martes, 12 de julio de 2011

Temario de Técnico en informática.






Fullas y demás mentiras.

Estafas y coladas (cuenta doble).

Cómo montar tu tienda y hacerla quebrar en una semana (cuenta doble).

Engaños, desvaríos y malmontaje.

Morirse de hambre a pesar de haber estudiado una profesión.




No necesitáis más.

lunes, 11 de julio de 2011

Ira. Prólogo.

 Una primera entrega algo corta. pero sentida. Se trata de algo que llevo rumiando un tiempo. Siempre me ha gustado el rollo del Oeste, las pendencias y su violencia. Así que voy a plasmar un poco de eso a partir de ahora. Disfrutad!



 

El tren avanzaba veloz atravesando el espeso polvo, rodeado por el desesperante calor del desierto. Un valle extenso que sólo se rompía por aisladas rocas  y la  visión de unas lejanas montañas. El infierno del exterior, no tenía nada que envidiar de lo que ocurría en la locomotora, un moderno aparato capaz de cruzar aquello a una velocidad asombrosa. Los fogoneros descansaban, resoplando a causa del calor de la caldera, que ardía intensamente gracias a su trabajo, que no era poco en aquellas condiciones.
En los vagones, los pasajeros trataban de relajarse y de protegerse de la asfixiante temperatura. En primera clase, unos perezosos ventiladores ayudaban a las bebidas frías que servían los ajetreados camareros, mientras que en los otros vagones, el más afortunado disponía de un abanico chino. El resto se apañaban como podían, en su viaje al Oeste. El Oeste, del que todos habían conocido sus historias y todos sabían de los riesgos. Pero nadie se imaginaba que les fuera a pasar a ellos.

Ocho jinetes esperaban tras una de las rocas del valle. De variopinta vestimenta y mala catadura, portaban armas como para montar un ejército y algunas de ellas salían de allí, con la guerra tan cerca. Los comandaba un hombre, de aspecto siniestro y terrible, que hacía llamarse Ira. A pesar del asfixiante calor que hasta a los caballos hacía resoplar, vestía muy cubierto y de negro, tocada su cabeza por el sombrero de amplia y recta ala.
– Muy bien muchachos. – Su voz, como una cuchilla de afeitar que pasara por el cuello de sus seguidores, se hizo oír por encima del estruendoso silencio del desierto. – En unos minutos pasará por aquí. Ya sabéis que hacer.
Los hombres sonrieron, malévolos. Ira, les mostró la sonrisa de una serpiente y se volvió al escuchar el distante y monótono sonido de la locomotora acercándose.
– Ya casi tenemos nuestros sueldos.

¡Da comienzo la Semana del Gilipollas!

Bueno, hoy empieza, hasta el Domingo, una semana entera de post diarios (a razón de un post por día, aunque pueden ser más). Si esto sale bien, el año que viene por estas fechas lo repetiré, pero de momento ya os aviso de que la actualización de hoy (no es esta, no soy tan cabrón) será algo tardía, cuándo finalice el MOOOORTAL KOOOMBAT! por el control del pc.

Saludos!

viernes, 8 de julio de 2011

¡La semana del Gilipollas!

¡Muy buenas! Hoy, que estoy de buen humor y con ganas de pegarme un tiro literario, he decidido anunciar la Semana del Gilipollas.

Semana, porque será una semana de posteo diario sin interrupción.
Gilipollas porque lo soy, anda que organizar algo así cuándo no tengo tiempo...




Eso si, no he dicho de que será el post. Esperáos cualquier tontería. O nuevas actualizaciones.

miércoles, 6 de julio de 2011

Bill Red. ¡Guerra! (III).

He vuelto! Otra vez.

Hoy vengo para traeros la tercera y corta entrega de Bill Red en sus andaduras en el frente francés. Hay un par de frases en irlandés. No creo que me pase, pero si alguno de los que me leen saben algo, no seáis malos. Que tengo que andar echando mano de traductor.
En fin, espero que lo disfrutéis.





Bill vio venir una sombra entre el humo, que se comenzaba a dispersar y disparó. La figura desapareció y sonrió. Otra sombra, con la que repitió el proceso. La tercera ya no tuvo la certeza de que fuera suya, porque en la trinchera tronaba ya el fuego continuado de la fusilería aliada y los gritos del sargento para indicar blancos, comenzaron a escucharse casi al mismo tiempo que la artillería ligera, propia comenzaba a disparar contra los atacantes. El nuevo y poderoso estruendo llenaba de satisfacción los corazones aliados, en lugar del temor anterior. Los alemanes heridos gritaban como cerdos en el matadero y algunos de los soldados voluntarios les coreaban como si así lo fueran.
Un casco alemán apareció rodando entre el espeso humo que se levantaba por las explosiones. Bill lo apartó con el cañón y gruñó, mareado por el olor a pólvora y muerte, que ya inundaba todo el valle. Le escocían los ojos y los oídos se le apretaban contra la mandíbula, que le dolía a causa del retroceso del arma. No sólo la boca, que ya sangraba ligeramente, sino el hombro y la espalda le estarían torturando si no fuera por que la urgencia le obnubilaba completamente, además del humo. Escupió un poco de rojo y continuó disparando a todos los objetivos que pudiera ver. Que no eran demasiados. Porque no veía una mierda.
Bajó un momento para respirar algo del pútrido aire del fondo de la trinchera, que era algo más respirable que el que había fuera. Casi antes de que se terminara de agachar, un oficial, con estridentes chillidos en francés, le azotó repetidamente con una vara.
– Muc salach! – El norteamericano estaba airado y se le escapó el insulto en irlandés. No le gustaba que le pegaran y menos aún alguien que no era capaz de hablar su idioma con un tono claro. – Téigh bhuail do mháthair!
Volvió a su puesto todavía enfadado, ciscándose en el oficial que ahora hacía amigos en otra parte y recibía insultos en varios idiomas.
Disparaba de forma mecánica, sin cambiar las alzas de 0 y casi sin apuntar, por que ya no era capaz ni de ver la punta de su propio fusil. Pausaba un momento para introducir cada nuevo peine hasta que se le acabaron y aquellos momentos de recarga se hacían cada vez más largos, porque apenas atinaba a introducir las balas en el arma. Maldijo.
Una eternidad después de comenzar con la ofensiva, los alemanes perdieron fuelle y sus hombres comenzaron a chaquetear entre el humo y los muertos. Desde las trincheras aliadas, salieron vivas y risas, así como disparos para abatir a los que aún se distinguían. Bill y Sam se reconocieron entre el humo y se dieron un apretón de manos, mientras el incombustible sargento recorría la trinchera.
– Muy bien chavales, fenómeno. – Decía King. – Me alegra que no tenga ya que estar encima de vosotros para que disparéis como toca. Casi nunca.
– Les hemos dado suficiente para varios meses. – Comentó el llamado Keeper, bajito y despierto. – ¡Así no vuelvan!

Y aquella mañana no volvieron. Ni por la tarde. Ni los días siguientes.