¡Muy buenas! Hoy, que estoy de buen humor y con ganas de pegarme un tiro literario, he decidido anunciar la Semana del Gilipollas.
Semana, porque será una semana de posteo diario sin interrupción.
Gilipollas porque lo soy, anda que organizar algo así cuándo no tengo tiempo...
Eso si, no he dicho de que será el post. Esperáos cualquier tontería. O nuevas actualizaciones.
viernes, 8 de julio de 2011
¡La semana del Gilipollas!
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Conciencia.
miércoles, 6 de julio de 2011
Bill Red. ¡Guerra! (III).
He vuelto! Otra vez.
Hoy vengo para traeros la tercera y corta entrega de Bill Red en sus andaduras en el frente francés. Hay un par de frases en irlandés. No creo que me pase, pero si alguno de los que me leen saben algo, no seáis malos. Que tengo que andar echando mano de traductor.
En fin, espero que lo disfrutéis.
Bill vio venir una sombra entre el humo, que se comenzaba a dispersar y disparó. La figura desapareció y sonrió. Otra sombra, con la que repitió el proceso. La tercera ya no tuvo la certeza de que fuera suya, porque en la trinchera tronaba ya el fuego continuado de la fusilería aliada y los gritos del sargento para indicar blancos, comenzaron a escucharse casi al mismo tiempo que la artillería ligera, propia comenzaba a disparar contra los atacantes. El nuevo y poderoso estruendo llenaba de satisfacción los corazones aliados, en lugar del temor anterior. Los alemanes heridos gritaban como cerdos en el matadero y algunos de los soldados voluntarios les coreaban como si así lo fueran.
Un casco alemán apareció rodando entre el espeso humo que se levantaba por las explosiones. Bill lo apartó con el cañón y gruñó, mareado por el olor a pólvora y muerte, que ya inundaba todo el valle. Le escocían los ojos y los oídos se le apretaban contra la mandíbula, que le dolía a causa del retroceso del arma. No sólo la boca, que ya sangraba ligeramente, sino el hombro y la espalda le estarían torturando si no fuera por que la urgencia le obnubilaba completamente, además del humo. Escupió un poco de rojo y continuó disparando a todos los objetivos que pudiera ver. Que no eran demasiados. Porque no veía una mierda.
Bajó un momento para respirar algo del pútrido aire del fondo de la trinchera, que era algo más respirable que el que había fuera. Casi antes de que se terminara de agachar, un oficial, con estridentes chillidos en francés, le azotó repetidamente con una vara.
– Muc salach! – El norteamericano estaba airado y se le escapó el insulto en irlandés. No le gustaba que le pegaran y menos aún alguien que no era capaz de hablar su idioma con un tono claro. – Téigh bhuail do mháthair!
Volvió a su puesto todavía enfadado, ciscándose en el oficial que ahora hacía amigos en otra parte y recibía insultos en varios idiomas.
Disparaba de forma mecánica, sin cambiar las alzas de 0 y casi sin apuntar, por que ya no era capaz ni de ver la punta de su propio fusil. Pausaba un momento para introducir cada nuevo peine hasta que se le acabaron y aquellos momentos de recarga se hacían cada vez más largos, porque apenas atinaba a introducir las balas en el arma. Maldijo.
Una eternidad después de comenzar con la ofensiva, los alemanes perdieron fuelle y sus hombres comenzaron a chaquetear entre el humo y los muertos. Desde las trincheras aliadas, salieron vivas y risas, así como disparos para abatir a los que aún se distinguían. Bill y Sam se reconocieron entre el humo y se dieron un apretón de manos, mientras el incombustible sargento recorría la trinchera.
– Muy bien chavales, fenómeno. – Decía King. – Me alegra que no tenga ya que estar encima de vosotros para que disparéis como toca. Casi nunca.
– Les hemos dado suficiente para varios meses. – Comentó el llamado Keeper, bajito y despierto. – ¡Así no vuelvan!
Y aquella mañana no volvieron. Ni por la tarde. Ni los días siguientes.
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Bill.
miércoles, 22 de junio de 2011
Bill Red ¡Guerra! (II).
Vaya, que cortita es esta entrega. Bueno, superamos un mes de bache y retomo las actividades acostumbradas.
Mardito roedore.
Bill se había agarrado a su fusil y apretaba fuertemente los ojos. Ya había estado en más de un bombardeo y no tenía ganas de ver lo que estaba por venir. El primero le entusiasmó, el súbito bramido de los proyectiles estallando era emocionante. Pero ya no lo era. Ya no. Porque recuerda perfectamente lo que viene tras los obuses, en especial los gritos. Y la carnicería. La primera vez que la vio, le sobrecogió y desde entonces procuraba no mirar demasiado.
