martes, 1 de abril de 2014

Pollito Wars Filii Belli: Forzoso Intermedio

¡Atención, que te puedes reventar la historia. El principio de este fanfic lo encontrarás aquí.

La holosala estaba llena hasta la bandera. El palco vip, reservado a las estrellas protagonistas, se llenaba de nuevo, con risas, algunos juramentos y el suave y desquiciante murmullo de fondo que venía a ser la voz del incansable Púlsar.
-Espero que me saquen de nuevo, no me gusta nada eso de no acaparar pantalla -Aubrey engullía su tercer cubo de Alfa Centaury Fried Chicken™ con gesto satisfecho-. Ya veréis cómo eso de rajarme de arriba a abajo es muy exagerado. Si no, no estaría aquí.
-Pues capitán, ahora que lo dice, acabo de ver al sargento Hem volver del baño y parecía muy enterito para estar muerto -apuntó Malabestia sin malicia-. De hecho, parecía contento de tener las tripas en su sitio.
-Tú calla bicho, que contigo no hablo.
-¡Jerguins! -McQuarry se levantó de nuevo para reñir a sus subordinados, que la estaban liando de nuevo-. Si te vuelves a caer del palco, no te dejo volver a entrar... ¡Sois cómo putos críos!
-Mucho veo quejas por aquí sobre morirse o salir poco, pero yo todavía no he hecho ni media -Énister, el segundo, eterna sombra de su capitán se enfurruñaba en su asiento-. Sauri, tú por ejemplo, has tenido un protagonismo brutal.
-Quien vale, vale -dijo la comandante, encantada de su papel- y quien no, a llorar al parque.
-¡A callar todos, que ya empieza!

-¡Jobaaar!; ¿ésta no era porno? -dijo una voz desde la puerta del palco, porcina e insensata-. Con la de chatis con ganas de marcha que se huelen por aquí...
-¡SSSSHHHHHH!
-No sé tío, a mí me da que esta peli no es de suecas- otra voz, pequeñaja, comestible-. Creo que es una de esas de pensar. Un triller, o comosellame.
-¿Quién es el as en mujeres?
-¡QUÉ OS CALLÉIS!
-¡Perdón! -la vocecilla dudó un momento antes de responder alegremente-. ¡Tú, maestro!
-Pues tira pa' dentro, que aquí encontramos fijo nenas pa ligar.
-Huele cómo cuando me quemé el ala...


Pues nada, un pequeño intermedio que habría estado bien hacer en el cambio de capítulo, pero que se me ha ocurrido hacerlo ahora, que voy algo retrasado con las entregas. Llevo varios días añadiendo piezas nuevas a mi pc, lo que significa hacer el gilimemo delante de la pantalla más rato del que me suele gustar y que me suele acabar agotando.
Parece que se han colado un par de personajillos en el estreno de la holoproyección de Filii Belli, ciscandose muy mucho en la continuidad espacio temporal y literaria de este relato, de Pollito Wars, del Universo en general y de mi teclado en particular.

sábado, 22 de marzo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (8)

Vaya semanitas estoy teniendo. En fin, allá va otra entrega del Fanfic de Pollito Wars.
¿Os he enseñado el pedazo de fan art que se ha marcado LuisDiez? ¿Sí? Pues lo volvéis a ver, que no hace daño.


