domingo, 11 de mayo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (12)

Bueno, técnicamente, menos de una semana. Sólo han sido seis días.

En fin... doceava entrega y final de la segunda parte. A partir de ahora, viene el epílogo, algo más largo, pero cuando finalice; se acabó, no he tenido fuerzas ni ganas para escribir nada más, excepto alguna cosa suelta. No tengo continuaciones de nada, no he podido completar guiones y estoy completamente seco. Lo siento realmente, no sólo por vosotros, sino desde un punto de vista completamente egoísta y personal. No me gusta ver la Senda tan abandonada y no me gusta que mis proyectos se queden parados, especialmente para una vez que no estoy siendo especialmente vago.
Cualquier sugerencia para relato breve será bien recibida y evidentemente, en caso de realizarse, esperad al menos, agradecimientos y crédito (dudo que saque dinero de ello, pero si se diera el caso, royalties).

Siguiente actualización dentro de 5 días.


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–Estamos preparados para disparar –dijo la voz en el comunicador desde el interior del destructor–. Confirmen.
–¡Listos! –respondieron los tres de una sola vez–.
–Bien, conectamos la refrigeración, preparados para hacer fuego –dijo de nuevo–. Eleven dos grados más el cañón.
Fuera, los tres gruñeron para levantarlo. Ninguno tenía una idea exacta de si le acertarían a la primera, pero sabían que mantendrían el disparo durante unos selaikas, para maximizar el daño producido, ya que probablemente, sólo funcionaría una vez antes de que se quemaran los acumuladores.
–No miréis directamente a la boca del cañón –les informaron–, de verdad, que no queréis hacerlo. Enfocad el objetivo y entornad los ojos aunque llevéis la máscara.
–Recibido. ¿Estamos preparados? –Mala y Púlsar asintieron a la vez, decidida una y resignado el otro–. Bien, control de fuego. Ha llegado la holaika de una maldita vez. No más putas correcciones.
En el desvencijado puente del destructor, unos pocos oficiales y su capitán organizaban el fuego.
–Disparo en 3, 2, 1... –último vistazo rápido, antes de oprimir el disparador–. ¡Fuego!
Los acumuladores chillaron, la instalación se puso al rojo, mientras el sistema de refrigeración emitía vapor. Pero nada ocurrió. El P.C.D. mantuvo el silencio. Un nervioso silencio recorrió los puestos del puente.
–¿Eh? –comenzó a decir Púlsar–. ¿No pasa..?
Sin más ruido, con un destello que oscureció el cielo a su alrededor, un haz luminoso que unos dijeron era azul pero otros jurarían que se acercaba más al verde, aunque todos coincidirían en que en su centro era de un blanco puro, se materializó de pronto sin que a ojos vista recorriera el camino intermedio entre el navío pirata y el destructor derribado. Desde la órbita, el resplandor que cegaba a todos cuanto lo miraban, era de una belleza siniestra y los que lo pudieron contemplar desde la presa capturada lo admiraron. En la desastrosa nave yagui, hubo una enorme explosión de chispas y se pudo escuchar claramente el casco retorciéndose en largas hebras metálicas que caían fundidas. Dio una brusca guiñada, para ofrecer el frontal y sus cañones abrieron fuego para contrarrestar el poderoso disparo. El surco brillante de la superficie de la nave supuraba cómo una enorme herida infectada. Varios impactos cayeron cerca del destructor e incluso uno acertó, pero el láser no varió su potencia ni su precisión.
Púlsar tenía los ojos completamente cerrados. McQuarry se miraba la punta de la nariz tratando de conseguir que la sombra de Mala le cubriera la cara. Por su parte, la semiyagui era incapaz de no emocionarse. Aquello era lo que buscaba. Un arma a su altura, en varios sentidos. Rugió, de salvaje satisfacción, elevando su brutal grito a los cielos. Los guantes estallaron en llamas y sus ojos lloraban, pues a pesar de la careta de protección aquello brillaba demasiado. Las capas del equipo anti-incendios echaban humo y ella ardía debajo cómo si tuviera fiebre roja. Pero lo estaba disfrutando.
El navío yagui, incapaz de acertar ningún disparo, trató de huir, pero no pudo. El tremendo haz de luz licuó el escaso blindaje posterior y lo atravesó de parte a parte, matando y desintegrando todo lo que se interponía en su camino. En apenas un selaika, el reactor dejó de actuar y el navío pirata cayó a la superficie con un enorme estrépito. Antes incluso de que se confirmara cómo derribo, los acumuladores del cañón se quemaron y dejó de funcionar. Inmediatamente, el trío lo soltó, haciéndose a un lado para evitar que los aplastara. Púlsar, mareado pero intacto, rodó hacia su derecha y casi cae por el inclinado casco, pero por suerte, la jefa del equipo de emergencia pudo atraparlo. McQuarry se trataba de apagar los brazos a golpes, que eran las zonas que habían quedado expuestas, pues Mala cubría el resto. Estaba muy desorientado y apenas veía, además de que tenía un calor infernal. Mala, sin embargo, ardía entera. Los tripulantes se acercaron con rapidez, y la rociaron con los extintores, antes de tirarle encima las mantas ignífugas. En cuanto las llamas parecían sofocadas, se ocuparon del sargento, que rodaba tratando de apagar las suyas y no dejaba de gritar; “¡cabrones, pasadme un extintor!”.
Ayudaron a los tres a retirarse las prendas de protección. Púlsar estaba febril y respiraba con dificultad enterrado completamente en gasas húmedas, pero parecía entero. McQuarry tenía chamuscado el pelaje superior y se dejaba humedecer, incapaz de responder por el calor que sentía.
–Ha de ser mío –dijo Malabestia, mirando fijamente el cañón caído, que echaba vapor y humo y chisporroteaba al contacto con el casco blindado del destructor.. Tenía los ojos inyectados en sangre y llorosos, que no apartaba del P.C.D.. Era todo hollín que se había desprendido de la ropa y se le quedaba pegado por el sudor, que le escocía en las quemaduras que se repartían por su cuerpo, que aunque impresionaban, no eran de consideración–. Ese trasto ha de ser mío.
En la lejanía, la nave crepitaba, incendiado su interior. Apenas diez milaikas después y sin que se observara ningún superviviente, explotó en una violenta deflagración, cuya onda expansiva hizo que se tambalearan.

