos oficiales y su capitán organizaban el fuego.
–Disparo en 3, 2, 1... –último vistazo rápido, antes de oprimir el disparador–. ¡Fuego!
Los acumuladores chillaron, la instalación se puso al rojo, mientras el sistema de refrigeración emitía vapor. Pero nada ocurrió. El P.C.D. mantuvo el silencio. Un nervioso silencio recorrió los puestos del puente.
–¿Eh? –comenzó a decir Púlsar–. ¿No pasa..?
Sin más ruido, con un destello que oscureció el cielo a su alrededor, un haz luminoso que unos dijeron era azul pero otros jurarían que se acercaba más al verde, aunque todos coincidirían en que en su centro era de un blanco puro, se materializó de pronto sin que a ojos vista recorriera el camino intermedio entre el navío pirata y el destructor derribado. Desde la órbita, el resplandor que cegaba a todos cuanto lo miraban, era de una belleza siniestra y los que lo pudieron contemplar desde la presa capturada lo admiraron. En la desastrosa nave yagui, hubo una enorme explosión de chispas y se pudo escuchar claramente el casco retorciéndose en largas hebras metálicas que caían fundidas. Dio una brusca guiñada, para ofrecer el frontal y sus cañones abrieron fuego para contrarrestar el poderoso disparo. El surco brillante de la superficie de la nave supuraba cómo una enorme herida infectada. Varios impactos cayeron cerca del destructor e incluso uno acertó, pero el láser no varió su potencia ni su precisión.
Púlsar tenía los ojos completamente cerrados. McQuarry se miraba la punta de la nariz tratando de conseguir que la sombra de Mala le cubriera la cara. Por su parte, la semiyagui era incapaz de no emocionarse. Aquello era lo que buscaba. Un arma a su altura, en varios sentidos. Rugió, de salvaje satisfacción, elevando su brutal grito a los cielos. Los guantes estallaron en llamas y sus ojos lloraban, pues a pesar de la careta de protección aquello brillaba demasiado. Las capas del equipo anti-incendios echaban humo y ella ardía debajo cómo si tuviera fiebre roja. Pero lo estaba disfrutando.
El navío yagui, incapaz de acertar ningún disparo, trató de huir, pero no pudo. El tremendo haz de luz licuó el escaso blindaje posterior y lo atravesó de parte a parte, matando y desintegrando todo lo que se interponía en su camino. En apenas un selaika, el reactor dejó de actuar y el navío pirata cayó a la superficie con un enorme estrépito. Antes incluso de que se confirmara cómo derribo, los acumuladores del cañón se quemaron y dejó de funcionar. Inmediatamente, el trío lo soltó, haciéndose a un lado para evitar que los aplastara. Púlsar, mareado pero intacto, rodó hacia su derecha y casi cae por el inclinado casco, pero por suerte, la jefa del equipo de emergencia pudo atraparlo. McQuarry se trataba de apagar los brazos a golpes, que eran las zonas que habían quedado expuestas, pues Mala cubría el resto. Estaba muy desorientado y apenas veía, además de que tenía un calor infernal. Mala, sin embargo, ardía entera. Los tripulantes se acercaron con rapidez, y la rociaron con los extintores, antes de tirarle encima las mantas ignífugas. En cuanto las llamas parecían sofocadas, se ocuparon del sargento, que rodaba tratando de apagar las suyas y no dejaba de gritar; “¡cabrones, pasadme un extintor!”.
Ayudaron a los tres a retirarse las prendas de protección. Púlsar estaba febril y respiraba con dificultad enterrado completamente en gasas húmedas, pero parecía entero. McQuarry tenía chamuscado el pelaje superior y se dejaba humedecer, incapaz de responder por el calor que sentía.
–Ha de ser mío –dijo Malabestia, mirando fijamente el cañón caído, que echaba vapor y humo y chisporroteaba al contacto con el casco blindado del destructor.. Tenía los ojos inyectados en sangre y llorosos, que no apartaba del P.C.D.. Era todo hollín que se había desprendido de la ropa y se le quedaba pegado por el sudor, que le escocía en las quemaduras que se repartían por su cuerpo, que aunque impresionaban, no eran de consideración–. Ese trasto ha de ser mío.
En la lejanía, la nave crepitaba, incendiado su interior. Apenas diez milaikas después y sin que se observara ningún superviviente, explotó en una violenta deflagración, cuya onda expansiva hizo que se tambalearan.

lunes, 5 de mayo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (11)

El siguiente en menos de una semana, que hay que compensar el parón.


iJOXHiI.jpg


–¡Conectad el reactor de respaldo! –Énister se aguantaba gracias a la barra que hace añolaikas había hecho instalar en el alcázar previendo situaciones cómo aquella–. ¡Repulsores inferiores, a toda potencia!
–¡Señor, el reactor de respaldo falla! ¡También ha resultado dañado!
La fragata, envuelta en llamas, caía todavía movida por su propia inercia, pero la proa estaba cada vez más inclinada hacia el suelo.
–Que los ingenieros intenten un reinicio de emergencia –dijo, incapaz ya de gritar por la urgencia–. Todos a sus puestos de colisión.
Abajo, en el interior de la nave, el reactor intentaba ponerse en marcha de nuevo. Los ingenieros reparaban los fallos visibles con rapidez, sabiendo que en breve, no habría tiempo para nada más. Usaron los cebadores manuales, destinados a dar un pequeño pico energético, para que el resto del reactor comenzara a producir de forma autónoma.
–¡Tenemos energía! –gritó de pronto el piloto, atento como estaba a los repulsores–. ¡Repuslores inferiores de proa, a toda potencia!
El navío enderezó la proa y la levantó, frenando la caída.
–Avante media, repulsores, ¡compensad! –Énister revisó los datos del panel y se volvió a sentar en el sillón de mando, en el que pocas veces se había aposentado–. ¡Preparados para el impacto!
A pesar de volver a tener el sistema de maniobra, la fragata había descendido demasiado y demasiado deprisa. La popa tocó la superficie con tal violencia que el navío se combó antes de impactar con el resto del casco, que se arrastró destrozando rocas y abriendo un enorme surco en tierra.
En su interior, la tripulación trataba de ponerse en pie a oscuras. Algunos habían podido llegar a sus puestos de emergencia pero otros no habían tenido tanta suerte y poblarían la enfermería los siguientes dilaikas. O la morgue.
–Informe de daños –dijo el primer oficial, consciente de que el cinto de seguridad parecía haberle partido una o dos costillas–. Y si es posible levantar de nuevo el Beaufighter hagámoslo.
–El reactor aguanta, pero tenemos los repulsores tan dañados que habrá que repararlos antes de volver a movernos.
–¿Los escudos?
–Caídos
–¿El soporte vital?
–Hemos abierto la ventilación, porque el sistema de vida no responde.
–¿Armamento?
–La mitad de las baterías pesadas están destruidas. De las ligeras, aún podríamos disparar un quince por ciento de ellas.
–Suficiente, preparados para reanudar fuego. Tenemos que derribarlos antes de que puedan escapar.