Pollito Wars
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–¿Ya están todos? –preguntó Sauri, tratando de mantener en pie la servoarmadura–. ¿Están todos muertos?
–Todos a los que hemos pillado, comandante –respondió con un hilo de voz el herido sargento Hem, recostado y con una manta cubriéndolo hasta los hombros–. No parece que queden más.
–¿Hemos tomado ya el puente? –volvió a preguntar la comandante, sintiendo la sangre gotear, que hacía ya un rato empapaba su uniforme de combate bajo las placas blindadas–. ¿Dónde está Aubrey?
–Al capitán lo está operando ahora mismo el doctor Karmir, un poco más atrás –Volvió a responder, obediente, el sargento, antes de toser contra un trapo y retirarlo, ahíto en sangre–. Oh, vaya. En fin, al capitán lo han rajado de arriba abajo y el doctor lo está remendando de urgencia.
Sauri suspiró. El capitán había quedado atrás, herido de gravedad, mientras el resto avanzaba hasta localizar su puente y asaltarlo. Mientras, el grupo liderado por la comandante había cubierto el pasillo principal, masacrando al resto de yaguis y localizando a los prisioneros en las bodegas. Allí, habían encontrado restos de seres vivos y gran cantidad de gente de diferentes especies y razas, esperanzados de pronto por la aparición de los infantes de marina. Algunos llevaban una vida entera bajo la esclavitud de los piratas y no sabían cómo reaccionar. Otros, presentaban mutilaciones de diversos grados. Y había varios que eran evidentemente mestizos de la variante más común y pequeña. Entre los olores y el aire enrarecido avanzaron liberando cadenas y prestando las primeras ayudas, mientras un grupo más reducido buscaba algún rezagado. El puente, guardado por media docena de piratas había sido otro pequeño hueso que roer y se había cobrado la vida de otros cuatro veteranos, a pesar de morderlo con cuidado.

La servoarmadura se abrió con un siseo, despresurizándose. El espaldar se movió hacia abajo, mientras la comandante descendía del hueco interno. Le recorría el costado una mancha oscura, que destacaba contra el verde oliva del uniforme y que llegaba hasta el calzado de combate. Se quitó y rasgó la guerrera y apretó la improvisada gasa contra el enorme tajo que había arañado sus costillas. El pelaje castaño encanecido estaba apelmazado por el sudor del esfuerzo y su cara de ojos oscuros daba muestras de haber pasado mejores épocas. Su cuerpo era una canción de violencia y de enormes esfuerzos físicos. Aquí y allá habían huecos en los que se veía alguna fea cicatriz, cómo la que le había hecho perder media de la oreja característica de una gatunante. Se sentó al lado de Hem con un suspiro dolorido.
–No me esperaba que este destino nos diera tantos problemas –dijo, inclinada ligeramente hacia adelante, conteniendo los espasmos de dolor–. Creo que ya no estoy para estos saraos.
–Ninguno lo estamos, comandante –dijo, desviando la vista hacia el improvisado quirófano del pasillo–, pero no podemos elegir. En todo caso, espero que el capitán salga de esta, aunque estaba tan mal que no han podido llevárselo a la enfermería.
–Sargento, está sangrando –dijo de pronto la comandante en tono neutro–. Está sangrando mucho. Mierda. ¡Necesito un sanitario aquí! ¡Ya! ¿Hem, dónde está herido?
El sargento, se lo mostró. Un horrible tajo subía por el muslo, desgarrando la carne, hasta el abdomen. Tenía otro más desde la cadera y recorría camino hasta el hombro izquierdo. Sauri vió brillar costillas y tripas e incluso detectó movimiento a pesar de la escasa luz, que en mayor medida provenía de los focos con los que operaba Karmir al capitán.
–Ya veo –susurró la comandante, procurando no alzar la voz más de lo necesario para no incomodar al herido–. ¿Y no hay...?
–No, comandante –cortó Hem, negando ligeramente con su canosa cabeza–. Me han metido tantas drogas que ni me duele ni me importa. Estoy más que listo para irme al otro barrio y no podría haber elegido una forma mejor.
–Ya...
Algunos de los esclavos desfilaron ante ellos. Seguían mostrando caras de temor, cómo si algún yagui fuera a aparecer en cualquier momento. Algunos giraron la cara hacia ellos y al adivinar su mirada, sonrieron agradecidos.
–Ha merecido la pena –dijo de pronto el moribundo–.
–¿Uhm?
–Todo el camino que he recorrido –comentó con voz suave el sargento–. Acaba aquí, pero no me arrepiento de nada. Mi época de recluta, las insubordinaciones, las malas decisiones... Todo para acabar aquí.
–Me alegro entonces –dijo, antes de añadir, dubitativa–. De que no se arrepienta. De que esté en paz. O sea, ya me entiende.
–No me arrepiento, pero sí que lamento una cosa –comentó, sonriendo–; no haber podido meterles una somanta de palos como mandan las ordenanzas a los putos pollos.
–Ya sabe; estamos a la altura del capitán Aubrey –dijo, jocosa–. La Alianza nos mira demasiado mal para darnos puestos de importancia.
–Por eso lo digo comandante...
–Llámame Sauri, sargento. No se lo diré a nadie.
–Muy bien, Sauri –dijo, sonriendo de nuevo–. Lo que decía, es que si no fuera porque nos insubordinamos aquella vez, no nos habrían desterrado aquí. Y por mi vida, que lo merece y si lo supiera, lo volvería a hacer.
Lo último lo dijo levantando una mano saludando a los liberados, que le devolvieron el saludo.
–Sauri, dígale al capitán que no es culpa suya –los ojos del sargento habían perdido el brillo, pero su sonrisa era lúcida y honesta–. Que sabemos cómo se pone después de combates así.

