¡Atención, que te puedes reventar la historia. El principio de este fanfic lo encontrarás aquí.La holosala estaba llena hasta la bandera. El palco vip, reservado a las estrellas protagonistas, se llenaba de nuevo, con risas, algunos juramentos y el suave y desquiciante murmullo de fondo que venía a ser la voz del incansable Púlsar.
-Espero que me saquen de nuevo, no me gusta nada eso de no acaparar pantalla -Aubrey engullía su tercer cubo de Alfa Centaury Fried Chicken™ con gesto satisfecho-. Ya veréis cómo eso de rajarme de arriba a abajo es muy exagerado. Si no, no estaría aquí.
-Pues capitán, ahora que lo dice, acabo de ver al sargento Hem volver del baño y parecía muy enterito para estar muerto -apuntó Malabestia sin malicia-. De hecho, parecía contento de tener las tripas en su sitio.
-Tú calla bicho, que contigo no hablo.
-¡Jerguins! -McQuarry se levantó de nuevo para reñir a sus subordinados, que la estaban liando de nuevo-. Si te vuelves a caer del palco, no te dejo volver a entrar... ¡Sois cómo putos críos!
-Mucho veo quejas por aquí sobre morirse o salir poco, pero yo todavía no he hecho ni media -Énister, el segundo, eterna sombra de su capitán se enfurruñaba en su asiento-. Sauri, tú por ejemplo, has tenido un protagonismo brutal.
-Quien vale, vale -dijo la comandante, encantada de su papel- y quien no, a llorar al parque.
-¡A callar todos, que ya empieza!
-¡Jobaaar!; ¿ésta no era porno? -dijo una voz desde la puerta del palco, porcina e insensata-. Con la de chatis con ganas de marcha que se huelen por aquí...
-¡SSSSHHHHHH!
-No sé tío, a mí me da que esta peli no es de suecas- otra voz, pequeñaja, comestible-. Creo que es una de esas de pensar. Un triller, o comosellame.
-¿Quién es el as en mujeres?
-¡QUÉ OS CALLÉIS!
-¡Perdón! -la vocecilla dudó un momento antes de responder alegremente-. ¡Tú, maestro!
-Pues tira pa' dentro, que aquí encontramos fijo nenas pa ligar.
-Huele cómo cuando me quemé el ala...
Pues nada, un pequeño intermedio que habría estado bien hacer en el cambio de capítulo, pero que se me ha ocurrido hacerlo ahora, que voy algo retrasado con las entregas. Llevo varios días añadiendo piezas nuevas a mi pc, lo que significa hacer el gilimemo delante de la pantalla más rato del que me suele gustar y que me suele acabar agotando.
Parece que se han colado un par de personajillos en el estreno de la holoproyección de Filii Belli, ciscandose muy mucho en la continuidad espacio temporal y literaria de este relato, de Pollito Wars, del Universo en general y de mi teclado en particular.
Vaya semanitas estoy teniendo. En fin, allá va otra entrega del Fanfic de Pollito Wars.
¿Os he enseñado el pedazo de fan art que se ha marcado LuisDiez? ¿Sí? Pues lo volvéis a ver, que no hace daño.
Pollito Wars

–¿Ya están todos? –preguntó Sauri, tratando de mantener en pie la servoarmadura–. ¿Están todos muertos?
–Todos a los que hemos pillado, comandante –respondió con un hilo de voz
el herido sargento Hem, recostado y con una manta cubriéndolo hasta los
hombros–. No parece que queden más.
–¿Hemos tomado ya el puente? –volvió a preguntar la comandante,
sintiendo la sangre gotear, que hacía ya un rato empapaba su uniforme de
combate bajo las placas blindadas–. ¿Dónde está Aubrey?
–Al capitán lo está operando ahora mismo el doctor Karmir, un poco más
atrás –Volvió a responder, obediente, el sargento, antes de toser contra
un trapo y retirarlo, ahíto en sangre–. Oh, vaya. En fin, al capitán lo
han rajado de arriba abajo y el doctor lo está remendando de urgencia.
Sauri suspiró. El capitán había quedado atrás, herido de gravedad,
mientras el resto avanzaba hasta localizar su puente y asaltarlo.
