domingo, 17 de julio de 2011

¡Lanza y falla! El tito Vilem dándose el leñazo padre.

Bueno. Bueno. Hace algo más de una semana, anuncié que al incicio de ésta misma, comenzaría una ronda de post diarios, sobre cualquier tema. Los primeros días, la cosa fue bien e hice incluso un par diarios. Después me relajé un poco y continué con lo mío.
Ayer no llegué a publicar nada relevante (tan sólo otra disculpa) y anuncié que hoy sin falta colocaría una actualización de Ira y un guión-prueba de folgore que estoy preparando. Sin embargo, hoy no habrá nada de eso. Si queréis una razón, sencillamente os diré que he llegado tardísimo a casa, así que comprenderéis que va a ser que no.
Eso si, no he estado de campo y playa.

Y que hoy no llegue, no quiere decir que no vaya a sacar nada mañana.

En todo caso, supongo que termina oficialmente esta "¡Semana del Gilipollas!" Haciendo cuentas, no ha habido una espectacular subida de visitas (al menos en blogger, en subcultura no tengo ni idea) aunque algo se ha hecho.

¡Un saludo!

sábado, 16 de julio de 2011

La actualización de hoy...

... no tendrá lugar. A parte, claro está de la que estoy escribiendo ahora mismo. Me he pasado el día fuera y ahora mismo no tengo ganas de na. Pero de na, na.

Mañana colocaré si acaso la nueva actualización de Ira y el ejemplo de guión para Folgore que estoy preparando como final de la Semana del Gilipollas.

viernes, 15 de julio de 2011

Ira. Prólogo (IV).


 Hoy traigo al límite del día la nueva entrega de Ira. De nuevo, espero que la disfrutéis leyendo tanto como yo la disfruto de escribir.






Ira pudo ver claramente cómo Mike peleaba con el enganche que mantenía unida la carbonera y la locomotora al resto del convoy. Había agarrado una palanqueta y golpeaba con energía los pernos de sujeción. De pronto, el convoy entró en una curva e hizo trastabillar al joven, cayendo por el lado por el que los asaltantes se acercaban. Consiguió agarrarse por los pelos a la baranda del vagón, pero quedó colgado sobre los raíles, que pasaban velozmente bajo sus pies. Intentó subir, pero no era capaz de auparse con los brazos ni de encontrar pie. Miró alrededor desesperado, mientras daba cortos gritos, más por el esfuerzo que por el miedo.
El bandolero, al ver el problema en el que se había metido el joven, picó espuelas con violencia, azotando el cuello del animal con las riendas, mientras extendía la mano derecha.
– ¡Cógete a mi mano! ¡Chico, maldita sea! – Se había inclinado mucho, alargándose todo lo posible. – ¡No puedo bajar más!
Mike alargó el brazo, pero la baranda cedió ligeramente y rozaron sus botas con las vías. Se aferró de nuevo al gimiente tubo de hierro y soltó un sollozo leve. Ira masculló algo, pasó la pierna por los cuartos traseros de su caballo y apoyó el pie izquierdo en el estribo, mientras se sujetaba a la silla con la zurda. Trataba de mantenerse en el sitio, a pesar del continúo traqueteo y el saltar de piedras, que lo incomodaban. Escupió polvo, pues su boca estaba llena y volvió a extender el brazo.
– ¡Cógete ahora! – Ordenó, con terrorífico tono. – ¡Por última vez, agárrate!
A pesar del incesante traqueteo y en parte gracias a la voz de Ira, se estiró todo lo que pudo y se agarró a su muñeca. Justo en ese momento, cedió completamente la baranda y el chico cayó. El bandolero hizo fuerza para tratar de subirlo, pero tal  como estaba fue insuficiente para otra cosa que no fuera mantenerlo alejado del suelo. El caballo, al tener todo el peso en su costado, venció hacia la derecha. Habrían dado con sus huesos en el polvo, si Ira no hubiera apoyado su bota en el vagón. Estaba entre el caballo y el convoy, abierto de piernas y sujetando tras él al chico, que aún se debatía por subir. El brazo crujió y cabecilla gruñó. En ese momento, el chico, tocó pie en el suelo, Ira soltó la pierna derecha y con el impulso, como volando tras la grupa, Mike aterrizó exactamente en la silla.
– ¡Suéltame maldita sea! – Rugió su jefe, irritado por lo ridículo de la situación y el dolor. – ¡Ahora!
El joven tembloroso le hizo caso y masculló una disculpa. Ira, a punto de salirse de sus casillas, pasó a la unión de los vagones y la emprendió a golpes con los pernos, que bajo la fuerza propinada, liberaron el convoy. El bandido, se ajustó el pañuelo y entró en el vagón, frotándose suavemente el brazo derecho, que le dolía a rabiar.
– Muy bien. El jefe ha dicho que ustedes podrán irse en cuánto terminemos. – Lo dijo en su tono habitual, aunque desmejorado por el esfuerzo que había realizado. – Lamento no poder quedarnos más, en vista de las hermosas mujeres que viajan hoy.
Un par de jóvenes muchachas se intentaron esconder de la mirada lasciva e insolente del bandolero. Las mujeres más mayores ahogaron los comentarios despectivos cuándo la mirada de serpiente pasó por el vagón al completo.
– ¡No podemos consentir este atropello! – Un joven e idealista joven se irguió, como arengando a sus vecinos. – ¡Debemos…!
Un disparo en el estómago lo derribó de espaldas, lanzándolo contra los pasajeros de atrás. El humeante Remington estaba en la mano de Ira.
– ¡Hoy estoy de humor! – Gritó, como si su audiencia fuera mucho mayor, dirigiéndose a ella con desidia. – ¡Así que ese joven es posible que sobreviva! ¡Pero no sean así, taponen la herida! Que poco civismo.
Se quedó mirando al yaciente que gemía aún, tratando de mantener dentro sus tripas. E Ira, sonrió para sí.

jueves, 14 de julio de 2011

Ira. Prólogo (III).