domingo, 16 de marzo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (7)

No he solucionado los problemas técnicos, pero me he ido a casa de mi hermano, desde donde sí puedo publicar tranquilamente. El siguiente para dentro de cinco días.

En otro orden de cosas, me ha llegado un fantástico fanartazo de LuisDiez, con Púlsar cómo protagonista. No dejéis de echarle un vistazo porque merece y mucho, la pena. ¡Muchas gracias colega!
Púlsar vs Yagui


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El pasillo era un hervidero de golpes, imprecaciones y disparos. Sauri seguía avanzando, aplastando a cualquiera que se interpusiera en su camino con sus garras y haciendo fuego con los potentes cañones del brazo. Hem se iba quedando atrás, incapaz de hacer funcionar correctamente la servoarmadura, tan dañada que apenas se tenía en pie. Norme había muerto, empalado por varios enemigos y un compañero de la segunda línea trataba sin demasiado éxito, tapar su hueco. Thomas trataba de infundir ánimos, pero aquella expedición se les comenzaba a ir de las manos. Toda aquella carnicería empezaba a ser demasiado para algunos y la comandante a pesar de todo avanzaba. Aplastó la cara de uno y estampó a otro contra el techo casi con el mismo movimiento y trató de situarse. Se le echaron encima media docena de enemigos, dando dentelladas, zarpazos y gritando. Sauri gritaba, lanzando golpes a diestro y siniestro, destrozando protecciones y carne. Algo horadó su blindaje y su cuerpo, pero continuó peleando.
–¡Tisco! ¡Segunda línea, apretad, apretad! –gritó de pronto Thomas, al darse cuenta de que todo se iba al diablo–. ¡Avanzad y combatir recio! ¡A ellos, a ellos! ¡Beaufighter, vamos beaufighter!
Aubrey saltó hacia adelante, tomando el lugar del fallecido Norme, a pesar de no llevar equipo para aquello. Dada su estatura respecto a los yaguis, casi pasaba desapercibido entre tanto cuerpo y tanta oscuridad, pero aún así, arriesgaba mucho. Los infantes sintieron vergüenza de ver a sus dos superiores tan adelantados y profirieron los mismos gritos, avanzando para estrechar líneas. Los yaguis no quedaron atrás y cerraron huecos, para tratar de atrapar a Sauri y a Hem lo más lejos posibles de sus compañeros. Hem aguantaba a duras penas y de la comandante sólo se veía un montón de piratas sobre ella, de los que se elevaba alguno destrozado de vez en cuando. El capitán se metió entre las estrechas filas, zafando su cuerpo de las afiladas cuchillas yagui, cercenando tendones y corvas casi sin mirar, enfilado en dirección a Sauri. Alguien le hirió un costado, pero el codo de uno de los piratas le salvó de que lo desgarrara completamente. Con un gruñido desesperado, se apoyó en la rodilla de otro y saltó hacia su cuello, seccionando casi la mitad de un sólo golpe. El muerto no pudo caer entre los suyos y Thomas lo aprovechó para encaramarse a él y saltar hacia adelante, embutiendose entre varios y consiguiendo meterse entre las patas de la servoarmadura de Sauri, que apenas se movía ya del sitio, excepto para matar a cualquiera que se le acercara.
–¡Comandante!
–¿Capitán? –respondió ella con un hilo de sorprendida voz–. ¿Qué demonios...?
–Kahina, se ha alejado demasiado. La han rodeado.
–¡Ya lo veo maldición! –alzó un poco la voz. Se maldecía por la imprudencia. No creía que fueran tantos–. ¿Qué carajos hace aquí?
–¡Venir en su ayuda, maldita sea! ¡Estoy herido!
–¡Le dije que se quedara atrás!
–Oh, Sauri, será terrible.
–¿Qué?
–¡Capturarán el Beaufighter! –gritó, teatral, mientras seccionaba más piernas que se acercaban. Por detrás corearon de nuevo con fuerza el nombre de la fragata al escuchar que la nombraba–. Todos esos esclavos, ¡no serán liberados!
–Ya vale.
–Y la colonia minera, ¡arrasada! –continuó con su actuación entre la violenta irrealidad que lo envolvía–. ¡Los niños! ¡Oh! ¡Oh, los niños!
–¡He dicho que ya vale! –giró sobre sus talones, empaló con su diestra a un yagui y lo proyectó a trozos contra el techo con los cañones. Con la zurda barrió a unos cuantos con fiereza y rugió!–. ¡Infantes, a mí! ¡Beau! ¡Beau! ¡BEAUFIGHTER!
Hem apareció cuando los infantes de marina terminaron el grito de guerra. Golpeó cómo el trueno y segó la vida de un pirata que trataba de abrir la placa del espaldar de Sauri. Su armadura no funcionaba del todo bien, pero aparentaba apañárselas. Tras él, con renovadas energías, cargaba media compañía de soldados embarcados de la fragata, que ya se habían podido equipar. Todos gritaban el nombre del navío y todos tenían ganas de destripar yagui.