–Preparados –dijo McQuarry por el comunicador al puente del destructor caído–. Estamos en posición de disparo.
–Aquí puente, recibido. Les pasamos con el control de fuego.
–Aquí control de fuego, ¿me reciben?
–Soy Malabestia, indíquenos cuando encuadre al destructor en la mira.
–Espere un momento Malabestia, estamos dirigiendo toda la energía disponible a ese cañón. Tardará un poco.
–Comienza a pesar.
–Somos conscientes, vamos todo lo rápido que podemos.

–A mi señal, fuego concentrado, nada de tirar a lo loco– dijo Énister, de nuevo en pie–. Lo quiero en sus motores. En cuanto tengamos tiro.
–Sí señor. –el oficial de sensores esperó hasta que el aviso en verde saltara ante sus ojos –señor, están dentro del rango de combate.
–Qué rápido. Muy bien –se acercó a los monitores que le mostraban la visual–, abrid fuego.
Los rayos volvieron. Desde los afustes en el casco del que todavía asomaban las lenguas de fuego, pero no conseguían ocultar los haces de muerte que la fragata disparaba desde el suelo, incapaz de realizar movimiento alguno.
Desde lejos, el espectáculo era aterrador. El brutal zumbido de los disparos llenaba el aire incluso a la zona donde reposaba el destructor desde el que el trío ya apuntaba el cañón P.C.D. en dirección al navío pirata.
–Están muy lejos no creo que les lleguemos a dar –Púlsar era el más cercano al afuste y aguantaba con dificultad con los brazos extendidos para ayudar a Malabestia con el cañón–, tal vez el Beaufighter pueda derribarlos sin que tengamos que actuar nosotros o la batería de tierra sea capaz de disparar de una maldita vez por todas y así no atraer la atención de esos hijos de puta que se mueren por roer nuestros huesos y sorbernos el tuétano.
–Púlsar –dijo Mala, apretando la mandíbula tratando de concentrarse en el extremo del cañón–, eres todo un optimista.
–Me lo dicen en muchas ocasiones gracias, la verdad es que poca gente cree que yo sea pesimista porque mi sola forma de encarar la vida es un...
–Era broma.
–Oh.
El ardillamativo se calló contrariado. Le costaba en ocasiones captar esas cosas. Antes de que intentara responder, una escotilla se abrió pesadamente.
–Hola, hemos venido a ayudar –dijo una de las tripulantes del destructor, armada con extintores y acompañada de una cuadrilla de tripulantes–. Traemos equipo de extinción, agua y todo lo que hemos encontrado para las quemaduras.
El trío se les quedó mirando sin saber qué decir.
–Conseguís que no me convenza todo esto, desde luego –resumió el sargento el pensamiento de sus subordinados–. ¿Tan mal vamos a quedar?
–Pues... –dijo la chica–. Esperamos que no, pero... Tengan en cuenta que es por seguridad. Han calculado que el disparo puede corresponder a una batería orbital y generalmente nadie se acerca al proyector del haz tanto. Nunca se ha disparado un P.C.D. usando toda la capacidad del reactor.
–Vale, que no tenéis ni idea.
–Estaremos aquí, de espaldas. Nos han ordenado que no lo miremos directamente. En cuanto el disparo termine, os auxiliaremos aunque no parezca necesario.
–Es agradable al menos, gracias.

sábado, 12 de abril de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (10)

Décima parte. Esto está emocionante hasta para mí, que ya sé cómo acaba.


iJOXHiI.jpg


En la superficie, las cosas andaban relajadas, en comparación con lo que había ocurrido hacía unos escasos milaikas. Los yagui destripados seguían exactamente en el lugar en el que habían muerto. Sin embargo, Malabestia, Púlsar y McQuarry habían entrado ya en la nave y los supervivientes al abordaje y al posterior aterrizaje forzoso se habían puesto en contacto con ellos. Y no sólo con ellos. Control de tierra les había informado de que la batería orbital no funcionaba y que no podrían cubrirles ante la amenaza que había atravesado la atmósfera y se dirigía a su posición. Así, algunos técnicos habían salido para, junto los esfuerzos del ingeniero jefe, poner en orden de combate el destructor, aunque fuera cómo artillería fija.
–Es inútil –dijo uno de los técnicos, tras comprobar el último cañón P.C.D.–. No digo que no puedan disparar de nuevo, digo que el sistema de control está frito. Tenemos la óptica funcionando, pero no podemos moverlo. Y el sistema de respaldo se ha atascado.
–Entonces, será mejor que la capitán ordene la evacuación –comentó otro de ellos, rascándose la cabeza. Después, señaló hacia donde las nubes se teñían por los disparos de los contendientes aéreos–. No creo que sea buena idea esperar a que aquellos se acerquen más.
–¿Y si lo movieramos a mano? –Malabestia se había acercado a ellos. Era muy aficionada a trastear con su equipo y siempre le había atraído la ingeniería de combate–.
–Ya he comentado que los sistemas de respaldo no funcionan.
–Yo no hablaba del respaldo –dijo, sopesando la larga barra que era el cañón–. Hablo de manejarlo desde aquí a mano y que disparen desde el puente.
–El cañón en su afuste pesa más de media tonelada –dijo el técnico con una sonrisa socarrona–. Aunque esté apoyada en el montaje, no es ya levantarla en vilo, sino poder aguantar el tiempo suficiente para dispararla.
Mala se acercó al cañón, caminando con cuidado por el casco. Debía de medir casi tres metros desde el afuste y contando el sistema de refrigeración tendría un diámetro de quince centímetros. No sólo parecía pesado, sino que lo era y mucho, ya que a pesar de la buena potencia y fiabilidad, era un modelo un tanto antiguo. La refrigeración era eficiente pero también añadía un peso extra nada desdeñable. Sin embargo... Malabestia flexionó las piernas y rodeó el cañón con sus brazos. De pronto y con un suspiro suave, se incorporó, elevando el arma hasta su altura, para, con cuidado, apoyarsela en el hombro. Tensó los poderosos músculos de las piernas para mantenerse erguida.
–Bien. Dadme cinco milaikas y creo que podremos tener un disparo claro.