Mientras, el grupo liderado por la comandante había cubierto el pasillo
principal, masacrando al resto de yaguis y localizando a los prisioneros
en las bodegas. Allí, habían encontrado restos de seres vivos y gran
cantidad de gente de diferentes especies y razas, esperanzados de pronto
por la aparición de los infantes de marina. Algunos llevaban una vida
entera bajo la esclavitud de los piratas y no sabían cómo reaccionar.
Otros, presentaban mutilaciones de diversos grados. Y había varios que
eran evidentemente mestizos de la variante más común y pequeña. Entre
los olores y el aire enrarecido avanzaron liberando cadenas y prestando
las primeras ayudas, mientras un grupo más reducido buscaba algún
rezagado. El puente, guardado por media docena de piratas había sido
otro pequeño hueso que roer y se había cobrado la vida de otros cuatro
veteranos, a pesar de morderlo con cuidado.
La servoarmadura se abrió con un siseo, despresurizándose. El espaldar
se movió hacia abajo, mientras la comandante descendía del hueco
interno. Le recorría el costado una mancha oscura, que destacaba contra
el verde oliva del uniforme y que llegaba hasta el calzado de combate.
Se quitó y rasgó la guerrera y apretó la improvisada gasa contra el
enorme tajo que había arañado sus costillas. El pelaje castaño
encanecido estaba apelmazado por el sudor del esfuerzo y su cara de ojos
oscuros daba muestras de haber pasado mejores épocas. Su cuerpo era una
canción de violencia y de enormes esfuerzos físicos. Aquí y allá habían
huecos en los que se veía alguna fea cicatriz, cómo la que le había
hecho perder media de la oreja característica de una gatunante. Se sentó
al lado de Hem con un suspiro dolorido.
–No me esperaba que este destino nos diera tantos problemas –dijo,
inclinada ligeramente hacia adelante, conteniendo los espasmos de
dolor–. Creo que ya no estoy para estos saraos.
–Ninguno lo estamos, comandante –dijo, desviando la vista hacia el
improvisado quirófano del pasillo–, pero no podemos elegir. En todo
caso, espero que el capitán salga de esta, aunque estaba tan mal que no
han podido llevárselo a la enfermería.
–Sargento, está sangrando –dijo de pronto la comandante en tono neutro–.
Está sangrando mucho. Mierda. ¡Necesito un sanitario aquí! ¡Ya! ¿Hem,
dónde está herido?
El sargento, se lo mostró. Un horrible tajo subía por el muslo,
desgarrando la carne, hasta el abdomen. Tenía otro más desde la cadera y
recorría camino hasta el hombro izquierdo. Sauri vió brillar costillas y
tripas e incluso detectó movimiento a pesar de la escasa luz, que en
mayor medida provenía de los focos con los que operaba Karmir al
capitán.
–Ya veo –susurró la comandante, procurando no alzar la voz más de lo necesario para no incomodar al herido–. ¿Y no hay...?
–No, comandante –cortó Hem, negando ligeramente con su canosa cabeza–.
Me han metido tantas drogas que ni me duele ni me importa. Estoy más que
listo para irme al otro barrio y no podría haber elegido una forma
mejor.
–Ya...
Algunos de los esclavos desfilaron ante ellos. Seguían mostrando caras
de temor, cómo si algún yagui fuera a aparecer en cualquier momento.
Algunos giraron la cara hacia ellos y al adivinar su mirada, sonrieron
agradecidos.
–Ha merecido la pena –dijo de pronto el moribundo–.
–¿Uhm?
–Todo el camino que he recorrido –comentó con voz suave el sargento–.
Acaba aquí, pero no me arrepiento de nada. Mi época de recluta, las
insubordinaciones, las malas decisiones... Todo para acabar aquí.
–Me alegro entonces –dijo, antes de añadir, dubitativa–. De que no se arrepienta. De que esté en paz. O sea, ya me entiende.
–No me arrepiento, pero sí que lamento una cosa –comentó, sonriendo–; no
haber podido meterles una somanta de palos como mandan las ordenanzas a
los putos pollos.
–Ya sabe; estamos a la altura del capitán Aubrey –dijo, jocosa–. La
Alianza nos mira demasiado mal para darnos puestos de importancia.
–Por eso lo digo comandante...
–Llámame Sauri, sargento. No se lo diré a nadie.