Mala escurrió de sangre el brazo. Toda ella era una montaña de pequeñas y grandes heridas, sangre de varios enemigos y ropa rota, que dejaba ver mucho más de lo que alguien especialmente mojigato desearía. Parecía más calmada, pero McQuarry no quería arriesgarse a tener que matarla si la molestaba, pero sabía que no podía perder más tiempo en que volviera en sí. No sabía si quedaban más enemigos y no tenía ganas de lidiar con la ira de Malabestia si aparecían más piratas, pero debía hacerlo.
–¡Malabestia! –gritó desde su parapeto, atento a las reacciones de la soldado–. ¿¡Está consciente!?
No respondió. Símplemente, le lanzó una mirada llena de significado que lo dejó helado donde se encontraba y continuó con lo suyo.
–Uauh Malabestia –dijo de pronto Púlsar, que se había deslizado hasta ella sin atravesar el espacio intermedio–, ha sido impresionante ver cómo machacabas a todos esos piratas con las manos desnudas sin pestañear lo más mínimo ni preocuparte de sus horripilantes muertes que en verdad te digo que han sido horripilantes porque las he visto y me han hecho dudar de que fuera buena idea destripar a alguien aunque el alguien fuera un yagui cabrón, pero me alegro porque ahora no tendremos a muchos más para combatir e igual hasta ganamos hoy esta batalla aunque nunca hay que vender la piel del oso antes de cazarlo sea lo que sea un oso aunque creo que tal y como lo suelen decir probablemente sea un pariente tuyo o al menos admirador muy cercano...
McQuarry ahora sudaba frío atento a la cháchara. Púlsar podía poner frenético al tipo más tranquilo, paciente, gordo y feliz del Universo entero. Y ahora le estaba hablando a una semiyagui beta que acaba de cepillarse a varios yaguis cuerpo a cuerpo y que no parece reconocer a nadie. Sopesó rápidamente sus opciones, entre las que figuraba la posibilidad de ejecutar a Malabestia en el acto para evitar violencias posteriores. El problema es que estaba casi seguro que aquello sólo la cabrearía mucho más. Otra opción que pensó, fue la de cargarse al ardillamativo, pero la descartó inmediatamente, pues con la potra que solía tener aquél personajillo, probablemente le estallara el arma en las manos. Casi sin pensar, se movió hacia adelante, decidido.
–¡¡¡CÁLLATE!!! –el grito retumbó en toda la zona, y lo escucharon incluso unas energías semiconscientes que estaban a punto de hacer su aparición cómo espíritus todopoderosos y que prefirieron volver otro dilaika que no hubiera tanta ira en el ambiente–. ¡¡¡HAZ LO QUE QUIERAS, PERO CÁLLATE!!!
McQuarry sudaba todavía más frío y se había detenido en seco al escuchar el brutal grito. Incluso creyó ver a lo lejos un súbito rayo aparecido en el cielo al mismo tiempo. Malabestia había gritado tanto que incluso Púlsar la miraba silencioso, con el estupor en la cara y la frase inconclusa en los labios.
–¡De verdad Púlsar, que llegas a ser cargante! –gritó de nuevo, pero con un volúmen que los de estuvieran a más de tres kilómetros podrían aguantar–. ¿¡De dónde has salido, de un repetidor!?
Los ecos aún se oían en el valle y formaban una cacofonía de “állate, állate, állate” e “idor, idor, idor” que ponía los pelos de punta.
El sargento se acercó, todavía cauteloso. Sabía que el pequeño ardillamativo podía sacar de sus casillas a cualquiera, pero no sabía si la Malabestia destripa-yaguis podía hablar o gritar palabras entendibles, pues era la primera vez que veía algo así.
–¿Qué ocurre sargento? –preguntó, extrañada de cómo la miraba McQuarry, una mezcla de aprehensión y sorpresa–. ¿Qué demonios le ha pasado a mi uniforme?
–Podríamos decir que le has pasado tú, soldado –dijo, pasándole su guerrera para que se tapara lo tapable–. Y de una forma admirable, todo sea dicho.
–Gracias –comentó, rompiendo la prenda y cubriendo las zonas conflictivas–; creo.
–Bien, he traído arma y Púlsar ha traído munición suficiente para arrasar con quien venga –comentó, ajustándose el rifle termal en el brazo–. Va, inspeccionemos la nave, por si hubieran más de esos hijos de puta.