El oficial, tirado en tierra, apoyada la espalda contra la trinchera y el fusil sobre las piernas, preguntaba todavía a qué venía todo aquello. Se incorporó, ignorando el rifle que fue a parar al barro y comenzó una perorata sobre el honor y la dignidad. Al escuchar la primera palabra, el joven sonrió. Y de pronto, no lo escuchó más. El primer proyectil había caído muy cerca, lanzando al francés de nuevo al suelo, cambiando su arenga por un grito aterrado, que se prolongó durante unos segundos, mientras la descarga de artillería batía las posiciones, provocando un terrible temblor. Los soldados, agazapados, se apiñaban contra las paredes de la trinchera, para evitar que la metralla que zumbaba a ras de suelo les alcanzara. De pronto, por encima del tronar de las explosiones, comenzaron los gritos y alaridos. Aquí y allá, compañeros resultaban muertos y despedazados, aunque algunos morían sin marcas aparentes, por la fuerza de la explosión, que los reventaba.
Los artilleros alemanes dieron una demostración excelente de su buen hacer y precisión, pues los obuses caían con una frecuencia muy alta y más concentrados de lo que les gustaría a los soldados. La casamata de observación voló con un ruido seco, como de astillas al romperse y pudieron ver trozos de madera y persona que se elevaban antes de caer.
Bill se estaba preguntando, con los párpados y también los dientes apretadísimos, quién era el desalmado cabrón que traía a una niña a primera línea, pues la oía gritar por encima del fragor del bombardeo boche. Le cayó encima tierra y rocas, que debían venir con regalo, porque algunas quemaban. Se revolvió en el suelo, empapándose para sacarse la esquirla, cosa muy incómoda en plena preparación artillera. Sobre todo cuándo cae sobre la cabeza propia.
Un hombre, cerca del joven, enloqueció y lo usó como escalón para escalar la trinchera gritando como un poseso. Al llegar justo al borde, una deflagración lo impulsó para atrás, arrancándole las piernas de cuajo y destrozándolo. Sin dejar de gritar, voló hasta el otro lado del parapeto y allí una granada lo despedazó completamente, proyectando sus restos sobre la tropa. Y aquello no parecía tener fin. Un enorme pandemónium se cernía sobre las trincheras y nadie era capaz de ponerle fin. Pero terminó por fin, tras dos interminables minutos. En cuánto se cercioraron, todos tomaron posiciones, atentos para repeler la ofensiva sin que el sargento o los oficiales tuvieran que ordenarlo. Todos querían abatir alemanes.
Al abrir los ojos, sintió un repentino mareo. Se echó el fusil a la cara para apuntar, pero el humo no le dejaba ver nada en absoluto, ya que todavía quedaba el trueno de la última explosión en el ambiente. Se extrañó de que inmediatamente, en lugar de ver llegar a través de aquella niebla a los primeros enemigos, lo que llegó, roncando alto sobre sus cabezas, como rasgando el aire, una última granada. Cayó atrás, muy atrás. Y de pronto, una fenomenal explosión barrió la zona, tirándoles tierra y cascotes encima y coloreando el humo en tonos anaranjados.
– ¿¡Qué cojones ha sido eso!? – Preguntó alguien, acongojado.
– ¡Le han atizado al polvorín! – Inconfundible la voz de Joe King. – ¡Le han dado al polvorín!
– ¡Deberíamos mandarles una puta felicitación, joder!
– ¡Atención primera trinchera! ¡Vista al frente! – El sargento imponía el orden a gritos. – ¡Alzas a cero! ¡Asegurad el blanco y no malgastéis la munición, porque acaban de volar nuestro polvorín más cercan! ¡Calad bayonetas!
Obedecieron los hombres. Cientos de siniestros siseos se escucharon en la niebla, cuándo los largos cuchillos salían de sus vainas para engancharse bajo el cañón con un chasquido seco. El olor ofendía sus narices y alguno se quejaba.
– ¡Ya podrían haber lanzado algún bote de colonia!
– ¡Como si supieras lo que es! – Chanceó alguien, amparado por el humo.
– ¡Keeper te he reconocido y si salimos de esta, te juro que te tragas mi bayoneta! – Respondió, airado.
– ¡Callaos coño!
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Bill.
lunes, 30 de mayo de 2011
Estamos jodidos, muy JODIDOS.
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Conciencia.
martes, 24 de mayo de 2011
Bill Red. ¡Guerra!(I).
Muy buenas. Tiempo hace que no actualizo. Cada vez tengo menos acceso del que me gustaría al pc, pero por suerte tengo aún 20 libretas y muchos bolis. Esto es algo que llevo días escribiendo (no está todo) en honor del primer personaje de la Llamada de Chtulhu que sobrevive a una partida (tengo mala suerte, que le vamos a hacer). En números no es un gran personaje, pero me ha gustado mucho rolearlo. En parte de porque de nuevo, le he puesto a un pejota mi nombre. Qué ególatra soy.