lunes, 5 de mayo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (11)

El siguiente en menos de una semana, que hay que compensar el parón.


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–¡Conectad el reactor de respaldo! –Énister se aguantaba gracias a la barra que hace añolaikas había hecho instalar en el alcázar previendo situaciones cómo aquella–. ¡Repulsores inferiores, a toda potencia!
–¡Señor, el reactor de respaldo falla! ¡También ha resultado dañado!
La fragata, envuelta en llamas, caía todavía movida por su propia inercia, pero la proa estaba cada vez más inclinada hacia el suelo.
–Que los ingenieros intenten un reinicio de emergencia –dijo, incapaz ya de gritar por la urgencia–. Todos a sus puestos de colisión.
Abajo, en el interior de la nave, el reactor intentaba ponerse en marcha de nuevo. Los ingenieros reparaban los fallos visibles con rapidez, sabiendo que en breve, no habría tiempo para nada más. Usaron los cebadores manuales, destinados a dar un pequeño pico energético, para que el resto del reactor comenzara a producir de forma autónoma.
–¡Tenemos energía! –gritó de pronto el piloto, atento como estaba a los repulsores–. ¡Repuslores inferiores de proa, a toda potencia!
El navío enderezó la proa y la levantó, frenando la caída.
–Avante media, repulsores, ¡compensad! –Énister revisó los datos del panel y se volvió a sentar en el sillón de mando, en el que pocas veces se había aposentado–. ¡Preparados para el impacto!
A pesar de volver a tener el sistema de maniobra, la fragata había descendido demasiado y demasiado deprisa. La popa tocó la superficie con tal violencia que el navío se combó antes de impactar con el resto del casco, que se arrastró destrozando rocas y abriendo un enorme surco en tierra.
En su interior, la tripulación trataba de ponerse en pie a oscuras. Algunos habían podido llegar a sus puestos de emergencia pero otros no habían tenido tanta suerte y poblarían la enfermería los siguientes dilaikas. O la morgue.
–Informe de daños –dijo el primer oficial, consciente de que el cinto de seguridad parecía haberle partido una o dos costillas–. Y si es posible levantar de nuevo el Beaufighter hagámoslo.
–El reactor aguanta, pero tenemos los repulsores tan dañados que habrá que repararlos antes de volver a movernos.
–¿Los escudos?
–Caídos
–¿El soporte vital?
–Hemos abierto la ventilación, porque el sistema de vida no responde.
–¿Armamento?
–La mitad de las baterías pesadas están destruidas. De las ligeras, aún podríamos disparar un quince por ciento de ellas.
–Suficiente, preparados para reanudar fuego. Tenemos que derribarlos antes de que puedan escapar.