Malabestia avanzó con paso decidido, cubierta por el sargento y Púlsar, atentos a cualquier movimiento hostil en la zona. No había aparecido otro pirata desde el último y no parecía que fueran a aparecer por el negro boquete en el costado del destructor. El impacto había agrietado el casco hasta el punto de crear aquella tremenda abertura, de la que habían desembarcado los yagui, dispuestos a asaltar la base defensiva en tierra. El metal retorcido presentaba feas aristas, así que se mantuvieron alejados de los bordes, previniendo dolorosos cortes que si entraban en combate podrían suponerles un problema. Así, con calma, mientras Púlsar trataba de establecer contacto con los de a bordo usando el comunicador, se adentraron en la parpadeante penumbra interna.

martes, 4 de marzo de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (6)

¡El doble de acción!

¡El doble de muertos!
¡No tengo mucho más que decir, excepto que me encantó escribir esta parte.


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–¡Comandante! –Thomas gritaba, como todos los que estaban allí, pero él quería atraer la atención de la veterana infante, que no respondía–. ¡Está herida!
–¡La sangre no es mía! –contestó ella, todavía a gritos por el reciente combate, que había sido a oscuras y muy estresante–. Perdone capitán. Esta sangre no es mía.
–Han abatido a Willo –alguien, en la oscuridad se lamentó con sequedad–. Voy a matar a esos bastardos.
Sauri Kahina respiró un momento y encendió una bengala. A su alrededor yacían varios cuerpos mutilados por los disparos y los golpes. Un número indeterminado de yaguis demasiado destrozados para contar y tres infantes, más reconocibles, yacían en el charco de sangre. El pasillo entero estaba salpicado por la misma sangre y hasta por los propios supervivientes. El capitán se quitó un trozo de alguien que se le había enganchado en el uniforme.
–Y a Gordon –continuó contando el capitán, con un rastro de tristeza en el rostro–. Y a Slevte.
Ahora que se calmaban, pudieron escuchar de fondo más lamentos, combinados con gritos, unos de desesperanza y otros de satisfacción. Alguien se acercaba entre las sombras. Sauri lamentó no haber presionado más para lograr la actualización de equipos, pero no supuso que se vería combatiendo en semejante destino. Ahora debían pelear a oscuras sin visión nocturna o una miserable linterna acoplada. Echó a rodar otra bengala hacia la profundidad del pasillo. Nada había.
–¡Comandante! –un chico sin armadura vino corriendo desde la plancha de abordaje, arrastrando un palet con una pesada carga. –Le he traído lo que ha pedido.
–¡Ah, mi remiendo! –dijo, contenta de escuchar una buena noticia entre tanto horror–. Hem, ayúdame a quitarme el guantelete derecho.
El mentado se acercó y sujetó con fuerza el brazo de la servoarmadura. Con un siseo se liberó, dejando al aire los servos que movían el aparato. Lo dejó caer sin miedo y con un suave movimiento colocó el nuevo, que acopló perfectamente y se cerró, para terminar presurizando de nuevo la armadura.
–Perfecto Jenkins, vuelva al taller –comentó, observando los cañones dobles que apenas sobresalían del guantelete blindado–. Ah, son hermosos.
–Muy bien comandante, si ya tiene lo suyo, sugiero avanzar –dijo Thomas, que comenzaba a sentirse algo vulnerable–. No podemos hacerles esperar más, además de que parece que han tomado la iniciativa.
–Bien –señaló a varios de los presentes–. Hem y Norme conmigo, Tisco lidera la segunda línea. Capitán, apoye donde haga falta y no se exponga más por el amor de Laika.
Se puso en el centro, con sus dos subordinados flanqueándola. Se aseguró de que Thomas cumplía a regañadientes. Por mucho que él fuera el capitán de aquella nave y hubiera participado en cientos de abordajes, ella seguía siendo la comandante de la infantería embarcada. Y tenía una armadura con la que podía tener un cara a cara con los yaguis y contarlo.
Señaló a los enemigos que ya venían, entre terribles gritos y maldiciones.
–¡A ellos!
Y se lanzó hacia adelante, rugiendo y disparando.

