miércoles, 10 de octubre de 2012

Libertad 4. Dulce emancipación.

Las explicaciones están al final del post, después de la lectura.




Avanzaron sigilosamente hasta un recodo, de donde salían voces airadas y un hombre lloriqueaba con las manos en la entrepierna. Se asomaron con cautela a la esquina y se sorprendieron mucho de lo que vieron al otro lado; una mujer de grandes ojos verdes y rubia cabellera, que estaba plantada en toda su pequeña grandeza ante cuatro amenazadores hombres. Más bien tres amenazadores hombres y un pobre desgraciado que acababa de comprobar por qué no hay que acercarse a una delgada mujer que sujeta un soplete de fusión con el ánimo de usarlo.
–¡Maldita bruja! –escupió uno de ellos, sin apartar la vista del chisporroteante aparato–. ¡Veníamos a que nos devolvieras el dinero, pero ahora pasaremos un buen rato a tu costa!
–No os voy a devolver nada, bastardos –dijo ella, sin arrugarse–. ¡No me pagasteis por el calibrador de fuerza!
Hubo un momento de duda. El que parecía el líder de ellos miró a los otros sin llegar a creérselo.
–¿De qué coño hablas? –dijo, todavía sorprendido–. ¡Te pagamos para que nos reforzaras los conductos de escape de nuestras swoop y ayer explotó una de ellas!
–¿Ah sí? –dejó la de mantener guardia, mientras trataba de recordar, hasta que se le iluminó la cara, aliviada–. ¡Claro! ¡Vosotros me pagasteis bien lo acordado! ¿Quién coño me debe dinero?
Los matones no daban crédito a lo que sucedía. Los gritos del caído habían cesado y tan sólo lloraba desconsolado ya. Por su parte, Jeriaebrek habia comenzado a escalar la pared con gran habilidad a pesar de su edad. Ilvael y él habían ideado una pequeña treta para sorprenderlos a todos.
–¡Me da igual quién no te pague! –estalló por fin el matón alfa, fuera de sí completamente–. ¡Nos vas a pagar lo que le has hecho a Yon! ¡Ayudadme a sujetarla!
Avanzaron los tres, dos por los flancos y el líder por el medio. Por su parte, la joven agitó de nuevo el soplete, pero el matón le agarró la mano, mientras el otro la hacía tropezar. Sin embargo, ella soltó la herramienta en la cara del de su izquierda, que gritó de dolor y se apartó con violencia. Aprovechó ella para agarrar un trozo de palo y golpear al líder, que la había cogido de las piernas y luchaba por abrírselas. Después de dos golpes en la cabeza, aflojó un poco la presa, lo suficiente como para darle una patada en el hombro. Sin embargo, el que sujetaba su derecha le arrancó el arma de las manos y apresó su otra mano. El líder terminó de colocarse dolorido.
–Ahora verás, puta de los cojones.

–¿Disculpen? ¿Disculpen señores? –Ilvael había aparecido con mucha calma al ver que las cosas se ponían tan feas–. ¿Qué está pasando aquí?

Ambos le miraron, sin soltar a su presa. Vieron que llevaba un tubo largo y de siniestro aspecto. Lo empuñaba cómo si se tratara de un arma.
–No la sueltes –dijo, a su subordinado, que apretó con más fuerza–. Mira anciano, más te vale que vuelvas por dónde has venido, o mi banda se encargará de hacerte sufrir. Yo te haré sufrir.
–No, no lo creo –comentó, antes de alzar y apuntar–. Dejadla.
–Viejo, eso es un tubo. No nos engañas.
Ilvael se sintió abatido. Miró disgustado el trozo de plástico negro y lo tiró a un lado con cara de fastidio.
–Cielos, pensé que no había tanta luz –dijo, llevándose las dos manos a los bolsillos de la cazadora–. En todo caso, no estoy desarmado.
–¿Y qué vas a sacar, un trozo de desagüe? –chanceó el motero, mientras se ponía un puño corelliano en los nudillos–. Estás jodido, viejo.
–¿De veras crees, mocoso impertinente que voy a venir desarmado al barrio Azul?
Algo hizo un leve ruido detrás. Jeriaebrek había saltado con suavidad hasta la joven y el otro matón que quedaba entero. Con la misma suavidad había cogido al matón de las solapas y lo había lanzado contra el que se retorcía en el suelo agarrándose la cara.
–Otra cosa, es con qué esté armado –dijo Ilvael, mientras se acercaba al matón, que había retrocedido en dirección a la pared–. Porque con él, no suelo necesitar muchas armas. Ninguna, de hecho. Y ahora, ¿te parece que te atice un rato?

