viernes, 20 de marzo de 2015

Rol online y un servidor.

¡Ey! ¡Primera entrada de 2015! ¡Yay! ¡En marzo!

(TOCHO DE TEXTO, cruzad estas líneas bajo propia responsabilidad).

Llevo casi un año produciendo, o intentando producir (esto último se ajusta mejor a la realidad de mi trabajo sobre el teclado últimamente, la verdad) una campaña de rol online de Star Wars. Dicho así suena a confesión, pero nada más lejos, es una pequeña muestra de las impresiones que he ido teniendo según iba pensando qué hacer y como hacerlo (como de costumbre, trabajo de cabeza, luego ya llega el momento de plasmarlo).

El rol online es mucho más sencillo de organizar a priori que el clásico de mesa. Sólo necesitas un jugador como mínimo al otro lado de la línea y ni siquiera tiene que vivir cerca de ti. He jugado varias campañas en este rollo (como jugador principalmente) y es muy satisfactorio. Es una forma distinta de afrontar una partida. Personalmente, me gusta más que la partida sea escrita que hablada, para que no haya que lidiar con problemas de audio (un mal micro, no saber usarlo o una mala conexión y adiós a la agradable partida) y de paso porque permite que mientras se escribe, que no es tan lento, los otros jugadores piensen en silencio lo que van a hacer.
La campaña que tengo planeada, será escrita, para que entre acción y acción, me de tiempo a buscar cosas o añadir descripciones rápidas para los jugadores.

Los dados virtuales no siempre funcionan bien. No entraré en el tema de si un sistema informático permite el azar, tan solo apuntaré que en ocasiones a alguno de los programas que he usado de lanzador de dados, se les ha visto el plumero (por ejemplo, tuve uno que si tirabas varias veces consecutivas el mismo dado, en cuanto sacaba el primer número, los siguientes siempre aumentaban su valor en 1 tras cada tirada). Como máster, sé de qué jugadores me puedo fiar para que hagan la tirada en su casa si disponen de dados y de cuales voy a querer ver hasta sus tiradas de atinar en la letrina. Por mi parte, como dejota (director de juego) las tiradas ocultas las lanzo directamente sobre mi mesa con mis propios dados, pero el resto no hay problemas en hacerlo de la misma manera.

El anonimato online siempre puede estar muy bien. Hasta ahora no he experimentado con ello, esta es la primera vez que lo intento y lo mismo me paso de ambicioso. No solo cada jugador no sabrá con quién está jugando, sino que intento evitar que sepa que la persona con la que interactúa es un personaje jugador. Después de muchos años jugando, he comprobado, como tantos otros, que los jugadores tienden a ser más permisivos con los personajes jugadores que con los no jugadores. No es que me moleste, pues si no, no habría partida. He visto sesiones de pejotas (personajes jugadores) que se miraban mal los unos a los otros a cada paso y procuraban acabar con sus compañeros. Yo mismo he sido uno de estos jugadores en alguna ocasión, especialmente la última, pues trataba de rolear bien la naturaleza de mi pejota (al final acabó siendo mucho más suave, porque si no, se habría pirado del grupo a la primera oportunidad).
Lo que intento conseguir con esto, como habréis adivinado, es que los jugadores ni anden a la greña con cada peenejota (personaje no jugador) que se encuentren ni sean tan absurdamente permisivos con los desconocidos. Encontré ya hace tiempo una página que podría ayudar con esto: Roll20. Está muy orientada al sistema d20, pero sirve para mis propósitos (tiene tirada de dados, comunicación escrita y por voz, permite dibujar mapas muy detallados, añadir música y efectos que escucharán los pejotas y dos funcionalidades que me han gustado mucho; puedo hablar como si fuera otra persona y con un sencillo truco que leí en los foros, se pueden ocultar los avatares de los personajes, de forma que no se sepa cuantos ni quienes juegan. El problema de este último truco, es que no forma parte del sistema y hay que activarlo después de cargar la lista de jugadores, así que volvemos a la honestidad de los jugadores para que hagan el favor y no miren avatares.

En un universo de juego, todos los jugadores no tienen por qué compartir tablero. Esto está muy ligado a la anterior cuestión y a la siguiente. He decidido que la campaña oficialmente comience durante la batalla de Hoth. Esto no es que los jugadores vayan a combatir en dicho evento, sino que dicho evento estará en su apogeo cuando el reloj de campaña comience a girar. Cada jugador comenzará su partida según haya decidido su historia de personaje y comenzará en solitario. Se acabó el clásico comienzo de grupo que se encuentra en una cantina y accede a colaborar. ¿Para qué necesitamos comienzos similares, si pueden simplemente jugar, encontrarse en el universo de juego y decidir colaborar de forma genuina (que lo mismo deciden matarse)? No me entendáis mal. Me gusta comenzar con un grupo ya hecho y un primero objetivo, pero en esta campaña he decidido aprovechar todas las "carencias" del juego online y ponerlas a trabajar en otra forma de juego.