–¡Señor, perdemos potencia!
–¡Manténgalo así maldita sea! –volvió la vista al informe de daños, con gesto preocupado. El alcázar había estallado en alarmas de emergencia tras cinco milaikas de combate cercano–. Dígame que no nos está derribando.
–Lo siento señor, pero en cuanto nos hemos acercado... –el oficial parecía cansado y apenas podía con todos los datos que el panel le ofrecía–. Bueno, nos están dando de lo lindo. Parece que poseían algunas armas de gran calibre y corto alcance, similares nuestros obuses de plasma. Hasta que no hemos estado a bocajarro, no han abierto fuego con ellas.
Énister meditó unos selaikas. Aunque el navío pirata no parecía tan serio, de cerca doblaba su potencia de fuego. En el espacio no la había usado, ya que querían capturar la fragata, pero ahora...
–Quieren derribarnos. Por eso han bajado. –se volvió hacia el oficial de comunicaciones–. Jim, dígales a los de control de tierra que necesitamos urgentemente apoyo artillero, o perderemos la fragata. Pregunte también al capitán Aubrey si nos pueden prestar algo de apoyo cercano.
–Sí señor.
El oficial cumplió sus órdenes y esperó la respuesta. Apenas un selaika después, una gran sacudida recorrió la fragata, que se estremeció cómo un puente en un terremoto. En el alcázar, todos se tambalearon y Énister tuvo que mantener el equilibrio ayudándose de la barra de sujeción del techo. Inmediatamente, la fragata hipó y los motores atmosféricos se apagaron. El Beaufighter, agujereado y envuelto en llamas, se precipitó hacia la superficie.

–¡Está cayendo! –gritó uno de los técnicos,dejando de añadir una nueva cubierta refrigerante al cañón que Mala sostenía–. ¡Han derribado el Beaufighter!
Todos miraron en aquella dirección. La fragata, dañada de gravedad y con lenguas de fuego recorriendo su casco no podía mantenerse en vuelo y se acercaba con velocidad al suelo. Su viejo reactor, fatigado por el esfuerzo del combate y los enormes daños que había encajado el navío, había dado un pico de energía demasiado alto antes de apagarse definitivamente.
–Sin el Beaufighter y con la artillería muerta... –comenzó a decir McQuarry, pero prefirió seguir subiendo los materiales al casco desde la escotilla–.
–¿Queréis dejar de decir tonterías y seguir trabajando? –Púlsar se había puesto sorprendentemente serio. Los yagui lo ponían extraordinariamente nervioso. Pero mientras que en otros humáferos eso provocaba el pánico, en él producía un aumento de la seriedad palpable–. Vamos que no terminamos nunca con esto y hay que dejar el cañón preparado para abrir fuego antes de que esos cabrones intenten seguir con su mierda y machacarnos a todos, así que dejaos de lúgubres predicciones y continuad trabajando.
Todos se le quedaron mirando. Sus dos compañeros con más sorpresa que curiosidad, que es lo que sentían los técnicos. En todo caso, sin decir una palabra más, terminaron de colocar la tercera cubierta refrigerante.
–Muy bien, con todo esto, debería permitirnos un disparo bastante potente –el ingeniero revisó el cañón y lo sopesó un momento con la ayuda de la semiyagui–. Y además, ahora pesa más. ¿Podrá aguantarlo?
–Sin problema –mintió Mala. Pesaba mucho más que al principio, dado que si sólo podían abrir fuego con uno, lo intentarían con toda la potencia posible. Y eso significaba una necesidad extra de refrigeración–. Es tan ligero cómo un pajarito.
–Muy bien, pues vamos a prepararnos para las correcciones de tiro –le tendió una máscara cómo de soldador–. Bien, soldado. ha de llevar esto y es muy importante que procure no mirar directamente el haz. He traído también para ustedes dos.
Les entregó otro par a Púlsar y al sargento, que se habían empeñado en quedarse para ayudar a Malabestia en lo que necesitara.
–Aquí traigo además trajes anti-incendios del equipo de emergencia de a bordo –miró la enorme planta de la soldado y resopló–. Por desgracia para usted no tenemos tan grandes, así que pongaselo sobre los hombros y use las mangas para apoyar las manos.
–Gracias –respondió ella, dejando el cañón apoyando sobre el casco con mucho cuidado–. Creo que nos vendrá bien.
Se colocó el uniforme ignífugo sobre los hombros y se puso la máscara de soldador, adaptándola a su cabeza. A continuación, haciendo un gran esfuerzo, levantó el cañón se lo puso en el hombro, antes de orientarlo en dirección al enemigo.

sábado, 5 de abril de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (9)

Y no tengo tiempo ni para comentar; con mucho retraso os traigo la nueva entrega del fanfic. Espero que la disfrutéis.




iJOXHiI.jpg


El alcázar del Beaufighter hervía de actividad. El primer oficial Énister había tomado el mando y mantenía el control de fuego bajo su atenta mirada. Haces de luz impactaban contra el casco, desviándose en ocasiones gracias a la angulación y el material del navío cómo a los escudos deflectores, que aún, a pesar de todo, funcionaban.
Énister era alto y espigado, de pelaje castaño oscuro y ojos grises, con una cicatriz provocada por un golpe añolaikas atrás en el pómulo derecho. Inclinó toda su estatura para hacer caso al oficial de sensores, que le indicaba las pantallas.
–¡Se retiran! –gritó, enardecido; pues cinco milaikas más de tan intenso combate y no sabía si la fragata aguantaría–. ¡Apretadles y que no escapen! ¡No deben escapar y dar nuestra posición a otros!
Efectivamente, el navío pirata, incapaz de mantener la liza, se retiraba hacia espacio profundo, virando con lentitud, dejando tras de sí los jirones de partículas desprendidas del maltratado casco.
–Jim, necesito que se comunique con los infantes de marina –dijo al oficial encargado de las comunicaciones, un anciano ajado y malencarado–, hemos de desenganchar para perseguirlos cuanto antes. Comunique con la superficie y dé el aviso de iniciando persecución.