Púlsar sintió venir el golpe. Las garras afiladas como cuchillas rasgaron su uniforme, pero él ya había dado un salto atrás. Era de los más ágiles que había parido su madre y eso quería decir que probablemente fuera uno de los humáferos más ágiles, despiertos y cargantes de la galaxia. Se posó con suavidad en la roca de más atrás, donde afianzó las piernas, alzó la ametralladora y adecuó su centro de gravedad para no desequilibrarse. El arma era pesada, pero sin demasiado retroceso, así que le lanzó una certera ráfaga al pecho blindado del yagui, hiriendolo. Por desgracia, no era suficiente y su enemigo se lanzó de nuevo hacia adelante, destrozando el arma y estirando de ella para poner a Púlsar a su alcance.
–¿Alguna vez te han dicho que tienes un aliento horrible? Deberías cepillarlo, mi madre siempre decía que no es bueno dejar que la mierda se acumule entre los dientes porque acaban apestando cómo una cloaca en la que se haya acumulado la mugre de cientos de añolaikas de la ciudad más grande que te puedas imaginar, una ciudad muy muy grande llena de gente ensuciando cómo auténticos cerdos, aunque los cerdos tampoco tienen la culpa de apestar que al fin y al cabo la sociedad los ha tratado así y no han encontrado todavía una razón aceptablemente científica para su olor corporal aunque han descubierto que si se lavan la cosa mejora bastante, lo cual bien mirado no carece de ningún tipo de lógica porque cualquiera que no se duche en dos weelaikas acabará apestando a cerdo lo que me devuelve a tí y a tu olor que no es sólo el que suelta tu boca que por cierto la tienes llena de dientes.
Púlsar no dejaba de hablar mientras esquivaba los ataques. Había aprendido a ser comedido durante el servicio, pero aquél combate lo sacaba de quicio y la situación lo había alterado más de lo necesario. McQuarry se compadeció del yagui.
–¡Cállate y muere de una vez! –gritó el pirata, harto ya en la segunda frase de aquél insufrible monólogo–.
–Todos dicen siempre que me calle pero no creo que acaben de notar la sutilidad de mis palabras cuando hablo de cosas que les conciernen sin lugar a dudas pero todos prefieren evitar los problemas en lugar de hablarlos con su buen amigo que está ahí para escuchar lo que dicen y necesitan pero nunca confían en que pueda echarles una mano en lo más mínimo porque como lo ven pequeño y débil creen que es también débil de mente pero ese siempre será su gran error porque ni soy débil de cuerpo ni de mente, soy la releche.
Quedó de espaldas a la nave. Tras él, la caída de cuatro metros hasta el fondo del cráter. El yagui se lanzó hacia él sin dudar y de nuevo esquivó, cuando el pirata lo creía cazado ya. Saltó en el mismo lugar donde estaba, le metió el dedo en el ojo, que reventó e hizo gritar a su enemigo y se puso a su espalda, mientras mantenía el impulso hacia adelante.
–Todos sois grandes duros y fuertes y os burláis de mí pero siempre sois débiles donde importa que por cierto suelen ser sitios que se necesitan desesperadamente, agradece que no me haya dado por colgarme de tus cojones o ya no los tendrías amigo aunque bien mirado tú no eres mi amigo sino más bien mi enemigo uno que consigue erizarme el pelaje del miedo que me da, enhorabuena nadie más lo había conseguido aunque al final todos los matones sois iguales.
Al yagui se le hizo eterna la caída. Con sus doscientos kilos además iba a ser dura. Se desorientó un poco al impactar y se tambaleó al intentar incorporarse. Entre el polvo levantado y la neblina que goteaba de su ojo, pudo ver una figura enorme que avanzaba. Supo que sonreía, pues era el tipo de muecas que solía ver todos los dilaikas en el espejo. Malabestia mostraba algunas heridas profundas y varios desgarrones menores. Había recibido tres disparos en el torso y le goteaba la sien. Pero sonreía. El yagui sintió por vez primera el miedo que debían sentir sus víctimas al verlo aparecer.
–Me piro –dijo Púlsar, mientras se alejaba, cauteloso–. Casi mejor os dejo solos.
Mala aplastó la zarpa con la que trataba de incorporarse. Aulló al cielo, complacida de aquél regalo. Y tras una carcajada triunfal, se lanzó para destriparlo.