–Muy bien, Sauri –dijo, sonriendo de nuevo–. Lo que decía, es que si no
fuera porque nos insubordinamos aquella vez, no nos habrían desterrado
aquí. Y por mi vida, que lo merece y si lo supiera, lo volvería a hacer.
Lo último lo dijo levantando una mano saludando a los liberados, que le devolvieron el saludo.
–Sauri, dígale al capitán que no es culpa suya –los ojos del sargento
habían perdido el brillo, pero su sonrisa era lúcida y honesta–. Que
sabemos cómo se pone después de combates así.
No he solucionado los problemas técnicos, pero me he ido a casa de mi
hermano, desde donde sí puedo publicar tranquilamente. El siguiente para
dentro de cinco días.
En otro orden de cosas, me ha llegado un fantástico fanartazo de LuisDiez, con Púlsar cómo protagonista. No dejéis de echarle un vistazo porque merece y mucho, la pena. ¡Muchas gracias colega!
Púlsar vs Yagui

El pasillo era un hervidero de golpes, imprecaciones y disparos.
Sauri seguía avanzando, aplastando a cualquiera que se interpusiera en
su camino con sus garras y haciendo fuego con los potentes cañones del
brazo. Hem se iba quedando atrás, incapaz de hacer funcionar
correctamente la servoarmadura, tan dañada que apenas se tenía en pie.
Norme había muerto, empalado por varios enemigos y un compañero de la
segunda línea trataba sin demasiado éxito, tapar su hueco. Thomas
trataba de infundir ánimos, pero aquella expedición se les comenzaba a
ir de las manos. Toda aquella carnicería empezaba a ser demasiado para
algunos y la comandante a pesar de todo avanzaba. Aplastó la cara de uno
y estampó a otro contra el techo casi con el mismo movimiento y trató
de situarse. Se le echaron encima media docena de enemigos, dando
dentelladas, zarpazos y gritando. Sauri gritaba, lanzando golpes a
diestro y siniestro, destrozando protecciones y carne. Algo horadó su
blindaje y su cuerpo, pero continuó peleando.
–¡Tisco! ¡Segunda línea, apretad, apretad! –gritó de pronto Thomas, al
darse cuenta de que todo se iba al diablo–. ¡Avanzad y combatir recio!
¡A ellos, a ellos! ¡Beaufighter, vamos beaufighter!
Aubrey saltó hacia adelante, tomando el lugar del fallecido Norme, a
pesar de no llevar equipo para aquello. Dada su estatura respecto a los
yaguis, casi pasaba desapercibido entre tanto cuerpo y tanta oscuridad,
pero aún así, arriesgaba mucho. Los infantes sintieron vergüenza de ver a
sus dos superiores tan adelantados y profirieron los mismos gritos,
avanzando para estrechar líneas. Los yaguis no quedaron atrás y cerraron
huecos, para tratar de atrapar a Sauri y a Hem lo más lejos posibles de
sus compañeros. Hem aguantaba a duras penas y de la comandante sólo se
veía un montón de piratas sobre ella, de los que se elevaba alguno
destrozado de vez en cuando. El capitán se metió entre las estrechas
filas, zafando su cuerpo de las afiladas cuchillas yagui, cercenando
tendones y corvas casi sin mirar, enfilado en dirección a Sauri. Alguien
le hirió un costado, pero el codo de uno de los piratas le salvó de que
lo desgarrara completamente. Con un gruñido desesperado, se apoyó en la
rodilla de otro y saltó hacia su cuello, seccionando casi la mitad de
un sólo golpe. El muerto no pudo caer entre los suyos y Thomas lo
aprovechó para encaramarse a él y saltar hacia adelante, embutiendose
entre varios y consiguiendo meterse entre las patas de la servoarmadura
de Sauri, que apenas se movía ya del sitio, excepto para matar a
cualquiera que se le acercara.
–¡Comandante!
–¿Capitán? –respondió ella con un hilo de sorprendida voz–. ¿Qué demonios...?
–Kahina, se ha alejado demasiado. La han rodeado.
–¡Ya lo veo maldición! –alzó un poco la voz. Se maldecía por la
imprudencia. No creía que fueran tantos–. ¿Qué carajos hace aquí?
–¡Venir en su ayuda, maldita sea! ¡Estoy herido!