En el espacio, ambas naves comenzaron a maniobrar. El pasillo de conexión entre la fragata y la astronave capturada se desenganchó bruscamente, dejando atrás algunos restos desgarrados del puente de abordaje. Reanudaron el fuego, tratando de frenar la huída del navío pirata, que ya aceleraba en dirección a las profundidades del sistema, para alejarse del pozo gravitacional que generaba el planeta. Los haces láser llenaron el espacio entre ambas astronaves, disipándose contra el casco o desviándose por efecto de los escudos deflectores, que ya estaban demasiado disminuidos cómo para poder reflejar todos los disparos.
–Muy bien, repulsores; compensad –dijo Énister, atento a la maniobra en el blindado alcázar–. Avante toda.
Los tres nucleosoplantes de la fragata se inflamaron en una llamarada azulada, haciendo vibrar el casco por el esfuerzo de volver al movimiento de combate después de tanto tiempo. Se puso tras su estela con un suave vaivén gracias a los sistemas de repulsión e inmediatamente de la nave yagui se desprendieron pequeños objetos. Apenas tardaron un momento en poder analizarlos y otro más en obtener una visual cercana de varios de ellos; se trataban de pequeñas naves y cápsulas de salvamento.
–¿Están evacuando? –Énister estaba asombrado. Era la cuarta vez que los combatía y nunca los había visto usar un medio de eyección–.
–Señor, están tripulados, pero no son yagui –el oficial de sensores trabajaba rápidamente–. Son esclavos.
En la visual, a través de los ventanucos en alguna de las pequeñas naves, se podían ver pequeños rostros que miraban al vacío aterrorizados. Énister enmudeció. Aquello no se lo esperaba.
–Aquí Aubrey –la voz sonó trémula en los comunicadores de todos los oficiales del alcázar–. Hemos capturado el navío yagui. Continúen con la persecución, ignoren a los náufragos. Nosotros nos encargamos.
–Me alegra escucharlo capitán –dijo el primer oficial, encantado de saber que continuaba vivo–. Muchas gracias por el apoyo.
Nadie contestó, pero la nave abordada ya se acercaba lentamente a la pequeña nube de esclavos abandonados.
–Muy bien, atención repulsores de babor –sin apartar la vista del mapa tridimensional, Énister daba la orden de maniobra–; impulso medio. Seguir un poco más... ¡Parad! ¡Estribor! ¡Compensad!
Los repulsores de estribor resoplaron para frenar el movimiento horizontal y continuar hacia adelante, en una maniobra tantas veces ejecutada antes que no habría hecho falta ni dar la secuencia completa de órdenes.
Lo que tampoco se esperaban, es que al ver que perdían distancia, el navío yagui se dirigiera directamente al planeta. Nadie en su sano juicio querría acercarse más a los cañones orbitales de una posición fortificada. Pero claro, la posición no había abierto fuego, y el control de tierra no había dado aviso de que los sistemas de fuego estaban atascados y no podían poner los hidráulicos en marcha, ya que alguien había obviado su mantenimiento. En cada revista que se pasaba, el corrupto capitán de artilleros había dado el visto bueno, a pesar de que algunas partes esenciales habían sido vendidas en el mercado negro. De esto, poca gente se enteró después de la batalla, pero el codicioso saboteador desapareció tres dilaikas más tarde para aparecer ahorcado ante la entrada de su casa.
–Vamos a seguirlos. Repulsores –se irguió completamente y cómo una vieja costumbre, se puso las manos en la espalda–, atentos a la orden.
Se desvió del curso suavemente, siguiendo la misma dirección que tomaban los yagui. Ante ellos, el navío pirata comenzó a brillar por la fricción, justo antes de que la fragata, ofreciendo su panza hiciera lo propio.
–Repulsores de proa, levantad dos grados más –las correcciones las daba respecto al pequeño monitor de estado, que iba cambiando según la temperatura aumentaba–, vamos demasiado rápidos.
–Señor, el casco soporta demasiada presión ya, si lo levantan más...
–Hágame caso. Dos grados más.
–Sí señor –el piloto volvió la cabeza a su puesto–. Repulsores. Proa, dos grados más hacia arriba.
El movimiento fue brusco. El aire ya combatía por levantarlo, pero el control de repulsión compensó adecuadamente el descenso. No podían inclinar ningún lado más de la cuenta si querían sobrevivir a la entrada en el planeta. No era la primera persecución de ese tipo que llevaban a cabo en el Beaufighter, pero sí la primera después de mucho tiempo y aunque la fragata era sólida y maniobrera, también proporcionaba un enorme plano de vuelo atmosférico y su maniobra de reentrada debía de ejecutarse perfectamente.
–Nos disparan.
–Sabía yo que no se rendirían –sonrió el primero oficial, encantado de que volvieran a presentar batalla–. No podemos responder hasta que no salgamos de la zona de peligro y podamos levantar los escudos térmicos, así que atentos a cualquier impacto para compensarlo inmediatamente.
–Sí señor.
Los haces se disimulaban en el pequeño infierno anaranjado que ocurría en la panza de ambas naves. La yagui, algo más estrecha y pequeña, avanzaba rápidamente, pues ofrecía menos resistencia, en comparación con la fragata que le iba a la zaga, de la que cada vez se distanciaba más.
–¡Repulsores! –gritó de pronto Énister, atento a la altitud y a la velocidad–. ¡Proa abajo, veinte grados!
–¡Señor!
–¡He dicho veinte grados! ¡Y es para hace diez selaikas!
El piloto gruñó y repitió la orden. El Beaufighter se inclinó con violencia y cayó de pronto varias docenas de metros, acelerando y alcanzando temperaturas extremas. El puente, uno de los elementos menos aerodinámicos del aparato, se puso en un tono que nada bueno presagiaba. Pero casi inmediatamente el aire se despejó. El color rojo temperatura dió paso a un rojo parduzco, más limpio. El cielo de aquél planeta, que desde tierra parecía tan sucio, era bello en sus alturas, cómo cualquier cielo visto desde el aire. Ahora, el Beaufighter recuperaba con rapidez el terreno perdido.
–Retirad los escudos térmicos. –apenas se había movido en su pose, la misma que llevaba adoptando desde que lo nombraron teniente hacía ya tanto tiempo–. ¡Preparado control de fuego! ¡A discreción en cuanto estemos a tiro!
Volvieron los disparos, mientras seguían descendiendo rápidamente a través de las nubes, que se inflamaban de colores según ambos navíos abrían fuego entre ellos.

martes, 1 de abril de 2014

Pollito Wars Filii Belli: Forzoso Intermedio

¡Atención, que te puedes reventar la historia. El principio de este fanfic lo encontrarás aquí.