El motero le lanzó un directo a la cabeza, que Ilvael desvió con facilidad. Agarró el brazo y lo retorció, hasta que el matón besó el suelo. Antes de que se repusiera, con un único golpe, le partió el codo. Ni siquiera gritó, porque no podía articular palabra de lo sorprendido que estaba. Y antes de que pudiera siquiera empezar a llorar por su codo reventado, una mano le levantó la cara un un puñetazo rapidísimo lo noqueó.

–Ya está bien, Ilvael –dijo, mientras ofrecía una mano a la joven y la ayudaba a levantarse–. No creo que intente nada más.
–Es imposible divertirse un poco cuándo voy contigo –estaba arrodillado junto al inconsciente, quitándole el puño corelliano–. Vaya, es una buena pieza. Y no la ha llenado de oro ni calaveras ni mariconadas similares. Me la quedo.
Se quedaron en silencio un momento mientras ella se arreglaba la ropa, que se le había descolocado. Sin decir una palabra, agarró su soplete de fusión y pateó la entrepierna del que había derribado Jeriaebrek. Después, con una curiosa sonrisa en su cara, se giró hasta llegar a los dos hombres, que la miraron con un poco de desconfianza. Habían escuchado la conversación y aunque ellos no deberían haber actuado así, no se les pasaba por alto que le había frito los huevos a uno de ellos por un despiste.
–Supongo que tendré que darles las gracias –dijo, con una voz suave y un poco extraña –. Jejejejejejeje. ¿Quieren pasar?

El lugar era amplio, mal ventilado y muy bien iluminado por docenas de luces. Tenía una gran puerta de garaje, varias motos swoops aparcadas y entre los montones de casquería mecánica, se avistaba la proa de un Z-95. En un rincón, alejada de las mesas de trabajo y las herramientas, había una cocina, con fogones limpios y varios trastos para hacer comida suficiente como para subsistir.

–¿Té o café? –dijo ella, mientras sacaba lo adecuado–. Me temo que no tengo muchas variedades.
–Con un café estará bien, gracias –dijeron ambos a la vez. Eran de gustos fijos.
Puso a calentar agua, mientras rebuscaba a la caza de las bolsitas adecuadas.
–¿Dónde se habrán puesto las muy puñeteras? –dijo, distraída–. Vamos, salid, que nadie os va a echar agua hirviendo por encima. ¡Jajajajajaja! Ilusas...
Ambos se la quedaron mirando con una mezcla de sorpresa y terror a lo desconocido. Mientras, ella encontró lo que buscaba y rió de nuevo cómo una maníaca, antes de dedicarles atención de nuevo.
–Me llamo Zetha –dijo de pronto, cómo si se acordara de pronto de las convenciones sociales–, pero de momento, Señorita Greusse.
–Él es Jeriaebrek, a secas –dijo Ilvael, con cierta guasa–. Por mi parte, Ilvael, pero de momento, Don Ilvael.
–¿Don? ¿Qué eres dos colas, un mafioso?
–¿Eh? –Ilvael no sabía por dónde tirar. Aquella conversación lo había cogido desprevenido–. ¿Qué?
–Mi tonto amigo, lo que viene a decir es que se llama Ilvael –concilió Jeriaebrek, que había tenido bastante de aquello–. Decía antes de entrar que se dedica a arreglar lo que encuentra y que esos hombres venían a hacer una reclamación.
–¿Hombres, reclamación? –Zetha paso sus enormes iris esmeralda de uno a otro, confundida, hasta que comprendió–. ¡Ah! Sí, claro. Esos hombres estaban acusándome de algo que no ha pasado. A ellos. Creo.
–Ya veo... –Ilvael no dejó que los disimulados codazos de su amigo le impidieran preguntar–. ¿Y siempre es así de, digamos, despistada? ¿O no está loca desde que era una zagala?