–Preparados –dijo McQuarry por el comunicador al puente del destructor caído–. Estamos en posición de disparo.
–Aquí puente, recibido. Les pasamos con el control de fuego.
–Aquí control de fuego, ¿me reciben?
–Soy Malabestia, indíquenos cuando encuadre al destructor en la mira.
–Espere un momento Malabestia, estamos dirigiendo toda la energía disponible a ese cañón. Tardará un poco.
–Comienza a pesar.
–Somos conscientes, vamos todo lo rápido que podemos.

–A mi señal, fuego concentrado, nada de tirar a lo loco– dijo Énister, de nuevo en pie–. Lo quiero en sus motores. En cuanto tengamos tiro.
–Sí señor. –el oficial de sensores esperó hasta que el aviso en verde saltara ante sus ojos –señor, están dentro del rango de combate.
–Qué rápido. Muy bien –se acercó a los monitores que le mostraban la visual–, abrid fuego.
Los rayos volvieron. Desde los afustes en el casco del que todavía asomaban las lenguas de fuego, pero no conseguían ocultar los haces de muerte que la fragata disparaba desde el suelo, incapaz de realizar movimiento alguno.
Desde lejos, el espectáculo era aterrador. El brutal zumbido de los disparos llenaba el aire incluso a la zona donde reposaba el destructor desde el que el trío ya apuntaba el cañón P.C.D. en dirección al navío pirata.
–Están muy lejos no creo que les lleguemos a dar –Púlsar era el más cercano al afuste y aguantaba con dificultad con los brazos extendidos para ayudar a Malabestia con el cañón–, tal vez el Beaufighter pueda derribarlos sin que tengamos que actuar nosotros o la batería de tierra sea capaz de disparar de una maldita vez por todas y así no atraer la atención de esos hijos de puta que se mueren por roer nuestros huesos y sorbernos el tuétano.
–Púlsar –dijo Mala, apretando la mandíbula tratando de concentrarse en el extremo del cañón–, eres todo un optimista.
–Me lo dicen en muchas ocasiones gracias, la verdad es que poca gente cree que yo sea pesimista porque mi sola forma de encarar la vida es un...
–Era broma.
–Oh.
El ardillamativo se calló contrariado. Le costaba en ocasiones captar esas cosas. Antes de que intentara responder, una escotilla se abrió pesadamente.
–Hola, hemos venido a ayudar –dijo una de las tripulantes del destructor, armada con extintores y acompañada de una cuadrilla de tripulantes–. Traemos equipo de extinción, agua y todo lo que hemos encontrado para las quemaduras.
El trío se les quedó mirando sin saber qué decir.
–Conseguís que no me convenza todo esto, desde luego –resumió el sargento el pensamiento de sus subordinados–. ¿Tan mal vamos a quedar?
–Pues... –dijo la chica–. Esperamos que no, pero... Tengan en cuenta que es por seguridad. Han calculado que el disparo puede corresponder a una batería orbital y generalmente nadie se acerca al proyector del haz tanto. Nunca se ha disparado un P.C.D. usando toda la capacidad del reactor.
–Vale, que no tenéis ni idea.
–Estaremos aquí, de espaldas. Nos han ordenado que no lo miremos directamente. En cuanto el disparo termine, os auxiliaremos aunque no parezca necesario.
–Es agradable al menos, gracias.

lunes, 28 de abril de 2014

Cuatro añazos en Subcultura.