Las sesiones, que sean cortas. Una hora o dos de juego con una sola persona (o dos personas) se suelen traducir en mucho avance. Casi no hay distracciones, pues un despiste del chat puede suponer unos minutos de incomunicación molestos para la sesión de juego, para los jugadores y para el dejota y aunque son más difíciles de cortar (ve a decirle a alguien con quién no estás, que deje de mirar porno mientras jugáis), suelen ser más escandalosas y mucho menos placenteras para todos que las distracciones sobre la mesa física (va, hay doritos sobre la mesa y os ponéis a hablar de pelis. A todos nos gustan las pelis así que todos participamos), así que a mitad no se pueden cortar, pero de una partida a otra nos podemos asegurar que no hayan más (por ejemplo, dejando de jugar con ese pejota mientras mantenga su necesidad de ver vídeos a pantalla completa mientras juega).

La cantidad de jugadores no debería de ser muy alta en una misma sesión. Dependiendo del estilo de la sesión, yo diría que unos cuatro son el máximo si se portan correctamente. Dos son un número ideal, pero cuatro es fácilmente controlable. Más allá, que decida cada cual.
En mi caso, no he decidido un tope de jugadores. Principalmente, porque comienzan en solitario, pero no creo que me vaya mucho de esa cifra, pues si la idea es que todos vayan más o menos a la vez (compartan fechas dentro del universo de juego, vaya), habrá que jugar una sesión con cada uno antes de volver al principio de la lista (y eso contando que en todas las sesiones se avance lo mismo, cosa que no va a pasar).

He decidido que sean pocos jugadores, en sesiones cortas, en solitario o en pequeños grupos (que no tienen por qué mantenerse) y cuya aventura comienza a partir de un momento determinado. Pero hay algo más. Su historia. Si habéis jugado a rol, sabréis que generalmente un personaje tiene una historia, una vida sobre sus espaldas. Esa vida debería definir en parte se carácter y forma de actuar, la forma en la que el jugador debe actuar. Salvo gloriosas excepciones, los jugadores tienden a sentirse más ligados a su historia vivida con el personaje que a la anterior, la no jugada y tan solo descrita. No es extraño, pues al fin y al cabo, lo que se ha jugado, de una manera o de otra, depende de las elecciones de cada uno, especialmente en este caso, del jugador. La historia que ejerce vida anterior queda un poco menos intensa, precisamente porque no ha participado más que en su creación.
Yo también me siento muy ligado a las historias que escribo, pero he de reconocer que algunos de los personajes de mis relatos que más me gustan están entre los que he jugado. Ilvael, Reissig, Vilem. Todos ellos, sea sobre el tablero o desde la pantalla del ordenador y el ratón en la mano, han sido más parte de mí mismo que ningún otro (especialmente el último).
Así pues, en parte para poder probar el sistema que estoy modificando ( Sistema del Dodecaedro, por el Narrador de Antagis), he decidido realizar una serie de prólogos. El jugador siempre querrá más venganza sobre el asesino de su familia si en lugar de una corta descripción en el reverso de la hoja, lo que tiene es una sesión de juego en la que conoce los placeres de vivir con sus familiares y todo esto le es arrebatado cruelmente por un terrible pirata que además se regodea en su cara. Digamos que la próxima vez que se vean prometerá ser más épico y dramático todavía.
No puedo, evidentemente hacer un prólogo de toda su vida. Es imposible. Pero siempre hay pequeñas (o grandes) cosas que definen al personaje. Voy a intentar que en lugar de que el jugador decida por completo estas cosas mediante un trasfondo detallado, tenga que jugarlas "vivirlas" y que sea consciente de que sus decisiones tuvieron consecuencias.

No es corto el tocho de texto, pero creo que está bien. No tocaré temas como si seré "Máster Mamá" (como hace siglos) o el clásico Guardián de los Arcanos (quien sepa de qué hablo sabrá a qué me refiero), o si el universo de juego en el que voy a meter la partida será tal o Pascual, porque sería mucho para explicar (básicamente, es mi visión literaria del Universo Expandido de Star Wars).