viernes, 28 de febrero de 2014

Pollito Wars: Filii Belli (5)

Continuamos con el fanfic, aunque cambio la hora de media noche a más o menos medio día. El próximo, en cuatro días, que esta parte es más corta, pero más intensa.


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Filii Belli.

Segunda parte:

Malabestia estaba ante los dos yagui, que la miraban sorprendidos. Su compañero había caído brutalmente despedazado por las salvas del rifle termal y ante la visión de la muerte, la semiyagui había sido incapaz de contenerse y había bajado corriendo para encontrarse con ellos. Tenía todo el vello erizado, incapaz de contener la ira. Le costaba mucho trabajo no lanzarse contra los dos, pero la parte racional que aún funcionaba le gritaba desesperada de la locura que quería acometer su lado bestial.
–Mira lo que tenemoss aquí –dijo uno de los dos, sonriendo, a pesar del guiñapo sanguinolento de su izquierda–. Una basstarda.
–Oooh, ¡y hasta ess bonita! –chanceó el otro, relamiéndose con descaro–. Podríamos llevarla dentro.
–¡A mí ya me pessan los huevos de no descargarlos! –siguió el primero, agarrándose la entrepierna obscenamente–. ¡Ven nena, que ve voy a hacer disfrutar!
Las palabras habían tenido efecto en Mala. Estaba recordando una época que no le gustaba demasiado. Una época en la que se burlaban de ella, en la que buscaba algún consuelo en aquella figura silenciosa y triste que se mecía ante el enorme ventanal. La época en la que su propia familia la despreciaba y que tan sólo su madre trataba con ternura. La misma que había sido secuestrada añolaikas atrás y que tras muchos periplos y abortos forzados, había conseguido escapar con aquella enorme criatura en su vientre.
Poco a poco, Mala fue acallando sus quejas, hasta que sólo quedó la Bestia. Y ésta, sintiéndose liberada y sin restricción, rugió de siniestra satisfacción, tan alto que McQuarry y Púlsar la escucharon aterrados a pesar de la distancia.