–¡Le dije que se quedara atrás!
–Oh, Sauri, será terrible.
–¿Qué?
–¡Capturarán el Beaufighter! –gritó, teatral, mientras seccionaba más
piernas que se acercaban. Por detrás corearon de nuevo con fuerza el
nombre de la fragata al escuchar que la nombraba–. Todos esos esclavos,
¡no serán liberados!
–Ya vale.
–Y la colonia minera, ¡arrasada! –continuó con su actuación entre la
violenta irrealidad que lo envolvía–. ¡Los niños! ¡Oh! ¡Oh, los niños!
–¡He dicho que ya vale! –giró sobre sus talones, empaló con su diestra a
un yagui y lo proyectó a trozos contra el techo con los cañones. Con la
zurda barrió a unos cuantos con fiereza y rugió!–. ¡Infantes, a mí!
¡Beau! ¡Beau! ¡BEAUFIGHTER!
Hem apareció cuando los infantes de marina terminaron el grito de
guerra. Golpeó cómo el trueno y segó la vida de un pirata que trataba de
abrir la placa del espaldar de Sauri. Su armadura no funcionaba del
todo bien, pero aparentaba apañárselas. Tras él, con renovadas energías,
cargaba media compañía de soldados embarcados de la fragata, que ya se
habían podido equipar. Todos gritaban el nombre del navío y todos tenían
ganas de destripar yagui.
Mala escurrió de sangre el brazo. Toda ella era una montaña de pequeñas y
grandes heridas, sangre de varios enemigos y ropa rota, que dejaba ver
mucho más de lo que alguien especialmente mojigato desearía. Parecía más
calmada, pero McQuarry no quería arriesgarse a tener que matarla si la
molestaba, pero sabía que no podía perder más tiempo en que volviera en
sí. No sabía si quedaban más enemigos y no tenía ganas de lidiar con la
ira de Malabestia si aparecían más piratas, pero debía hacerlo.
–¡Malabestia! –gritó desde su parapeto, atento a las reacciones de la soldado–. ¿¡Está consciente!?
No respondió. Símplemente, le lanzó una mirada llena de significado que
lo dejó helado donde se encontraba y continuó con lo suyo.
–Uauh Malabestia –dijo de pronto Púlsar, que se había deslizado hasta
ella sin atravesar el espacio intermedio–, ha sido impresionante ver
cómo machacabas a todos esos piratas con las manos desnudas sin
pestañear lo más mínimo ni preocuparte de sus horripilantes muertes que
en verdad te digo que han sido horripilantes porque las he visto y me
han hecho dudar de que fuera buena idea destripar a alguien aunque el
alguien fuera un yagui cabrón, pero me alegro porque ahora no tendremos a
muchos más para combatir e igual hasta ganamos hoy esta batalla aunque
nunca hay que vender la piel del oso antes de cazarlo sea lo que sea un
oso aunque creo que tal y como lo suelen decir probablemente sea un
pariente tuyo o al menos admirador muy cercano...
McQuarry ahora sudaba frío atento a la cháchara. Púlsar podía poner
frenético al tipo más tranquilo, paciente, gordo y feliz del Universo
entero. Y ahora le estaba hablando a una semiyagui beta que acaba de
cepillarse a varios yaguis cuerpo a cuerpo y que no parece reconocer a
nadie. Sopesó rápidamente sus opciones, entre las que figuraba la
posibilidad de ejecutar a Malabestia en el acto para evitar violencias
posteriores. El problema es que estaba casi seguro que aquello sólo la
cabrearía mucho más. Otra opción que pensó, fue la de cargarse al
ardillamativo, pero la descartó inmediatamente, pues con la potra que
solía tener aquél personajillo, probablemente le estallara el arma en
las manos. Casi sin pensar, se movió hacia adelante, decidido.
–¡¡¡CÁLLATE!!! –el grito retumbó en toda la zona, y lo escucharon
incluso unas energías semiconscientes que estaban a punto de hacer su
aparición cómo espíritus todopoderosos y que prefirieron volver otro
dilaika que no hubiera tanta ira en el ambiente–. ¡¡¡HAZ LO QUE QUIERAS,
PERO CÁLLATE!!!