La holosala estaba llena hasta la bandera. El palco vip, reservado a las estrellas protagonistas, se llenaba de nuevo, con risas, algunos juramentos y el suave y desquiciante murmullo de fondo que venía a ser la voz del incansable Púlsar.
-Espero que me saquen de nuevo, no me gusta nada eso de no acaparar pantalla -Aubrey engullía su tercer cubo de Alfa Centaury Fried Chicken™ con gesto satisfecho-. Ya veréis cómo eso de rajarme de arriba a abajo es muy exagerado. Si no, no estaría aquí.
-Pues capitán, ahora que lo dice, acabo de ver al sargento Hem volver del baño y parecía muy enterito para estar muerto -apuntó Malabestia sin malicia-. De hecho, parecía contento de tener las tripas en su sitio.
-Tú calla bicho, que contigo no hablo.
-¡Jerguins! -McQuarry se levantó de nuevo para reñir a sus subordinados, que la estaban liando de nuevo-. Si te vuelves a caer del palco, no te dejo volver a entrar... ¡Sois cómo putos críos!
-Mucho veo quejas por aquí sobre morirse o salir poco, pero yo todavía no he hecho ni media -Énister, el segundo, eterna sombra de su capitán se enfurruñaba en su asiento-. Sauri, tú por ejemplo, has tenido un protagonismo brutal.
-Quien vale, vale -dijo la comandante, encantada de su papel- y quien no, a llorar al parque.
-¡A callar todos, que ya empieza!

-¡Jobaaar!; ¿ésta no era porno? -dijo una voz desde la puerta del palco, porcina e insensata-. Con la de chatis con ganas de marcha que se huelen por aquí...
-¡SSSSHHHHHH!
-No sé tío, a mí me da que esta peli no es de suecas- otra voz, pequeñaja, comestible-. Creo que es una de esas de pensar. Un triller, o comosellame.
-¿Quién es el as en mujeres?
-¡QUÉ OS CALLÉIS!
-¡Perdón! -la vocecilla dudó un momento antes de responder alegremente-. ¡Tú, maestro!
-Pues tira pa' dentro, que aquí encontramos fijo nenas pa ligar.
-Huele cómo cuando me quemé el ala...


Pues nada, un pequeño intermedio que habría estado bien hacer en el cambio de capítulo, pero que se me ha ocurrido hacerlo ahora, que voy algo retrasado con las entregas. Llevo varios días añadiendo piezas nuevas a mi pc, lo que significa hacer el gilimemo delante de la pantalla más rato del que me suele gustar y que me suele acabar agotando.
Parece que se han colado un par de personajillos en el estreno de la holoproyección de Filii Belli, ciscandose muy mucho en la continuidad espacio temporal y literaria de este relato, de Pollito Wars, del Universo en general y de mi teclado en particular.

sábado, 22 de marzo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (8)

Vaya semanitas estoy teniendo. En fin, allá va otra entrega del Fanfic de Pollito Wars.
¿Os he enseñado el pedazo de fan art que se ha marcado LuisDiez? ¿Sí? Pues lo volvéis a ver, que no hace daño.


Pollito Wars
iJOXHiI.jpg



–¿Ya están todos? –preguntó Sauri, tratando de mantener en pie la servoarmadura–. ¿Están todos muertos?
–Todos a los que hemos pillado, comandante –respondió con un hilo de voz el herido sargento Hem, recostado y con una manta cubriéndolo hasta los hombros–. No parece que queden más.
–¿Hemos tomado ya el puente? –volvió a preguntar la comandante, sintiendo la sangre gotear, que hacía ya un rato empapaba su uniforme de combate bajo las placas blindadas–. ¿Dónde está Aubrey?
–Al capitán lo está operando ahora mismo el doctor Karmir, un poco más atrás –Volvió a responder, obediente, el sargento, antes de toser contra un trapo y retirarlo, ahíto en sangre–. Oh, vaya. En fin, al capitán lo han rajado de arriba abajo y el doctor lo está remendando de urgencia.
Sauri suspiró. El capitán había quedado atrás, herido de gravedad, mientras el resto avanzaba hasta localizar su puente y asaltarlo. Mientras, el grupo liderado por la comandante había cubierto el pasillo principal, masacrando al resto de yaguis y localizando a los prisioneros en las bodegas. Allí, habían encontrado restos de seres vivos y gran cantidad de gente de diferentes especies y razas, esperanzados de pronto por la aparición de los infantes de marina. Algunos llevaban una vida entera bajo la esclavitud de los piratas y no sabían cómo reaccionar. Otros, presentaban mutilaciones de diversos grados. Y había varios que eran evidentemente mestizos de la variante más común y pequeña. Entre los olores y el aire enrarecido avanzaron liberando cadenas y prestando las primeras ayudas, mientras un grupo más reducido buscaba algún rezagado. El puente, guardado por media docena de piratas había sido otro pequeño hueso que roer y se había cobrado la vida de otros cuatro veteranos, a pesar de morderlo con cuidado.

La servoarmadura se abrió con un siseo, despresurizándose. El espaldar se movió hacia abajo, mientras la comandante descendía del hueco interno. Le recorría el costado una mancha oscura, que destacaba contra el verde oliva del uniforme y que llegaba hasta el calzado de combate. Se quitó y rasgó la guerrera y apretó la improvisada gasa contra el enorme tajo que había arañado sus costillas. El pelaje castaño encanecido estaba apelmazado por el sudor del esfuerzo y su cara de ojos oscuros daba muestras de haber pasado mejores épocas. Su cuerpo era una canción de violencia y de enormes esfuerzos físicos. Aquí y allá habían huecos en los que se veía alguna fea cicatriz, cómo la que le había hecho perder media de la oreja característica de una gatunante. Se sentó al lado de Hem con un suspiro dolorido.
–No me esperaba que este destino nos diera tantos problemas –dijo, inclinada ligeramente hacia adelante, conteniendo los espasmos de dolor–. Creo que ya no estoy para estos saraos.
–Ninguno lo estamos, comandante –dijo, desviando la vista hacia el improvisado quirófano del pasillo–, pero no podemos elegir. En todo caso, espero que el capitán salga de esta, aunque estaba tan mal que no han podido llevárselo a la enfermería.
–Sargento, está sangrando –dijo de pronto la comandante en tono neutro–. Está sangrando mucho. Mierda. ¡Necesito un sanitario aquí! ¡Ya! ¿Hem, dónde está herido?
El sargento, se lo mostró. Un horrible tajo subía por el muslo, desgarrando la carne, hasta el abdomen. Tenía otro más desde la cadera y recorría camino hasta el hombro izquierdo. Sauri vió brillar costillas y tripas e incluso detectó movimiento a pesar de la escasa luz, que en mayor medida provenía de los focos con los que operaba Karmir al capitán.
–Ya veo –susurró la comandante, procurando no alzar la voz más de lo necesario para no incomodar al herido–. ¿Y no hay...?
–No, comandante –cortó Hem, negando ligeramente con su canosa cabeza–. Me han metido tantas drogas que ni me duele ni me importa. Estoy más que listo para irme al otro barrio y no podría haber elegido una forma mejor.
–Ya...
Algunos de los esclavos desfilaron ante ellos. Seguían mostrando caras de temor, cómo si algún yagui fuera a aparecer en cualquier momento. Algunos giraron la cara hacia ellos y al adivinar su mirada, sonrieron agradecidos.
–Ha merecido la pena –dijo de pronto el moribundo–.
–¿Uhm?
–Todo el camino que he recorrido –comentó con voz suave el sargento–. Acaba aquí, pero no me arrepiento de nada. Mi época de recluta, las insubordinaciones, las malas decisiones... Todo para acabar aquí.
–Me alegro entonces –dijo, antes de añadir, dubitativa–. De que no se arrepienta. De que esté en paz. O sea, ya me entiende.
–No me arrepiento, pero sí que lamento una cosa –comentó, sonriendo–; no haber podido meterles una somanta de palos como mandan las ordenanzas a los putos pollos.
–Ya sabe; estamos a la altura del capitán Aubrey –dijo, jocosa–. La Alianza nos mira demasiado mal para darnos puestos de importancia.
–Por eso lo digo comandante...
–Llámame Sauri, sargento. No se lo diré a nadie.
–Muy bien, Sauri –dijo, sonriendo de nuevo–. Lo que decía, es que si no fuera porque nos insubordinamos aquella vez, no nos habrían desterrado aquí. Y por mi vida, que lo merece y si lo supiera, lo volvería a hacer.
Lo último lo dijo levantando una mano saludando a los liberados, que le devolvieron el saludo.
–Sauri, dígale al capitán que no es culpa suya –los ojos del sargento habían perdido el brillo, pero su sonrisa era lúcida y honesta–. Que sabemos cómo se pone después de combates así.