La última frase del artesano se quedó en el aire. Parecía que el ambiente se podía cortar con un cuchillo sin filo. Fácilmente. Ella se le quedó mirando con toda la calma del mundo, como si no fuera con ella el comentario y estuviera esperando a que dijeran algo. Al antiguo jedi le dio un mal pálpito y empujó sigilosamente usando la fuerza el soplete de encima de la mesa. Con cuidado, lo bajó hasta el suelo y lo metió debajo del mueble, por si las moscas.

–¡Qué va, hombre! –gritó, de pronto, provocando que ambos hombres saltaran en la silla, con el corazón en la tráquea–. ¡Mi estado es completamente normal, si consideramos..!
Se calló de pronto, al oír la tetera silbando como loca. Fue para allá mientras los dos amigos se reponían y recuperaban la compostura perdida.
–¿Consideramos? –Se aventuró a decir Ilvael, con cara de circunstancias–.
–¿Eh? Ah –parecía despistada, con la tetera en las manos y vertiendo el agua en las tazas frente a ellos–. ¿Azúcar?
–Sí, por favor –dijo Jeriaebrek, cogiendo su taza al ver que Zetha se daba la vuelta. La olió y se giró a Ilvael–. Es poleo.
Ilvael inclinó la cabeza para mirar, pero se enderezó antes de que se girara.
–¿En qué estaba? –dijo Zetha, mientras volvía con el salero, lo dejaba y agarraba el azucarero–. ¡Ah, sí! Los vapores.
–¿Eh?
–Solía ser ingeniero en un buque de guerra –dijo, para sorpresa de sus dos invitados–. En un crucero ligero, el Céfiro.
–Qué nombre tan raro para un crucero imperial.
–Lo sé. Pero era rápido y muy maniobrable, a pesar del tamaño. Un Bayoneta precioso, de imponente línea y contundente armamento.
–¿Y cómo es que estás aquí? –Jeriaebrek estaba realmente interesado. Y además, le gustaba el poleo–. ¿Expulsada?
–¿Aquí? –preguntó extrañada Zetha–. ¿Dónde he ido?
Se hizo un silencio incómodo.
–¡Aaah! –hizo ella, al darse cuenta–. Bueno, tiene algo que ver que le partiera una llave en la cabeza a un oficial...
–Ya.
–Y que luego aplicara el soplete en su...
–Vale –los dos se retorcieron en sus asientos–.
–Fueron muy desagradables conmigo, así que tuve que hacerlo –suspiró, aparentando cordura por un momento–. Me licenciaron con deshonor, aunque siendo mujer me podría haber pasado algo peor, pero claro, cómo mi familia tiene algo de peso...
Ilvael y Jeriaebrek cayeron a la vez en la cuenta. Greusse era una importante familia coruscantí, de mayoría humana y que había estado siempre muy ligada a la Armada Republicana. No se habían dado cuenta, pero aquella muchacha bien podría ser un as en su campo.
–Tengo un trato para usted, señorita Greusse –dijo Ilvael, sonriendo–.



Con un día de retraso os traigo la nueva entrega, presentando a Zetha Greusse, personaje creado por Platov para el Emancipador. Muchas gracias por tu colaboración, espero que te guste la presentación.

Por otra parte, me estoy dando cuenta de que igual son un poco largas, pero mantendré el formato, para dejaros a todos igual.


Por cierto, como podréis ver arriba, ha cambiado la cabecera. La imagen está sacada del juego Mount&Blade: Warband con el mod Brytenwalda, que sustituye el mapa de juego original por la Gran Bretaña del siglo V. Muy recomendable.