McQuarry sudaba todavía más frío y se había detenido en seco al escuchar
el brutal grito. Incluso creyó ver a lo lejos un súbito rayo aparecido
en el cielo al mismo tiempo. Malabestia había gritado tanto que incluso
Púlsar la miraba silencioso, con el estupor en la cara y la frase
inconclusa en los labios.
–¡De verdad Púlsar, que llegas a ser cargante! –gritó de nuevo, pero con
un volúmen que los de estuvieran a más de tres kilómetros podrían
aguantar–. ¿¡De dónde has salido, de un repetidor!?
Los ecos aún se oían en el valle y formaban una cacofonía de “állate,
állate, állate” e “idor, idor, idor” que ponía los pelos de punta.
El sargento se acercó, todavía cauteloso. Sabía que el pequeño
ardillamativo podía sacar de sus casillas a cualquiera, pero no sabía si
la Malabestia destripa-yaguis podía hablar o gritar palabras
entendibles, pues era la primera vez que veía algo así.
–¿Qué ocurre sargento? –preguntó, extrañada de cómo la miraba McQuarry,
una mezcla de aprehensión y sorpresa–. ¿Qué demonios le ha pasado a mi
uniforme?
–Podríamos decir que le has pasado tú, soldado –dijo, pasándole su
guerrera para que se tapara lo tapable–. Y de una forma admirable, todo
sea dicho.
–Gracias –comentó, rompiendo la prenda y cubriendo las zonas conflictivas–; creo.
–Bien, he traído arma y Púlsar ha traído munición suficiente para
arrasar con quien venga –comentó, ajustándose el rifle termal en el
brazo–. Va, inspeccionemos la nave, por si hubieran más de esos hijos de
puta.
Malabestia avanzó con paso decidido, cubierta por el sargento y Púlsar,
atentos a cualquier movimiento hostil en la zona. No había aparecido
otro pirata desde el último y no parecía que fueran a aparecer por el
negro boquete en el costado del destructor. El impacto había agrietado
el casco hasta el punto de crear aquella tremenda abertura, de la que
habían desembarcado los yagui, dispuestos a asaltar la base defensiva en
tierra. El metal retorcido presentaba feas aristas, así que se
mantuvieron alejados de los bordes, previniendo dolorosos cortes que si
entraban en combate podrían suponerles un problema. Así, con calma,
mientras Púlsar trataba de establecer contacto con los de a bordo usando
el comunicador, se adentraron en la parpadeante penumbra interna.
¡El doble de acción!
¡El doble de muertos!
¡No tengo mucho más que decir, excepto que me encantó escribir esta parte.

–¡Comandante! –Thomas gritaba, como todos los que estaban allí, pero
él quería atraer la atención de la veterana infante, que no respondía–.
¡Está herida!
–¡La sangre no es mía! –contestó ella, todavía a gritos por el reciente
combate, que había sido a oscuras y muy estresante–. Perdone capitán.
Esta sangre no es mía.
–Han abatido a Willo –alguien, en la oscuridad se lamentó con sequedad–. Voy a matar a esos bastardos.
Sauri Kahina respiró un momento y encendió una bengala. A su alrededor
yacían varios cuerpos mutilados por los disparos y los golpes. Un número
indeterminado de yaguis demasiado destrozados para contar y tres
infantes, más reconocibles, yacían en el charco de sangre. El pasillo
entero estaba salpicado por la misma sangre y hasta por los propios
supervivientes. El capitán se quitó un trozo de alguien que se le había
enganchado en el uniforme.
–Y a Gordon –continuó contando el capitán, con un rastro de tristeza en el rostro–. Y a Slevte.
Ahora que se calmaban, pudieron escuchar de fondo más lamentos,
combinados con gritos, unos de desesperanza y otros de satisfacción.
Alguien se acercaba entre las sombras. Sauri lamentó no haber presionado
más para lograr la actualización de equipos, pero no supuso que se
vería combatiendo en semejante destino. Ahora debían pelear a oscuras
sin visión nocturna o una miserable linterna acoplada. Echó a rodar otra
bengala hacia la profundidad del pasillo. Nada había.
–¡Comandante! –un chico sin armadura vino corriendo desde la plancha de
abordaje, arrastrando un palet con una pesada carga. –Le he traído lo
que ha pedido.