Creo que jugar a rol de mesa online no tiene por qué intentar necesariamente emular el rol de mesa tradicional. Dispone de unas capacidades y unas herramientas que permiten el despliegue de historias, efectos y personajes que sobre una mesa no se podrían dar, o sería complicado en extremo. Mi opinión personal, es que si queréis realizar alguna partida online, exploréis todas las opciones que os brinda el medio (a no ser que queráis una partida en el sentido clásico de la palabra, claro), pues hay muchas y muy agradables.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Vacaciones; por Dark_Lord

Aquellas vacaciones estaban siendo estupendas. Mi chica y yo siempre habíamos sido grandes apasionados de la Historia y siempre buscábamos paquetes vacacionales algo diferentes a lo habitual. Normalmente, nos solíamos limitar a viajes de fin de semana, ya que el presupuesto nunca daba para más. No eran nada despreciables, solo sin salir de nuestra bella Andalucía había grandes rutas guiadas por la Alhambra de Granada o la mezquita de Córdoba. Pero esta vez celebrábamos 10 años juntos y la ocasión se merecía algo más especial. Tras rastrear por Internet, finalmente encontramos uno llamado La Ruta de las Cruzadas, que sonaba muy interesante. Nos metimos en un crédito con el banco, endeudandonos ambos hasta la ceja, pero había merecido la pena. A causa del calor, casi siempre descansábamos a mediodía en tiendas de campaña y viajábamos casi por la noche. Nuestro guía era un hombre gordito, bajito, con bigote, muy entrado en años. Se le notaba que nuestro idioma aun le resultaba extraño, que había palabras que aun le costaba. Aun así, hablaba como seis idiomas y se le entendía muy bien. Se notaba que no solo dominaba la historia oficial, si no aquella que solo había escuchado por boca de sus antepasados.
-Este lugar, mis amigos, fue tiestigo de las más curiosas batallas. Muchos escriben de como llegaron a ser grandes los reyes de la ápoca. Pero, pocos reyes debieron tanto su poder a ssiubditos leales, aunque ellos no se considerasen así. Uno de ellos, considerado un simple mierceñario, desafió a uno de los grandes jeques de aquella época. Aunque esto parezca solo un desierto, hace algunos shiglos, era donde el iemir de nuestra hiztoria tenía ubicada su fortaleza. Sé que es extrnio pensar que este lugar pudiese tener un palacio paradiciaco, piero los hombres del diesieto conocían bien shus siecretos.
Ciertamente, el lugar no parecía haber tenido nunca nada. Costaba imaginarlo, pero no sería la primera vez que hubiese ocurrido algo similar. Los años podían borrar la huella de cualquier cosa, incluso de una ciudad.
-Aquel iemir no había aprendido que si Alá te pone en tu mano a tu enemigo para matarlo, has de apriovechar para liquidarlo, antes de que la oportunidad y la fortuna cambie de lado. Él pienso que su eniemigo estaba acabado, pero demostró lo pieligroso que es tener servidores leales. Y que el aprecio puede más que el miedo. Un simple mercenario logró borrar de la historia a un iemir tan poderoso como aquel. Y su niombre pasó a significar osado, vlaliente en el idioma de nuestros ancestros.
-¿Y cual era el nombre de aquel valiente guerrero? - preguntó ua veinteañera, completamente ensoñada con aquellos relatos tan épicos que nuestro guía contaba.
-Reissig, el que lucha hasta el final con coraje.




¡Hola a todos! Hoy os presento un relato regalo de Dark_Lord, que está obsequiando con trabajos cortos a todos los que se lo pidan aquí hasta un límite de 31. Aprovechad chavaladuría y llenandle el post a peticiones (dentro de las bases, claro).
Recordad que además, dispone de página web personal:
El Rincón de Dark_Lord; donde podréis encontrar detalles de otros trabajos suyos, tanto como novelista y guionista.

Sobre el relato en sí, debo reconocer que me gustó mucho que pudiera sacar a Reissig de su contexto habitual de matanzas y crueldades y lo acercara a una época más amable. Además, convendréis conmigo que su leyenda salta tiempos y hasta realidades. ¡Un saludo a todos y mil gracias a Dark_Lord!