En pequeñajo para subcultura y a tamaño natural para Blogspot.

jueves, 4 de octubre de 2012

Todos con la Marca del Este

Leo esta mañana en el blog de Pifia d100 la putada que les ha ocurrido a los creadores de la Marca del Este. No tengo mucho tiempo, así que os dejo con la noticia directa en su blog.

Después intentaré editar para comentar algo, pero no prometo nada.

martes, 2 de octubre de 2012

Libertad 3. Dulce emancipación.

Las explicaciones están al final del post, después de la lectura.


-¡Disculpad! -Se acercó, aminorando la velocidad porque las caras que pusieron eran inequívocas.
-No, no queremos otro maldito ungüento milagroso. -Nomaie había sido asaltada por varios vendedores y uno ya se había llevado un regalito a casa.
-No se trata de un ungüento ni nada similar, pero soy médico y sé que le pasa a vuestro amigo.
La joven y el ex-jedi se miraron un momento y a la vez se volvieron hacia Ilvael.
-¿Quieres que te atienda? -Dijeron a la vez.
-¡Lo que sea, pero que lo haga ya!
Sin decir una palabra más, se acercó hasta su espalda, le agarró con firmeza de la cadera y metió el cuello bajo la axila. Justo cuándo Ilvael pensaba que era un farsante, estiró poco a poco, con fuerza y decisión, hasta que se pudo escuchar el perceptible crujido de su columna. El twi'lek dio un grito corto y uno un poco más prolongado, pero más suave cuando el joven médico mantuvo el estiramiento mientras tocaba en la zona que estaba afectada. Cuándo notó lo que buscaba, dejó de hacer fuerza y se retiró poco a poco, con una mano en el hombro de su paciente, por si tenía que sostenerlo.
-En principio ya no debería doler tanto. -Dijo, mientras lo soltaba y le miraba a los ojos directamente. -O sea, te va a seguir doliendo, pero no será tanto y en un par de sesiones debería pasarse.
-Pues... -Se masajeó la espalda. Y sonrió. -Pues es cierto. No duele, bueno, no como antes. ¡Y yo pensando que sería una tontería! ¿Cuánto te debo?
-No, nada por favor, hice un juramento y trato de ceñirme a él. Aunque a veces no pueda. -Dijo entre dientes, desviando ligeramente la mirada.
-¿Cómo?
-Nada, nada.
-Bueno, al menos permite que te invite a una buena comida. Pareces famélico y cualquiera diría que algo asustado.
-Yo... eh bueno, la verdad es que me han... me han robado.
-¿Robado? ¿Y secuestrado no? Porque tienes pinta de llevar un par de días sin comer.
-Yo eh... No... -Era incapaz de inventarse nada. Estaba desarmado.
-Papá, no tiene porqué contar nada. -Se giró hacia él y exhibió una mirada extraña. -Todavía. Claro.

Habían dejado que Nomaie se llevara a casa a su mascota con el deslizador, mientras ellos entraban en una cantina cercana. Se trataba de un oscuro antro, a recomendación de Jeriaebrek, que decía que además de estar tranquilos y de tener buena comida, habría un poco de espectáculo. No iban a quedar defraudados.