En enero el humilde blog de la Senda del Aventurero cumplió cuatro añitos. El pasado 21 de abril, se cumplieron cuatro desde que decidí registrarme en Subcultura y comenzar a publicar mis relatos también por aquí. Mantengo Blogspot por la simple razón de que queda más bonito y arreglado para usarlo como archivo, pero Subcultura me conquistó casi desde un primer momento.
Debe de hacer unos diez años o más que sigo silenciosamente webcómics, así que entrar en Subcultura y ver aquí a algunos de mis autores favoritos fue cómo estar caminando entre gigantes. Imaginad.
Que ahora publique (es un chiste, considerando mi frecuencia de publicación de el último año) no quita para que siga sintiéndome pequeñito en comparación. Pero pequeño o no, con problemas para mantener el ritmo y con una cabeza, que se distrae tanto cómo la de un niño de 4 años, este enanito seguirá tirando para adelante, aunque mientras tanto se caiga ladera abajo.

Los enlaces que no pueden faltar:

Zap! Un futuro jodido, un gobierno cabroncete y un desmemoriado con un extraño tupé. En inglés, que para practicar viene bien. Por Pascalle Lepas y Chris Layfield.

Supervalandería. Lo que leéis. En inglés se trata de la Atomic Laundromat, una lavandería en un mundo donde los supers son legión y son de coña. Tiras cómicas cortas que en ocasiones se relacionan entre sí. El propio autor, Armando Valenzuela, cuelga las traducidas.

No need for bushido. Samurais, acción y humor de la mano de Alex Kolesar y J.W. Kovell. En inglés again.

Dark_Lord se ha currado una página web personal muy molona (bueno, técnicamente es "se curró hace unos meses una página web muy molona") en la que podréis ver, entre otras cosas, sus distintos trabajos e incluso apoyarle con un donativo Paypal.

Alguna vez os he hablado del Narrador de Antagis a cuya mesa acudo cada dos domingos salvo catástrofe para asistir a una sesión rolera en una campaña que este año cumple una década de vida. Esta vez, por variar un poco, no sólo os hablo de su habitual blog de literatura o rol, no. Os hablo de su galería de miniaturas pintadas y suservicio de pintado. No sólo me congratulo de ser dueño del Alatriste que podéis ver en una de las fotos, sino que además he podido ver de primera mano la mayoría de miniaturas que muestra y son una absoluta maravilla, no sólo el pintado, sino su trabajo con la propia miniatura a nivel de transformación. Hojead su blog, porque podréis encontrar cosas muy interesantes.


Y hasta aquí el "aniversario" por los cuatro años. Me gustaría hacer cómo antes y montarme un relatito corto en el que los personaje me sacan a pasear, pero no ando con gracia ni ánimo de ello. Espero sin embargo que los enlaces os gusten, porque os van a dar para rato de diversión, os lo aseguro.
Un saludo a todos y muchas gracias por acompañarme estos cuatro añazos de camino por la Senda.

viernes, 25 de abril de 2014

Traición.

Dos días y habrán enlaces por los cuatro años en Subcultura y nueva entrega del fanfic de Pollito Wars. De momento mi cabeza no da para más:

–¡Pavel! –vociferaba, con la garganta al rojo vivo el alemán–. ¡Sal de una maldita vez, puto cobarde! ¡Esto es entre tú y yo!
Había gastado casi todas las granadas de 40 milímetros de su lanzagranadas ruso, acoplado al ak-47 modificado por él mismo. La melena clara, recogida en una improvisada coleta destacaba sobre el verde oscuro de su guerrera. Sus ojos de un grisazul claro, centelleaban fuera de sí. La ira se había apoderado del mercenario completamente. A su alrededor, el campamento de narcotraficantes camboyanos ardía a pesar del monzón, después de la inmisericorde andanada que Hermann había soltado sin previo aviso, dominado por la furia y el ansia de alcanzar a su presa a la que por fín había localizado. La mayoría de los que no habían muerto por las explosiones o los disparos habían huido, pensando que era un ataque perpetrado por un mayor número de enemigos.
–¡Pavel, maldito hijo de puta! ¡Sal! –remató a un herido, que se quejaba bajo su bota instantes antes–. ¡He venido a por tí! ¡Némesis te ha encontrado, cabrón!
Se encaminó al no ver más salida por unas escaleras de piedra por las que caía un torrente de agua, que llevaban hasta una caseta de caña de bambú y palmas mal entrelazadas. Cargó la última granada y apuntó con cuidado a la puerta. La estructura de bambú aguantó admirablemente bien, pero las palmas salieron volando con la fuerza del impacto. Había dos cadáveres destrozados en su interior, pero cómo no los veía bien se acercó cauteloso, entornando los ojos para no perder de vista ningún detalle a causa de la lluvia, que arreciaba aliandose con el viento y arrastraba el olor de la carne y el opio quemado hacia la selva. Tiró el cargador, casi seguro de haber gastado bastante más de la mitad e introdujo uno nuevo. Amartilló y apuntó cuidadosamente, atento a que nada se moviera fuera de su lugar, que era el suelo y la muerte. Llegó al rellano que hacía nivel con la casucha y antes de poder tener tiempo de esquivarlo, alguien asomó de la selva a su izquierda, desviando el fusil de asalto y desequilibrando a Hermann. Soltó el arma al verse incapaz de manejarla y lanzó un codazo, que el otro aprovechó para exponer su costado y propinar un golpe sobre el riñón, que hizo que el alemán retrocediera, buscando espacio. Su adversario, aunque era más bajo no cejó y le lanzó una patada baja, que el alemán bloqueo mal que bien, pues no era hombre de arte marcial depurada sino poseedor de un estilo autodidacta que se basaba en un arma blanca. Y el arma blanca pendía de su cintura, más no la alcanzaba si no podía dejar de detener los golpes que le lanzaba. Gruñó tras encajar tres golpes, incapaz de ganar aquella pelea sin hacerse con alguna ventaja material, pero antes de poder hacer uso de ella, un pinchazo y un leve gorgoteo. Una costilla, rota y suelta amenazaba su pulmón derecho, el que sentía anegarse poco a poco. Ciego de ira, incapaz de discernir qué significaba aquello, lanzó el puño a la cara del otro y consiguió un impacto limpio, sintiendo el cartílago de la nariz y sus propios nudillos hundiéndose por el golpe.
–Agh, maldito seas, puto –dijo Pavel, retrocediendo para enjuagarse la sangre–. La próxima vez no te doy oportunidad.
Hermann se fue hacia él, con toda la inercia que pudo. Vio venir la patada a kilómetros y la frenó en seco con un gruñido y gran dolor. Lo atrajo hacia sí, lo asió del cuello ignorando los repetidos golpes en la cara y lo levantó en volandas antes de lanzarlo escaleras abajo.
–Dios –el caído aguantó la respiración un segundo, casi suficiente para arrepentirse–.
La patada alcanzó su cara con con fuerza casi sobrehumana.
–Te dije, maldito hijo de puta –el alemán temblaba de ira, casi incapaz de controlarse, ajeno al dolor de los golpes que había recibido–, que te mataría. Te encontré. Te mato.
–Que te crees… –escupió dos dientes y más sangre–. Que te crees tú eso.
–Eras mi amigo, eras mi amigo –Hermann alcanzó el tomahawk de acero que llevaba encima, un antiguo regalo–; eras mi amigo. ¡Y la mataste!
–¡Yo también la quería! –gritó Pavel, incorporándose–. ¡Yo la conocí antes! ¡Yo te la presenté! ¡Debería haber sido mía!
–Nunca lo dijiste. Nunca hiciste nada que nos llevara a pensar…
–¿Cómo iba a hacerlo?
–¿¡Y se te ocurrió matarla!? –fuera de sí, sus músculos se tensaron, la rabia le encendió el rostro– ¡Eras cómo el hermano que nunca tuve, maldita sea!
–¡Te odio, alemán hijo de puta!
Pavel cargó ante el inmóvil Hermann, que aguantó el envite a pie firme. El puño recorrió el aire, antes de que la mano izquierda del mercenario rodeara la muñeca rápidamente y la retorciera con violencia. Aplicó la pierna y Pavel dio contra el suelo. Antes de que pudiera rehacerse, con un rápido movimiento hundió la pequeña destral en el hombro y escarbó para asegurarse de dañar los tendones. Su adversario dio un grito desgarrador y se revolvió para alejarse. Ambos cayeron al barro entre la lluvia y las blasfemias.
–¡Te mato! –el germano se lanzó sobre Pavel, golpeándolo con furia, asqueado de haber llamado amigo a aquél hombre–. ¡Te mato!
Asió de nuevo el tomahawk y lo levantó con decisión.
–Sí Hermann, otro judío más, cómo tu abuelo, cómo tu padre…
–Si te crees que te vas a salvar por mentarlos, lo llevas crudo bastardo –espetó–. Mi abuelo era un SS de lo más hijo de puta que podría haber en el partido y mi padre formaba parte de los Volkssturm y tuvo que hacer cosas espantosas para sobrevivir a la horda roja. Sus demonios son suyos, no míos. Adios.
Pavel dio un grito al ver bajar la afilada hoja hacia su cuello. Un crujido y un gorgoteo y la vida se escapó de su cuerpo. Hermann se aseguró de que estaba muerto hundiendo un poco más el arma en su cuerpo maltrecho.
–Maldito seas –escupió, mientras la lluvia disimulaba las gruesas lágrimas que le caían por la cara–. Maldito seas por hacerlo y por obligarme a esto.
Se incorporó sobre el cuerpo y se deshizo el nudo de la coleta, dejando el pelo suelto, pues recordaba que a Shakti le gustaba mucho que lo dejara así. Se mantuvo erguido un poco más antes de ir a buscar su arma y volver a la civilización, antes de que algún señor de la droga se le ocurriera echar un vistazo por allí.