domingo, 16 de marzo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (7)

No he solucionado los problemas técnicos, pero me he ido a casa de mi hermano, desde donde sí puedo publicar tranquilamente. El siguiente para dentro de cinco días.

En otro orden de cosas, me ha llegado un fantástico fanartazo de LuisDiez, con Púlsar cómo protagonista. No dejéis de echarle un vistazo porque merece y mucho, la pena. ¡Muchas gracias colega!
Púlsar vs Yagui


iJOXHiI.jpg


El pasillo era un hervidero de golpes, imprecaciones y disparos. Sauri seguía avanzando, aplastando a cualquiera que se interpusiera en su camino con sus garras y haciendo fuego con los potentes cañones del brazo. Hem se iba quedando atrás, incapaz de hacer funcionar correctamente la servoarmadura, tan dañada que apenas se tenía en pie. Norme había muerto, empalado por varios enemigos y un compañero de la segunda línea trataba sin demasiado éxito, tapar su hueco. Thomas trataba de infundir ánimos, pero aquella expedición se les comenzaba a ir de las manos. Toda aquella carnicería empezaba a ser demasiado para algunos y la comandante a pesar de todo avanzaba. Aplastó la cara de uno y estampó a otro contra el techo casi con el mismo movimiento y trató de situarse. Se le echaron encima media docena de enemigos, dando dentelladas, zarpazos y gritando. Sauri gritaba, lanzando golpes a diestro y siniestro, destrozando protecciones y carne. Algo horadó su blindaje y su cuerpo, pero continuó peleando.
–¡Tisco! ¡Segunda línea, apretad, apretad! –gritó de pronto Thomas, al darse cuenta de que todo se iba al diablo–. ¡Avanzad y combatir recio! ¡A ellos, a ellos! ¡Beaufighter, vamos beaufighter!
Aubrey saltó hacia adelante, tomando el lugar del fallecido Norme, a pesar de no llevar equipo para aquello. Dada su estatura respecto a los yaguis, casi pasaba desapercibido entre tanto cuerpo y tanta oscuridad, pero aún así, arriesgaba mucho. Los infantes sintieron vergüenza de ver a sus dos superiores tan adelantados y profirieron los mismos gritos, avanzando para estrechar líneas. Los yaguis no quedaron atrás y cerraron huecos, para tratar de atrapar a Sauri y a Hem lo más lejos posibles de sus compañeros. Hem aguantaba a duras penas y de la comandante sólo se veía un montón de piratas sobre ella, de los que se elevaba alguno destrozado de vez en cuando. El capitán se metió entre las estrechas filas, zafando su cuerpo de las afiladas cuchillas yagui, cercenando tendones y corvas casi sin mirar, enfilado en dirección a Sauri. Alguien le hirió un costado, pero el codo de uno de los piratas le salvó de que lo desgarrara completamente. Con un gruñido desesperado, se apoyó en la rodilla de otro y saltó hacia su cuello, seccionando casi la mitad de un sólo golpe. El muerto no pudo caer entre los suyos y Thomas lo aprovechó para encaramarse a él y saltar hacia adelante, embutiendose entre varios y consiguiendo meterse entre las patas de la servoarmadura de Sauri, que apenas se movía ya del sitio, excepto para matar a cualquiera que se le acercara.
–¡Comandante!
–¿Capitán? –respondió ella con un hilo de sorprendida voz–. ¿Qué demonios...?
–Kahina, se ha alejado demasiado. La han rodeado.
–¡Ya lo veo maldición! –alzó un poco la voz. Se maldecía por la imprudencia. No creía que fueran tantos–. ¿Qué carajos hace aquí?
–¡Venir en su ayuda, maldita sea! ¡Estoy herido!
–¡Le dije que se quedara atrás!
–Oh, Sauri, será terrible.
–¿Qué?
–¡Capturarán el Beaufighter! –gritó, teatral, mientras seccionaba más piernas que se acercaban. Por detrás corearon de nuevo con fuerza el nombre de la fragata al escuchar que la nombraba–. Todos esos esclavos, ¡no serán liberados!
–Ya vale.
–Y la colonia minera, ¡arrasada! –continuó con su actuación entre la violenta irrealidad que lo envolvía–. ¡Los niños! ¡Oh! ¡Oh, los niños!
–¡He dicho que ya vale! –giró sobre sus talones, empaló con su diestra a un yagui y lo proyectó a trozos contra el techo con los cañones. Con la zurda barrió a unos cuantos con fiereza y rugió!–. ¡Infantes, a mí! ¡Beau! ¡Beau! ¡BEAUFIGHTER!
Hem apareció cuando los infantes de marina terminaron el grito de guerra. Golpeó cómo el trueno y segó la vida de un pirata que trataba de abrir la placa del espaldar de Sauri. Su armadura no funcionaba del todo bien, pero aparentaba apañárselas. Tras él, con renovadas energías, cargaba media compañía de soldados embarcados de la fragata, que ya se habían podido equipar. Todos gritaban el nombre del navío y todos tenían ganas de destripar yagui.