El “espectáculo” en aquella tasca que olía a especias de mil mundos era un pequeño recinto envuelto en malla metálica, dónde dos personas combatían a golpes. Tenía mucho aspecto de no ser del todo legal, pero entretenía a los clientes y las apuestas corrían que daba gusto.
-Y... ¿Esto es un buen sitio para comer? -El médico no se lo creía. -Porque me da la sensación de que nos fueran a acuchillar.
-Tranquilo, no hay problema. Si se dedicaran a dejar que los clientes fueran acuchillados, no tendrían clientela.
-Y bueno, aquí nadie escuchará lo que no quieres que se oiga. Allá afuera parecías nerviosillo. -Ilvael adelantó la mano para coger su bebida y dio un sorbo. Tosió ligeramente cuándo el picante le abrasó la garganta.
-No, yo no...
Sus interlocutores le miraban de una forma inequívoca. Estaban deseando conocer alguna escabrosa historia. Y no los defraudó.
-Mi nombre es Kenghiro y soy médico. Bueno, o lo era hasta cierto día. Se estaba tirando un farol que no sabía cómo demonios le salía. -Uno de mis pacientes enfermó de forma inexplicable y murió. Me acusaron de mala praxis, pero sé que no cometí ningún error. El problema es que la familia del paciente es bastante poderosa y he tenido que huir.
-Bueno, reconozco que sería peor. ¿Hay recompensa por tu cabeza?
Dio un respingo en el asiento y sudó frío inmediatamente. Pero se relajó en seguida.
-Tranquilo Kenghiro, tranquilo. -Sonreía conciliador. -Me llamo Ilvael y éste es mi buen amigo Jeriaebrek.
-Encantado Kenghiro. -Lo tenía calado. De él no se pueden esconder los pensamientos. Al menos no sin esfuerzo. -Ten cuidado porque me temo que el señor achaques te va a hacer una proposición indecente.
-¿Eh? ¿Qué?
-Joder Jeria, eres un aguafiestas. -Inmediatamente puso cara de negocios, que venía a ser con los lekku cruzando su pecho y sonrisa neutra. -Verás, estoy reuniendo tripulación para una nave. Grande. Se trata de un transporte y no tengo oficial médico. Realmente, todavía no tengo ni tripulación. Si quieres ese puesto, es tuyo con sueldo habitual y extras por rendimiento mensual.
-Eh... ¿Una nave? ¿Oficial médico en una nave? -Era la oportunidad para salir de allí, pero seguía siendo un profesional. -No sé si estaría a la altura.
-Mira, un tío que desinteresadamente me arregla la espalda y que tiene esa cara de bonachón, no puede ser malo.
-¿Seguro? Quiero decir. ¿Incluso con lo que he contado?
-Mira, si me hubieran encerrado por cada vez que alguien me acusara de algo... -Contó mentalmente y se dio cuenta de que así había sido, casi siempre. -Bueno, a lo que iba. Te ofrezco un sueldo, de por ejemplo, un dos por ciento de los beneficios.
-¿El sueldo no es fijo? -Lo único que acertó a decir.
-Hombre chaval, el pago de momento es orientativo, ya que todavía no sabemos qué tipo de contrata se podría conseguir y prefiero tenerlo todo sobre seguro.
-Ah.
Se les quedó mirando a los dos, tratando de decidir sobre aquello. Coronet no lo había tratado precisamente bien y desde luego, una semana más en aquél estado y poco iba a quedar que los imperiales pudieran aceptar.
Antes de que pudiera responder, se pudo escuchar un silbato y el ligero murmullo que llenaba el local se convirtió en un clamor a media voz y silbidos de pesadumbre. Uno de los boxeadores había sido derribado y ahora le jaleaban para que se levantara de nuevo. Se incorporó y acabó por desplomarse definitivamente. Su contrincante, un gigantón de aspecto feroz y algunos tatuajes, levantó los musculosos brazos empapados en sudor antes de salir de la jaula para cobrar su parte.
– Vaya, que me aspen. – Ilvael se había quedado mirando al vencedor, que ahora se acercaba a una mesa para devorar el plato que le habían servido.
– ¿Qué ocurre? – Jeriaebrek siguió la mirada del artesano. – ¿Conocido?
– Sí, pero prefiero no hablar ahora con él –dijo, dedicándole más tiempo a su comida, que tenía aspecto poco apetitoso, pero que sin embargo era muy sabrosa–. Trabajó con Vílem hace tiempo, pero por lo que sé, estuvieron a punto de matarse.
–¿Ah sí? –Jeriaebrek se sorprendió sinceramente–. ¿Cuándo fue eso? No sabía nada de que había tenido bronca con un compañero.
–Fue durante lo de Falleen.
–Bien, ya sé porqué no he sabido de ello –comentó el maestro–. No le gusta hablar de aquello.
–Ya.
Kenghiro había escuchado atentamente todo aquello sin enterarse de nada, dedicando el resto de su capacidad a la comida, que devoraba cómo si se hubiera pasado los últimos días peleando con las ratas corellianas por la comida. Y las ratas corellianas te miran cara a cara cuando comen. Hablaron poco más, de antiguos recuerdos, antiguos amores y antiguas heridas. Por su parte, el rebelde contó un par de anécdotas de su niñez, que parecía tan lejana y habló con Ilvael acerca de los detalles del trabajo. Al terminar con la comida salieron a la calurosa tarde de Coronet y el Twi’lek le dió su dirección y una nota con instrucciones para Nomaie. Kenghiro se alegró de saber que tendría un techo sobre su cabeza hasta partir y se lo agradeció tanto que el artesano enrojeció todavía más.