Los yagui habían notado cómo se le afilaba la cara. Cómo su pose perdía altura para mejorar la estabilidad. Cómo sus pupilas se cerraban y ardían muy familiarmente. Antes de que hubieran podido alzar sus armas para derribarla ya había llegado hasta uno de ellos. Agarró su arma y la apuntó contra su cabeza, impidiéndole el disparo. La soltó, esperando derrotarla cuerpo a cuerpo, pero ella ya había lanzado varios zarpazos. Arrancó la armadura pectoral casi sin esfuerzo y antes de que pudiera reponerse, le hundió las garras en el vientre y el cuello. El yagui rugió de dolor y estupor al sentir sus tripas revueltas con violencia. Malabestia se sumó al bramido con sus propios pulmones, para después arrancarle los intestinos con un brutal tirón, desparramando sangre y vísceras por doquier. Mientras aún perdía la vida, lo levantó rugiendo todavía y lo estrelló de cabeza contra el suelo, rompiéndole el cráneo y el cuello. El otro no se lo creía. Nunca se había encontrado una opositora tan formidable, excepto en algún combate dentro de su misma sociedad. Pero aquello eran niñerías. No es que alguno no muriera de vez en cuando, sino que ninguno moría de una forma tan brutal. Retrocedió dos pasos, llamando a sus refuerzos. Disparó cuando Mala dio dos pasos hacia él y no soltó el gatillo mientras se acercaba. La mala puntería del pirata era patente y el retroceso y el miedo hicieron el resto, aunque algunos disparos acertaron. Aún herida por los disparos, destrozó el gran fusil de un zarpazo, mientras que con la otra zarpa atacaba el hombro derecho de su contrincante, que aulló de dolor. Le propinó un rodillazo en la entrepierna que le hizo saltar lágrimas, para levantarle la barbilla y sin pensárselo en absoluto, hundir sus colmillos en el cuello del yagui, que al tratar de gritar aterrado sólo pudo emitir un gorgoteo. Al escuchar cómo se acercaban más desde el interior de la destrozada nave, Malabestia arrancó la tráquea retirando la cabeza de su enemigo caído de un tirón y gruñó. Cómo aún parecía vivo, alzó un puño y de un certero golpe le reventó el cráneo, justo antes de lanzarse contra los recién llegados con una furia desconocida.

–¡Vamos Púlsar! –McQuarry corría cómo un diablo, mientras el ardillamativo le seguía nervioso, teniendo que dar muchos más pasos que él–. ¡Tenemos que apoyarla.
–Sí sí –replicó el ardillamativo, siguiendo el ritmo–. Ya podría habernos esperado un poco...
Llegaron hasta las inmediaciones de la nave y al ver la situación dudaron. Malabestia acababa de reventar el cráneo de uno de los piratas de un puñetazo y al ver aparecer a nuevos enemigos, se había lanzado contra ellos. Ni el sargento ni Púlsar podían competir con ninguno de ellos cuerpo a cuerpo sin ayuda. McQuarry divisó algo en una de las rocas de su derecha. Era la ametralladora de Malabestia, que había abandonado para enfrentarse cara a cara con ellos.
–Púlsar, sube ahí y abre fuego a mi señal.
Mientras su subordinado corría nervioso hasta la posición, él se colocó a la izquierda, desplegando el rifle termal y colocándose para tener un tiro cómodo. Malabestia ya combatía cuerpo a cuerpo con una fiereza que no se la conocía nadie, aunque nadie la conocía demasiado. Ellos eran cuatro y ni siquiera ella podría con todos, tal y cómo pensó el sargento, así que tras indicarle con un gesto a Púlsar que disparara después de que lo hiciera él, abrió fuego contra el más alejado de ella, tratando de no dañarla. Después de varios disparos, que lo desmembraron, la ametralladora tronó, provocando extraños ecos. Los yaguis, al sentirse flanqueados dudaron y Malabestia hundió sus garras sobre el más cercano y lo abrió de un violento movimiento hasta la cintura. Cayó con las blancas costillas asomando por la herida, que era un roto plagado de sangre, músculos y nervios destrozados, mientras ella se abalanzaba sobre el otro y comenzaba a desgarrarlo furiosamente. El tercero se había lanzado hacia la roca donde estaba Púlsar y trepaba con furia. Al sentirlo llegar, el ardillamativo plegó el bípode y trató de hacerse hacia atrás, más ya era demasiado tarde. Lo tenía delante, con las garras libres y rugiente expresión en su rostro. Se preparaba para destripar a aquél molesto insecto mientras McQuarry se maldecía por no tener un tiro claro hasta él.