Catalina 2

El desierto se extiende bajo el aparato, inabarcable en todas direcciones. Aquella trampa de aparente oro se antoja inofensiva, si no fuera porque cualquier fallo en los motores, en la navegación o en alguno de los delicados sistemas del viejo hidroavión Catalina significa la muerte. He decidido atravesar desde Niamey en el suroeste de Nigeria hasta Túnez capital bajo mi propia responsabilidad y no espero un rescate heroico para un europeo imprudente. Tampoco lo exigiré. Éste es mi viaje y mi aventura, debo terminarlo por mis propios medios.
Los filtros de arena pesan y me molestan más de lo que me gusta admitir para un trasto del que dependo tanto, pero no tengo más remedio que admitirlos a bordo, o en los despegues y aterrizajes los motores se me llenarán de arena. Y con lo viejos y gastados que están, ya sólo les faltaba eso.
Pero me da igual todo. Tengo sobre la cabeza el ronroneo contínuo de las cámaras de explosión, 1200 caballos de potencia contenidos en 14 cilindros que no explotan ya por milagro o convencimiento de su propia leyenda. Dos grandes y viejos motores, los de serie, sin añadidos. Sin más añadidos que los cientos de reparaciones que han ido necesitando a través de las decenas de años que han sobrevivido.
El horizonte está lejos o cerca, me da igual, apenas es una línea difusa que se torna todavía más borrosa por el calor y la luz del Sol cae implacable sobre mi vieja e impecable compañera que avanza imperturbable ante los vientos que la azotan. Nada la ha detenido antes y nada nos detendrá ahora.
Uso los compensadores para mantenerla nivelada y que no me necesite y me desplazo hacia las cúpulas de observación, desde donde quiero tomar varias fotos. No es que sea algo nuevo, o una nueva forma de ver el Sahara. Pero es mi viaje, y quiero guardar un recuerdo cuando yo ya no esté aquí. Porque cuando yo ya no esté, ella, Catalina, necesitará de fotos para expresar sus viajes.


Y de nuevo, como hace unas semanas que me han parecido años; me encuentro en la felicidad absoluta.



Hace unos cuantos años, escribí el que sería el primer relato corto que no tenía relación con absolutamente nada de lo que llevaba escribiendo hasta ahora. Ese relato se tituló Catalina.


Lo que hoy os traigo es una suerte de continuación. Espero que os haya gustado.

jueves, 18 de septiembre de 2014

¡Libertad!

Apenas había un centímetro cuadrado fresco. Las piedras reblandecidas por los brutales rayos del inmisericorde Sol trataban de mantenerse donde estaban para evitar conocer nuevas agonías relacionadas con la temperatura. Un gran montículo de rocas y arena descansaba en mitad de aquél desolador desierto de afiladas rocas y lagartos cocinados allí donde tenían la desgracia de asomarse a la superficie. De dicho montículo, sin embargo, llegaban extraños sonidos. Algo se debatía bajo el gran peñasco ardiente, y se debatía a golpes, gritos e insultos de toda índole.
Una gran roca se movía ligeramente a intervalos regulares. Tan regulares como los gruñidos que ocurrían bajo ella, que sonaban entre desesperados y muy enfadados. Poco a poco, se desplazaba más y más. A golpes.
Esta vez ya no eran golpes. Alguien empujaba decididamente desde el otro lado, un poco desde abajo, haciendo toda la fuerza que a esas horas podía hacer, que evidentemente no debía ser demasiada. Y gritaba mucho, por el esfuerzo, el dolor, la desesperación y unas inconfesables ganas de comerse una buena hamburguesa.
La roca se desplazó, primero hacia arriba y luego hacia adelante. Y un hombre, que era más bestia que persona, empujó dando un último grito, prolongado y extenuado, que acabó átono, sin fuerza y que parecía soltar polvo.
-¡Libre! ¡Libre! ¡Soy libre! ¡LIBRE! -exclamó el desmejorado desconocido, con una ridícula barba de días, las cejas pobladas de polvo de su cueva y la panza bien llena de todo lo que se movía por allá abajo-. ¡Ya no tengo que quedarme más en esta apestosa cueva!

Observó el valle. Tosió un poco, que esta vez sin ninguna duda, confirmaba que el inusual náufrago del desierto se alimentaba de arena o serrín, pues expelía nubes tremendas de polvo. Se dejó bañar por el Sol, sonrió al asfixiante viento, sintió como el sudor lo bañaba inmediatamente por completo y como se iba poniendo moreno por momentos. Paladeó el sabor del aire, la sequedad que le contraía los labios y quemaba la tráquea.
-Que lo mismo... Puedo quedarme un poco más -dijo, mientras se volvía a su cubil-. Que tampoco era tan malo.