–Has sido bueno con un buen hombre –comentó Jeriaebrek, mientras caminaban entre las ondas del calor expulsado por los cientos de climatizadores de la zona–. De verdad.

–¿Sí? Vaya, bueno, está bien saber que tengo buen ojo para la gente, francamente –respondió, encantado–. Y me gusta que vayas sondeando a la gente a ver si mienten o no. Me ahorra disgustos después.
–Uhm, no sé cómo tomarme eso último –apartó de una patada una caja con asco, pues dentro se pudría un “algo” que prefería no identificar–.En todo caso, espero que no fuera un intento de cuestionar la moralidad de lo que hago.
–No, no. La Fuerza me libre.
–Muy gracioso, delincuen...
No pudo seguir. De un callejón cercano acababa de llegarles un grito bastante espantoso, de hombre que acaba de perder su hombría de una forma horripilante y muy dolorosa. Aquello en el Barrio Azul de la ciudad no era tan raro, pero los dos amigos no se echaban atrás si podía haber una buena pelea y alguien en peligro.





¡Muy buenas! Siete días ya desde que publiqué la última, así que ya toca. Siento que algunos guiones no estén correctamente puestos. Me he dedicado a escribir mucho esta semana (no todo de aquí, por desgracia, pero tienen algo que ver), pero no a corregir fallos así. En todo caso, no creo que sean un problema, espera. Si detectáis fallos, por favor hacédmelo saber. Por otra parte, estoy intentando extender esto un poco. Si me hacéis el favor de compartirlo, lo agradeceré, que cuántos más lectores, más críticas y cuántas más críticas, más mejoro. Un saludo a todos y gracias por leer.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Hoy toca política.

Sé que mi anterior entrada no ha desaparecido de la portada de subcultura, pero hacen ya casi veinte horas, así que espero que no haya problemo.

Generalmente no doy mi opinión sobre política. De hecho, no voy a darla. A quién vote o deje de votar no es en absoluto tema para un blog literario o cómo prefiráis llamarlo. Pero sí que voy a opinar de la forma que se tratan las opiniones políticas en este país.

Es curioso, porque hace poco recibí la respuesta de un menguado, que debió entender lo que no era, porque me insultó a mí y a parte de mi familia de muy malos modos hace unos meses, cuándo defendí la libertad de un amigo de expresar su opinión y castigué su forma soez de expresar la suya. La cosa no fue a mayores, simplemente argumenté una respuesta y meses después me ha respondido, igual de reaccionario que al principio. Después de reportarlo a Feisbuk (interesante, porque se la suda que lo reporte, símplemente me aconseja darle al botoncito de no mantener comunicación y ya (la otra opción que me da (acoso) es la de llamar a las autoridades y me parece excesivo)), estuve pensando algunas de las cosas que vais a leer. Ahora, después de leer acerca de una opinión dada y la forma de tratarla, me he decidido.