Mala escurrió de sangre el brazo. Toda ella era una montaña de pequeñas y grandes heridas, sangre de varios enemigos y ropa rota, que dejaba ver mucho más de lo que alguien especialmente mojigato desearía. Parecía más calmada, pero McQuarry no quería arriesgarse a tener que matarla si la molestaba, pero sabía que no podía perder más tiempo en que volviera en sí. No sabía si quedaban más enemigos y no tenía ganas de lidiar con la ira de Malabestia si aparecían más piratas, pero debía hacerlo.
–¡Malabestia! –gritó desde su parapeto, atento a las reacciones de la soldado–. ¿¡Está consciente!?
No respondió. Símplemente, le lanzó una mirada llena de significado que lo dejó helado donde se encontraba y continuó con lo suyo.
–Uauh Malabestia –dijo de pronto Púlsar, que se había deslizado hasta ella sin atravesar el espacio intermedio–, ha sido impresionante ver cómo machacabas a todos esos piratas con las manos desnudas sin pestañear lo más mínimo ni preocuparte de sus horripilantes muertes que en verdad te digo que han sido horripilantes porque las he visto y me han hecho dudar de que fuera buena idea destripar a alguien aunque el alguien fuera un yagui cabrón, pero me alegro porque ahora no tendremos a muchos más para combatir e igual hasta ganamos hoy esta batalla aunque nunca hay que vender la piel del oso antes de cazarlo sea lo que sea un oso aunque creo que tal y como lo suelen decir probablemente sea un pariente tuyo o al menos admirador muy cercano...
McQuarry ahora sudaba frío atento a la cháchara. Púlsar podía poner frenético al tipo más tranquilo, paciente, gordo y feliz del Universo entero. Y ahora le estaba hablando a una semiyagui beta que acaba de cepillarse a varios yaguis cuerpo a cuerpo y que no parece reconocer a nadie. Sopesó rápidamente sus opciones, entre las que figuraba la posibilidad de ejecutar a Malabestia en el acto para evitar violencias posteriores. El problema es que estaba casi seguro que aquello sólo la cabrearía mucho más. Otra opción que pensó, fue la de cargarse al ardillamativo, pero la descartó inmediatamente, pues con la potra que solía tener aquél personajillo, probablemente le estallara el arma en las manos. Casi sin pensar, se movió hacia adelante, decidido.
–¡¡¡CÁLLATE!!! –el grito retumbó en toda la zona, y lo escucharon incluso unas energías semiconscientes que estaban a punto de hacer su aparición cómo espíritus todopoderosos y que prefirieron volver otro dilaika que no hubiera tanta ira en el ambiente–. ¡¡¡HAZ LO QUE QUIERAS, PERO CÁLLATE!!!
McQuarry sudaba todavía más frío y se había detenido en seco al escuchar el brutal grito. Incluso creyó ver a lo lejos un súbito rayo aparecido en el cielo al mismo tiempo. Malabestia había gritado tanto que incluso Púlsar la miraba silencioso, con el estupor en la cara y la frase inconclusa en los labios.
–¡De verdad Púlsar, que llegas a ser cargante! –gritó de nuevo, pero con un volúmen que los de estuvieran a más de tres kilómetros podrían aguantar–. ¿¡De dónde has salido, de un repetidor!?
Los ecos aún se oían en el valle y formaban una cacofonía de “állate, állate, állate” e “idor, idor, idor” que ponía los pelos de punta.
El sargento se acercó, todavía cauteloso. Sabía que el pequeño ardillamativo podía sacar de sus casillas a cualquiera, pero no sabía si la Malabestia destripa-yaguis podía hablar o gritar palabras entendibles, pues era la primera vez que veía algo así.
–¿Qué ocurre sargento? –preguntó, extrañada de cómo la miraba McQuarry, una mezcla de aprehensión y sorpresa–. ¿Qué demonios le ha pasado a mi uniforme?
–Podríamos decir que le has pasado tú, soldado –dijo, pasándole su guerrera para que se tapara lo tapable–. Y de una forma admirable, todo sea dicho.
–Gracias –comentó, rompiendo la prenda y cubriendo las zonas conflictivas–; creo.
–Bien, he traído arma y Púlsar ha traído munición suficiente para arrasar con quien venga –comentó, ajustándose el rifle termal en el brazo–. Va, inspeccionemos la nave, por si hubieran más de esos hijos de puta.

Malabestia avanzó con paso decidido, cubierta por el sargento y Púlsar, atentos a cualquier movimiento hostil en la zona. No había aparecido otro pirata desde el último y no parecía que fueran a aparecer por el negro boquete en el costado del destructor. El impacto había agrietado el casco hasta el punto de crear aquella tremenda abertura, de la que habían desembarcado los yagui, dispuestos a asaltar la base defensiva en tierra. El metal retorcido presentaba feas aristas, así que se mantuvieron alejados de los bordes, previniendo dolorosos cortes que si entraban en combate podrían suponerles un problema. Así, con calma, mientras Púlsar trataba de establecer contacto con los de a bordo usando el comunicador, se adentraron en la parpadeante penumbra interna.

martes, 4 de marzo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (6)

¡El doble de acción!

¡El doble de muertos!
¡No tengo mucho más que decir, excepto que me encantó escribir esta parte.