Buenas noches a todo el mundo. Ando de "vuelta". No puedo decir que a tope de rendimiento. Tampoco, siquiera, puedo decir que con todo el ánimo en el cuerpo. Pero a menos que falle el examen que hice el sábado (sí, lo hice el sábado y os lo cuento ahora, y hasta para mis aficiones me doy vacaciones); lo que me obligaría a repetirlo en Noviembre, puedo decir que he pasado lo realmente gordo (no sólo por temario, sino por responsabilidad) y a partir de ahora tendré tiempo, mío, propio e intransferible.
Lo bueno es que no me he quedado parado y he ido haciendo algunas cosillas entre mis horarios de estudio y aunque no todo está relacionado con los relatos, algo hay adelantado que me permitirá (espero) teneros unos cuantos meses en antena.

Así pues, podemos dar por reabierta La Senda del Aventurero. Hola a todo el mundo de nuevo.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Un mensaje para el atamán (regalo para Platov).

Era un día caluroso de Septiembre y la estepa rebosaba actividad.. El jinete galopaba a toda velocidad, prácticamente ajeno a las pobres gentes del camino polvoriento, que trataban de apartarse y lo maldecían a voces y en ocasiones incluso con el puño levantado.
–¡Camorrista! –espetó una anciana, tras levantarse del suelo como pudo–.
–¡Lo siento, llevo demasiada prisa! –el jinete estaba ya lejos cuando terminó la frase, porque su alazán corría como si lo persiguiera el mismo diablo y de tal manera apremiaba a la montura–. ¡Vamos Jhiphir! ¡Hemos de estar de vuelta antes de tres días y antes hemos de entregar el mensaje!
El caballo resopló y apretó el paso al notar como las rodillas de su dueño aumentaban ligeramente la presión. Llevaban dos días demoledores, pero no podían parar. No podían, creyendo estar tan cerca.

Una columna. Podía ver una columna de jinetes. No tenía muy claro si eran ellos, o si tan sólo era otra compañía de mercenarios que tal vez le rebanarían la cabeza en cuanto se pusiera a observarlos de cerca para reconocer su escudo. Confiaba en el pobre Jhiphir en caso de que no fueran muy educados. Cabalgó hasta ellos y sacó un papel, donde podía ver el dibujo que estaba buscando. Escudriñó con cuidado, atento a cualquier mala cara, que de momento sólo eran de sorpresa y extrañeza ante tanta majadería por su parte. Por fin, reconoció el emblema y rió alborozado por haberlos encontrado. Taloneó su montura para avanzar hasta la cabeza de la columna y allí, ante gentes con aspecto de no fiarse ni un pelo, intento presentarse:
–¡Saludos, poderosos cosacos del Don! –dijo, tratando de sonar todo lo serio posible–. ¡Soy Admes y soy mensajero y vengo con una carta para vuestro augusto atamán!
–¡Más que mensajero, parecéis un pordiosero! –chanceó a voz de grito uno de los que encabezaban el grupo y se escucharon las risas atronadoras a cientos de metros–.
–¡Silencio en toda la columna! –una voz se abría paso entre los jinetes, revelando a un hombre de mirada astuta y vivaz, al que se le acercaba ahora alguien para susurrarle algo–. ¡Lavr, si es un asesino, ya daré cuenta de él, maldita sea! Yo hablaré con el desconocido.
Se acercó a pocos metros de Admes, acariciando como al descuido su temible látigo y sin que mediara orden, su montura frenó, dando un golpe con el casco en tierra, como marcando su lugar.
–Bien mensajero, decid, os escucho.
–Sire, me ha enviado mi señor Lánderer, para entregaros esta carta.
La tendió con humildad e hizo avanzar a su caballo hasta que quedara al alcance del atamán, que la cogió sin estirarse y sin apartar la mano del látigo. A continuación volvió a su posición y esperó a que la leyera entera.
–¿Qué respuesta debo dar, sire?
Sonrió el atamán y miró a los ojos del expectante mensajero.
–Agradeced a vuestro señor su gentileza, fiel mensajero. Tomad buen oro para el camino e id en paz.
–Gracias, mi señor. Cantaré sus alabanzas mientras vuelvo con los míos –dijo, sonriendo y cogiendo la bolsa que le tendían ¡Todos conocerán la generosidad del atamán!


Ayer, a cuatro días de mi particular día D, va y resulta que el trastomóvil vía feisbukil me informa oportunamente que es día de celebración, ya que nuestro celebérrimo Platov, usuario entre los usuarios, cosaco de la Historia y diestro espadachín de las Palabras, cumple años. Ante la tesitura de hacerme el longuis o currarme un buen regalo, decidí hacerme el longuis y mandarle lo que acabáis de leer.
Podéis leer su estupendo blog aquí. Y creedme, queréis hacerlo.
¡Felicidades Sire! Admes asegura que la vuelta fue segura, grata y muy entretenida gracias al oro.