Últimamente estoy viendo una tendencia a reaccionar violentamente contra opiniones de distinto sentido al que nos gustaría que la gente siguiera. Si alguien no piensa cómo nosotros, lo insultamos, vejamos, perseguimos y amenazamos de mil maneras distintas. No es por supuesto el caso de todo el mundo, pero empieza a ser más general de lo que me gustaría y me hace recordar fechas pasadas, en las que la gente se tomaba estas cosas así. Y luego perseguía a antiguos amigos por haber levantado el brazo de una forma o de otra. Además, parece que no hay un punto medio, o se es de un lado, o se es del otro, sin poder quedar en tierra de nadie, como siempre he pretendido. Si comentas tímidamente que cada cuál tiene derecho a expresar lo que le de la real gana, te tachan de lo contrario a lo que el "vengador justiciero" considere que es. Si él es blanco, tú negro; si él es negro, tú blanco.
Comienza a asustar ver comportamientos tan extremistas en personas a las que en cualquier otro momento podrías considerar como adultos responsables y civilizados. Una vez ví una discusión sobre si una tortilla española debía o no llevar cebolla (yo me declaro anticebollero es este concreto caso) y los adultos que me doblaban la edad casi acaban a guantazo limpio. Qué no haran, me dije, por un ideal, si deciden que es el que ha de prevalecer sobre los otros, o más bien, sobre las tumbas de los otros.
España (hablo sobre mi país, pero estoy muy seguro que puede trasladarse a otros países de habla hispana, que al fin y al cabo, somos todos hermanos y primos) es un hervidero de violencia desde hace mucho, sin necesidad de meter la política de por medio. Entiendo que es sólo otra excusa para dedicarnos a lo que nos ha unido realmente a lo largo de los siglos (pegarnos entre nosotros y tan sólo ponernos de acuerdo para pegar al vecino), pero se supone que estamos en un siglo de luces, de libertad política, religiosa (de esto hablaré en otro momento), sexual e intelectual. Se supone (supongo) que somos gente moderna, avanzada y tolerante. Se supone, que somos capaces de manifestarnos, violenta o pacíficamente, por un bien común.
Sin embargo, no tenemos problema no ya en criticar o condenar otros puntos de vista, sino de desear que desaparezcan y ejercer esfuerzos en esa dirección. Recuerdo que hace un tiempo me uní a una manifestación con la que me sentía realmente identificado. Hasta que comenzaron con insultos y consignas políticas que me hicieron agachar las orejas (cosa curiosa en una manifestación que no tenía color), por si acababa linchado. También ví simbología que no iba en absoluto con el espíritu de la protesta, pero con la que no estaba de acuerdo.
No me molestaba especialmente la simbología, o las consignas. Lo que me molestó, fue la politización de la manifestación, que era una protesta pacífica en contra de algo que no me gustaba y que no tenía puto sentido politizar.

Por si alguien tiene alguna duda, nunca he sido demasiado democrático. Creo en las libertades de cada uno y de hecho las defendería con la vida, aunque no estuviera de acuerdo con él (sí, alguien decía algo similar, pero no recuerdo quién, lo siento (la frase creo que es: "Señor, no estoy de acuerdo con usted, pero daría mi vida para que pudiera tener la libertad de seguir expresándolo", o algo así)), pero cada año que pasa estoy cada vez más convencido de que la gente, como masa pensante, no tiene madurez para votar. O vota a lo que ha votado siempre, o vota a lo contrario que le jodió, pero no busca terceras opciones (vale, en España, no hay tampoco muchas terceras opciones realmente serias, pero ahora mismo, las dos primeras opciones no son serias tampoco). Con esto no digo que la gente individualmente sea lerda, porque no. Lo es la masa y ahí está el peligro, porque es la masa la que vota. El qué dirán cala muy directo en nosotros, queramos o no. Hay gente que se libera del yugo y es capaz de formarse una opinión propia y muy loable, esté o no de acuerdo con ella.
Pero no os asustéis, que yo sea poco democrático, no quiere decir que no vea que la gente lo que quiere es democracia, así que me amoldo a lo que dicte la mayoría (igual hasta sí que soy demócrata y no lo sabía). Lo único es que no se me ocurre un sistema menos malo, como dijo cierto estadista. De hecho, el problema no es el sistema. Nunca lo ha sido, realmente. Sino la gente, las personas que estaban dentro del sistema y esta gente (sí, antes salía de un estamento social distinto, pero ahora no hay razón) sale de entre nosotros. Lo que pasa es que parece que sean siempre lo peor de nuestra sociedad (yo creo que es un fiel reflejo, pero no voy a ahondar ahora por ahí).