sábado, 12 de abril de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (10)

Décima parte. Esto está emocionante hasta para mí, que ya sé cómo acaba.


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En la superficie, las cosas andaban relajadas, en comparación con lo que había ocurrido hacía unos escasos milaikas. Los yagui destripados seguían exactamente en el lugar en el que habían muerto. Sin embargo, Malabestia, Púlsar y McQuarry habían entrado ya en la nave y los supervivientes al abordaje y al posterior aterrizaje forzoso se habían puesto en contacto con ellos. Y no sólo con ellos. Control de tierra les había informado de que la batería orbital no funcionaba y que no podrían cubrirles ante la amenaza que había atravesado la atmósfera y se dirigía a su posición. Así, algunos técnicos habían salido para, junto los esfuerzos del ingeniero jefe, poner en orden de combate el destructor, aunque fuera cómo artillería fija.
–Es inútil –dijo uno de los técnicos, tras comprobar el último cañón P.C.D.–. No digo que no puedan disparar de nuevo, digo que el sistema de control está frito. Tenemos la óptica funcionando, pero no podemos moverlo. Y el sistema de respaldo se ha atascado.
–Entonces, será mejor que la capitán ordene la evacuación –comentó otro de ellos, rascándose la cabeza. Después, señaló hacia donde las nubes se teñían por los disparos de los contendientes aéreos–. No creo que sea buena idea esperar a que aquellos se acerquen más.
–¿Y si lo movieramos a mano? –Malabestia se había acercado a ellos. Era muy aficionada a trastear con su equipo y siempre le había atraído la ingeniería de combate–.
–Ya he comentado que los sistemas de respaldo no funcionan.
–Yo no hablaba del respaldo –dijo, sopesando la larga barra que era el cañón–. Hablo de manejarlo desde aquí a mano y que disparen desde el puente.
–El cañón en su afuste pesa más de media tonelada –dijo el técnico con una sonrisa socarrona–. Aunque esté apoyada en el montaje, no es ya levantarla en vilo, sino poder aguantar el tiempo suficiente para dispararla.
Mala se acercó al cañón, caminando con cuidado por el casco. Debía de medir casi tres metros desde el afuste y contando el sistema de refrigeración tendría un diámetro de quince centímetros. No sólo parecía pesado, sino que lo era y mucho, ya que a pesar de la buena potencia y fiabilidad, era un modelo un tanto antiguo. La refrigeración era eficiente pero también añadía un peso extra nada desdeñable. Sin embargo... Malabestia flexionó las piernas y rodeó el cañón con sus brazos. De pronto y con un suspiro suave, se incorporó, elevando el arma hasta su altura, para, con cuidado, apoyarsela en el hombro. Tensó los poderosos músculos de las piernas para mantenerse erguida.
–Bien. Dadme cinco milaikas y creo que podremos tener un disparo claro.