 Nueva actualización de Ira con motivo de esta semana del Gilipollas. Espero que os esté gustando toda esta tanda de gilipolleces varias (que me acabo de dar cuenta de que en Subcultura hay un post de más, aunque nada serio), porque aunque a veces voy un poco ajustado de tiempo, en general estoy contento porque todos los días hay al menos una entrada, sea de lo que sea.







– Hijo, será mejor que dejes a ese hombre. – Uno de los alguaciles se había agachado para poder convencer con calma a los muchachos. – Si lo sueltas ahora, seréis perdonados.
Mike tenía al pasajero agarrado por el cuello y lo echaba hacia atrás, arruinándole la camisa, de la que saltaban botones. Su Colt Navy cromado, gemelo del de su hermano, apuntaba con un leve temblor al hombre, que bajo el mostacho y los ojos grises, sonreía. El joven parecía dudar bajo el pañuelo que ocultaba su identidad.
Tom se le adelantó y descerrajó un par de tiros más, de nuevo a una velocidad asombrosa para usar un simple acción con una sola mano. El alguacil se distrajo y la mano de Mike dejó de temblar. Al del mostacho, lo último que le pasó por la cabeza fue una bala del .36, que le reventó el occipital y dejó trozos de cerebro por todo el vagón. Inmediatamente, amartilló de nuevo y acertó a otro más, mientras su hermano saltaba de su cobertura y abría fuego contra otros cuatro. Entre los gritos y lamentos, recargaron con calma, al no encontrar más oposición.
– ¡Señoras y caballeros! – Mike disparó de nuevo para atraer la atención. – ¡He dicho atención! Gracias.
– Como habrán adivinado, esto es un asalto. – Continuó Tom, sonriendo bajo el ajedrezado que tenía sobre la cara. – Así que por favor, deseamos que depositen todo lo que puedan llevar de valor en los sacos que mi hermano les entrega a los primeros de la fila.
– Yo ahora me iré a convences a los amables maquinistas de que lo mejor es hacernos caso. – Se giró y le dio un golpecito en el pecho a su hermano. – Espero comprendan que Tom se queda con ustedes por si alguno intenta alguna cosa. Excuso decir que puede matar a seis de ustedes antes de caer.
El moreno se agachó, agarrándose el sombrero con la zurda y recogió uno de los revólveres que había por el suelo. Lo cargó de nuevo con los cartuchos de se dueño y volvió a apuntar a los pasajeros.
– Ahora puedo cargarme a doce. – Todos notaron una mueca cuándo hizo un gesto con el arma derecha. – No se olviden de los cartuchos, que van caros.

miércoles, 13 de julio de 2011

Ira. Prólogo (II).

Por fin la nueva actualización de Ira. Después de tanta tontería ya podéis seguir leyendo.








Ira, ya está casi aquí. – El chico, de apenas veinte años de edad, se volvió sonriente a su jefe. – El par no debería tardar en ponerse en acción.
– Más les vale… – Comentó, lúgubre. – ¡A los caballos!
Se colocaron los pañuelos al cuello y esperaron a que la locomotora pasara velozmente por su lado. Espolearon a sus monturas ante las atónitas caras de los fogoneros mientras comenzaban con los gritos y algún disparo aislado, acercándose todo lo posible al tren.

Los pasajeros se agacharon al escuchar los tiros y se pudieron oír gritos de terror, tanto de mujeres como de hombres. Los que no se cubrían hacían exactamente lo contrario. Algunos hombres, que no eran otra cosa que guardias de alquiler, de los que la guerra había producido en masa, se dispusieron a repeler el ataque. Ira pudo ver como uno de ellos abatía al joven de delante con maestría. Por eso nunca era el primero. Al primero lo solían cazar mucho, con facilidad. Apuntó con calma su Remington del 58, rayado y de aspecto gastado y derribó de un certero tiro al que acababa de disparar. Cambió a la otra mano para disparar con el su Colt Army, que ya estaba amartillado y alcanzó a otro, que había disparado un par de veces en su dirección. Sonrió con calma al ver el jaleo que comenzaba a montarse en el interior del vagón. El par acababa de llegar.

De la puerta que conectaba la primera clase, aparecieron dos jóvenes, muy muy jóvenes, que incomodaron a todos con sus gritos.
– ¡Todo el mundo con las manos en alto!
Un par se giraron. Otro par rieron estruendosamente ante el ruego de los chicos. Todos dejaron de sonreír al ver que los dos empuñaban armas y daban muestras de haberlas usado. Al ver que los hombres comenzaban a apuntarles, el rubio interpuso a un hombre para cubrirse. El moreno, se lanzó a la izquierda disparando con rapidez.
– ¡Nunca nos toman en serio Tom! – Dijo el rubio, después de obligar a su escudo a arrodillarse. – Deberías hacérselo pagar.
– ¡Ya lo veo ya! – Dijo el moreno, que recargaba en las rodillas de un pasajero, que yacía desmayado a causa del codazo que le habían propinado. – ¡Vamos a enseñarles Mike!