Se trata de una serie de relatos cortos, de unas cuantas entregas cada uno, que irán salteados en el tiempo. El que os presento aquí, comienza en la Primera Guerra Mundial. Aunque a primera vista pueda parecer un relato histórico, que en parte lo es, no pretendo ser riguroso. Ni siquiera correcto (no puedo andar investigando todo lo que me gustaría), así que si a alguien le choca, algo, lo siento, pero no pretendo cambiar nada. Ni el frente de batalla existió, ni el regimiento, ni ninguno de los personajes que muestro. Ni las acciones que llevarán a cabo. Así que dejáos de críticas en este aspecto. Las leeré, como hago con todo, pero no considero que una crítica a mi poca rigurosidad me sirva de algo teniendo este aviso por delante (puedo aprender algo, evidentemente).
Después del pedazo de tocho, os dejo ya con la historia. Espero que os agrade la primera parte, que será la más corta.Una mañana cenicienta en el frente de Champaña se levanta ante las trincheras inglesas. En ellas, moran gran número de voluntarios norteamericanos, agrupados por los franceses en lo que llamarían el regimiento République. Especialmente, se agrupaban en la primera trinchera. Allí Bill Red, con la despoblada barba sin afeitar, da la sensación de ser jovencísimo. Y así es. Ha falseado su edad para poder venir como voluntario, ingresando en la tropa aérea. Allí sirvió como explorador y más tarde como explorador armado, armado con pistola, una carabina y bombas de mano, que lanzaba a las trincheras alemanas cuándo tenía oportunidad. Después de aquello sintió que debía cambiar de destino, porque allí no hacía nada, en su opinión. Ahora lamentaba aquella decisión. Con lo bien que se estaba en el aire… Pero no se atrevía a abandonar a sus compañeros. A ver cómo se iban a apañar sin él.
Una pequeña fogata calienta los fríos y húmedos huesos de los soldados, que se entretienen contando los piojos que coleccionan y lanzándolos al fuego, dónde estallan para el regocijo de los hombres.
– Jódete, cabrón. – Espeta uno, resentido del parásito – Ese ya no se me come más.
– Si, ese ya no… – Bill sonríe con guasa, imitándolo. – Y los otros doscientos tampoco volverán. ¿Eh, Sam?
– Silencio chaval. – Le echó una mirada chispeante. – A ti te han sacado ochenta más.
– Eso es que mi sangre es de primera calidad. Je.
– ¡O porque no te lavas! – Terció el sargento del pelotón, un neoyorquino enorme, de apellido King, palmeando con fuerza la espalda del joven. – ¡Ja, ja, ja, ja!
– ¡Eh! ¡Que no nos lavamos ninguno! – Se revolvió, picado y algo dolorido. – Los putos gangosos nos tratan como a mierda.
– Si, esa es la excusa de todo el regimiento.
Y aunque no el batallón, sí que todo el pelotón estalló espontáneamente en risas, que se contagiaron hasta que toda la compañía reía por no llorar. Alguien, en francés, ordenó silencio. Rieron todavía más alto.
– Aún pretenderán quitarnos el sentido… – Comentó Sam, hasta que se interrumpió. – Aw, mierda. El puto…
Acababa de aparecer un oficial que se empeñaba en llevar un par de medallas en el pecho, así como el casco nuevo y reluciente en primera línea. Así se sentía más aguerrido.
– Arrêter de se comporter comme...! Dejó de hablar y consideró a quién estaba gritando. – ¡Son soldados por el amor de Dios! ¡Disciplina!
Sus botas eran nuevas y media sección las miraba con envidia. Lástima que fueran a echarlo en falta.
Un estampido solitario se escuchó venir desde la línea alemana. Inmediatamente todos se agacharon o se apretaron contra la trinchera, o las dos cosas. Todos excepto el coronel, que no solía estar durante los combates. Éste observó un instante la reacción de los soldados.
– ¿Eso ha sido…? – Comenzó a decir, pero no le dio tiempo a terminarlo. Estalló unos metros delante de la trinchera, arrojando sobre esta tierra y trozos de roca. El francés dio un grito y se arrojó al fondo, empapándose en barro y meados.
Otro estampido. Esta vez, cayó más allá. Alguien de la segunda línea gritó. Todos se dieron cuenta, antes incuso de que King lo gritara, de lo que significaba aquello.
– Preparación Artillera! ¡Todo el mundo a cubierto! – Agarró al oficial y lo estampó contra la pared de la trinchera, justo después de darle un fusil. – ¡Están ahorquillando! ¡Señor, defienda la línea!
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