Uf, creo que me estoy desviando un poco del tema. Veamos.
La opinión de cada uno, es sagrada, nos parezca correcta o no. Tratar de imponer la propia o peor, tratar de silenciar la otra, no es un acto de libertad de expresión, cómo algunos parecen creer. En absoluto lo es. No es una defensa del Estado, o una defensa del Pueblo. Es un ataque a la Sociedad en su conjunto.
No caigais nunca en un bajo ataque a otra persona que no piense como vosotros. Su opinión si está bien razonada, por mucho que joda, es tan válida. Si no lo está, hay que intentar que la razone antes de realizar un ataque directo.
Nuestra libertad acaba dónde comienza la del otro. Y la del otro es tan intocable cómo la propia. Recordadlo muy bien y mirad atrás de vez en cuándo. Mirad el río de muertos que dejamos en la historia por cuestiones parecidas. Por una vez, evitemos viejos errores y olvidemos viejas rencillas (sí, todos tenemos viejas rencillas por algún lado. Si soy capaz de hacer caso omiso, vostros también podréis), evitemos lo que hemos estado haciendo con nuestros hermanos durante tanto tiempo.

Leche, que desde que existe Estados Unidos hemos tenido cuatro o cinco guerras civiles de importancia, que parece que no salgamos del foso entre unas cosas y otras.

Pensad coño, pensad por vosotros mismos.

Soy un puto mentiroso...

... se suponía que ahora trataría de ceñirme a las entregas que tocan... En fin, os presento un relato corto que envié a no me acuerdo cuál concurso y que no llegó a nada. Así mantengo el blog vivo y me preparo para la entrada 200 que está al caer.



–Estoy aquí –la figura era alta y delgada, con el rostro oscurecido, hasta el punto de no distinguirse nada de él, ni siquiera su voz–. Es la hora.
–Sí, lo sé –él estaba sentado a los pies de la cama de su hija, observándola. Su mujer no se había despertado cuando se levantó–. Yo, eh. Creo que deberíamos ir fuera. No quiero que se despierte y lo vea.
–Lo comprendo, salgamos.
Ambas figuras salieron a la fresca noche, iluminada únicamente por el cielo estrellado. La ciudad entera dormía, mientras esperaba un nuevo día, un nuevo amanecer para continuar. Un amanecer que uno de sus vecinos no llegaría a ver.
–Supongo que te habrás despedido.
–Sí, a mi manera –sonrió amargo–. Para cuando despierten, ya habrá pasado todo.
–Sí –la figura no se movía nada en absoluto, pero era aterradora en aquella oscuridad–. ¿Recuerdas lo que te dije antes de pactar?
–”Tu vida por la de ella. Nada podrás hacer para salvarte, nada podrás hacer para impedirlo” –citó, arrancando las palabras del pasado–. “Pero lo intentarás.”
La espada pendía de su costado. Lista como siempre para darle un buen servicio. Sin embargo, no llevaba ni su escudo, ni su armadura. Pero se sentiría mejor empuñándola.
–Te dejé un año –siseó, sin apartar la vista de la espada–. No te culpo por intentarlo.
–¿A dónde me llevarás?
–No puedo decírtelo –la sombra vaciló. Mucho tiempo atrás, había sido tan real como el hombre que ahora desenvainaba lentamente delante suyo–. Pero no será malo. Bueno tampoco, pero te aseguro que no es un Infierno.
–No me puedo quejar, yo lo elegí.
–Tu vida, no sólo pagó la supervivencia de tu hija –aún tenía conciencia. Aún podía hacer un último favor sin pedir nada a cambio–. Sino también por su vida más allá de la enfermedad. Vivirá sana, feliz y por mucho tiempo.
–Me alegro, gracias –alzó la espada, dio el menor perfil posible y se preparó–. ¿Comenzamos?
–Sí, no tenemos mucho más tiempo.

Al día siguiente, la luz diurna comenzó a calentar las calles de tierra, evaporando el rocío. En un rincón de la calle, había una espada apoyada contra un hombre que estaba azúl y no se movía.