–¡Ah, mi remiendo! –dijo, contenta de escuchar una buena noticia entre
tanto horror–. Hem, ayúdame a quitarme el guantelete derecho.
El mentado se acercó y sujetó con fuerza el brazo de la servoarmadura.
Con un siseo se liberó, dejando al aire los servos que movían el
aparato. Lo dejó caer sin miedo y con un suave movimiento colocó el
nuevo, que acopló perfectamente y se cerró, para terminar presurizando
de nuevo la armadura.
–Perfecto Jenkins, vuelva al taller –comentó, observando los cañones
dobles que apenas sobresalían del guantelete blindado–. Ah, son
hermosos.
–Muy bien comandante, si ya tiene lo suyo, sugiero avanzar –dijo Thomas,
que comenzaba a sentirse algo vulnerable–. No podemos hacerles esperar
más, además de que parece que han tomado la iniciativa.
–Bien –señaló a varios de los presentes–. Hem y Norme conmigo, Tisco
lidera la segunda línea. Capitán, apoye donde haga falta y no se exponga
más por el amor de Laika.
Se puso en el centro, con sus dos subordinados flanqueándola. Se aseguró
de que Thomas cumplía a regañadientes. Por mucho que él fuera el
capitán de aquella nave y hubiera participado en cientos de abordajes,
ella seguía siendo la comandante de la infantería embarcada. Y tenía una
armadura con la que podía tener un cara a cara con los yaguis y
contarlo.
Señaló a los enemigos que ya venían, entre terribles gritos y maldiciones.
–¡A ellos!
Y se lanzó hacia adelante, rugiendo y disparando.
Púlsar sintió venir el golpe. Las garras afiladas como cuchillas
rasgaron su uniforme, pero él ya había dado un salto atrás. Era de los
más ágiles que había parido su madre y eso quería decir que
probablemente fuera uno de los humáferos más ágiles, despiertos y
cargantes de la galaxia. Se posó con suavidad en la roca de más atrás,
donde afianzó las piernas, alzó la ametralladora y adecuó su centro de
gravedad para no desequilibrarse. El arma era pesada, pero sin demasiado
retroceso, así que le lanzó una certera ráfaga al pecho blindado del
yagui, hiriendolo. Por desgracia, no era suficiente y su enemigo se
lanzó de nuevo hacia adelante, destrozando el arma y estirando de ella
para poner a Púlsar a su alcance.
–¿Alguna vez te han dicho que tienes un aliento horrible? Deberías
cepillarlo, mi madre siempre decía que no es bueno dejar que la mierda
se acumule entre los dientes porque acaban apestando cómo una cloaca en
la que se haya acumulado la mugre de cientos de añolaikas de la ciudad
más grande que te puedas imaginar, una ciudad muy muy grande llena de
gente ensuciando cómo auténticos cerdos, aunque los cerdos tampoco
tienen la culpa de apestar que al fin y al cabo la sociedad los ha
tratado así y no han encontrado todavía una razón aceptablemente
científica para su olor corporal aunque han descubierto que si se lavan
la cosa mejora bastante, lo cual bien mirado no carece de ningún tipo de
lógica porque cualquiera que no se duche en dos weelaikas acabará
apestando a cerdo lo que me devuelve a tí y a tu olor que no es sólo el
que suelta tu boca que por cierto la tienes llena de dientes.
Púlsar no dejaba de hablar mientras esquivaba los ataques. Había
aprendido a ser comedido durante el servicio, pero aquél combate lo
sacaba de quicio y la situación lo había alterado más de lo necesario.
McQuarry se compadeció del yagui.
–¡Cállate y muere de una vez! –gritó el pirata, harto ya en la segunda frase de aquél insufrible monólogo–.
–Todos dicen siempre que me calle pero no creo que acaben de notar la
sutilidad de mis palabras cuando hablo de cosas que les conciernen sin
lugar a dudas pero todos prefieren evitar los problemas en lugar de
hablarlos con su buen amigo que está ahí para escuchar lo que dicen y
necesitan pero nunca confían en que pueda echarles una mano en lo más
mínimo porque como lo ven pequeño y débil creen que es también débil de
mente pero ese siempre será su gran error porque ni soy débil de cuerpo
ni de mente, soy la releche.