–¡Señor, perdemos potencia!
–¡Manténgalo así maldita sea! –volvió la vista al informe de daños, con gesto preocupado. El alcázar había estallado en alarmas de emergencia tras cinco milaikas de combate cercano–. Dígame que no nos está derribando.
–Lo siento señor, pero en cuanto nos hemos acercado... –el oficial parecía cansado y apenas podía con todos los datos que el panel le ofrecía–. Bueno, nos están dando de lo lindo. Parece que poseían algunas armas de gran calibre y corto alcance, similares nuestros obuses de plasma. Hasta que no hemos estado a bocajarro, no han abierto fuego con ellas.
Énister meditó unos selaikas. Aunque el navío pirata no parecía tan serio, de cerca doblaba su potencia de fuego. En el espacio no la había usado, ya que querían capturar la fragata, pero ahora...
–Quieren derribarnos. Por eso han bajado. –se volvió hacia el oficial de comunicaciones–. Jim, dígales a los de control de tierra que necesitamos urgentemente apoyo artillero, o perderemos la fragata. Pregunte también al capitán Aubrey si nos pueden prestar algo de apoyo cercano.
–Sí señor.
El oficial cumplió sus órdenes y esperó la respuesta. Apenas un selaika después, una gran sacudida recorrió la fragata, que se estremeció cómo un puente en un terremoto. En el alcázar, todos se tambalearon y Énister tuvo que mantener el equilibrio ayudándose de la barra de sujeción del techo. Inmediatamente, la fragata hipó y los motores atmosféricos se apagaron. El Beaufighter, agujereado y envuelto en llamas, se precipitó hacia la superficie.

–¡Está cayendo! –gritó uno de los técnicos,dejando de añadir una nueva cubierta refrigerante al cañón que Mala sostenía–. ¡Han derribado el Beaufighter!
Todos miraron en aquella dirección. La fragata, dañada de gravedad y con lenguas de fuego recorriendo su casco no podía mantenerse en vuelo y se acercaba con velocidad al suelo. Su viejo reactor, fatigado por el esfuerzo del combate y los enormes daños que había encajado el navío, había dado un pico de energía demasiado alto antes de apagarse definitivamente.
–Sin el Beaufighter y con la artillería muerta... –comenzó a decir McQuarry, pero prefirió seguir subiendo los materiales al casco desde la escotilla–.
–¿Queréis dejar de decir tonterías y seguir trabajando? –Púlsar se había puesto sorprendentemente serio. Los yagui lo ponían extraordinariamente nervioso. Pero mientras que en otros humáferos eso provocaba el pánico, en él producía un aumento de la seriedad palpable–. Vamos que no terminamos nunca con esto y hay que dejar el cañón preparado para abrir fuego antes de que esos cabrones intenten seguir con su mierda y machacarnos a todos, así que dejaos de lúgubres predicciones y continuad trabajando.
Todos se le quedaron mirando. Sus dos compañeros con más sorpresa que curiosidad, que es lo que sentían los técnicos. En todo caso, sin decir una palabra más, terminaron de colocar la tercera cubierta refrigerante.
–Muy bien, con todo esto, debería permitirnos un disparo bastante potente –el ingeniero revisó el cañón y lo sopesó un momento con la ayuda de la semiyagui–. Y además, ahora pesa más. ¿Podrá aguantarlo?
–Sin problema –mintió Mala. Pesaba mucho más que al principio, dado que si sólo podían abrir fuego con uno, lo intentarían con toda la potencia posible. Y eso significaba una necesidad extra de refrigeración–. Es tan ligero cómo un pajarito.
–Muy bien, pues vamos a prepararnos para las correcciones de tiro –le tendió una máscara cómo de soldador–. Bien, soldado. ha de llevar esto y es muy importante que procure no mirar directamente el haz. He traído también para ustedes dos.
Les entregó otro par a Púlsar y al sargento, que se habían empeñado en quedarse para ayudar a Malabestia en lo que necesitara.
–Aquí traigo además trajes anti-incendios del equipo de emergencia de a bordo –miró la enorme planta de la soldado y resopló–. Por desgracia para usted no tenemos tan grandes, así que pongaselo sobre los hombros y use las mangas para apoyar las manos.
–Gracias –respondió ella, dejando el cañón apoyando sobre el casco con mucho cuidado–. Creo que nos vendrá bien.
Se colocó el uniforme ignífugo sobre los hombros y se puso la máscara de soldador, adaptándola a su cabeza. A continuación, haciendo un gran esfuerzo, levantó el cañón se lo puso en el hombro, antes de orientarlo en dirección al enemigo.