iJOXHiI.jpg


–¡Comandante! –Thomas gritaba, como todos los que estaban allí, pero él quería atraer la atención de la veterana infante, que no respondía–. ¡Está herida!
–¡La sangre no es mía! –contestó ella, todavía a gritos por el reciente combate, que había sido a oscuras y muy estresante–. Perdone capitán. Esta sangre no es mía.
–Han abatido a Willo –alguien, en la oscuridad se lamentó con sequedad–. Voy a matar a esos bastardos.
Sauri Kahina respiró un momento y encendió una bengala. A su alrededor yacían varios cuerpos mutilados por los disparos y los golpes. Un número indeterminado de yaguis demasiado destrozados para contar y tres infantes, más reconocibles, yacían en el charco de sangre. El pasillo entero estaba salpicado por la misma sangre y hasta por los propios supervivientes. El capitán se quitó un trozo de alguien que se le había enganchado en el uniforme.
–Y a Gordon –continuó contando el capitán, con un rastro de tristeza en el rostro–. Y a Slevte.
Ahora que se calmaban, pudieron escuchar de fondo más lamentos, combinados con gritos, unos de desesperanza y otros de satisfacción. Alguien se acercaba entre las sombras. Sauri lamentó no haber presionado más para lograr la actualización de equipos, pero no supuso que se vería combatiendo en semejante destino. Ahora debían pelear a oscuras sin visión nocturna o una miserable linterna acoplada. Echó a rodar otra bengala hacia la profundidad del pasillo. Nada había.
–¡Comandante! –un chico sin armadura vino corriendo desde la plancha de abordaje, arrastrando un palet con una pesada carga. –Le he traído lo que ha pedido.
–¡Ah, mi remiendo! –dijo, contenta de escuchar una buena noticia entre tanto horror–. Hem, ayúdame a quitarme el guantelete derecho.
El mentado se acercó y sujetó con fuerza el brazo de la servoarmadura. Con un siseo se liberó, dejando al aire los servos que movían el aparato. Lo dejó caer sin miedo y con un suave movimiento colocó el nuevo, que acopló perfectamente y se cerró, para terminar presurizando de nuevo la armadura.
–Perfecto Jenkins, vuelva al taller –comentó, observando los cañones dobles que apenas sobresalían del guantelete blindado–. Ah, son hermosos.
–Muy bien comandante, si ya tiene lo suyo, sugiero avanzar –dijo Thomas, que comenzaba a sentirse algo vulnerable–. No podemos hacerles esperar más, además de que parece que han tomado la iniciativa.
–Bien –señaló a varios de los presentes–. Hem y Norme conmigo, Tisco lidera la segunda línea. Capitán, apoye donde haga falta y no se exponga más por el amor de Laika.
Se puso en el centro, con sus dos subordinados flanqueándola. Se aseguró de que Thomas cumplía a regañadientes. Por mucho que él fuera el capitán de aquella nave y hubiera participado en cientos de abordajes, ella seguía siendo la comandante de la infantería embarcada. Y tenía una armadura con la que podía tener un cara a cara con los yaguis y contarlo.
Señaló a los enemigos que ya venían, entre terribles gritos y maldiciones.
–¡A ellos!
Y se lanzó hacia adelante, rugiendo y disparando.

Púlsar sintió venir el golpe. Las garras afiladas como cuchillas rasgaron su uniforme, pero él ya había dado un salto atrás. Era de los más ágiles que había parido su madre y eso quería decir que probablemente fuera uno de los humáferos más ágiles, despiertos y cargantes de la galaxia. Se posó con suavidad en la roca de más atrás, donde afianzó las piernas, alzó la ametralladora y adecuó su centro de gravedad para no desequilibrarse. El arma era pesada, pero sin demasiado retroceso, así que le lanzó una certera ráfaga al pecho blindado del yagui, hiriendolo. Por desgracia, no era suficiente y su enemigo se lanzó de nuevo hacia adelante, destrozando el arma y estirando de ella para poner a Púlsar a su alcance.
–¿Alguna vez te han dicho que tienes un aliento horrible? Deberías cepillarlo, mi madre siempre decía que no es bueno dejar que la mierda se acumule entre los dientes porque acaban apestando cómo una cloaca en la que se haya acumulado la mugre de cientos de añolaikas de la ciudad más grande que te puedas imaginar, una ciudad muy muy grande llena de gente ensuciando cómo auténticos cerdos, aunque los cerdos tampoco tienen la culpa de apestar que al fin y al cabo la sociedad los ha tratado así y no han encontrado todavía una razón aceptablemente científica para su olor corporal aunque han descubierto que si se lavan la cosa mejora bastante, lo cual bien mirado no carece de ningún tipo de lógica porque cualquiera que no se duche en dos weelaikas acabará apestando a cerdo lo que me devuelve a tí y a tu olor que no es sólo el que suelta tu boca que por cierto la tienes llena de dientes.
Púlsar no dejaba de hablar mientras esquivaba los ataques. Había aprendido a ser comedido durante el servicio, pero aquél combate lo sacaba de quicio y la situación lo había alterado más de lo necesario. McQuarry se compadeció del yagui.
–¡Cállate y muere de una vez! –gritó el pirata, harto ya en la segunda frase de aquél insufrible monólogo–.
–Todos dicen siempre que me calle pero no creo que acaben de notar la sutilidad de mis palabras cuando hablo de cosas que les conciernen sin lugar a dudas pero todos prefieren evitar los problemas en lugar de hablarlos con su buen amigo que está ahí para escuchar lo que dicen y necesitan pero nunca confían en que pueda echarles una mano en lo más mínimo porque como lo ven pequeño y débil creen que es también débil de mente pero ese siempre será su gran error porque ni soy débil de cuerpo ni de mente, soy la releche.
Quedó de espaldas a la nave. Tras él, la caída de cuatro metros hasta el fondo del cráter. El yagui se lanzó hacia él sin dudar y de nuevo esquivó, cuando el pirata lo creía cazado ya. Saltó en el mismo lugar donde estaba, le metió el dedo en el ojo, que reventó e hizo gritar a su enemigo y se puso a su espalda, mientras mantenía el impulso hacia adelante.
–Todos sois grandes duros y fuertes y os burláis de mí pero siempre sois débiles donde importa que por cierto suelen ser sitios que se necesitan desesperadamente, agradece que no me haya dado por colgarme de tus cojones o ya no los tendrías amigo aunque bien mirado tú no eres mi amigo sino más bien mi enemigo uno que consigue erizarme el pelaje del miedo que me da, enhorabuena nadie más lo había conseguido aunque al final todos los matones sois iguales.
Al yagui se le hizo eterna la caída. Con sus doscientos kilos además iba a ser dura. Se desorientó un poco al impactar y se tambaleó al intentar incorporarse. Entre el polvo levantado y la neblina que goteaba de su ojo, pudo ver una figura enorme que avanzaba. Supo que sonreía, pues era el tipo de muecas que solía ver todos los dilaikas en el espejo. Malabestia mostraba algunas heridas profundas y varios desgarrones menores. Había recibido tres disparos en el torso y le goteaba la sien. Pero sonreía. El yagui sintió por vez primera el miedo que debían sentir sus víctimas al verlo aparecer.
–Me piro –dijo Púlsar, mientras se alejaba, cauteloso–. Casi mejor os dejo solos.
Mala aplastó la zarpa con la que trataba de incorporarse. Aulló al cielo, complacida de aquél regalo. Y tras una carcajada triunfal, se lanzó para destriparlo.