Quedó de espaldas a la nave. Tras él, la caída de cuatro metros hasta el
fondo del cráter. El yagui se lanzó hacia él sin dudar y de nuevo
esquivó, cuando el pirata lo creía cazado ya. Saltó en el mismo lugar
donde estaba, le metió el dedo en el ojo, que reventó e hizo gritar a su
enemigo y se puso a su espalda, mientras mantenía el impulso hacia
adelante.
–Todos sois grandes duros y fuertes y os burláis de mí pero siempre sois
débiles donde importa que por cierto suelen ser sitios que se necesitan
desesperadamente, agradece que no me haya dado por colgarme de tus
cojones o ya no los tendrías amigo aunque bien mirado tú no eres mi
amigo sino más bien mi enemigo uno que consigue erizarme el pelaje del
miedo que me da, enhorabuena nadie más lo había conseguido aunque al
final todos los matones sois iguales.
Al yagui se le hizo eterna la caída. Con sus doscientos kilos además iba
a ser dura. Se desorientó un poco al impactar y se tambaleó al intentar
incorporarse. Entre el polvo levantado y la neblina que goteaba de su
ojo, pudo ver una figura enorme que avanzaba. Supo que sonreía, pues era
el tipo de muecas que solía ver todos los dilaikas en el espejo.
Malabestia mostraba algunas heridas profundas y varios desgarrones
menores. Había recibido tres disparos en el torso y le goteaba la sien.
Pero sonreía. El yagui sintió por vez primera el miedo que debían sentir
sus víctimas al verlo aparecer.
–Me piro –dijo Púlsar, mientras se alejaba, cauteloso–. Casi mejor os dejo solos.
Mala aplastó la zarpa con la que trataba de incorporarse. Aulló al
cielo, complacida de aquél regalo. Y tras una carcajada triunfal, se
lanzó para destriparlo.
Continuamos con el fanfic, aunque cambio la hora de media noche a más o
menos medio día. El próximo, en cuatro días, que esta parte es más
corta, pero más intensa.
Filii Belli.
Segunda parte:
Malabestia estaba ante los dos yagui, que la miraban sorprendidos. Su
compañero había caído brutalmente despedazado por las salvas del rifle
termal y ante la visión de la muerte, la semiyagui había sido incapaz de
contenerse y había bajado corriendo para encontrarse con ellos. Tenía
todo el vello erizado, incapaz de contener la ira. Le costaba mucho
trabajo no lanzarse contra los dos, pero la parte racional que aún
funcionaba le gritaba desesperada de la locura que quería acometer su
lado bestial.
–Mira lo que tenemoss aquí –dijo uno de los dos, sonriendo, a pesar del guiñapo sanguinolento de su izquierda–. Una basstarda.
–Oooh, ¡y hasta ess bonita! –chanceó el otro, relamiéndose con descaro–. Podríamos llevarla dentro.
–¡A mí ya me pessan los huevos de no descargarlos! –siguió el primero,
agarrándose la entrepierna obscenamente–. ¡Ven nena, que ve voy a hacer
disfrutar!
Las palabras habían tenido efecto en Mala. Estaba recordando una época
que no le gustaba demasiado. Una época en la que se burlaban de ella, en
la que buscaba algún consuelo en aquella figura silenciosa y triste que se
mecía ante el enorme ventanal. La época en la que su propia familia la
despreciaba y que tan sólo su madre trataba con ternura. La misma que
había sido secuestrada añolaikas atrás y que tras muchos periplos y
abortos forzados, había conseguido escapar con aquella enorme criatura
en su vientre.
Poco a poco, Mala fue acallando sus quejas, hasta que sólo quedó la
Bestia. Y ésta, sintiéndose liberada y sin restricción, rugió de
siniestra satisfacción, tan alto que McQuarry y Púlsar la escucharon
aterrados a pesar de la distancia.
Los yagui habían notado cómo se le afilaba la cara. Cómo su pose perdía
altura para mejorar la estabilidad. Cómo sus pupilas se cerraban y
ardían muy familiarmente. Antes de que hubieran podido alzar sus armas
para derribarla ya había llegado hasta uno de ellos. Agarró su arma y la
apuntó contra su cabeza, impidiéndole el disparo. La soltó, esperando
derrotarla cuerpo a cuerpo, pero ella ya había lanzado varios zarpazos.
Arrancó la armadura pectoral casi sin esfuerzo y antes de que pudiera
reponerse, le hundió las garras en el vientre y el cuello. El yagui
rugió de dolor y estupor al sentir sus tripas revueltas con violencia.
Malabestia se sumó al bramido con sus propios pulmones, para después
arrancarle los intestinos con un brutal tirón, desparramando sangre y
vísceras por doquier. Mientras aún perdía la vida, lo levantó rugiendo
todavía y lo estrelló de cabeza contra el suelo, rompiéndole el cráneo y
el cuello. El otro no se lo creía. Nunca se había encontrado una
opositora tan formidable, excepto en algún combate dentro de su misma
sociedad. Pero aquello eran niñerías. No es que alguno no muriera de vez
en cuando, sino que ninguno moría de una forma tan brutal. Retrocedió
dos pasos, llamando a sus refuerzos. Disparó cuando Mala dio dos pasos
hacia él y no soltó el gatillo mientras se acercaba. La mala puntería
del pirata era patente y el retroceso y el miedo hicieron el resto,
aunque algunos disparos acertaron. Aún herida por los disparos, destrozó
el gran fusil de un zarpazo, mientras que con la otra zarpa atacaba el
hombro derecho de su contrincante, que aulló de dolor. Le propinó un
rodillazo en la entrepierna que le hizo saltar lágrimas, para levantarle
la barbilla y sin pensárselo en absoluto, hundir sus colmillos en el
cuello del yagui, que al tratar de gritar aterrado sólo pudo emitir un
gorgoteo. Al escuchar cómo se acercaban más desde el interior de la
destrozada nave, Malabestia arrancó la tráquea retirando la cabeza de su
enemigo caído de un tirón y gruñó. Cómo aún parecía vivo, alzó un puño y
de un certero golpe le reventó el cráneo, justo antes de lanzarse
contra los recién llegados con una furia desconocida.
–¡Vamos Púlsar! –McQuarry corría cómo un diablo, mientras el
ardillamativo le seguía nervioso, teniendo que dar muchos más pasos que
él–. ¡Tenemos que apoyarla.
–Sí sí –replicó el ardillamativo, siguiendo el ritmo–. Ya podría habernos esperado un poco...
Llegaron hasta las inmediaciones de la nave y al ver la situación
dudaron. Malabestia acababa de reventar el cráneo de uno de los piratas
de un puñetazo y al ver aparecer a nuevos enemigos, se había lanzado
contra ellos. Ni el sargento ni Púlsar podían competir con ninguno de
ellos cuerpo a cuerpo sin ayuda. McQuarry divisó algo en una de las
rocas de su derecha. Era la ametralladora de Malabestia, que había
abandonado para enfrentarse cara a cara con ellos.
–Púlsar, sube ahí y abre fuego a mi señal.
Mientras su subordinado corría nervioso hasta la posición, él se colocó a
la izquierda, desplegando el rifle termal y colocándose para tener un
tiro cómodo. Malabestia ya combatía cuerpo a cuerpo con una fiereza que
no se la conocía nadie, aunque nadie la conocía demasiado. Ellos eran
cuatro y ni siquiera ella podría con todos, tal y cómo pensó el
sargento, así que tras indicarle con un gesto a Púlsar que disparara
después de que lo hiciera él, abrió fuego contra el más alejado de ella,
tratando de no dañarla. Después de varios disparos, que lo
desmembraron, la ametralladora tronó, provocando extraños ecos. Los
yaguis, al sentirse flanqueados dudaron y Malabestia hundió sus garras
sobre el más cercano y lo abrió de un violento movimiento hasta la
cintura. Cayó con las blancas costillas asomando por la herida, que era
un roto plagado de sangre, músculos y nervios destrozados, mientras ella
se abalanzaba sobre el otro y comenzaba a desgarrarlo furiosamente. El
tercero se había lanzado hacia la roca donde estaba Púlsar y trepaba con
furia. Al sentirlo llegar, el ardillamativo plegó el bípode y trató de
hacerse hacia atrás, más ya era demasiado tarde. Lo tenía delante, con
las garras libres y rugiente expresión en su rostro. Se preparaba para
destripar a aquél molesto insecto mientras McQuarry se maldecía por no
tener un tiro claro hasta él.